El Estado se hace cargo de la crisis

Ante el pánico bursátil, Trump anuncia niveles de intervención federal impensados meses atrás

La partícula del Coronavirus, el virion, es un millón de veces más pequeña que las células del pulmón humano que infecta, pero su expansión en forma de pandemia provoca estragos económicos y sociales globales que obligaron a los Estados a dar un paso al frente y hacerse cargo de la crisis, como ocurrió otras veces en la Historia moderna, la última en 2008.Durante las últimas cuatro décadas, incluyendo países como China, donde justamente comenzó la pandemia, el neoliberalismo guió la expansión del capitalismo y la globalización del comercio y la economía, pero sus principios vuelven a demostrarse estériles y hasta perjudiciales para una gobernanza mínima del planeta ante crisis sistémicas.Las anteriores coyunturas críticas para el planeta, desde los inicios de la globalización, se relacionaron estrictamente con factores económicos, y especialmente financieros, como a fines de los ’90 y desde 2008, y aún así dispararon la intervención de los Estados de las grandes potencias y bloques, además de la creación de instancias de gobernanza mundial, como el Grupo de los 20 (G20), cuya cumbre de 2020 está citada en Ryad (Arabia Saudita).La emergencia planetaria abierta en sólo unas semanas de 2020 por la expansión del coronavirus, la peor desde la Segunda Guerra según la canciller alemana Angela Merkel, desde su primer foco en la ciudad de Wuhan (Hubei), ha provocado reacciones anti-globalización como el cierre generalizado de fronteras, que siembra grandes interrogantes sobre el futuro de un mundo tan interconectado en todos los sentidos, como lo fue hasta 2019.Al mismo tiempo, la emergencia es de tal magnitud que plantea forzosamente un nueva dimensión de exigencia para la acción coordinada desde los Estados, a tal punto que naciones que hacen del capitalismo privado una base indiscutible de su organización social se disponen ahora a legitimar una intervención económica estatal sin precedentes, que llega hasta el extremo de distribuir dinero en efectivo, como en Estados Unidos.

En este informe especial, resumimos las principales iniciativas políticas —anunciadas y en estudio— para que el Estado salga en ayuda, principalmente financiera, de los sistemas productivos nacionales cuyos bastiones privados hoy colapsan por la caída generalizada de la demanda y pone en riesgo hasta 25 millones de empleos, según la OIT.

 

 

 

Inyectar dinero

Muchos gobiernos cuyo sello era el equilibrio fiscal o la compensación del gasto público dieron un vuelco de manera decidida hacia importantes gastos extraordinarios. En España el gobierno de Pedro Sánchez movilizó € 200.000 millones (117.000 millones sólo el fisco), el equivalente a lo que volcó toda la Unión Europea en la crisis de la eurozona desatada en 2008 y cerca de una quinta parte del PIB español.

Por su parte, el Presidente francés Emmanuel Macron dispuso de € 300.000 millones, equivalente a más del 13% del PBI francés. La Alemania de Angela Merkel, que ya diseña un paquete de estímulo económico que representa casi un sexto de su economía actual, autorizó a su principal banco estatal, KfW, a prestar hasta 610.000 millones de dólares a empresas para amortiguar los efectos del coronavirus. El Reino Unido anunció una inyección de más de € 360.000 millones (15% del PIB) y Brasil U$D 29.100 millones.

Detrás de ellos, el propio Banco Central Europeo anunció un gigantesco estímulo, con la inyección de € 750.000 millones, que incluyen un programa de compra de activos públicos y privados de los países de la UE para aliviar el frenazo económico hasta finales de 2020. El Banco hará “todo lo que haga falta” ante la emergencia, dijo su jefe, Mario Draghi.

Por su parte, los gobiernos de Japón, Canadá y el Reino Unido lanzaron una serie de iniciativas de política monetaria para sostener la actividad financiera luego de semanas de caída y protegerla de los shocks externos con “capitales de reserva contracíclicos”.

En otros casos se hizo foco en la producción y lo social: los gobiernos de Australia, Italia y Corea del Sur, entre otros, tomaron diversas medidas para aliviar las consecuencias para las pequeñas y medianas empresas, autorizaron depósitos extraordinarios a los jubilados o pusieron en marcha planes de capacitación para quienes hayan perdido sus trabajos.

El propio gobierno argentino, en una maniobra más previsora que muchos países del hemisferio norte, suspendió las clases e implementó la cuarentena para intentar ralentizar los contagios. Hasta la fecha, las diferentes medidas fiscales anunciadas por el Presidente Alberto Fernández representan el 2% del PBI argentino, por delante de otros países mucho más afectados como Italia.

La respuesta del gobierno federal estadounidense sorprendió a varios por su amplitud y fondos. El Presidente Donald Trump preparó un mega paquete de medidas que movería un billón de dólares, de los cuales la mitad (500.000 millones) quiere destinarlos a depósitos directos a los bolsillos de los ciudadanos norteamericanos.

Para poner las cosas en perspectiva, el rescate bancario de 2008 fue de U$D 700.000 millones, mientras que la Ley de Reinversión y Recuperación (Recovery Act) de 2009 llegó a U$D 800.000 millones.

La administración Trump decidió ir más lejos. Ante la baja del precio del petróleo y las bolsas internacionales, diseñó la Ley en Defensa de la Producción. El proyecto autoriza al gobierno federal a intervenir el sector privado para asegurar la provisión de insumos y bienes esenciales para el funcionamiento de la economía nacional.

 

 

 

Por su parte, la Reserva Federal, que ya había bajado las tasas de interés a prácticamente cero, relanzó una medida utilizada durante la Gran Recesión de la década pasada que le permite sostener al sector privado a través de la compra de pequeños instrumentos de deuda de corto plazo que las compañías norteamericanas emitan.

Los ejemplos son contundentes: el Estado salió, por fin, a la carga contra el caos generado por el coronavirus. Esta pandemia ocurre en un mundo con una masividad de los medios de comunicación, importante digitalización de la economía e impresionante velocidad de circulación de la información tanto por canales oficiales como por redes sociales. ¿Qué significa para los gobiernos y para las relaciones internacionales?

 

 

 

La política, puesta a prueba

En primer lugar, la crisis desatada por el Covid-19 supone un desafío de gobernabilidad enorme, que pone a prueba a las instituciones y los relatos construidos por los mandatarios.

La reciente coalición entre PSOE-UP en España experimentó fuertes tensiones por los diferentes cursos de acción que los miembros de la alianza creían que debía seguir España.

En Israel, la situación de emergencia ayudó al Presidente Reuven Rivlin a encargarle al opositor Benny Gantz la formación de un gobierno en vez de al actual primer ministro Benjamín Netanyahu, quien enfrenta un proceso judicial.

En Italia, el Presidente Sergio Mattarella tuvo que extender la cuarentena a todo el país siguiendo las presiones del radical Matteo Salvini, incluso cuando este ya no es ministro del Interior.

Estos tres casos muestran cómo en situaciones límite ciertas figuras que en situaciones de normalidad tienen un papel secundario se convierten en piezas decisivas para la estabilidad política.

Como en todo episodio crítico, lo simbólico es tan importante como lo real. Donald Trump había convertido el alza del mercado de valores en el principal indicador de su gestión económica. Ante el pánico bursátil, el mandatario que comenzó su presidencia con fuertes recortes de gasto público se muestra dispuesto a niveles de intervención del gobierno federal impensados meses atrás.

 

 

En el Reino Unido que atraviesa todavía el proceso de Brexit, el primer ministro Boris Johnson buscó diferenciarse del discurso de la Unión Europea. Desde que era candidato del partido conservador, Johnson insistió en un manejo racional del gobierno: si él llegaba al poder, su parlamento tomaría decisiones siempre basado en evidencias concretas.

Sin embargo, el primer ministro condujo su estrategia con falta de tacto político: comenzó asegurando que lo mejor era el contagio masivo; hoy activa restricciones para evitar un colapso del sistema de salud pública británico (NHS). ¿Cómo impactará la entereza con la que conduzca al Reino Unido en esta crisis en las negociaciones post-Brexit con Bruselas?

Por otro lado, el Japón de Shinzo Abe mantiene con firmeza la voluntad de organizar los juegos olímpicos. A comienzos de año, cuando todas las miradas apuntaban a la expansión del virus en China, Abe vio en Tokio 2020 otra oportunidad para mostrar a un país eficiente y orgulloso a la opinión pública internacional. El primer ministro japonés con más tiempo en el poder, que quería que el evento deportivo se convirtiera en la culminación de su carrera política, corre el riesgo de auspiciar unos juegos olímpicos más vacíos que Moscú 1980.

 

 

 

Un mundo glocal

Más allá de cada país, el coronavirus puede arrojar algunas claves valiosas en el terreno de la política internacional. En primer lugar, las medidas gubernamentales muestran el rol central que siguen jugando los Estados como actores principales. En este contexto, las ONGs, las compañías multinacionales y los organismos internacionales son en esencia insuficientes para combatir la pandemia.

En segundo lugar, se siguen mostrando los recaudos que deben tomarse frente a la hiperglobalización actual. En un mundo interdependiente sin adecuados controles gubernamentales, los “contagios” financieros, logísticos e informáticos son inevitables y traumáticos: no sólo los países no pueden evitar verse afectados, sino que además una vez heridos las medidas que pueden tomar exceden el límite de lo que cualquier Estado, grande o pequeño, puede lograr.

En tercer lugar, consagra al siglo XXI como aquel de los conflictos “glocales” (aquellos que combinan lo global y lo local a la vez). Los flujos transfronterizos y la distribución de la producción mundial potencian el impacto y duración de fenómenos que desconocen fronteras, lo que podría motivar un mayor “realismo comunitario”: la aceptación de coordinación internacional ante amenazas comunes, más allá de toda rivalidad. Con una pandemia, las decisiones de país cuentan para evitar que el virus se propague o mute, poniendo en riesgo al planeta entero.

En cuarto lugar, el coronavirus exige todavía mayor flexibilidad a un esclerótico sistema multilateral global. La convocatoria a una Cumbre Virtual de Líderes del G20 por parte de Arabia Saudita, anfitrión 2020, es un ejemplo de la necesidad ineludible de adaptación a las cambiantes circunstancias del tablero mundial.

 

 

 

 

 

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