El fabulador

Se hizo pasar por hijo de desaparecidos y terminó condenado

El falso Adrián Martínez Moreira, en sus viejos buenos tiempos.

 

A Juan Aiub y Alfredo Soubielle

 

Estoy seguro de que la periodista sospechó algo antes de creerle. Es lo primero que pensé cuando, muchos años después, conseguí encontrar la entrevista completa que Dolores Curia publicó en el suplemento Soy de Página/12 la víspera de Navidad de 2013. Aunque la nota ya no estaba en el archivo digital del diario, sí sobrevivía reproducida en un blog de H.I.J.O.S. Paraguay. La historia parecía salida de una mente de culebrón: un hijo de desaparecidos, un niño apropiado por un represor cuando la dictadura argentina ya había terminado, un nieto recuperado, testigo en causas de lesa humanidad, perseguido en Paraguay por las huestes de Stroessner, más tarde esposo de un joven muerto en la tragedia de Once y militante LGTB, víctima además de un secuestro y un abuso sexual.

Con pocos años, el sujeto que decía llamarse Adrián Martínez Moreira había atravesado un sinfín de tragedias, su calidad de víctima era poliédrica y sucesiva. La percepción de que sobre su persona se acumulaban secuelas de todos tipo, efectos del terrorismo de Estado, fueron premeditadas; en ese momento nadie se atrevería a poner en duda ese relato.

 

Tapa del suplemento Soy, en Página/12, año 2013.

 

Pero tarde o temprano todo esto se iba a caer, porque el personaje que se había inventado a sí mismo una identidad y que había engañado a la prensa, a los organismos de derechos humanos y a la justicia, iba a cometer demasiados errores, al punto que terminaría condenado y preso.

Vale la pena contar la historia de nuevo porque los medios y las redes la han reproducido de manera fragmentada, superficial, y ese proceso da cuenta de la forma compleja que tiene la recuperación de la memoria y los huecos que deja la devastación del terrorismo de Estado, por donde siempre puede llegar a colarse un ardid, alguien con la capacidad de pergeñar un juego de verdad, con un fin distinto, que nada tiene que ver con la lucha por la memoria y la justicia.

 

*

 

En los organismos recuerdan que desde 2012 había una persona que decía ser miembro de Hijos Paraguay frecuentaba los espacios de las querellas. La mentada nota de Página/12 que lo presentaba como Adrián Martínez Moreira, hijo de desaparecidos y apropiado, le dio cierta visibilidad pública; por lo que, en tal contexto, nadie se atrevió a dudar de su relato.

Según ese relato, Adrián Martín Martínez Henríquez había sido un dirigente de la Federación Juvenil Comunista paraguaya que en 1975 debió exiliarse en la Argentina, donde estudió medicina y sociología y se vinculó sentimentalmente con María Santa Moreira, nacida en Misiones. Ambos se integraron a las filas del Partido de los Trabajadores Revolucionarios y, llegada la dictadura y ante el allanamiento de su departamento situado en la calle Virrey Ceballos, habían decidido emigrar hacia Brasil ayudados por la ACNUR (el organismo de la ONU que se ocupa de los refugiados). Regresaron a Paraguay para integrarse a la lucha contra Stroessner, donde Martínez Henríquez había participado del atentado organizado por Enrique Gorriarán Merlo contra el dictador, y allí habían sido secuestrados, detenidos y luego desaparecidos por elementos represivos.

La coherencia y verosimilitud de estos sucesos se concatenaban con otros en donde, quien decía ser Adrián Martínez Moreira, había estado detenido junto a su hermana, y presenciado (ambos) las torturas que padeció su madre María Santa Moreira, para luego ser apropiados por un represor argentino colaborador de la policía de Stroessner.

Al final de su relato, el supuesto hijo de desaparecidos anunciaba que, tarde o temprano, la Justicia argentina actuaría contra sus apropiadores. Eso hizo que rápidamente, para fines de 2012, lograra que los referentes de los organismos le creyeran, y pudiera tener participación como testigo en los juicios de lesa humanidad. Así Moreira declaró ante la Justicia Federal por la causa del Plan Cóndor contando aquella historia, y de ese modo logró mayor inserción y munirse de constancias que más tarde haría valer para cambiar su identidad.

Para fines de 2014 un juez civil de Morón ordenó inscribir el nacimiento con la identidad que él reclamaba: Adrián Martínez Moreira. Eso se hizo sin un debido análisis de ADN y sin ninguna otra prueba que validara su relato. La justicia lo dio como nacido el 15 de diciembre de 1986 en la ciudad de Jardín América, hijo del matrimonio conformado por Adrián Martín Martínez Enríquez y María Santa Moreira Delard, ambos desaparecidos.

El dictamen de la fiscalía de Morón que recomendaba la inscripción con el nuevo nombre y apellido consignaba “sin filiación acreditada”, por lo que la imposibilidad de certificar la existencia de quienes el misionero señalaba como sus padres “víctimas del general paraguayo que gobernó el vecino país con mano de hierro durante 35 años, cuyo régimen de terror lo entregó a la aceitada maquinaria de apropiación de niños que funcionó en todo el continente durante lo que se dio en llamar el Operativo Cóndor, hacen presumir la identidad que el mismo alega”.

Después de todo esto, quien decía llamarse Adrián y exhibía su nueva identidad comenzó a frecuentar H.I.J.O.S y los organismos, pues su documentación acreditaba que era una víctima de delitos de lesa humanidad.

 

Foto en suplemento Soy, de Página/12.

 

*

 

Algunos veían algo raro en su actitud, en las maneras de hablar y moverse, algo en él generaba cierta desconfianza. En el mundillo de los derechos humanos los comentarios decían que era un posible impostor, que se trataba de alguien que se había infiltrado para aprovecharse de la situación de las víctimas reales, sacarles un porcentaje de lo que cobraran, o lo que sea. El recuerdo y la comparación con Alfredo Astiz era inevitable; el Ángel Rubio se había infiltrado entre las Madres de Plaza de Mayo fingiendo ser hermano de un desaparecido (Gustavo Niño fue el nombre falso que el marino usó en 1977) y había tenido consecuencias trágicas como la desaparición de Azucena Villaflor, Esther Ballestrino de Careaga, María Eugenia Ponce de Bianco y las monjas Alice Domon y Léonie Duquet, entre otros.

En el caso de Martínez Moreira, aquella tragedia devenía en farsa. Su posible identidad aparentaba tener otros motivos. Aun así, había apelado a algún mecanismo equivalente, entrenarse en la gramática de los organismos para confundirse entre ellos y luego engañarlos. Jugar con ese dolor: saber nombres, expedientes, testimonios, fotografías, leyes reparatorias, modos de hablar de los muertos y conocimiento acabado del terror de Estado.

Enterados de esta presencia, en la Secretaría de Derechos humanos de la provincia de Buenos Aires, entonces a cargo de Guido Carlotto, se iniciaron algunas investigaciones para dar con los antecedentes del tal Martínez Moreira. Enterado de que le seguían los pasos, el joven salió a buscar una manera neutralizar la avanzada en su contra. Entonces se le ocurrió usar el nombre de Adriana Calvo a su favor, y eso trastocó la naturaleza de toda la historia que había construido hasta ese momento.

Calvo no era cualquier testigo. Era conocida, había sobrevivido al terrorismo de Estado, declarado una y otra vez, reconstruyendo centros clandestinos, responsables y compañeros de cautiverio; había declarado en el Juicio a las Juntas en 1985; fundadora de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos, su recorrido era más que conocido. Pero cuando a Moreira se le ocurrió utilizar su figura, ya había fallecido en 2010, por lo que no podía hablar.

Se le ocurrió entonces presentar un supuesto testimonio suyo, atribuido a una declaración ante autoridades alemanas, que contenía nombres útiles para sostener la genealogía que Moreira presentaba como propia: que a Calvo le constaba que un niño, hijo de Adrián Martín Martínez Henríquez y María Santa Moreira, había sido apropiado durante la dictadura, y que eso lo sabía por un supuesto tío que había pasado por el mismo centro clandestino que ella. Esa era la manifestación ante las autoridades alemanas en 1999, que Moreira supuestamente había conseguido, presentaba por escrito y firmada por ella.

Cuando la a Asociación de Ex Detenidos se enteró de la existencia de tal testimonio, lo consideró absolutamente falso y realizó de inmediato una denuncia penal. Eso también motivó que Guido Carlotto llevara el caso ante la Unidad Fiscal encabezada por Pablo Parenti. El área de apropiaciones del Ministerio Público era un lugar lógico para semejante historia: si era un hijo apropiado, allí estaban las herramientas para demostrarlo; si no lo era, esas mismas herramientas podían desmontarlo.

El trabajo de la Unidad fue muy preciso y eficaz. Cruzó información, recabó testimonios, cotejó documentos y llegó a la conclusión de que Adrián no había nacido en 1986 sino en el año 1993. De modo que todo lo acreditado ante la justicia civil era falso.

No aparecían los padres desaparecidos que decía tener, sino otros padres, que estaban vivos. El supuesto apropiador no era el represor descripto. No había ADN que sostuviera la filiación sobre la que se había ordenado la inscripción civil.

El informe del fiscal Parenti era fulminante y colocaba sobre una misma mesa las distintas versiones del hombre: Matías Ezequiel López, Ovidio Martínez, Adrián Martínez Moreira, Adrián Martínez Moreira de Zanotti y otros nombres.

En una evaluación quedó registrada una frase: “somos seis personas en uno”. Es decir, todo era falso y había algún trastorno de personalidad que llevaba al joven a tener muchas caras y pergeñar un relato “creíble” que convenciera a los demás.

 

La nota con el dictamen elaborado por el fiscal Parenti.

 

*

 

El día que me enteré de que Adrián Martínez Moreira se llamaba Matías Ezequiel López pensé que el Poder Judicial y el periodismo habían sido preliminarmente engañados por un contexto donde las políticas de memoria tenían fuerte reconocimiento público, y así se había producido involuntariamente una pieza de legitimación de su farsa. En el fondo la ficción había conseguido una especie de bibliografía apócrifa, una vida imaginaria con claros efectos perjudiciales para el proceso de memoria, verdad y justicia.

El engaño de Martínez Moreira no funcionaba porque todos fuéramos ingenuos, sino porque estaba construido con materiales y retazos verdaderos que se habían colado de modo lateral y que él había sabido aprovechar para disfrazarse.

Es decir, las mentiras más resistentes de ese juego de verdades no necesitan crear un mundo nuevo: se alojan en lo existente y modifican apenas la relación entre sus piezas.

Uno supone que un impostor, una vez desenmascarado, desaparece. Martínez Moreira, en cambio, siguió más presente que nunca. Aun con el dictamen de Parenti que descalificaba su identidad, siguió actuando y contactando familiares para gestionar pensiones y reparaciones. Así surgieron nuevas presentaciones vinculadas con poderes y documentos atribuidos a organismos y firmas cuestionadas, y hasta falsificadas.

Un abogado llamado Javier Garín denunció que su firma había sido utilizada en trámites que no había patrocinado y que Moreira y otros secuaces que lo secundaban (pues se valía de terceros) habían utilizado para pretender cobrar una indemnización o facilitar un trámite de un familiar o una víctima real.

Y así llegó la pandemia en 2019. Y mientras el mundo se reducía a pantallas, una mujer llamada María Laura Cravello, desde algún lugar en Barcelona, empezó a mirar una página de Facebook en la que aparecía una organización que se ofrecía a ayudar a víctimas del terrorismo de Estado a cobrar indemnizaciones a través de las leyes reparatorias. Cravello era hija de María Cristina Lonardi y Ricardo Alfredo Cravello, desaparecidos en diciembre de 1975. De inmediato escribió para saber qué eran y de las contestaciones que le dieron advirtió que esa organización pedía documentación sensible y que algunas respuestas no cerraban. Siguió tirando del hilo. Enseguida se dio cuenta que detrás de todo volvía a aparecer la figura del inefable Martínez Moreira desenmascarado por Parenti años atrás; por lo que advirtió a víctimas y organismos de derechos humanos, y en marzo de 2021 formalizó una denuncia penal.

Para entonces la Secretaría de Derechos Humanos estaba conducida por Horacio Pietragalla Corti, un nieto recuperado devenido funcionario del gobierno de Alberto Fernández. La información nueva se encontró con irregularidades y antecedentes que venían de años atrás. En agosto de 2021 la Secretaría se presentó como querellante en Comodoro Py y la causa comenzó a avanzar.

Toda esta cronología importa porque después el caso sería usado políticamente para arrojar sospechas sobre el sistema de reparaciones como si fuera un “curro” o un festival de cobros indebidos; así lo hicieron los gobiernos de Mauricio Macri y de Javier Milei, que usaron este caso en los medios para ralentizar los trámites reparatorios y hasta suspenderlos.

Sin embargo, había sido la misma gestión de Pietragalla la que denunció esas maniobras y se presentó para perseguirlas. Desde entonces la fiscal federal Paloma Ochoa pasó a ocupar un lugar central en la investigación. La pregunta ya no era solamente quién era Adrián Martínez Moreira, sino qué cosas había hecho Matías Ezequiel López utilizando esa identidad.

La investigación reunió testimonios falsos, documentos adulterados, expedientes de leyes reparatorias, firmas, certificaciones, víctimas, abogados e intermediarios. En junio de 2023 el Juzgado Federal 5 procesó a cinco personas. Martínez Moreira fue señalado como organizador de una asociación ilícita y procesado por numerosos hechos vinculados con falso testimonio, estafa y fraude a la administración pública. La Cámara Federal confirmó y amplió el procesamiento. También se incorporó la maniobra mediante la cual había presentado prueba falsa ante el juez civil para obtener la identidad usada durante años. La historia cerraba un círculo: la identidad que había servido para construir expedientes se convertía ahora en objeto de un expediente.

 

*

 

Ahora pienso que en el fondo, debajo de Adrián Martínez Moreira, había un niño. La investigación preliminar de Parenti y luego de la justicia federal conducía a Jardín América, Misiones, al 30 de abril de 1993. Allí había nacido un chico inscripto inicialmente como Ovidio Martínez, hijo de Santa Moreira y Emilio Martínez, luego dado en adopción y llamado Matías Ezequiel López. Su familia adoptiva estaba formada por Héctor López y Mabel Filipelli; una hermana biológica también había sido adoptada por esa familia.

La Unidad especializada en apropiaciones reconstruyó toda esa historia y encontró además a los padres biológicos vivos. El hombre señalado como apropiador y represor no registraba antecedentes militares más allá del servicio obligatorio. El joven que decía haber nacido en 1986 había nacido, según la documentación reunida, en 1993. Siete años separaban a uno del otro, y la justicia civil estafada inicialmente no se había dado cuenta de nada.

Había entonces dos fechas: 1986 y 1993. Adrián había vivido siete años antes de que Matías naciera. ¿Cómo se construye ese tiempo inexistente?

Por el testimonio de su hermana ante la Unidad de Parenti, sabemos que Matías conoció tempranamente el mundo de los organismos. A los doce años ambos asistieron a una actividad de Madres de Plaza de Mayo en el predio Gorki Grana. Años después la hermana reconoció, en fotografías presentadas como pertenecientes a supuestos desaparecidos, imágenes de sus propios familiares.

Esa escena impresiona bastante: no hacía falta falsificar una fotografía; bastaba cambiarle el epígrafe.

Los hijos de desaparecidos conocen el poder de las imágenes de sus padres. Una foto carnet, una cara recortada de una reunión, o una imagen de vacaciones podían convertirse en prueba de existencia frente a un mecanismo que había intentado borrar cuerpos y biografías. Esta persona estuvo aquí: ésa era la afirmación mínima.

El fabulador había descubierto la operación inversa. La fotografía era verdadera. La filiación era falsa.

Todos los hijos de personas desaparecidas reciben, de una manera u otra, una memoria incompleta y aprenden a trabajar con ella como quien arma un rompecabezas. Hay cosas de sus padres que creen recordar aunque en realidad se las contaron tantas veces que adquirieron la textura del recuerdo.

Sabemos cómo se reían porque alguien los escuchó, qué leían porque quedaron libros, qué ropa usaban por una foto, qué hicieron en sus últimos días por un sobreviviente. La memoria está hecha en parte de recuerdos prestados.

En el caso de Matías, él había comprendido que los recuerdos prestados podían robarse. De allí la palabra fabulador. Un impostor suplanta. Un fabulador fabrica con retazos verdaderos las condiciones para que la suplantación funcione.

Pensé enseguida en Enric Marco y en El impostor, de Javier Cercas. Marco había conseguido durante años hacerse pasar por deportado de los campos nazis, presidir una asociación de sobrevivientes, hablar ante estudiantes y recibir homenajes. Cercas entendió que no bastaba con preguntar por qué había mentido: había que preguntarse por qué tantos habían querido creerle.

 

El libro de Javier Cercas, de 2014.

Al principio pensé que Martínez Moreira podría ser nuestro Marco. Después comprendí la diferencia. Marco falsificó su pasado para ocupar el lugar del testigo. Martínez Moreira, según reconstruyó la causa judicial que más tarde lo condenó, utilizó la identidad inventada para entrar en contacto con víctimas reales, obtener información, presentar documentos y testimonios falsos e intervenir en trámites vinculados con reparaciones económicas. El reconocimiento no era necesariamente el fin: podía ser el medio.

A algunos hijos de desaparecidos, Matías les decía que podían cobrar como apoderado y que él gestionaría su trámite; a otros familiares les ofrecía información sobre sus padres desaparecidos que luego no aparecía.

Revisé incluso el rumor de un recordatorio de sus supuestos padres publicado en Página/12, pero no pude encontrarlo (un recordatorio falso hubiera sido el colmo, pero también otra pieza macabra para su legitimación). Lo importante era otra cosa: alrededor suyo empezaba a crecer un ruido, cada vez más fuerte, que el no pudo parar sin dejar de cometer errores, hasta que llegó su condena.

Algunos se reían de que H.I.J.O.S. Paraguay pudiera ser obra de un hijo falso (no queda claro que así fuera); otros estaban preocupados porque se acercaba a familiares todavía atravesados por el duelo y poco familiarizados con los trámites reparatorios. En esos primeros años muchas maniobras de Martínez Moreira parecían tentativas desprolijas. Si la finalidad era cobrar una indemnización, nunca se encontraron pruebas de que entonces lo hubiera conseguido, o de haberse enriquecido con ello.

También Pablo Zanotti estaba muerto. Martínez Moreira afirmaba desde 2012 que había sido su pareja y esposo, e incorporó el apellido Zanotti a una de sus identidades. Pablo había muerto en la tragedia ferroviaria de Once y la investigación no encontró elementos que acreditaran la relación en los términos narrados. Si él tuviera un vínculo acreditado podría haber pretendido una reparación, o actuado en el juicio, pero eso no ocurrió.

 

*

 

Mientras leía las resoluciones judiciales del caso seguía sintiendo una fascinación incómoda, no por Matías sino por el mecanismo y por el niño escondido debajo de su fabula. Los hijos de desaparecidos fueron detectives de su identidad, y lo fueron por necesidad: buscaron nombres en archivos, compararon fechas, preguntaron a sobrevivientes, ampliaron fotografías, leyeron expedientes allí donde sus padres aparecían como iniciales o alias. Yo mismo había hecho ese trabajo con mi propia historia e identidad. En nuestro caso partíamos de personas verdaderas y buscábamos rastros para reconstruirlas. Martínez Moreira partía de rastros verdaderos y los reunía para construir una personalidad falsa.

 

En 2021, Página/12 volvió sobre el caso, borró de sus registros web las notas anteriores y publicó una nueva en la que lo llamó fabulador, y reconoció que también había sido víctima del engaño. La nota del suplemento Soy, que había contribuido involuntariamente a consolidar la identidad, podía leerse ahora como parte del archivo de la simulación. Eso me pareció más interesante que condenar retrospectivamente al periodismo: la memoria también consiste en corregirse y aclararse. Un archivo que nunca rectifica nada es mera propaganda. El criterio editorial de Página/12 fue rectificar, y eso estuvo bien.

Martínez Moreira no falsificaba únicamente papeles. Acumulaba testigos de sí mismo. Cuando finalmente llegó el juicio oral sobre su caso, llevaba más de una década entrando y saliendo de expedientes. En mayo de 2026 llegó la sentencia de condena: cinco años y diez meses de prisión, unificados con una condena anterior en una pena de nueve años.

A partir de allí la justicia civil de Morón también volvió sobre sus pasos, anuló y corrigió su error de 2014. Entonces volvió a ser Matías Ezequiel López

Desde ese momento fue trasladado y alojado en el penal federal de Ezeiza.

 

*

 

Una sentencia puede declarar responsabilidad y encerrar a un hombre, pero no siempre explica por qué. Yo seguía sin saber por qué un chico nacido en Misiones en 1993, adoptado por una familia, decidió convertirse en un hombre nacido en 1986, intentar ser hijo de desaparecidos paraguayos, apropiado por un represor, perseguido por el Plan Cóndor, testigo de causas de lesa humanidad y esposo de un muerto de Once.

Dinero era una respuesta, pero no explicaba el comienzo. Reconocimiento, pertenencia, ambición, resentimiento, necesidad de otra identidad: todas podían contener algo y ninguna me alcanzaba.

Fue entonces cuando decidí verlo.

Conseguir una entrevista en una cárcel requiere transformar la curiosidad en trámite. Formularios, autorizaciones, horarios. La mañana en que fui a Ezeiza pensé en mis padres. Si yo no fuera hijo de desaparecidos probablemente Martínez Moreira me habría interesado como estafador o personaje judicial, pero no habría sentido esa atracción incómoda. Pensé también en mis años de defensor oficial y en tantas visitas a pibes presos. Las cárceles parecen hechas de rejas, pero en realidad están hechas de tiempos: alguien decide cuándo se abre una puerta, cuándo se cierra, cuándo uno puede avanzar.

Cuando entró, la primera impresión fue decepcionante. Era un hombre. Nada más. Me miró y sonrió.

—Axat.

—Sí.

—Julián Axat. Sé quién sos.

Dijo los nombres de mis padres. Sabía que yo escribía, que era abogado, conocía textos míos. Comprendí que había preparado el encuentro. Yo había entrado creyendo llevar una ventaja de miles de páginas y él necesitó dos minutos para modificar la relación.

—Quiero preguntarte por Adrián Martínez Moreira.

—¿Cuál?

—El que fuiste vos.

—Eso decís vos.

—Lo dice una sentencia.

—Las sentencias dicen cosas.

—¿Cómo te llamás?

—Matías López.

—¿Y Adrián?

—Una historia.

—¿Una historia falsa?

—Todas las historias son falsas.

—No, todas no.

—Las tuyas también.

—Algunas son ficción. Yo aviso.

—¿Siempre?

—Ésa es la diferencia. El pacto.

Se rio.

—Qué palabra de escritor.

—También sirve para una estafa.

Había estudiado al cronista para defender al fabulador. Cuando le pregunté por qué había elegido ser hijo de desaparecidos dijo que no había elegido, que buscaba su identidad. Le recordé 1993. Contestó que eso decía un papel y agregó que yo mejor que nadie debía saber que los documentos mienten. Sentí rabia porque había tomado una de nuestras verdades y la había puesto a trabajar para sí. Las partidas de los apropiados habían mentido; los registros de la dictadura habían mentido. Pero él conocía perfectamente la diferencia.

—Engañaste a la periodista de Página/12.

—Ella escribió.

—Con lo que vos le contaste.

—Los periodistas eligen qué publicar.

—Le dijiste que eras Adrián Martínez Moreira.

—En ese momento era Adrián Martínez Moreira. Tenía un documento que lo acreditaba.

—Porque engañaste a un juez.

—¿No puede equivocarse un juez?

Me di cuenta de que empezaba a discutir dentro de su sintaxis. Entonces dije un nombre.

—Adriana Calvo.

Algo cambió en su cara.

—No voy a hablar de la causa.

—Ya estás condenado. ¿Usaste un testimonio falso atribuido a ella?

—Leé la sentencia.

—La leí. Quiero saber por qué.

—A los escritores les gusta mucho esa pregunta.

—A los jueces también.

—Los jueces preguntan para condenar. ¿Y los escritores?

—Para no cerrar demasiado rápido.

Cuando le recordé que Adriana estaba muerta, respondió que yo también escribía sobre muertos. Le dije que no falsificaba sus firmas. Entonces pronunció la diferencia con una sencillez que me desarmó: “Vos sos hijo. Yo no”. Por primera vez me pareció escuchar a Matías y no a Adrián. Le pregunté si no le gustaba ser Matías. Me devolvió la pregunta: si a mí me gustaba ser Julián. “Vos elegiste qué hacer con ser hijo”, dijo. Era cierto que yo había ido hasta allí porque era hijo. Pero la discusión cambiaba cuando aparecía el daño a terceros, el uso de la identidad para obtener confianza, información o dinero.

—¿Leíste a Javier Cercas?

—Desde que supe que venías.

—¿Qué te pareció Enric Marco?

—Me cayó bien.

Nos reímos unos segundos.

—Marco era un impostor —dije.

—Como yo.

—No. Vos usaste la identidad.

—Él también.

—Para obtener reconocimiento.

—¿Y eso no vale dinero?

Después me preguntó qué diferencia había para mí entre un impostor y un fabulador.

—El impostor quiere ocupar el lugar de otro. El fabulador quiere que el sistema funcione como si él fuera ese otro a partir de su relato.

—Esa es buena.

—No es para vos.

—Ahora sí.

Había algo exasperante en su capacidad para tomar palabras ajenas y devolverlas convertidas en otra cosa. Cuando mencioné a Cravello endureció la cara y se negó a hablar. Dijo conocer su causa de memoria. En un momento señaló que en Ezeiza había genocidas, que los odiaba y que eso nos igualaba un poco; dijo sentir asco por Astiz. Que esas lacras estaban a no demasiados metros de nosotros.

De repente me sacó de mi cavilación.

—Sos un hijo de desaparecidos que viene a preguntarle a un falso hijo de desaparecidos por qué quiso ser hijo de desaparecidos. ¿No es así? —dijo.

—No quisiste ser hijo de desaparecidos. Quisiste que nosotros creyéramos que eras hijo de desaparecidos.

Dejó de sonreír. Por primera vez tuve la sensación de haber llegado a algún lugar, aunque no sabía si también ese silencio era una actuación.

—Una última.

—La del por qué.

—Sí. ¿Para qué hiciste todo esto?

Miró la mesa y después me miró.

—Porque ustedes tenían algo.

—¿Qué?

—Eso lo vas a tener que escribir vos.

 

*

 

Salí de Ezeiza sin respuesta. Afuera pasaban estaciones de servicio, galpones, barrios, carteles. Pensé en la frase: porque ustedes tenían algo. ¿Qué teníamos? Una historia, una comunidad, una herida, una pertenencia, una forma de reconocimiento. Me avergoncé de formularlo como si la desaparición de nuestros padres hubiera sido una herencia identitaria. No lo fue. Fueron secuestrados; hubo responsables; hubo un crimen. Todo lo demás vino después, como una manera de vivir con aquello.

Pero quizás Matías había visto que los hijos habíamos conseguido hacer algo con la ausencia. Habíamos buscado, nos habíamos organizado, aprendido nombres, leyes, expedientes, símbolos, el escrache. Habíamos construido una memoria donde el desaparecido no desaparecía del todo porque otros seguían pronunciando su nombre. Él llegó cuando ese lenguaje ya existía. No tuvo que inventarlo: tuvo que aprenderlo. Ningún fabulador puede simular sin originales. Matías había trabajado con los mismos materiales, haciendo copias: rastros de personas que habían existido para construir una persona que no era.

Llegué a casa de noche y volví a pensar en Enric Marco, el personaje de Javier Cercas. Marco había querido entrar en la historia; Matías había querido hacer funcionar la historia a su favor. Recordé la cárcel y la inversión de la entrevista: yo había ido a investigarlo y él había decidido investigarme a mí. Sentí algo parecido a una tristeza. Quizá, detrás de los muros de Ezeiza, ya estaba reconstruyendo nuestra conversación para alguien, cambiando frases, fabricando otra entrevista en la que él era el cronista y yo el personaje.

 

* Nota. Para esta reconstrucción tomé como anclajes documentales la investigación de la Unidad a cargo de Pablo Parenti sobre la identidad real de Matías López; la denuncia de 2014 por la adulteración del testimonio de Adriana Calvo; la denuncia de María Laura Cravello en marzo de 2021; la constitución de la Secretaría de Derechos Humanos como querellante en agosto de ese año; el procesamiento federal de 2023 y su ampliación; y la condena informada en mayo de 2026. La entrevista final en Ezeiza —incluidas las respuestas de Matías— es deliberadamente ficcional.

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí