EL FEO QUE CANTABA HERMOSO

Leonel tenía su berretín: modificar las palabras de los tangos que cantaba

 

Tu paladar: hogar, dulce hogar

La Biblia refiere que a un tal Jonás se lo tragó una ballena. Jonás vivió en su estómago tres días y tres noches hasta que, pagadas las culpas de su desobediencia, el Barba hizo que el cetáceo lo escupiera vivito y coleando a las costas de Nínive.

Cómo decírtelo: mi obsesión tuvo y tiene algo de Jonás. Siempre quise vivir —siquiera un día y una noche (sobre todo una noche)— bajo ese techo de catedral, resonante y hermoso: el paladar de Edmundo Rivero. Saber de qué estaba hecho, sentir el retumbón de las vocales golpeando contra esas paredes, que imaginé rosadas como “las encías de los leopardos”. En suma, habitar por un rato su garganta. Incluso me vi en sueños abrazado a su lengua, oyendo todo su canto: Suuuuur… paredón y después. Suuuuur… una luz de almacén… Dije todo su canto y no me equivoco: Rivero es un cantor de voz entera.

 

 

Pequeñas grandes modificaciones

Leonel (así también lo llamaron) tenía su berretín: modificar las palabras de los tangos que cantaba. Esto dijo al investigador Roberto Selles: «En la historia de la música, el cantor popular está autorizado a agregar algo de su personalidad a letras y melodías, a fin de identificarse con ellas, siempre y cuando no cambie el sentido ni el contenido del texto».

Trascartón, la repregunta:

—Cuando usted grabó Sur con la orquesta de Troilo, modificó algunas palabras, ¿no es así?

—Sí, cambié “florando” por “flotando”. ¡Qué hermoso término, florando! Lo que pasa es que cuando comencé a cantarlo, el público no comprendía el significado.

Rivero también alteró el sentido (y lo mejoró) al trocar “y mi amor y tu ventana”, por “y mi amor en tu ventana”. ¿Atreverse a corregir una línea de Manzi? ¿Con qué opinión? Con la del propio poeta, que le dijo:

—Adelante, Leonel, en sus observaciones tiene usted razón. Cámbielas.

 

 

Más modificaciones

Este modus operandi lo reiteró en infinidad de letras, sobre todo en las del Negro Cele. Y ya que hablo de poetas lunfardos, anotate el cierre de la milonga Linea 9 de Carlos de La Púa en la que, entre otras modificaciones, Rivero propone “miope”, por “dope”:

Era un bondi de línea requemada

y guarda batidor, cara de rope…

¡Si no saltó cabrón por la mancada

fue de chele no más, de puro miope! [dope]

¿No lo creés superador? Rivero logró enfatizar la caricatura del guarda batidor. Incluso, dándole cuerda a la imaginación, podemos visualizarlo detrás de un par de anteojos de vidrio ancho (tipo culo de botella).

No todo fue color de rosa. Rivero también pasó la goma de borrar sobre un texto de Homero Expósito. En su tango Trenzas canta: «Trenzas con ‘sabor’ de mate amargo». Cuando el poeta escribió: Trenzas de color de mate amargo. Leonel, ¿interpretó la imagen como un error? ¿Desconoció en ese gesto que estaba matando la sinestesia, es decir, la imagen que se produce por cruce de sentidos? Solía contar Héctor Negro que el autor de Naranjo en flor, al enterarse del suceso, un tanto ofuscado gritó: “¡Pero qué se piensa este hombre, que yo me chupo las trenzas!”

 

 

 

 

Trenzas (Expósito-Pontier), en vivo en el Colón, junto a Salgán y una inmensa orquesta.

 

 

 

Pero Rivero generalmente acertaba, y se le animó también a la obra de Enrique Santos Discépolo. Aquí, si bien toma una palabra presente en el mismo tango Infamia, supo darle su justo lugar:

Yo quise hacer más

pero todo fue un ansia;

que tu alma perdone a mi vida

su intento mejor.

El original decía “su esfuerzo mejor”. Ubicada allí, la palabra intento gana en piedad, esa piedad discepoliana que acaricia, muerde y nos hace llorar.

Ahora permitime una pequeña licencia. Sobre otra letra de Discépolo, Cambalache, el cantor uruguayo no corrió la misma suerte. Buscá en la web “La traición de Julio Sosa”, donde Roberto Cossa trae el recuerdo del actor Guillermo Rico, quien dispara contra todos los estropicios que acomete “El varón del tango”. De arranque cambia el «506» por el «510». Agrego la modificación de “generoso, estafador”, por “pretencioso, estafador”, ignorando que Discepolín justamente buscaba dar un golpe de tensión por medio de dos elementos un tanto contrastantes. Y sigue: “Mezclao con Stravinsky va Don Bosco y La Mignon, Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín…”. Sosa, ¿habrá confundido a Stavisky (famoso estafador) con el músico Stravinsky, y por asociación o fonética lo remplaza por Toscanini? Entre tanta confusión también se llevó puesto al boxeador Carnera, y cantó Carrera. Y en el cierre —como hace notar Rico— canta: “El que vive de las minas”, cuando el original dice “el que vive de los otros”. ¡Ay!, Sosa, Sosa… El asunto era contra las patronales, no contra los fiolos.

Aunque pensándolo bien, ya que hay dos “nenes”—Stavisky y Don Chicho—, no estaría nada mal canturrearla hoy remplazando algún nombrecito (vos podés elegir lxs tuyxs), por ejemplo:

Mezclao con Stavisky

va Don Bosco y La Carrió,

Don Chicho y Napoleón,

Cavallo y la Bullrich.

 

 

Rivero sonetista

Volviendo a Leonel, la clave que faltaba para cerrar la conjetura que dio origen a esta nota me la reveló el poeta Luis Alposta:

—¿Sabés? En su departamento de la calle Bulnes, Rivero tenía cuadros de pintores argentinos: un Quinquela, un Soldi. A cada uno de ellos le dedicó un soneto: yo le conocí diez, doce, era muy buen sonetista. Guardo uno gracias a que él, Raúl González Tuñón y yo, dimos en 1985 la apertura a una exposición de acrílicos y témperas del pintor Sigfredo Pastor.

 

 

A Sigfredo Pastor

Labura de pintor, es diferente

son del puro arrabal sus personajes

no los quiere adornar con ricos trajes

se sincera en la plástica que siente.

 

El no ansía plasmar como Tiziano,

Miguel Ángel, Velázquez, Rafael,

le canta al arrabal, porque vio en él

el alma y la pureza de un hermano.

 

Y cuando tiene que evocar al tango

lleva a la tela un bailarín de rango

con su pinta porteña, rante y pura.

 

Él ha recuperado los donaires

que el mundo asimiló de Buenos Aires

y los inmortaliza en su pintura.

 

 

Un Sigfredo Pastor.

 

 

—¡Con razón! —le dije a Luis—. Un cantor que estudia tanto los entresijos de las letras, no solo debe manejar la intuición de lo popular, su uso social, su decir, sino también contar con un profundo conocimiento de la literatura.

Luis me interrumpe:

—Te cuento algo más. En nuestra canción Tres puntos yo escribí: “Con un pibe mordido por la polio”. Él me miró y dijo: «¿Le parece, Luis? ¿Y si en el público hay una madre que tiene un hijo con polio? Sería mejor cambiarla». Finalmente quedó: “Con un pibe orillando el velatorio”.

 

 

Tres puntos de Rivero y Alposta en El viejo almacén, acompañándose en guitarra.

 

 

 

Sus letras

Leonel tiene una gran producción de canciones registradas, una porción de ellas con autoría de letra: Malón de ausencia, Arigató, Japón, arigató, La toalla mojada, Falsía, La solita, Quién sino tú, Negro soy, Pelota de cuero, A Buenos Aires, Sureña, A un nochero que quiso ver el sol, etc. Algunas de ellas con buen manejo de climas poéticos, como es el caso de Calle Cabildo:

¡Oh! La ironía del cruel destino
junto a mi lado pasó.
Barquillo de humo fue su amor
con cargamento de dolor
que hizo su escala en mi puerto (…)

 

 

Calle Cabildo, letra de Rivero con música de Bo y De Biasi.

 

 

 

Si querés, seguila

Hay mucho más por contar: que nació el 8 de junio de 1911 pegado al Puente Alsina, entre la orilla barrosa y el agua limpia del Riachuelo, y que fue un eximio guitarrista y gran olfateador de payadores y otros asuntos del criollaje (con herencia familiar de musicxs, poetas e intérpretes). Que resistió de pie las acusaciones de cantor de “voz enferma” (desconociendo su registro de bajo-cantante); también su paso por las orquestas de José De Caro, Salgán, Troilo, etc. Otro tanto podría decirse de su participación en el disco de Borges y Piazzolla; su etapa solista; su apuesta a El Viejo Almacén; o la innovación de musicalizar sonetos en lunfardo. Incluso podríamos protestar, protestar con tristeza al enterarnos de que en 2013 robaron todo lo referido a su patrimonio artístico: manuscritos, fotos, grabaciones inéditas, discos, cuadros, incluso muebles, puertas, vigas de la casa que oficiaba como reservorio cultural. Pero qué sé yo… Toda esta información la encontrás en San Wikipedia (ojo que a veces le pifia). Mejor, remitite a los dos libros de su autoría: Una luz de almacén (el lunfardo y yo) y Gardel: las voces y el cantor. Para más datos, las biografías: Edmundo Rivero: voz y emoción de Buenos Aires, por Bernando Verbitsky (el padre de Horacio); y Todo Rivero, por Luis Alposta.

Tengo que dejarte. Hay un ruido extraño en mi casa (como de sombra).

—¿Quién anda ahí? ¿Sos vos, Leonel?

 

 

 

 

6 Comentarios
  1. Lautaro dice

    Extraordinaria nota!

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