Me enganché con una película reciente que recrea el juicio a los jerarcas nazis que, entre fines del '45 y fines del '46, sostuvo en vilo al mundo: Nuremberg, se llama, la dirigió James Vanderbilt y está en Prime Video. Pero no lo hice por el hecho histórico en sí mismo, ni porque estaba en vena de ver films que refieren a la Segunda Guerra. Le di play porque pensé que podía echar luz en materia de ciertas dudas que vengo alimentando. Por ejemplo: ¿qué va a pasar con los jerarcas del régimen argentino actual —el Presidente, su proclamada Jefa, etc.—, una vez que el pueblo argentino despierte de este mal sueño y los señale como responsables de todas sus desventuras? Si algo enseña nuestra historia, es que los ciclos de explotación violenta se agotan: son insostenibles en el largo plazo, porque el pueblo tolera pero tiene límites — no se resigna a vivir en la indignidad, al final juega (aunque sea circunstancialmente) en favor del sector político que está en condiciones de dar vuelta la taba.
Por supuesto, mi intención no es equiparar las atrocidades de los nazis con los crímenes de las que eventualmente se acusará a Milei & Co. Pero, como narrador, soy sensible a las circunstancias dramáticas que tienen elementos en común. Y estos escenarios invitan a las analogías. Procesos liderados por figuras carismáticas, cuya irrupción como astros reyes de la realidad política fue tan inesperada como la acumulación de poder que obtuvieron en corto tiempo; lúmpenes que, aunque despreciados por la alta sociedad, fueron tolerados por ella, porque le resultaban útiles; y que, una vez entronizadas, produjeron y consintieron tal cantidad y calidad de abusos, que la narrativa se les dio vuelta como un guante y pasaron de ser vistos como luminarias con visos heroicos a villanos hechos y derechos.

Hablo —se habrán dado cuenta— en términos más shakespeareanos que políticos. Pero en estos tiempos no hay que minimizar el poder de la dramaturgia. Desde que los ciudadanos se sumaron a las redes sociales, inscribiéndose como personajes de la Narrativa Digital —el escenario que, desde entonces, consideramos sinónimo de lo real, al punto de suplantarlo—, nuestras sociedades se volvieron más permeables a las dinámicas narrativas que a las políticas y económicas. Cuando hay que votar, parte de las sociedades actuales no elige estadistas ni gestores eficientes, ni al político más honesto y sensato, ni a aquel que pinta mejor para beneficiarlo económicamente. Mucha gente se contenta con elegir al personaje que más les seduce, porque se identifican con él o le proyectan encima sus propios deseos —pueden ser positivos, sus filias, u oscuros, sus fobias—, en la esperanza de que los lleve de la potencia al acto. Ya no votamos candidatos. Votamos por personajes de nuestra ficción mental.
En ese marco, nuestra narrativa actual supone una variación a su línea tradicional. El sector del poder que llamamos Círculo Rojo no aspiró nunca a ponerse al frente del proceso político e instaurar un régimen que dure mil años. Puesto menor, como dijo Magnetto. Su especialidad es mover los hilos para que los votos consagren a gobiernos complacientes, que le den vía libre para hacer los negocios que se le canten, mientras maniatan a la única fuerza política que los desvela y conduce una mujer que no se les sometió nunca. (Todo esto, claro, con la anuencia de la Embajada.) Esa es la razón por la cual, en su momento, Mauricio Macri entrañó una novedad: fue uno del Círculo Rojo que dejó de operar en las sombras para ocupar el centro del escenario, en perfecta inversión de la trama de El padrino.
En los films de Coppola, Don Corleone amasaba fortuna al margen de la ley y aspiraba a que su hijo menor, Michael, se convirtiese en una figura legítima: senador Corleone, gobernador Corleone. Pero no porque ansiaba contar con un hijo honesto. Lo que deseaba era que los Corleone dejasen de hacer negocios sucios en los márgenes de la sociedad (apuestas, prostitución), para empezar a hacer la clase de negocios sucios que son la especialidad de los Círculos Rojos, y hoy de las corporaciones — un ascenso social, dentro de la estructura del poder real. Franco Macri fue una suerte de Corleone, pero que no quiso lo mismo que Vito para Michael, tal vez porque sabía que a Mauricio no le daría el cuero. Durante algún tiempo, Mauricio pareció desmentir a su padre. Hoy es una mancha venenosa, el Rey de los Piantavotos. Lo máximo que puede hacer es garantizar nuevos negocios para él y los suyos —a eso se dedican las figuras del PRO que forman parte del gobierno de Milei— y sacarle el jugo a sus recursos en el Poder Judicial. Ni siquiera tallará en la elección de un candidato del sector, si a Milei se le pincha la canoa antes de tiempo. Porque si Pato se corta sola —y está que se sale de la vaina—, lo primero que hará será parafrasear el chiste que suele detonar mi nombre y preguntar: "¿Lo conocés a Mauricio?" Para responder, cuando le pregunten qué Mauricio: "El que ya no ofrece ningún beneficio".

Macri no teme ir a la cárcel, así como no lo teme su elenco estable —los Caputo, Spuzzenegger & Co.—, porque son patrones de mercenarios judiciales. Pero existe otra razón por la cual cuentan con impunidad: ellos son casta de verdad. Gente que fue a los mismos colegios y universidades, que frecuenta los mismos clubes y lugares de vacación, que se cruza en las mismas fiestas, que apela a los mismos arquitectos y las mismas concesionarias de autos, que banca a sus hijos para que jueguen a ser entrepreneurs acá y en París. El tema es que los Milei, al igual que Adorni y su Corte de Lumilagros (porque son termos, digo: Lemoine, Gordo Dan, etc.), no son casta. Son lúmpenes. Arribistas, atorrantes de película italiana de los '60. El spree de compras compulsivas del matrimonio Adorni es casi enternecedor, en su obscenidad. Para colmo, Adorni se parece tanto al Bert de Plaza Sésamo, que cuesta nada imaginar un sketch de marionetas, con Betty y Manu arrasando el free shop del aeropuerto de Miami.

Esta gente es sacrificable. Cuando agoten su ciclo vital, el Círculo Rojo se desentenderá de ellos sin culpa. (Los Eurnekián de este mundo no dejan de ver a los Milei como empleados, aunque lleguen a la Rosada — y lo mismo corre para jueces y fiscales. Están donde están, mientras sigan prestando servicios de calidad. ¿Por qué creen que tantos jueces se niegan a retirarse a los 75, a pesar de tener la vaca atada? Una vez que dejan de ser útiles al Círculo Rojo, les hacen sentir que ya no son nadie.)
Por eso se me complicó ver Nuremberg como un drama que habla del pasado, y nada más. La primera plana nazi estaba compuesta de lúmpenes. Hitler lo era. Göring era hijo de una campesina, que corneaba a su padre con un empresario judío. Himmler era hijo de un maestro. Goebbels era hijo del empleado de una fábrica. Cuando esos figurones cayeron en desgracia, nadie los defendió. Además de condenarlos por sus crímenes, se los convirtió en chivo expiatorio de la sociedad alemana. Su sacrificio adquirió una dimensión casi religiosa: muertos esos perros, se acabaría la rabia y el pueblo podría dar vuelta la página.
Esa era una mentira de patas cortas, de la cual el film se hace cargo. Nuremberg se centra en la relación entre Göring (Russell Crowe) y el psiquiatra Douglas Kelley, que lo trató y estudió durante los prolegómenos del juicio. Sobre el final, Kelley, interpretado por Rami Malek, insiste en que Göring & Co. no tenían nada de excepcional. Eran ejemplares típicos, promedio, de la sociedad que los había engendrado. (El concepto sobre la banalidad del mal al que Hannah Arendt dio forma en su libro del '63 Eichmann en Jerusalén, y que dramatizaron películas tremendas y sublimes como La zona de interés.) Dice Kelley: "Hay gente como los nazis en cada país del mundo... Estoy seguro de que existe gente en América que con todo gusto treparía sobre cadáveres de la mitad del pueblo si supiesen que, de ese modo, controlaría a la otra mitad. Ellos se dedican a atizar el odio. Es de libro de texto... Y si piensan que la próxima vez que pase los vamos a reconocer porque vestirán uniformes aterradores, están totalmente locos".

Good show
La percepción pública es sensible a los vientos. Siempre lo fue pero hoy más que nunca, gracias a la tecnología que hace posible que millones reciban el mismo estímulo al mismo tiempo, y sientan, piensen y reaccionen de forma similar.
Existen líneas rectoras que conservan valor. Por ejemplo: el poder embellece. Durante la campaña presidencial del '89, el oficialismo describía a Menem como un ejemplar casi subhumano: provinciano de patillas que lo aproximaban más a un simio que a Facundo, ignorante, zafio. Pero tan pronto llegó a la Rosada y olvidó la "revolución productiva" para ponerse al servicio del poder real, se convirtió en la versión riojana de Isidoro Cañones: un playboy encantador, siempre ocurrente, a quien todos se desvivían por agradar y que tenía comiendo de su mano hasta a ejemplares recalcitrantes del Círculo Rojo. Y los medios chochos, claro, con Mirtha y Susana a la cabeza: el Cal-los era sinónimo de good show.
El aura que obtuvo le permitió sortear múltiples casos de corrupción, sin chamuscarse. Todo el mundo asumía que esos hechos eran reales, pero aun así se lo seguía bancando. Sólo hocicó cuando se acabaron los dólares de las privatizaciones y la farsa de la Convertibilidad —el uno a uno: un dólar, un peso— se volvió insostenible. Ladino como era, consiguió meter a la economía en el respirador, haciendo tiempo para que no le explotase a él sino a otro — que fue De la Rúa. Esa finta le permitió preservar parte de su prestigio, al punto de que no estuvo lejos de ser reelecto en el año 2003. Pero las corruptelas que Verbitsky se cansó de denunciar no le hicieron mella. A gran parte de la gente le chupaba un huevo que él y su gabinete fuesen corruptos. Lo que desniveló la balanza fue la crisis económica. Menem era entretenido, pero el hambre y las necesidades son muy corta-mambos. Y cuando lo que antes llamábamos opinión pública cambió el chip —tan pronto la sala alteró la programación, dando de baja Esperando la carroza para exhibir Pizza birra faso—, la cosa se volvió irreversible. Menem no fue preso, pero ya no volvió a ser el Rey Sol.

Milei está hoy en el Tercer Acto de su película. Un tramo clave, porque define a qué género pertenece: si se trata de la crónica de una muerte anunciada o si el Séptimo de Caballería embestirá a último momento, como delivery de un happy ending. Este último caso es muy probable. El país en general, y en particular provincias como Córdoba, exhiben indicadores económicos tan espantosos como enjundiosa es su voluntad de votar nuevamente a Milei. El Presidente sigue estando en la fase inmune a los escándalos de corrupción. Continúa siendo una figura llamativa, aunque su capacidad de entretener viene mermando. Y existe mucha gente en etapa borderline suicida: creen que todavía tienen margen de decisión, por lo cual se entregan a impulsos como el de decir: Ma sí, mañana no almorzaré pero hoy me tomo un vino. De no variar esta tónica —por ejemplo, si Trump choca el Titanic durante las elecciones de medio término de este noviembre—, durante el año próximo se anunciaría el rodaje de Milei II: the Sequel. Terrible noticia para los amantes del buen cine, pero que en esencia no cambiaría nada. Cuestión de tiempo, nomás. Se trate de una película o de dos, la gente terminará cansándose de esa saga.
¿Y por qué? Por muchas razones, entre ellas una fundamental: porque la vida es así. Hay personas como García Linera, el ex vice de Evo, que lo explican en términos académicos, sumando elementos sociológicos a la experiencia política. Pero los que, como yo, consideramos la vida en términos narrativos, lo decimos de este modo: tarde o temprano, la gente sucumbe al deseo de ver otra película. Aunque la que venía viendo sea la bomba y le haya gustado mucho. Es que somos así. Necesitamos diversidad, la reclamamos. No un cambio brutal, eso nos pone nerviosos. Pero sí un lavado de cara, como el que ofrece la variedad de géneros. Nadie viviría viendo Ted Lasso, nadie viviría viendo Widow's Bay. Pero ver una después de la otra y alternar con una de espías como The Agency, satisface al vulgo y al paladar exigente. Somos gatopardistas: necesitamos que algo cambie un poco de tanto en tanto, sin que el bote zozobre.

Lo cual no significa que haya que cambiar de registro inexorablemente, saltando de un signo político al contrario. La buena narrativa política sabe que, aun en el marco de la misma saga, conviene probar ingredientes y condimentos distintos. ¿Un ejemplo? Las adaptaciones de las novelas de George R. R. Martin. Game of Thrones fue un exitazo. La actual House of the Dragon no está mal, pero ofrece recompensas decrecientes: al insistir en la tónica de Game of Thrones, sabe a comida recalentada. En cambio, A Knight of the Seven Kingdoms es un golazo. Ocurre en el mismo universo, pero en otro tono. En vez de familias aristocráticas masacrándose entre sí, ofrece un divertido relato de aventuras. ¿Significa esto que predica algo opuesto? En absoluto: mismos valores, mismos principios. El chiste está en que se los defiende desde estados de ánimo distintos.
Lo único innegociable es que, se trate de variaciones dentro de la misma narrativa o de un signo político distinto, el o la protagonista deben ser entretenidos. El registro puede variar: comédico, épico, etc. Lo que no puede faltar es la capacidad de concitar la atención y la imaginación de la gente. Hoy sería imposible que un De la Rúa ganase elecciones. Si no sos gracioso o impredecible o dramático, fuiste. Carlos Saúl lo era, Néstor lo era, Cristina lo es. Alberto no. (Alberto fue el vagoncito que se creyó locomotora, estaba convencido de haber llegado a esa estación por empuje propio.) Trump y Mamdani tienen estilos disímiles, pero ambos saben divertir y encantar. Quien se oponga a Milei debe ser capaz de disputarle el interés masivo. El show de Milei es el exabrupto, la vehemencia incoherente. Para desbancar a ese show, hace falta otro show. De estilo y género diferentes, seguramente — pero show al fin.
Cuestión de buen juicio
El común de la gente asume hoy que su vida es un relato digital, que transcurre en el seno de un relato macro. La relación entre su soberanía individual —la capacidad de decidir y conducir el propio destino— y el poder de ese relato digital es inversamente proporcional: cuanto menos poder tiene en la realidad, cuanto más indefensa está antes las fuerzas que la condicionan, más poder cree tener en el interior del relato digital. Porque, celular en mano, se siente power: puede darte like y RT o bloquearte, decir guarradas sin quedar expuesta, consagrar muñecos o cancelarlos, alcanzar notoriedad y volverse viral. (Expresión inquietante, si las hay.) Hoy el acto eleccionario pinta deslucido por ese motivo: votar no tiene la misma gracia cuando vivís votando todos los días, pulgarcito arriba o abajo. Demasiada gente se ha tragado el cuento de que su vida es una aventura interactiva, cuyo triunfo depende de un clic prodigioso.
La pantallita es más brillante y entretenida que la vida real, es cierto. (A eso se dedica: a cambiarte de carnada constantemente, para que no dejes de picar.) Pero cuando, por hache o por be, no queda otra que dejar el telefonito a un lado, la vida real sigue estando ahí. Permanente. Invariable. A no ser, claro, que te decidas a cambiarla, lo cual reclama acción, pero ya no digital. Si lo único que cambia en tu vida es el contenido de la pantalla, estás frito, angelito. Nadie mejora su vida cliqueando, aunque el marketing diga lo contrario. Para que la vida evolucione, hay que intervenir la realidad. Vida y cosplay son antónimos, como lo son ser y disfrazarse.
Nos guste o no, todos estamos metidos en la narrativa digital. Algunos creemos estar dentro de una película, y otros en una distinta. Nosotros caímos en una película de mierda, una suerte de Brazil de Terry Gilliam, ensamblada en La Salada. Por eso queremos rajar del cine o cliquear back para volver al Menú. Otra gente está segura de vivir en una película a lo Hollywood, donde alguien imperfecto y cualunque como ellos se reveló como un héroe y los villanos de la historia están siendo castigados. Sin embargo, este último relato hoy sufre contratiempos. Las partes del castigo se ven bien, todavía. Por ejemplo, las secuencias en que despojan a la chorra de su guita, aunque se trate de guita que ganó y le corresponde en buena ley. (Un detalle que, en el fragor del relato, se permiten pasar por alto.) La joda es que en otros tramos se les freeza la imagen, o pega saltos y se vuelve incomprensible, o muestra al héroe repitiendo chistes que ya no surten efecto y por eso irritan. Esa gente querría seguir viendo la película que eligió pero, en lo concreto, la está pasando mal.

Si algo enseña la historia es que en algún momento ambos públicos coincidiremos, para aceptar que ya no estamos viendo dos películas, sino la misma. Ya ocurrió en el '74, en el 2001, en el 2007. Y volverá a ocurrir durante los años que vienen, cuando los dos sectores acordemos en la demanda de un cambio y en el casting indicado para estelarizarlo.
Ese timing depende de muchas variables, y en concreto de la resolución de una trama esencial a la que se le baja el precio, tratándola de subtrama. Pero no es subtrama: es central, el nudo gordiano que hay que desatar o cortar para que la agonía cese y la historia acceda a una resolución.
Que Cristina esté presa y que el pueblo padezca hambre, frío y enfermedad sin tratamiento ni remedios, mientras se malvenden recursos e infinidad de tierras a extranjeros, no son cosas distintas. Responden al mismo designio, son piezas del mismo plan: lo que el Círculo Rojo y la Embajada quieren y están perpetrando. Si Cristina estuviese libre, se les complicaría hacer lo que hoy hacen. Para eso la metieron presa: para poder hacerlo. En consecuencia, no hay manera de arreglar una cosa sin enderezar la otra. Y además deben ser encaradas en simultáneo, porque la política no es el gato de Schrödinger, que puede ser y no ser a la vez. Por esa razón, es imposible que un gobierno vuelva a llevar adelante una política progresista y soberana en la Argentina hasta que el pueblo y sus dirigentes rompan con ese condicionamiento. Si no podés liberar a Cristina, tampoco te van a dejar que redistribuyas la renta y que instaures justicia social. O encarnás la potencia, o encarnás la impotencia. Nadie va a convertirse en héroe de relato alguno, mientras la líder de su movimiento siga presa y amordazada.

Mientras tanto, las tramas de nuestras películas aceleran y empiezan a confluir. Cuando la mayoría del pueblo coincida en que Milei: the Movie fue siniestra, se precipitará un cambio. Y entonces habrá que capitalizar la experiencia histórica. Así como el Nunca Más simbolizó la toma de conciencia que puso fin a los experimentos militares, habrá que crear un Nunca Más que ponga fin a los experimentos económicos de toma demencial de deuda y enajenamiento de tierras y recursos.
Los obvios candidatos a terminar acusados serán Milei & Co., por lo que ya dijimos. No son casta, nadie los quiere ni pondrá la cara por ellos. Y merecen ser juzgados, por cierto. El empobrecimiento compulsivo de una población, ¿no es un crimen? La muerte innecesaria de enfermos a los que se privó de medicina y tratamientos, ¿no es un crimen? La devastación del sistema educativo y la infraestructura nuclear de una nación, ¿no es un crimen? Habilitar a multimillonarios para que creen enclaves privados, mini-naciones virtuales, dentro de un país soberano, ¿no es un crimen?
Si hay crímenes, debería haber juicios. Llamativamente, la pista más interesante al respecto no la ofrece Nuremberg, que lleva al estrado a los responsables materiales del genocidio nazi —el equivalente de nuestros milicos—, sino otra película que incluye el nombre de la misma ciudad. Me refiero a un clásico de Stanley Kramer: El juicio de Nuremberg (Judgment at Nuremberg, 1961), que protagonizan Spencer Tracy y Burt Lancaster. La película de Kramer tomó una decisión muy inteligente. No recrea el juicio del '45-'46 a los jerarcas militares, sino uno posterior, de 1948, a un cuarteto de jueces alemanes, entre ellos quien fue Ministro de Justicia durante Hitler, el ficticio Ernst Janning (Lancaster). Lo que se discute allí, pues, no es el destino de las manzanas podridas que asesinaron a seis millones de inocentes, sino el grado de complicidad de la sociedad alemana. Y en particular de los jueces que, con la excusa de apegarse a su deber, incurrieron en delitos atroces —como la esterilización de opositores políticos o la ejecución de judíos por vincularse amorosamente con arios.

Lo que sugiere la película de Kramer es que no habrá justicia —el principio moral al que toda sociedad debería tender— si no hay Justicia, con jota mayúscula — es decir, un Poder Judicial que haga valer su razón de ser, enfrentando al poder real cada vez que sea necesario. Esa es una de las lecciones que derivan de las cuatro décadas de democracia hoy trunca en la Argentina. El Poder Ejecutivo cambió de signo muchas veces, el Congreso varió de color otras tantas, y aun cuando dimos con un rumbo en el que convenía perseverar más allá de correcciones, no conseguimos sostenerlo. Lo que nunca cambió sustancialmente es el Poder Judicial que, como no debe someterse al voto cada cuatro años, se caga en el pueblo al que no necesita y actúa sólo en beneficio propio. Por eso funciona como fiel de la balanza entre la voluntad popular y el deseo de los poderosos, al que nunca desaira. Lo que acaba de hacer el juez Martínez de Georgi en el caso Libra es vergonzoso, aún para los libertinos parámetros de nuestros tribunales. Tan pronto el gobierno confirmó a su esposa como jueza, falló en favor del denunciado Novelli, beneficiando a Milei. (De todos modos, valga este aviso parroquial: Karina y Javier creen estar haciendo La Gran Mauricio, al nombrar jueces a lo pavo. Pero los Milei olvidan que, como ya dije, no son casta, y que por ende, cuando la suerte les dé la espalda, los mismos jueces que nombraron, fieles a su naturaleza de escorpiones como el de la fábula, los sepultarán bajo una montaña de demandas.)
Cuando sobrevenga el cambio, una de las prioridades debe ser la renovación del Poder Judicial. Necesitamos juzgar los atropellos que nos pusieron en esta encrucijada: la responsabilidad política por la entrega de la Nación (antes de que Milei fugue y se instale en una carpa al pie del Muro de los Lamentos); la responsabilidad de las conducciones económicas que suscribieron el endeudamiento impagable y la venta del patrimonio nacional (esencial al nuevo Nunca Más: si estamos como estamos se debe a que nunca mandamos presos a los que nos dejaron en pelotas); y la responsabilidad de los jueces que, mediante sus dictámenes y sus omisiones, dieron protección legal a quienes mutilaron, y por ende condicionaron, la democracia por la que tanto luchamos.

"El cargo del que se los acusa —dice el juez Haywood (Tracy), antes de dar el veredicto— es el de la participación consciente en un sistema a escala nacional, organizado por el gobierno, para impartir crueldad e injusticia". Haywood habla de los jueces funcionales al nazismo, pero podría estar hablando tranquilamente del Poder Judicial argentino.
Ya sé que falta para que filmen esta película. Pero tengo tantas ganas de verla, que pagaría la entrada ya mismo, con tal de asegurarme buena ubicación para un espectáculo tan glorioso.
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