El futuro es hoy

Se debe poner un piso al salario con una renta básica que se pague con la eliminación de privilegios del capital

 

Cuando era todavía muy joven y despertaba a la vida había en la Argentina recurrentes cuartelazos, típicos de aquella etapa histórica de nuestro país, que en algunos casos derrocaban gobiernos mediante golpes de Estado y en otros efectuaban los consabidos “planteos” militares. El objetivo de estos planteos era que el gobierno de turno derogara alguna norma o pusiera en vigencia alguna decisión política bajo amenaza de desplazarlo y reemplazarlo por otro que a los militares, como representantes de la oligarquía, les fuera más útil. El peronismo estuvo proscripto en toda esa etapa y algunos dirigentes promovían el llamado “peronismo sin Perón”. En medio del desmadre político de entonces parecía que la economía se desarrollaba por otros rumbos, ya que existía lo que hoy llamaríamos una economía de pleno empleo y la puja distributiva se planteaba en el terreno del fifty-fifty que la Argentina había logrado durante el peronismo (50,84% de participación de los trabajadores contra 49,16% para el capital).

Esa cuestión tenía que ver con que la producción industrial demandaba mano de obra intensiva: eran necesarios muchos trabajadores para lograr una producción razonable. Prueba de ello es que en los alrededores de las plantas industriales florecieron barrios de trabajadores de grandes o medianas empresas, y también de otras de menor envergadura proveedoras de insumos de la principal industria del lugar. Las empresas más paradigmáticas de aquella época son las plantas automotrices, que se instalaban en distintos lugares y contrataban una enorme cantidad de trabajadores que, para evitar problemas de transporte, preferían mudarse de localidad con toda la familia. Los llamados autopartistas, que fabrican algunas partes del vehículo, también intentaban arrimarse al lugar y de esta forma minimizar los costos de logística. Por otro lado, infinidad de pequeños comerciantes le daban el perfil comercial definitivo a la zona.

De esta manera se construyó gran parte del conurbano bonaerense. En 1960 nuestro país fabricó, según autoblog.com.ar, 89.338 vehículos entre automóviles, pickups, colectivos y camiones. Había 23 empresas automotrices de distintas características que fabricaban diferentes tipos de vehículos. Muchas lograron sobrevivir poco tiempo. Claro que esas 23 empresas fabricaban o armaban el automóvil pero surgieron otros cientos de empresas autopartistas que daban trabajo a muchos miles de trabajadores. Los gremios más importantes de aquella época eran los de metalúrgicos, nucleados en la UOM, y los mecánicos, en SMATA.

Siempre recuerdo que por algún motivo visitó nuestra casa un matricero de la empresa Ford y nos contó con lujo de detalles cómo se hacía un bloc de un automóvil. Quienes lo oíamos quedamos atónitos y nuestros ojos reflejaban el asombro que sentíamos. Recuerdo de aquel relato eran que la tarea llevaba siete días y que se hacía con un molde al que se cubría con algo similar a la ceniza. Cada auto era una obra de arte, cada detalle era subyugante, cada vehículo era hecho a mano por los trabajadores. Hoy no sé si mi recuerdo es real o está marcado por la admiración que sentía por aquellos héroes que transformaban el metal en algo vivo, que cambiaría la relación entre las personas.

Se podía percibir que nuestro país, mediante el trabajo intensivo industrial, estaba a punto de despegar y transformarse en una gran potencia. Sin embargo, la mediocridad de la dirigencia y de la oligarquía pudo más que las potencialidades de la sociedad. Pero, a pesar de esta mezquindad, lo cierto es que se vivía un momento de pleno empleo, gremios fuertes y una distribución de la renta nacional bastante racional que permitió que millones de trabajadores pasaran a ocupar los sectores medios de la sociedad. La educación fue expandiéndose, haciendo realidad la posibilidad de ascenso social cristalizando aquello de “padres obreros con hijos doctores”. Fue en 1974 que se alcanzó el pico más alto de capacidad adquisitiva del salario en toda la historia laboral de nuestro país. Sin embargo, la crisis política persistía y obviamente afectó a la economía.

La fiesta que había empezado a gestarse en el ’45 se extinguió con el advenimiento de la dictadura en 1976, dando origen a la debacle de la producción argentina, con miles de empresas abandonando el país si eran extranjeras o simplemente cerrando sus puertas si eran producto del esfuerzo de un empresario argentino. La dictadura abrió las importaciones en forma indiscriminada y liberó todas las variables económicas, dando inicio a la etapa de la financiarización de la economía. Todos fuimos testigos con espanto de la destrucción de miles de puestos de trabajo, el desfinanciamiento de la seguridad social, la pauperización del mundo del trabajo.

Pero lo que aquí me interesa no es hacer una síntesis de la historia argentina sino explicar el proceso por el cual el trabajo fue la herramienta principal de distribución del ingreso nacional. A partir de allí la pérdida de participación de los trabajadores fue constante hasta 2002, año en que se registra una participación del 31,4% para los trabajadores y un 68,6% para el capital. A partir de ese momento nuestro país entra en una espiral de crecimiento que se verifica con una participación creciente de los trabajadores hasta alcanzar en 2015 el 51,6%. Con la llegada al poder del neoliberalismo en diciembre de 2015 esa participación comienza a descender en una tendencia firme y sostenida. En 2016 se registró una participación del 49,7%, a la que debe adicionarse el derrumbe del 5,8% en el PBI. Los años siguientes se mantuvieron las mismas condiciones y año a año la participación de los trabajadores en la riqueza nacional fue mermando.

Por otro lado, a partir de 1976 comienza el fenómeno de la desocupación creciente, que fue minando las entrañas del trabajo: nunca más tuvimos pleno empleo y se terminó la mano de obra intensiva. A su vez, los empresarios ven que es más negocio invertir en el mercado financiero que esforzarse en levantar las cortinas de sus fábricas, abriéndole las puertas a los nefastos asesores financieros que, como parásitos, invitan a destruir los sistemas productivos y pasar a mover los pesos en el mercado financiero. El esfuerzo y riesgo empresarial disminuían y las ganancias eran mayores, aunque percibieran que su país y su gente se deterioraban cada vez más.

En los últimos años ha empezado un proceso de desarrollo tecnológico inédito en la historia de la humanidad, donde las máquinas van reemplazando al trabajo humano cada día a mayor velocidad. Los grandes aeropuertos o las inmensas terminales de ferrocarril son manejados más por máquinas que por personas. Los automóviles sin conductor ya están al alcance de la mano y la mayoría de las empresas usan herramientas robotizadas de toda naturaleza. Las cosechas en el campo ya se hacen en forma mecánica, manejadas con información satelital y casi sin personal, aunque algunos con nostalgia recuerdan el folklore nacional dando cuenta de las fiestas y el sacrificio que protagonizaban en cada cosecha, cosas que ya no volverán. Así podríamos recorrer todo tipo de actividades, más o menos tecnificadas. En pocas palabras, tarde o temprano las máquinas van a reemplazar a los trabajadores.

Pero entonces, ¿qué pasó con ese proceso de tecnificación de los procesos productivos? ¿Quién se quedó, o se queda, con la diferencia entre mayor productividad y menor mano de obra? La respuesta es simple: el capital. Para colmo, producto del poder de presión de los grupos económicos, también lograron quedarse con el 3% del PBI proveniente de la disminución de las contribuciones patronales realizada por Menem/Cavallo y con otro 2,5% por desgravaciones impositivas. Y, como si esto fuera poco, esos excedentes los destinaron al mercado financiero y a la fuga de capitales, no a la reinversión productiva. Es palpable que ello fue y sigue siendo costeado por los trabajadores y por el resto de los sectores populares. La codicia del capital es ilimitada. Hoy, producto del impuesto a las grandes fortunas, sabemos que sólo 13.000 personas son las beneficiarias de este régimen injusto. Esto demuestra en forma palmaria los niveles que ha alcanzado la concentración económica.

Ahora hagamos un acto reflexivo. Sabemos que el capital pujará permanentemente por quedarse cada día con un poco más de renta nacional. También es fácil visualizar que, a mediano plazo y producto del avance tecnológico, muchos trabajadores serán expulsados del mercado laboral y la masa de desocupados crecerá paulatinamente. Esto llevará a que cada día haya más producción y menos capacidad de compra por la población. En este punto, forcemos el análisis al extremo imaginando que, si no se hace nada para resolver esta cuestión, el resultado sería que los robots reemplazarían a los trabajadores y producirían muchos más productos pero la población habrá perdido toda capacidad de consumo. La consecuencia es fácil de imaginar: el capital habrá acumulado todo en sus manos pero ello no le servirá de mucho ya que no podrá colocar sus productos y la tensión social será palpable, mientras los sectores populares sobrevivirán con su miseria como puedan.

Claro que el ejemplo es una exageración porque se supone que la sociedad ira corrigiendo esta distorsión. Pero sirve para tomar conciencia de que el trabajo, como eje distribuidor de la renta nacional, va a ir perdiendo peso a medida que la tecnología avance, y por otra parte esa disminución de las posibilidades laborales junto al home office serán disciplinadores sociales que acarrearán una pérdida de representatividad de los gremios. Por ello, en mi opinión, es necesario un Estado activo que tome algunas decisiones ahora, antes de que sea tarde. El Estado debe dejar de ser el mediador entre el mercado del trabajo y el capital para tomar partido por el sector del trabajo. El salario mínimo vital y móvil ha perdido todo sentido y ya no configura una herramienta útil, por lo que debe ser reemplazado por una renta básica debajo de la cual nadie viva, que obligue al empleador a pagar un salario que la supere. Es necesario eliminar los privilegios impositivos del capital y la disminución de las contribuciones patronales; con ello sería factible pagar el ingreso básico. En el primer mundo, países como Italia, Francia y España han tomado hace años la decisión de duplicar las cargas sociales a empresas que utilizan algún método tecnológico que reemplace a los trabajadores.

Es posible que varios, al leer esta nota, consideren una exageración pensar ahora lo que puede ocurrir en un futuro eventualmente lejano. A ellos les recomiendo que lean una pequeña novela distópica de Aldous Huxley, “Un mundo feliz”, escrita hace casi 90 años, donde nos anticipa, entre otras cosas, la crisis de la superproducción capitalista, la clonación y la posibilidad de la manipulación genética. Los tiempos de la humanidad cada día son más cortos y hay que tomar conciencia de ello. Yo nací cuando empezaba la televisión, que sólo podían ver muy pocos debido al corto alcance de las antenas. Advertir la velocidad del desarrollo tecnológico debería hacernos pensar que el futuro se nos viene encima, y así como en 70 años pasamos de una economía de mano de obra intensiva y distributiva a una economía rentística, financiarizada e hiperconcentrada, es fácil imaginar que si esta distorsión no se revierte el sufrimiento de los más vulnerables será cada día más brutal.

Por ello insisto en que el camino a recorrer es que el Estado actúe recogiendo a los caídos del sistema y poniéndole un piso práctico al salario mediante una renta básica pagada por la eliminación de los privilegios de todo tipo de los que goza el capital. No me voy a cansar de repetir que es posible y que además, aún hoy, puede honrarse aquella fantástica frase de Evita de “donde hay una necesidad, nace un derecho”. Con o sin pandemia es posible, sólo hace falta animarse. Siempre el primer paso es el más difícil, pero es necesario darlo.

 

 

 

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