El Foro de Davos transcurrió durante la semana pasada y constituyó una buena ocasión para observar la evolución de la política mundial, impactada por el huracán trumpista, que no cesa de generar hechos disruptivos. El brutal ejercicio de poder del mandatario estadounidense está destrozando toda fantasía de convivencia civilizada.
La presencia argentina fue —como lo viene siendo desde 2024— lastimosa, y sólo constituyó una nota de color para amenizar el clima denso que se ha instalado especialmente entre las potencias occidentales, a partir de las oleadas de golpes arancelarios, exabruptos y amenazas de anexión territorial del Presidente norteamericano.
Contracara del superfluo devaneo de Javier Milei, fue el crudo y audaz discurso del Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, que sorprendió a nivel mundial por el grado de sinceridad enunciada por un líder de lo que fue el G-7, aquel grupo de gran relevancia en los años '90 que ha perdido brillo y espesor por la enorme expansión asiática y el maltrato trumpista hacia sus ex socios.
Antes de analizar algunos elementos del discurso de Mark Carney, es bueno recordar que Carney era el gobernador del Banco de Inglaterra en 2019, cuando se decidió el congelamiento de las tenencias venezolanas de oro en esa entidad, que equivalen a unos 4.000 millones de dólares. Ese oro sigue inmovilizado allí. Fue parte del prolongado esfuerzo de las potencias atlánticas por dañar y derrocar el gobierno chavista.
Probablemente estas credenciales de hombre del establishment global le hayan permitido contar con la libertad política e intelectual necesaria —de la que carecen los supuestos progresistas del sistema— para abordar los temas globales como lo hizo en Davos.
Carney comenzó hablando directo: “Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción (…). Cada día se nos recuerda que vivimos en una época de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en reglas tiende a desaparecer. Que los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias” (…). Ante esta constatación, los países tienden en gran medida a seguir la corriente para mantener buenas relaciones. Se adaptan. Evitan los conflictos. Esperan que este conformismo les garantice la seguridad. No es así”. Dos elementos resaltan en este párrafo: primero, la constatación sobre la novedad de la situación internacional realmente existente. Segundo, la decisión de no aceptar el pacto de sometimiento que le está ofreciendo Estados Unidos a su propio país.
Carney no disimula, habla desde uno de los países que fueron privilegiados por el orden norteamericano hasta no hace mucho tiempo: “Durante décadas, países como Canadá han prosperado gracias a lo que llamábamos el orden internacional basado en reglas. Nos hemos adherido a sus instituciones, hemos alabado sus principios y nos hemos beneficiado de su previsibilidad. Gracias a su protección, hemos podido aplicar políticas exteriores basadas en valores".
Pero elige el camino de decir la verdad, una verdad que desde el mundo periférico conocemos largamente: “Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era en parte falsa. Que los más poderosos se saltarían las normas cuando les conviniera. Que las normas que regulan el comercio se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor según la identidad del acusado o la víctima”.
Y explica por qué de todas formas adherían a ese orden asimétrico: “Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a garantizar beneficios públicos: vías marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los mecanismos de resolución de controversias”.
Nosotros, en la Argentina, en América Latina, estábamos del otro lado del mostrador, donde el orden basado en reglas sirvió para que una dictadura militar nos endeudara, que la democracia fuera condicionada y vaciada de sentido social y que la intervención permanente de factores externos debilitara la capacidad de decisión nacional.
Pero visto desde Canadá: “Participamos en los rituales. Y, por lo general, evitamos señalar las discrepancias entre la retórica y la realidad. Este compromiso ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en plena ruptura, no en plena transición. Durante las dos últimas décadas, una serie de crisis —financiera, sanitaria, energética y geopolítica— ha puesto de manifiesto los riesgos de una integración mundial extrema". Dicho sea de paso, eso que Carney descarta, por peligroso e improductivo, es el proyecto actual de los sectores dominantes argentinos que apoyan a Milei. Es más: cuando la derecha analiza los procesos económicos por los que ha pasado la Argentina, esa serie de crisis que el resto del planeta reconoce y utiliza para entender lo ocurrido, no existen. En cambio, lo único que les sale decir es: kirchnerismo.
Sigue Carney y denuncia, sin poner nombre propio, el accionar de su poderoso vecino del sur: “Más recientemente, las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como medio de presión. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como medio de coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar. Es imposible “vivir en la mentira” de un beneficio mutuo gracias a la integración cuando esta se convierte en la fuente de tu subordinación”. Aquí en la Argentina, el nivel de postración de la dirigencia es tan enorme y extendido, la colonización ideológica y subjetiva es tan impresionante, que no se puede mencionar ni discutir lo evidente. No lo dice ningún trasnochado izquierdista local: “Muchos países llegan a las mismas conclusiones. Deben reforzar su autonomía estratégica en los ámbitos de la energía, la alimentación, los minerales críticos, las finanzas y las cadenas de suministro”.
Carney sigue con la operación de desenmascaramiento: “Hay otra verdad: si las grandes potencias renuncian incluso a fingir que respetan las normas y los valores para ejercer su poder sin trabas y defender sus intereses, las ventajas del 'transaccionalismo' se vuelven difíciles de reproducir”.
Así piensa una cabeza con criterios nacionales
Para que quede en claro su independencia del trumpismo y la amplitud de sus alianzas globales, el mandatario canadiense sostuvo: “En materia de soberanía en el Ártico, apoyamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y respaldamos plenamente su derecho exclusivo a determinar el futuro de Groenlandia. (…) Canadá se opone firmemente a la imposición de aranceles relacionados con Groenlandia y pide que se mantengan conversaciones específicas con el fin de alcanzar los objetivos comunes de seguridad y prosperidad para el Ártico”.
Más adelante sostiene: “No se trata de un multilateralismo ingenuo. Nuestro enfoque tampoco se basa en instituciones debilitadas. Consiste en establecer coaliciones eficaces, en función de los retos, entre socios que comparten suficientes puntos en común para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de los países. Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estás en la mesa, estás en el menú”.
Gracias, Carney, por ayudarnos a mostrar las alternativas con una imagen clarísima: con el gobierno de Milei, con la política de subordinación absoluta a Estados Unidos, la Argentina es parte del menú del mundo sin reglas en el que estamos habitando. No hay ni puede haber buen pronóstico para nuestro país si continúa en esta senda de alienación.
Sostiene Carney, no Scalabrini Ortiz: “Cuando (las potencias medias) negociamos solo a nivel bilateral con una potencia hegemónica, lo hacemos desde una posición de debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Eso no es soberanía. Es fingir ser soberano mientras se acepta la subordinación”. Punto a favor de Milei: no finge ser soberano, ofrece al mundo un modelo de colonizado entusiasta. Trump lo deja correr.
Y un buen consejo para los que quieren volver a un pasado que nunca fue bueno para la Argentina, mucho antes de Trump: “Dejar de invocar el 'orden internacional basado en reglas' como si aún funcionara tal y como se nos presenta. Llamar al sistema por su nombre: un período de intensificación de la rivalidad entre las grandes potencias, en el que las más fuertes actúan según sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción”.
Debemos decir que en el “añorado” orden internacional basado en reglas —si lo habrán sabido Alfonsín y los Kirchner—, las posibilidades de ejercer la soberanía e impugnar las enormes asimetrías del sistema internacional eran escasísimas. Y ahí estaba todo “Occidente” prendido en la farsa, incluida Canadá, incluidas las dirigencias latinoamericanas, fingiendo ser miembros plenos de un orden construido por otros y para otros.
Veamos qué dice Canadá ahora: “En lugar de esperar a que se restablezca el antiguo orden, crear instituciones y celebrar acuerdos que desempeñen la función que se supone que deben desempeñar. Y es reducir la influencia que permite la coacción. Todo gobierno debería dar prioridad a la creación de una economía nacional fuerte. La diversificación internacional no es solo una cuestión de prudencia económica, sino también la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posiciones de principio al reducir su vulnerabilidad a las represalias”.
Remata Carney en su discurso: “Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos”.
Nos preguntamos por qué la dirigencia argentina, que es capaz de pensar en términos propios, desde una perspectiva nacional, está marginada en nuestro país, mientras que predomina la estupidez, la ignorancia y la alienación en la dirigencia que accede a puestos de poder. ¿Qué sistema institucional fallido y antinacional está bloqueando a los mejores cuadros de nuestra sociedad, para entronizar en cambio a los más ideologizados y colonizados, que se ofrecen servilmente para sostener una relación de vasallaje sin ningún tipo de ventaja para el país?
Mientras Carney tomó nota del nuevo escenario, y comprendió que Canadá debía moverse rápido y con inteligencia para contrabalancear al acosador del sur, y salió al mundo a establecer todo tipo de alianzas para que su país esté en condiciones de seguir controlando su propio destino, Milei refuerza nuestra dependencia precisamente con ese personaje que sólo le facilita su supervivencia personal, pero en cambio no ofrece nada como horizonte para el país. Personaje que ni siquiera tiene garantizada su propia permanencia en el cargo que detenta.
El canciller alemán Friedrich Merz, luego del impacto internacional favorable de las palabras de Carney, dijo en Davos que adhería a esos conceptos, pero con un matiz muy característico del estado languideciente de la dirigencia europea: para él, la “great power politics” (política de gran potencia) es sólo la que realiza Rusia. Aunque Estados Unidos humille a los europeos constantemente, ellos siguen queriendo estar en la fantasía previa, sentirse “aliados”. Sostienen la OTAN aun cuando esa alianza militar en la que manda Estados Unidos es una de las causas más importantes de la subordinación europea a la potencia americana. Así, Merz anunció que mantiene la línea trumpista de dedicar el 5% del PBI a gasto militar. Abandona, en cambio, la política fiscal austera, sosteniendo que Alemania debe aumentar la competitividad con una masiva inversión en energía e infraestructura. En eso es más bien parecido a China. También, en línea trumpista, embistió contra la “sobrerregulación y la burocracia” de la Unión Europea. Defendió el acuerdo firmado con el Mercosur y, como forma de módica rebelión, se quejó de los aranceles al comercio fijados arbitrariamente, sin mencionar, por supuesto, al único país que lo hace.
Autodesestabilización en los Estados Unidos
Uno de los nuevos conflictos que Trump desató esta semana, en su frente interno, es la demanda que efectuó contra el JP Morgan, el mayor banco de los Estados Unidos, y contra su consejero delegado, Jamie Dimon —quien recientemente visitó la Argentina— por 5.000 millones de dólares. Trump acusa al banco de negarle sus servicios financieros a raíz del asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, cuando bandas violentas que respondían al mandatario norteamericano intentaron impedir la confirmación de la victoria de Joe Biden. Varios de los principales responsables de la conducción económica de la Argentina provienen de esa entidad.
Seguramente Trump no sólo está furioso por esa sanción del pasado. Resulta que Dimon apoya en la actualidad al Presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, quien no ha accedido a los reiterados pedidos de Trump para que baje la tasa de interés —que es referencia clave también para las finanzas mundiales—. Trump también ha solicitado que se ponga un tope al interés de las tarjetas de crédito, propuesta que también ha sido fuertemente atacada por Dimon, que pronosticó una crisis económica si tal tope se implementara. Trump ya instruyó a la Fiscalía de los Estados Unidos para que abra una investigación penal contra Powell, a quien acusaron ante la Justicia por la utilización de 2.500 millones de dólares (SIC) para obras de infraestructura de la Reserva Federal. Hay una tensión fuerte entre el Presidente y las grandes corporaciones financieras.
Al mismo tiempo, las tropas semiclandestinas de ICE siguen agrediendo a la población de Minesota y otras ciudades “demócratas”, y las reacciones populares se acercan a un punto de ebullición, debido a la brutalidad de los grupos de tareas, que muchas veces agreden a personas de aspecto latinoamericano o sospechosas de provenir de algún otro país del tercer mundo (los famosos “shithole countries”, países de mierda), que suele mencionar el propio Trump.
Además, la obsesión del Presidente norteamericano por apoderarse de Groenlandia empezó a generar diversos efectos en el continente europeo, aun cuando no hay una respuesta clara y generalizada a la amenaza de invasión. Se conoció esta semana que un fondo de pensión danés, el AkademikerPension, anunció que se proponía deshacerse a fin de mes de los bonos del Tesoro de los Estados Unidos en su poder, mencionando el riesgo crediticio creciente de ese país bajo la gestión Trump. El fondo señaló en una comunicación pública que consideraba que las finanzas públicas norteamericanas ya no son sustentables debido a la débil disciplina fiscal de aquel país, al dólar debilitado y a las presiones que realiza por Groenlandia.
Las naciones europeas, en conjunto, poseen 3,6 billones de dólares en bonos del Tesoro, lo que equivale a casi el 40% de la deuda norteamericana en poder de extranjeros. En cambio, los países asiáticos como China e India se vienen desprendiendo sistemáticamente de esos bonos, mientras se acentúa su reemplazo por oro, plata y otras monedas de reserva.
Trump parece ignorar en qué medida la grandeza de los Estados Unidos se construyó sobre el sistema de poder y alianzas que supo organizar desde la Segunda Guerra Mundial: FMI, Banco Mundial, el dólar como moneda internacional, las rondas GATT, la Organización Mundial de Comercio, las Naciones Unidas, la organización del sistema financiero global en torno a Wall Street y los diversos mecanismos financieros conexos, la OTAN, más la ficción política y diplomática de la “Comunidad Internacional”, cuya defunción señaló Carney en Davos.
Fue ese extraordinario entramado político-militar-diplomático-ideológico el que garantizó mercados para las empresas norteamericanas, inversiones en todo el planeta, ingresos por servicios, regalías, patentes, y que su legislación y capacidad punitiva judicial se extendiera a todo el planeta.
Destruir ese entramado —que es cierto, no le está alcanzando hoy a Estados Unidos para sostener su primacía global—, pero sin la capacidad de construir otro alternativo, es lo que está ocurriendo delante de nuestros ojos.
¿Es el trumpismo un fenómeno transitorio o permanente? ¿Qué hay de volátil y qué de estable en los cambios que impulsa y en las instituciones que destroza? ¿Qué se puede tomar en serio y qué no de la prédica trumpista? ¿Cuánto puede durar, por ejemplo, el chapucero proyecto sobre la Franja de Gaza, presentado por su yerno en el Foro de Davos? ¿Quién hundiría cientos de millones en ese lugar, sin tener plenas garantías de que la inversión tendrá tiempo para madurar y pagar dividendos?
Trump, ¿es representativo de Estados Unidos, o no? O mejor dicho, ¿en qué cosas sí y en qué cosas no? Por ejemplo, en relación a Venezuela, varios Presidentes norteamericanos apoyaron la desestabilización de los gobiernos chavistas. En relación a Cuba, todos apoyan la restauración del capitalismo en la bloqueada isla. Pero aparecen diferencias en relación al cambio climático, a la guerra contra Rusia, al trato a los “aliados”, al discurso ex hegemónico de un orden internacional sujeto a reglas.
Las declaraciones de la por entonces generala del Comando Sur, Laura Richardson, en relación a los derechos norteamericanos sobre los recursos naturales del patio trasero fueron previas a Trump. Las acciones del embajador Stanley, quien siguió lineamientos de la anterior gestión Biden, son perfectos antecedentes de las acciones del trumpista Peter Lamelas.
¿Está en condiciones Estados Unidos de proveer al sistema mundial de un conjunto de parámetros de conducta estables? Hoy se presenta como un país fuertemente partido. ¿El trumpismo sobrevivirá al propio Trump y se constituirá en una corriente política permanente con peso parlamentario? ¿O se trata de un orden internacional sujeto transitoriamente a la personalidad de Donald Trump, quien no es un líder joven que garantice décadas de predominio para imprimir cambios permanentes en el sistema mundial? Por ejemplo: ¿Es capaz Trump de reemplazar a las Naciones Unidas por otro agrupamiento de naciones que acepten como premisa la subordinación a los Estados Unidos o a Trump? Por los resultados exhibidos en Davos, no parece que pueda hacerlo.
¿Qué respaldo tiene en la sociedad norteamericana y en el establishment?
¿Creó algún consenso nacional o es sobre todo un fenómeno político divisivo?
¿Podrá, en las condiciones de desequilibrio político y económico, violencia y confrontación civil que está generando, durar tres años más en el gobierno?
La Argentina no puede seguir a la deriva
Es muy importante entender, desde la periferia latinoamericana, qué cosas sí pueden cambiar en Estados Unidos si se fuera Trump, y qué cosas no.
Aunque lograran hacerle un impeachment mañana al actual Presidente, muchas cosas rotas no podrán restaurarse. El proceso de confrontación interna es de tal virulencia, que la imagen de un Estados Unidos con políticas permanentes y confiables de largo plazo aparece muy golpeada. No alcanza sólo con capacidad militar sobresaliente para crear un orden hegemónico.
Milei y todo el entorno político y empresarial que lo sostiene han hecho la peor opción posible, la del encadenamiento a un experimento norteamericano que tiene todo el aspecto de resultar fallido en no demasiado tiempo.
En esos días, por ejemplo, Milei intervino el estratégico puerto de Ushuaia. Funcionarios de la provincia de Tierra del Fuego denunciaron una posible entrega encubierta de las instalaciones a los Estados Unidos. También se ha unido apresuradamente al ultrapersonalista Board of Peace, engendro trumpista de muy incierto futuro, sin consultar siquiera a otras fuerzas políticas del país. La Argentina se presenta frente al mundo como un país desclasado, mandadero de un presidente temido pero no respetado. ¿Todo es pro americanismo bobo en la Argentina?
¿La mayor parte del sistema político, mediático e institucional está carcomido por la obediencia acrítica a lo que necesita Estados Unidos, o específicamente Trump, o Marco Rubio, o Jamie Dimon, o Larry Fink, el presidente de BlackRock?
¿Es necesaria esta política exterior para la Argentina o es la política de vasallaje que Estados Unidos necesita en la Argentina?
Lo único cierto es que se ha incrementado fuertemente la volatilidad de todo el esquema internacional, político, económico y militar. Y por consiguiente se ha incrementado la volatilidad de un poder local tan bruto como alucinado, aferrado de un hilito a un personaje tan destructor del orden global como incapaz de construir otro orden superador permanente.
Quienes piensan que la Argentina puede ser un lugar mucho mejor que el que está siendo en esta etapa de extravío ideológico y político, deberían ponerse a trabajar rápidamente, con mucha dedicación y sistematicidad, a preparar un efectivo y potente mecanismo de reemplazo.
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