El garrote de Trump

El Presidente de EE.UU siente afinidad con el uso de la amenaza y de la violencia

 

En La República Imperial, Raymond Aron examinó con agudeza un período de la política exterior norteamericana. Dejó también instalado en ese libro un oxímoron conceptual –el del título del texto— que caracteriza muy bien una polaridad de valores típica de la política estadounidense, que remite particularmente al manejo de las relaciones exteriores y de seguridad internacional: el vaivén que oscila entre la represión y la negociación (o entre la vía violenta y la promoción de consensos). Agrego de mi parte que ambos tipos de acción pueden ser desarrolladas por un mismo mandatario.

Barack Obama, por ejemplo, autorizó la operación comando que terminó con la vida de Osama Bin Laden, el 3 de mayo de 2011. El entonces presidente siguió incluso el desarrollo de esa misión en directo, en la Casa Blanca, junto a un grupo de colaboradores. Pero también desautorizó un ataque aéreo de Israel sobre instalaciones nucleares iraníes a comienzos de 2012. Las autoridades políticas israelíes –encabezadas en aquel entonces, tal como hoy, por Bibi Netanyahu— mascaron el freno con desagrado pero aceptaron. Obama creía que era posible una vía diplomática, opción que venía ya trabajando y que culminó con el convenio nuclear con Irán, que ha sido puesto en la picota por el actual presidente de los Estados Unidos.

Quizá podría decirse que en Obama prevaleció la tendencia hacia la república o, al menos, que fue más proclive a ella. Donald Trump es el caso contrario: su afinidad es con el imperio, es decir, con el uso de la amenaza y de la violencia. En su borrascoso e inestable comienzo se prodigó en expulsar a altos funcionarios de su equipo haciendo gala de una intolerancia supina. Y sorprendió malamente con su intención de materializar un muro sobre las fronteras de EE.UU. y México: un agravio inexplicable. Es un aprendiz que nunca antes ha ejercido un cargo político, se pensó o se dijo, como buscándole una vuelta a la indulgencia. Con la clausura del acuerdo transpacífico y la desestimación del transatlántico pareció acercarse más a su consigna enseña: America first. Al fin y al cabo aquellos abandonos tenían una reminiscencia del viejo aislacionismo, que implicaba un retraimiento del país sobre sí mismo y una menor consideración de las relaciones internacionales.

Pero desde hace no mucho tiempo se nos ha ido revelando un nuevo Trump, quizá el verdadero (o el predominante): un halcón no dispuesto a abandonar la escena internacional y a jugar fuerte en materia de coerción y de uso de la fuerza. Desempolvó un garrote y comenzó a menearlo aquí y acullá. (Dicho sea de paso, no ha sido ni el primero en blandirlo ni será el último. Theodore Roosevelt, presidente entre 1901 y 1909 acuñó el término Big Stick [Gran Garrote] que designó un tipo de política exterior. Y comenzó su señera aplicación como combinación de coerción y uso concreto de la fuerza en el área caribeña: estableció un bloqueo naval sobre Venezuela en 1902-1903, aportó efectivos militares a la secesión panameña en 1903, y ocupó militarmente Cuba entre 1906 y 1909. Como se sabe, la historia prosiguió por este andarivel luego de Roosevelt, pródigamente).

El Trump duro comenzó a mostrarse en junio de 2017 cuando decidió retirar a su país del Acuerdo de París sobre la cuestión climática. Dejó a los concurrentes plantados y consternados; entre ellos a sus principales socios en el antiguo G7, en el G20 y en la OTAN. Fue el inicio de una cabalgata alucinante. Durante todo 2017 se asistió a una aguda y peligrosa escalada de tensión militar debida a su terminante rechazo del avance norcoreano en la construcción de bombas atómicas y misiles portantes. Fire and fury le prometió al mandatario norcoreano Kim Jong-un. Ambas Coreas, empero, acaban de establecer un acuerdo inicial para avanzar en la reintegración nacional y en la desnuclearización de la península, con la aquiescencia de los propios EE.UU. y China. La flecha ya está en el aire –robo una bella metáfora de Yupanqui— aunque su dirección es aún incierta.

Prosiguiendo con el raid, en abril de este año EE.UU., con la colaboración de Francia y el Reino Unido, realizó un ataque aéreo sobre instalaciones militares sirias como represalia a un presunto ataque con armas químicas, en una localidad próxima a Damasco. El “fuego y la furia” prometidos por Trump a Corea del Norte cayeron sobre Siria.

El 8 de mayo se formalizó el retiro de EE.UU. del acuerdo nuclear con Irán. De nuevo, como ocurrió con el de París, dejó ahítos a sus socios mayores: el Reino Unido, Francia y Alemania; también a China y Rusia, co-firmantes de aquel compromiso. Por último, el 14 de mayo se concretó la inauguración de la embajada norteamericana en Jerusalén, dando cumplimiento el anuncio efectuado por el propio Trump en diciembre de 2017. Su hija Ivanka fungió como su representante en la ceremonia presidida por un exultante Netanyahu, que comandaba con notorio placer el aniquilamiento de la laboriosa normativa generada por Naciones Unidas sobre la administración de la ciudad en la que se cruzan tres religiones. Bibi consintió, además, una sangrienta y brutal represión rayana en el terrorismo de Estado, contra muchedumbres musulmanas que protestaban contra esa decisión. Hubo no menos de 58 muertos y más de 2.400 heridos. EE.UU. no participó directamente en la masacre. Pero es innegable que sucedió a raíz de una iniciativa de Trump y que existe una distante complicidad norteamericana.

Suele decirse que “escoba nueva barre bien”; una cosa similar puede aplicarse –salvando la función— al garrote. Los mandobles trumpianos están causando un estropicio en la escena internacional.

La retirada norteamericana del convenio ha recalentado a altísima temperatura la cuestión iraní. Sus principales socios europeos no acompañaron esa decisión, lo que significa que prefieren que la situación permanezca estable, conformes con lo establecido en el acuerdo. Francia, el Reino Unido y Alemania han hecho inversiones en Irán y están hoy bajo amenaza de penalidades económico-financieras, a raíz de las sanciones previstas para todos aquellos que no respeten los castigos y represalias que Estados Unidos impone a terceros países. Esas sanciones se aplican sobre inversiones y actividades comerciales o financieras que las firmas inversoras radicadas en Irán tuvieren en el gran país del norte.

Están que trinan: se sienten desairados, no comparten suficientemente la lectio mundi del socio mayor (no están de acuerdo en que Jerusalén sea la capital de Israel, ni con la retirada del Acuerdo de París, por ejemplo), y están atrapados y sin salida por sus antedichas inversiones iranianas: pierden si se quedan y pierden si se van. Por otra parte, el reempoderamiento de Israel que subyace al reconocimiento de su nueva capital echa leña al fuego contra Irán. El ataque directo se cuenta entre las posibilidades barajadas por las autoridades israelíes, tanto como una participación más activa en Siria para impedir el desarrollo de un corredor que, con terminal en el Líbano, enlace a Irán con el Mediterráneo. Todo lo cual recalentaría la guerra en Siria y convocaría eventualmente a un incremento de la participación rusa. Finalmente, la posibilidad de que Irán deba retomar y eventualmente acelerar el desarrollo de su capacidad nuclear si se derrumba el acuerdo, ha despertado el apetito de Arabia Saudita que reclama su derecho a fabricar bombas atómicas. En pocas palabras, la situación ha empeorado desde el punto de vista bélico, Francia, Alemania y el Reino Unido se hallan a disgusto con los Estados Unidos y pueden ampliarse los emprendimientos nucleares de uno a dos países en la región.

El mundo musulmán digiere de manera dispar el establecimiento de Jerusalén como capital de Israel. Conviene recordar, sin embargo, que la fe mueve montañas como suele decirse y el tawid –la integralidad de la vida con epicentro en la religión postulada por el Corán— puede inducir comportamientos políticos inesperados, como ya se ha visto antes.

Turquía y la cuestión kurda son también asuntos a escrutar, entre otros temas calientes. Y como se ha mencionado más arriba, Corea se encuentra hoy bajo un signo de interrogación. Muy recientemente, debido al desarrollo de ejercitaciones conjuntas entre fuerzas militares estadounidenses y sudcoreanas, Kim Jong-un ha anticipado que podría suspender su concurrencia al primer encuentro con Trump que, en el marco de los acuerdos alcanzados por ambas Coreas, está previsto para el próximo 12 de junio en Singapur.

En esta época marcada por los mandobles de un presidente que parece obsesionado por desquiciar al mundo, no es fácil hacerse ilusiones.

 

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