El gendarme de la financiarización

Que el FMI no nos impida gozar de la autonomía de decision, requisito para crecer y distribuir

 

El rol internacional del Fondo Monetario Internacional ha pasado por diferentes etapas. El debate en el momento de su origen fue referido a un organismo cuya función era el resguardo de la estabilidad económica internacional. Su génesis estuvo signada por un escenario de confrontación entre EE.UU. y Gran Bretaña, que se encarnó en la discusión entre White y Keynes. Oscar Ugarteche en Historia Crítica del FMI (Capital Intelectual, 2016) aprecia que en esa controversia, el primero promovía la conformación de “una Institución que deberá asegurar el patrón dólar-oro y el comercio sin discriminación”, mientras que para el segundo los problemas eran “la falta de empleo a causa de la crisis y la acumulación de reservas por parte de algún país que no las regresaba vía una mayor demanda para reactivar el sistema económico internacional”. La constitución del FMI sobrevino con el predominio del punto de vista estadounidense que implicó que los “ajustes”, frente a situaciones de desequilibrio, fueran impuestos a los países deficitarios (deudores) en favor de los superavitarios (acreedores). Desde el inicio, “el FMI se convirtió en el brazo extendido de la política exterior de los EE.UU.”, lo que ya había sido enunciado como sospecha, según Ugarteche, por el intelectual brasileño Celso Furtado. Así, durante varias décadas este organismo multilateral adoptó como función principal el otorgamiento de préstamos condicionados a países periféricos, para que llevaran a cabo políticas de ajuste de sus economías cuando sus sectores externos se encontraban en desequilibrio. Esas políticas tuvieron consecuencias negativas tanto en términos de la promoción de condiciones que permitieran su desarrollo, como respecto de objetivos de integración y justicia social.

Cuarenta años después de su creación, el FMI transformó su misión a la de un organismo cuya función principal pasó a ser la facilitación de la globalización financiera y comercial. Esta transformación significó que las condicionalidades que ese organismo requiere cuando otorga créditos para afrontar desequilibrios externos, no sólo se remite a la exigencia de políticas de ajuste en las macroeconomías. También se extienden a comprometer a los deudores a introducir “reformas estructurales”, eufemismo que se traduce en privatizaciones de los sistemas previsionales, flexibilización de las legislaciones laborales, liberalización de los sistemas financieros, comerciales y cambiarios y privatización de empresas públicas. El nuevo rol quita en la práctica la autonomía de los Estados que acceden al financiamiento del FMI para definir su política económica, exigiéndoles que adopten el dispositivo de políticas que promueve la corriente ortodoxa.

En los ’90, los principios sostenidos por el paradigma del Consenso de Washington le dieron un cuerpo de recomendaciones más desagregado y con mayor precisión a las políticas que el FMI y también el Banco Mundial habrían de promover como objetivo clave de su existencia. Fue entre 1976 y 1979 el lapso en el cual se establecieron nuevas funciones para el Fondo, las que se implementarían mediante las IMF Policy Guidelines , bases para la adopción de las ideas económicas neoliberales en los bancos centrales y gobiernos de los países deudores. El texto de Ugarteche comenta que en los ’80 bajaron los salarios, decreció la producción y empeoró la distribución del ingreso en Africa y América Latina. Mientras tanto, las economías de estos continentes se abrían a la inversión extranjera y al comercio internacional, desestructurándose los procesos de desarrollo de sus jóvenes naciones.

Esta nueva fisonomía y fisiología de las relaciones económicas internacionales expandió la cantidad e intensidad y modificó las características de las crisis de los países subdesarrollados. Ya no sólo eran provocadas por el devenir de las condiciones de su comercio exterior debido al deterioro de los términos de intercambio, a los cambios del nivel de demanda sobre sus exportaciones, modificaciones en el tipo de cambio real o al aumento de sus importaciones que acompañaban su crecimiento económico. En la nueva época los desequilibrios externos de gran magnitud acontecieron también, y principalmente, provocados por los flujos de salida de capitales financieros, como consecuencia de la integración financiera que el Fondo y el Banco Mundial han estimulado e impuesto.

Pero hacia fines del siglo XX, el FMI ya no contaba con los recursos para intervenir adecuadamente en relación con los niveles de los desequilibrios que se producían en las crisis, lo que originó que el Tesoro norteamericano lo hiciera de forma directa, como en el caso mexicano.

Ugarteche en su texto Arquitectura Financiera Internacional: una genealogía de 1850-2008 (UNAM, 2014) denomina como “el renacimiento” a la designación del FMI como secretario técnico del G20, espacio que iba a centralizar el debate y resoluciones sobre cuestiones financieras, sustrayéndolas de cualquier tratamiento en el marco de la ONU. Con ese nuevo poder, el FMI tuvo una creciente actividad en Europa durante, y con posterioridad, a la crisis de 2008/2009. Sus imposiciones se expresaron en acuerdos que, como en el caso griego, condujeron a deterioros y graves retrocesos de las economías en las que actuó, con agudas consecuencias sociales.

Respecto de las relaciones entre el FMI y los países deudores que recurren a su auxilio financiero, Aldo Ferrer sostenía en un artículo publicado en www.redcelsofurtado.edu.mx  que “la negociación entre el FMI y un país que solicita su apoyo es un ejercicio de la relación de poder entre ambas partes. Si hay convenio, el país obtiene préstamos y apoyo contingente del Fondo y la posibilidad de recurrir al financiamiento voluntario del sistema financiero internacional. La contrapartida es la aceptación de condicionalidades en la conducción de la política del solicitante… Los criterios negociadores del FMI se fundan en lo que Raúl Prebisch denominaba la visión céntrica. Es decir, la racionalización del ejercicio de la posición dominante que las principales potencias ejercen en el orden económico mundial. En efecto, las reglas que regulan el comercio, las finanzas, las inversiones privadas directas y el acceso a la tecnología están diseñadas y administradas a la medida de los intereses de los países centrales. No se trata de un hecho nuevo o sorprendente. Desde siempre, la globalización fue el espacio del ejercicio del poder de los países dominantes del sistema. El FMI es el principal organismo responsable de imponer el criterio céntrico en materia financiera”. En el mismo texto, Ferrer contrapone al paradigma céntrico que sugiere que el abandono de políticas autónomas conduciría al desarrollo, el nacionalismo económico como condición necesaria para que este se despliegue.

En el año 2006, en la Argentina se inició una nueva etapa. El gobierno de Néstor Kirchner canceló por completo la deuda que el país tenía con el FMI y logró una inédita autonomía para avanzar en una política económica de desarrollo y expansión de la igualdad. Según registra Noemí Brenta en Argentina Atrapada (Ediciones Cooperativas, 2008) en los cincuenta años anteriores sólo en 12 la Argentina estuvo libre de programas del FMI. La política financiera de Kirchner demostró cómo se puede hacer una negociación exitosa con los acreedores con autonomía de las “recomendaciones” del FMI y con el objetivo de desprenderse de la condición de prestatario de ese organismo. La Argentina posterior al desendeudamiento con el FMI y los acreedores privados tuvo altas tasas de crecimiento, intensa caída del desempleo, mejoras del salario real y crecimiento del gasto social que mejoró las condiciones de vida de los sectores más desprotegidos. Esos logros fueron conseguidos mediante el sostenimiento de un bajo nivel de endeudamiento externo y con regulaciones a los flujos de capital. O sea con una inserción financiera medida y controlada.

Con el ascenso de la neoliberal Alianza Cambiemos comenzó un nuevo ciclo de retroceso: decrecimiento de la economía, aumento del desempleo, caída de los salarios y endeudamiento externo. Ciclo que se inauguró con un repudiable pago a los fondos buitre, una operación financiera que quedará inscripta en los hechos históricos argentinos como uno de los hitos de mayor sumisión al capital financiero. Con ella comenzaría un nuevo ciclo de endeudamiento, que llevaría a un desequilibrio del sector externo de gran magnitud, originado en la dimensión de las finanzas, ajena a las cuestiones comerciales típicas de otras fases de la economía nacional.

La recurrencia del gobierno de Cambiemos al FMI condujo a que este organismo asistiera al país en niveles récord, con el objetivo de mantener el rumbo neoliberal y evitar el retorno de un gobierno de independencia nacional. Las políticas negociadas (compartidas) entre el gobierno de Macri y el FMI llevaron a reiterados fracasos en la búsqueda de la estabilización económica, mientras la economía real era mutilada por los desaguisados de los programas que se aplicaron. Los sectores populares fueron dramáticamente afectados por esas políticas.

El Fondo, que se había caracterizado por asistir a las dictaduras, demostraría en estas nuevas circunstancias que no tiene inconvenientes en violar su propia legalidad. Financió fuga de capitales en gran escala, cuestión que no es admitida por sus normas. Violó sistemáticamente la “independencia” del Banco Central, guionando a su presidente.  No son hechos excepcionales. Hoy tampoco en el FMI se respeta la lógica de su constitución en Bretton Woods, en la que las representaciones de los países tomaban en cuenta el peso de su PBI multiplicado por su peso en el comercio internacional  respecto al comercio internacional total. Ugarteche señala que si se lo hiciera, China tendría el primer nivel de voto, luego EE.UU., seguido por la India. Nada de esto ocurre, siendo que además EE.UU. retiene su derecho a veto resuelto en Bretton Woods. En este marco resultan insustanciales los cambios en la conducción del organismo multilateral, en el cual el peso de la superpotencia mundial permanece intacto. Las cosas no cambian si la dirección gerencia recae en Camdessus, Krueger, Lagarde o Georgieva.

Es por eso que en las negociaciones que hoy ha entablado la Argentina con el FMI respecto de su deuda con el organismo, resultan valiosas las reflexiones de Ferrer, en el sentido de señalar que los intereses entre el Fondo y los países periféricos no son colaborativos, sino que impera una lógica de relación de poder. En ese sentido, la firme posición argentina manifestada por su Presidente Alberto Fernández en el sentido de corresponsabilizar al FMI de la actual situación del país, y de la inmodificable decisión de no acordar reformas estructurales ni política de ajuste, constituyen el requisito indispensable para poder restablecer una política de desarrollo, que requiere de ese enfoque nacional-popular. A su vez, muy oportuno fue el señalamiento de la Vicepresidenta Cristina Fernández cuando le reclamó al FMI que así como financió la intensa fuga de capitales violando su legalidad, correspondía que ahora la reparara incurriendo en la realización de una necesaria quita de capital de su acreencia, para compensar el daño causado por su conducta.

Estas posiciones serán constituyentes de una épica necesaria para desplegar una indispensable política de desarrollo y reparación social. Hay que impedir que el gendarme de la financiarización nos impida gozar de la autonomía de decisiones que son requisito para crecer y distribuir.

 

 

 

 

 

 

 

 

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