“Vengo una semana a deslomarme acá”, dijo Manuel Adorni, jefe de Gabinete de Ministros de la Nación, desde Nueva York, adonde viajó acompañado por su actual pareja. También trascendió que había viajado recientemente a Punta del Este, Uruguay, en un vuelo privado carísimo que habría costeado con fondos públicos.
Fue el disparador para un ataque amplio y variado contra su figura, ya que Adorni ha sido uno de los principales difusores de las ficciones mileístas en torno a la decencia y austeridad de la actual gestión, como contracara de la corrupta “casta” a la que habían venido a desplazar y combatir.
En estos dos años Adorni le imprimió a sus declaraciones habituales, muchas veces falaces y sin sustento fáctico, un tono de soberbia y pedantería muy a tono con el estilo infantil de la minoría de fanatizados que los festejan.
Tomando un poco de distancia con la noticia, queremos señalar la complejidad política del episodio puntual.
Por un lado es llamativo que tenga tanta difusión, luego de que otras situaciones irregulares muchísimo más graves (caso LIBRA, ANDIS), mostraron armados de corrupción mucho más graves, y no recibieron igual trato de la prensa influyente, ni prioridad informativa alguna.
La repercusión mediática y judicial de estas irregularidades de Adorni es grande, tanto porque hay en marcha múltiples peleas dentro del gobierno, que llevan a movilizar periodistas oficialistas contra funcionarios “enemigos”, como porque la prensa complaciente con el gobierno está reflejando un malestar activo en diversos estamentos del poder real, enojados con aspectos puntuales de la actual gestión.
Pero hay algo más profundo: la constatación de que sólo cosas pequeñas, visibles, puntuales, son ofrecidas a las masas como “la lucha de los medios por la verdad”, mientras que gravísimas cuestiones políticas, económicas y sociales que deberían constituir verdaderos escándalos públicos, y que merecerían una rápida y contundente respuesta institucional y social, son naturalizadas, aplanadas y disueltas por esa misma prensa, colaborando en la macro impunidad de la actual gestión, que resulta abrumadora.
Lo hemos señalado muchas veces: se fue instalando en la mentalidad de muchos argentinos una despolitización profunda, acompañada por una matriz “chorrocéntrica” de interpretación política: la vida pública se divide entre chorros y no chorros –cosa que Milei explota fuertemente para sus propias campañas–.
Esa matriz logra dejar en un segundo o tercer plano el debate sobre cuestiones profundas, proyectos económicos, visiones del país, criterios sociales, para hundirse en la pobreza de la dicotomía “chorros/no chorros” como único par de argumentos excluyentes de cualquier otro criterio sobre el bien colectivo.
Lo venimos observando hace mucho tiempo. Nos recuerda otros muchos episodios de la política argentina, como cuando Domingo Cavallo, en la cumbre de su poder como ministro de Economía, admitió que ganaba más de 10.000 pesos/dólares por mes, y defendió esos ingresos –envidiables para la parte del país que no la estaba pasando nada bien en la convertibilidad– diciendo que se justificaban dado el nivel de gastos que implicaban sus tareas al frente de la economía del país. La gente estaba totalmente desorientada en cuanto a las privatizaciones, la apertura económica importadora, la ola de desindustrialización, el aumento del desempleo, pero se enojó porque el ministro –que no estaba en ese caso incurriendo en ilegalidades– ganaba bien.
Y la verdad es que los altos funcionarios tienen que ganar bien. Una sana vida republicana no consiste en que los funcionarios y representantes ganen poco, o que viajen mal, o que pasen hambre o que sufran. Lo que hay detrás de esa idea es que como quienes ocupan cargos en el Estado son indefectiblemente una porquería, deben ser castigados –no echándolos, no apartándolos de la vida política, no reemplazándolos por gente capaz y comprometida–, sino haciéndoles pasar a ellos también la mala vida por la que pasa el resto de los argentinos de a pie. Simplemente debería ganar bien cualquier persona que trabaja.
Pero a la gente común los gastos de los funcionarios, o los sueldos que cobran, son cuestiones que tienden a escandalizarla, entre otras cosas porque no tienen otros parámetros de referencia y sólo cuentan con los datos que les suministra calculadamente la prensa, presentándolos como privilegio injustificable.
La inmensa mayoría de la población ignora que en la actividad privada los altos cargos ganan por lo menos 10, 30 o 50 veces más que los altos funcionarios públicos. Sin embargo, esta falta de contexto informativo sirve, como en los “bolsos de López” –donde estaban en juego 9 millones de dólares–, para agitar las pasiones populares, ofreciéndoles una imagen que puedan visualizar con claridad.
Mientras tanto, los mega elefantes de la evasión impositiva monumental, la fuga enorme de capitales a guaridas fiscales, la subfacturación de exportaciones agrícolas, energéticas y mineras, o los sobreprecios monopólicos que se permiten cobrarle a los consumidores, quedan siempre afuera de la comprensión colectiva.
Pareciera que todas estas indignaciones populares son reguladas y promovidas según jugadas en las cúpulas del poder, sin que la población logre nunca construir parámetros propios en relación a los problemas políticos y económicos.
Se convoca a la gente común a enojarse para voltear a un funcionario, o a un gobierno –como era mega negocio de la indignación en el caso del gobierno de Cristina Kirchner– pero sin que la población arribe, jamás, a una noción clara de la distribución del ingreso y la riqueza en la Argentina, en torno a las brutales disparidades en materia de esfuerzo y remuneración del trabajo, en torno a los mecanismos perversos que provocan tales disparidades y privilegios, y a la relación entre las políticas económicas concretas, la desigualdad y la exclusión.
Milei representa la cumbre de este estado de consciencia lamentable: siendo el que encabeza un proyecto de desposesión colectiva y de destrucción del tejido productivo, le viene alcanzando con acusar de chorros a los que se le oponen. Recordemos que se llegó a la locura, en un acto público de Milei, de que su público cantara “Keynes ladrón”.
OHHH KEYNES SOS LADRÓN
SOS LADRÓN
SOS LADRÓN
KEYNES SOS LADRÓN 🎼🎼Momento épico de Milei en el Luna Park pic.twitter.com/9k1Dffc0mu
— Adam Smith (@liberalona) May 23, 2024
Lo que caracteriza esta época es que para una parte de la sociedad la acusación de “chorro” es un argumento terminante, si se lo grita con suficiente violencia.
Es ingenioso lo de “Ladrorni”, un hashtag que gozó de popularidad en alguna red social.
Sin embargo, el problema de la Argentina no son estos privilegios personales de algunos funcionarios, sino el masivo desperdicio de recursos por cómo funciona la economía de mercado en nuestro país, y el papel nefasto de los experimentos neoliberales en el empobrecimiento del pueblo trabajador.
En el fondo, decir “Ladrorni” es seguir reduciendo toda la política a un tema de chorros, y punto.
Las guerras paralelas en Medio Oriente
No se sabe cuánto más va a durar la guerra que Estados Unidos e Israel le impusieron a Irán, ni qué rumbos puede tomar. Si desde el punto de vista estrictamente militar la diferencia de poder de fuego es enorme, Irán ha encontrado una forma de afectar una vulnerabilidad norteamericana: su lugar en el sistema capitalista mundial como garante de la producción y la acumulación de las grandes empresas globales se ha afectado por una decisión agresiva de los propios norteamericanos, en coordinación con el gobierno de ultra derecha israelí.
Ya es un lugar común mencionar los impactos económicos que está teniendo la guerra en algunos precios claves del sistema económico mundial, en los flujos de comercio entre bloques regionales y también en la estabilidad financiera internacional.
También hay cierto consenso en torno al más que deficiente sistema de toma de decisiones norteamericano. Entusiasmados por la muy barata operación de cambio de régimen –forma elegante de decir “volteamos gobiernos que no nos gustan para poner otros que nos benefician”– en Venezuela, Trump y Rubio y Hegseth buscaron un efecto similar en Irán, comenzando con la “decapitación” de la cúpula política y militar iraní, destruyendo sus capacidades militares, para luego promover una rebelión popular que ocurriría al llamado de Occidente.
Todo falló, por ignorancia y por la mirada siempre despreciativa que tiene Occidente frente a los pueblos periféricos. La decapitación no puede ser tal en un país con instituciones. Si a alguien se le ocurriera “decapitar” a la Iglesia Católica, muy rápidamente sería nombrado otro Papa. Si algún general norteamericano cayera por fuego enemigo, ¿no lo reemplazarían? ¿Qué es lo que no se entiende de un país que viene viendo, hace rato, que lo van a atacar y en el que varios dirigentes militares fueron abatidos por misiles norteamericanos?
No cabe duda de que muchas capacidades militares iraníes fueron destrozadas en los primeros días, pero parece ser que en la planificación militar iraní se había considerado este escenario –ya adelantado en la Guerra de los 12 días del año pasado– y que por lo tanto se previó contar con un arsenal misilístico oculto y distribuido territorialmente. Los objetivos de ataque iraníes no se circunscriben a lo militar –las bases y puestos de observación norteamericanas–, sino que afectan a instalaciones de producción en varios países vecinos, instalaciones civiles y militares en territorio israelí, amenaza al tránsito a través del Estrecho de Ormuz, con efectos disruptivos en los mercados internacionales, y activación de las fuerzas militares aliadas a Irán en la región, para incrementar el hostigamiento a sus enemigos. Pareciera que cada misil lanzado desde Irán contiene un mensaje político, mientras que el mensaje norteamericano es, por ahora, ríndanse.
Finalmente, el famoso levantamiento de los iraníes contra el régimen es imposible en las actuales condiciones de guerra. No es que no haya mucha gente que por diversas razones impugna el régimen teocrático. Pero no se trata de milicias armadas y organizadas con entrenamiento militar, sino gente común que no puede expresar su disconformidad con el gobierno. Mientras haya bombardeos, incendios, privaciones y destrucción, esa parte de la sociedad no podrá expresarse.
El autor conservador norteamericano Francis Fukuyama comentó esta semana: “El mundo se ha convertido en un lugar muy peligroso porque el país más poderoso está bajo el control de un niño de diez años. Ese niño ha descubierto un lanzallamas en el jardín trasero de sus padres, y ahora está disfrutando de la habilidad de incendiar cosas”.
El confuso y contradictorio Trump, por momentos parecería conformarse con que aparezca una fracción “amiga” dentro del régimen: no importan ni la democracia, ni la libertad, ni los derechos de las mujeres, sino que Irán acepte alejarse de los BRICS –nunca olvidar que el objetivo final de la política exterior norteamericana es China– y que renuncie al armamento nuclear y al desarrollo misilístico.
Las presiones sobre Trump son grandes y se acumulan cada día. No sólo en el plano internacional, donde muchos aliados, amigos y vasallos le piden que la termine de alguna forma, sino también en el plano interno. Esta guerra es impopular y el impacto alcista sobre los precios internos agrava el malestar con una gestión que viene perdiendo puntos, en vistas a las elecciones de medio término de noviembre. La derecha republicana le está señalando que es una guerra innecesaria, que no contempla los intereses de los Estados Unidos.
Un sagaz analista iraní en el exilio señalaba en estos días que al actual gobierno iraní no le conviene terminar la guerra sin llegar a algún acuerdo sobre la reducción de las sanciones económicas a las que está sometido el país desde hace mucho tiempo. Necesitará con urgencia fondos para la reconstrucción del país y el relanzamiento de la economía.
Los impactos financieros de la guerra, poco mencionados hasta ahora, no son un chiste.
El 6 de marzo se supo que el gigante BlackRock –dueño de numerosos activos en la Argentina– tuvo que rechazar solicitudes de retiros de fondos por 1.200 millones de dólares. También el Fondo Blackstone, con activos por 82.000 millones de dólares, registró un récord de solicitudes de retiro la misma semana. Días después, otro gigante, Morgan Stanley, debió limitar los reembolsos de uno de sus fondos de crédito privados y devolvió menos del 50% del capital que los inversores deseaban retirar. Son señales de temor, de gente que está buscando refugios más seguros frente a lo que aparece como imprevisible.
La inquietud se extiende en el ámbito de las finanzas, muy sensibles a rumores y climas impresionistas, y este va a ser un factor muy fuerte para presionar a Trump a salir cuanto antes del lío en Irán, y por supuesto, “declarar la victoria”.
Chorros y más chorros
Mientras los chorros sean los kirchneristas, se mantiene un amplio y cordial consenso entre los principales factores de poder y los partidos de derecha que los representan. Así ocurrió con el bochornoso discurso proferido por Milei en el inicio de las sesiones legislativas.
Pero el desencuentro con sus ex amigos Rocca, Madanes Quintanilla y otros industriales creció en los últimos días: “Los empresarios que defienden la industria nacional son unos chorros”, dijo el señor Milei.
Si en la mayoría de los países del mundo, grandes o pequeños, una frase así sería imposible de escuchar, no es el caso en la Argentina, que viene atravesando unas cuantas barreras de autodenigración en la actual administración, con el acompañamiento de algunos que ahora parecen haber caído en desgracia.
La afirmación de que defender a la industria nacional te hace entrar en la categoría de chorro finalmente hizo enojar a algunos representantes industriales, que siguen sin advertir que los van a fundir a todos, sin piedad.
Los que vinieron aplaudiendo como focas un proyecto de extranjerización económica, de empobrecimiento social, de destrucción de las capacidades científicas nacionales, están literalmente en la picadora de carne.
Los que aplaudieron como focas están empezando a morir como moscas. Tanto luchar para desmantelar al Estado y por destrozar los derechos de los trabajadores, para terminar presentándose en convocatoria de acreedores o en quiebra directamente.
Y pensar que hay políticos que cifran esperanzas en aliarse y buscar consejo con estas mentes tan brillantes, que fueron capaces de apoyar con liviandad un proyecto rentístico financiero extremo que ahora los está llevando a la tumba.
Gobernadores ciegos que chocan provincias
No se entiende bien en qué están pensando los gobernadores que apoyan al gobierno. Con la recaudación en contracción y la actividad económica en retroceso, con dos años por delante de dieta a base de “huesitos” que les tira el gobierno central, ¿qué suponen qué va a pasar con las finanzas provinciales?, ¿y con los empleados públicos? Es más: ¿qué va a pasar con la población en general?
Ahora varios acompañaron a Milei a la vergonzosa “Argentina Week”, una feria de remates de recursos naturales realizada en Estados Unidos. ¿Piensan salvar su gestión provincial con alguna minera que les tire 3% de regalías durante unos años? Estamos en el grado mínimo de la ceguera nacional. De todas formas, los grandes ingresos mineros aún están en el terreno de la fantasía.
Lo que sí está pasando concretamente, en el terreno de la realidad, es que en San Fernando del Valle de Catamarca y en localidades del interior de esa provincia se organizaron multitudinarias marchas docentes, donde se pudo ver a muchos vecinos y familias apoyando el reclamo mínimo de las maestras.
También en esta última semana se observó una importante marcha en Santa Cruz, donde un gobernador aliado del gobierno nacional quiere congelar los sueldos de docentes, médicos y policías.
En San Juan ocurrió una amplia movilización docente a raíz de los pésimos salarios.
Hay en ciernes conflictos con las fuerzas policiales y con distintos segmentos de los empleados públicos en diferentes provincias.
Es que el esquema económico de Milei es letal para las provincias, porque se está achicando la actividad económica productiva y comercial en todo el país y por lo tanto la recaudación. Los impuestos nacionales coparticipables se vienen contrayendo a una velocidad insólita, y la obra pública fue paralizada hace tiempo por el genio económico que nos gobierna.
Es como si desde la administración central pusieran a los gobernadores frente a una urgencia desesperada de concesionar recursos naturales en forma acelerada, como sea, con quien sea, o afrontar crisis económicas y sociales gravísimas.
Pero la única salida verdadera para las provincias argentinas es una reversión completa del actual modelo económico, cosa que parecen no entender una generación de gobernadores de muy bajo nivel político e intelectual, que vienen acompañando a quien los está mandando de cabeza a tener que enfrentar un estallido social.
El tiempo se acelera
Las noticias internacionales provocadas por el niño Trump no han sido buenas para su acólito Milei, cuyo débil programa no está en condiciones de aguantar grandes remezones globales.
La total falta de muñeca económica del gobierno le está impidiendo ver que la catarata de quiebras y de despidos que están ocurriendo –y que van a seguir porque no toman ninguna medida para contrarrestar la tendencia–, no se va a disolver por obra de los ensueños delirantes de prosperidad que lanzó hace más de dos años el Presidente.
El clima que se está caldeando en las provincias se va a volver contagioso, porque en casi todas hay carencias similares, con iguales ausencias de respuestas concretas.
El caso LIBRA, a pesar de todo, avanza en la Justicia local. Se acumulan pruebas sobre la participación organizada del Presidente en la operación fallida, mientras ciertos de ex amigos del gobierno, en sus medios, empiezan a hacer notar el tema ante la opinión pública.
Para la gente común, el deterioro de la situación social, económica y regional no se resuelve con saber que habrá elecciones a fines de 2027. Es más: no les importa.
La necesidad de salvar empresas es ahora. La de evitar más despidos y generar empleo es ahora. La necesidad de desendeudar a miles de familias totalmente ahorcadas por la política distributiva mileísta es ahora. La necesidad de atender y proteger a todos los dañados por esta política económica desquiciada es ahora.
La sociedad está esperando líderes y lideresas, no candidatos. Necesita cada día más una dirigencia que la exprese y se ponga al frente, sin miedo, y con conciencia histórica de la misión de reparación profunda que le ha tocado.
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