El grito de libertad: Viva la Patria

Hora de virar el rumbo y dejar a un lado las tramposas tentaciones pasadas de éxitos individuales

 

Sofonías alertaba sobre la falta de identidad del Reino de Judá, profetizando contra los embusteros de aquel siglo VII, antes de la primera Navidad.

Los reclamos sociales y advertencias del profeta interpelaban al pueblo que, arrastrado por monarcas y religiosos mentirosos, avanzaba hacia su desintegración habiendo perdido su cultura y fe, al punto de olvidar la celebración de la Pascua, recuerdo de la liberación de las garras de Egipto.

La situación internacional era inestable.

El debilitado Imperio de Asiria (670-609 a.C.) no terminaba de caer, entretanto que la pujante Babilonia (626-539 a.C.) aún no imperaba en su esplendor. Egipto, disminuido, hacía lo imposible por apuntalar al imperio decadente.

En días en los cuales cada cual atendía su juego, un nene de ocho años llegó al trono de Judá. Josías [1] era su nombre y, en 31 años de reinado, restableció la cultura divina de su pueblo.

El rey infante, que por su tierna edad era inmune a la impiedad de sus antepasados, arrancó las idolatrías que esos monarcas habían implantado. Formas y costumbres impulsadas por la avaricia y la ambición del pueblo contaminado por la “meritocracia”, imitador de las naciones que veía prosperar. En la carrera desenfrenada de cambios constantes, había olvidado la solidaridad y el amor al prójimo que Dios le había enseñado en la Ley.

Para sorpresa de todos, cuando llevaba 18 años como regente –26 de edad–, en un baúl perdido en el Templo, encontraron el manuscrito del libro de Deuteronomio. Siguiendo los mandamientos divinos, Josías restauró la sociedad como había sido en un principio, como nunca debió dejar de ser.

Sofonías, relator del estado del pueblo en aquellos días, nos informa de la división que fracturaba al reino en una grieta profunda; por un lado, los mentirosos, embusteros, altaneros, orgullosos, faltos de vergüenza y, por el otro, los humildes de este mundo. [2]

Entonces, el profeta ordena la reunión de los primeros para ser destruidos y exhorta a los humildes a buscar a Dios, a restaurar la cultura basada en sus enseñanzas para encontrar refugio.

Todo comenzó con la restauración del lenguaje del amor y la solidaridad, de la justicia y la equidad que producen libertad. [3] Feliz por la actitud popular, Dios expresó su júbilo y respaldo, gozándose de estar en medio de ellos, poderoso libertador y restaurador de toda bondad. [4]

Jeremías, contemporáneo de Sofonías y Josías, marcó el rumbo que el rey siguió con exactitud. No era momento de aliarse con Egipto, sino de buscar el acercamiento a Babilonia sin temor.

La profetiza Huldá, que vivía en el segundo barrio de Jerusalén, alejada del poder, le anticipó a Josías que, por su disposición de corazón, no vería la catástrofe anunciada sobre su pueblo que, por temor, se terminaría aferrando a Egipto. [5]

Entendiendo que la partida de Josías en medio de la batalla contra faraón Necao marcaba el tiempo del desastre venidero, Jeremías honró la vida de Josías con un poema fúnebre que fue recordado y repetido generación tras generación por el pueblo.[6]

Cuánta semejanza con nuestros días…

Tiempos de caídas y levantamientos imperiales aún no definidos producen en muchos de nuestros vecinos la tentación de recurrir al antiguo poder trastabillante, seducidos por una cultura clasista que siempre deja frente a los umbrales al pueblo que la corteja.

El ostracismo histórico de los días de mayo de 1810, que fueron como una pascua criolla, se compara al olvido sufrido por la celebración de la libertad conseguida en tiempos de Moisés.

Tales los días de Josías, Sofonías y Jeremías, los de la Revolución de Mayo, como los actuales demandan la búsqueda de nuestra identidad divina. Es hora de dejar a un lado las tramposas tentaciones pasadas de éxitos individuales, que nos hicieron sucumbir en el dolor y el fracaso.

Es hora de virar el rumbo, para que nuestro barco reciba el famoso “viento de cola” que nos empujó y empujará veloz hacia nuevos y maravillosos rumbos, recordando la Palabra señera que nos impulsó con rapidez hacia la salida de la espantosa crisis de comienzo de siglo:

 

“Reúne consejo, haz juicio; pon tu sombra en medio del día como la noche;

esconde a los desterrados, no entregues a los que andan errantes.

Moren contigo mis desterrados, oh Moab; sé para ellos escondedero

de la presencia del devastador; porque el atormentador fenecerá, el devastador tendrá fin,

el pisoteador será consumido de sobre la tierra.

Y se dispondrá el trono en misericordia; y sobre él se sentará firmemente,

en el tabernáculo de David, quien juzgue y busque el juicio, y apresure la justicia”.

Isaías 16.3-5 RV1960

 

Hay muchos desterrados abandonados que cubrir en nuestra sociedad.

La solidaridad y el amor por el otro atrae milagros y benditos tiempos de grandes cosechas.

El trono, sigue en misericordia, esperando a quien juzgue con toda justicia –social, legal y económica–.

La salida de este desastre está en nosotros, el pueblo, si dejamos atrás vanidades ilusorias para aferrarnos a la cultura del reino de Dios y su justicia. No hay tiempo que perder, llegó el momento de buscar y clamar con un GRITO DE LIBERTAD: VIVA LA PATRIA.

 

 

 

 

TEXTOS BÍBLICOS

[1] Historia de Josías: 2a de Reyes, capítulos 22 y 23 ó 2a de Crónicas capítulos 34 y 35.
[2] Sofonías 2-1-3 y 3.10-11 DHH:
“Reúnanse, júntense ustedes, gente falta de vergüenza, antes de ser aventados como paja, que en un día desaparece; antes que caiga sobre ustedes la ira ardiente del Señor; antes que caiga sobre ustedes el día de la ira del Señor.
Busquen al Señor todos ustedes, los humildes de este mundo, los que obedecen sus mandatos. Actúen con rectitud y humildad, y quizás así encontrarán refugio en el día de la ira del Señor.”
“Del otro lado de los ríos de Etiopía, mi pueblo disperso vendrá suplicante a traerme ofrendas.
“En aquel tiempo, pueblo mío, ya no te avergonzarás de ninguna de las acciones con que te rebelaste contra mí, pues entonces quitaré de ti a los altaneros y orgullosos, y nunca volverás a mostrar orgullo en mi santo monte”.
[3] Sofonías 3.9 DHH: “Cuando eso llegue, purificaré el lenguaje de los pueblos, para que todos me invoquen, para que todos a una me sirvan”.
[4] Sofonías 3.14-20 DHH
“¡Canta, ciudad de Sión! ¡Da voces de alegría, pueblo de Israel! ¡Alégrate, Jerusalén, alégrate de todo corazón! El Señor ha retirado la sentencia contra ti y ha rechazado a tus enemigos.
El Señor, el Rey de Israel, está en medio de ti: ya no tendrás que temer mal alguno.
En aquel tiempo se dirá a Jerusalén: «¡No tengas miedo, Sión, ni dejes que tus manos queden sin fuerzas!»
El Señor tu Dios está en medio de ti; ¡él es poderoso, y te salvará! El Señor estará contento de ti. Con su amor te dará nueva vida; en su alegría cantará como en día de fiesta.
Dice el Señor: «Yo te libraré entonces del mal que te amenace, de la vergüenza que pese sobre ti.
En aquel tiempo actuaré en contra de todos los que te oprimen.
Ayudaré a la oveja que cojea y recogeré a la extraviada; convertiré en honor y fama, en toda la tierra, los desprecios que les hicieron.
En aquel tiempo los traeré a ustedes, los reuniré; haré que cambie su suerte, y les daré fama y honor entre todos los pueblos de la tierra.
Yo, el Señor, lo he dicho»”.
[5] 2a de Crónicas 34.22-28 DHH
“Hilquías y los que el rey nombró fueron a ver a la profetisa Huldá, esposa de Salum, hijo de Ticvá y nieto de Harhás, encargado del guardarropa del templo. Huldá vivía en el Segundo Barrio de Jerusalén, y cuando le hablaron, ella les contestó:
—Esta es la respuesta del Señor, Dios de Israel: Díganle a la persona que los ha enviado a consultarme, que yo, el Señor, digo: Voy a acarrear un desastre sobre este lugar y sobre sus habitantes, conforme a todas las maldiciones que están escritas en el libro que han leído delante del rey de Judá. Pues me han abandonado y han quemado incienso a otros dioses, provocando mi irritación con todas sus prácticas; por eso se ha encendido mi ira contra este lugar, y no se apagará. 
Díganle, pues, al rey de Judá, que los ha enviado a consultar al Señor, que el Señor, el Dios de Israel, dice también: Por haber prestado atención a lo que has oído, y porque te has conmovido y sometido a mí al escuchar mi declaración contra este lugar y sus habitantes, por haberte humillado ante mí, haberte rasgado la ropa y haber llorado ante mí, yo también por mi parte te he escuchado. Yo, el Señor, te lo digo. Yo te concederé morir en paz y reunirte con tus antepasados, sin que llegues a ver el desastre que voy a acarrear sobre este lugar y sobre sus habitantes”.
[6] 2a de Crónicas 35.25 DHH
“Jeremías compuso en su honor un poema fúnebre. Hasta el día de hoy, todos los cantores y cantoras recuerdan a Josías en sus canciones fúnebres. Estas canciones se han hecho costumbre en Israel y están escritas en las colecciones de tales cantos”.

 

 

 

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