El grito del pueblo

A 150 años de la Comuna de París

 

En una Francia vencida en la guerra contra Prusia, la ciudad de París, devastada y hambrienta, se sublevó entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871 y se liberó de una Tercera República aún en pañales pero ya en manos de los monárquicos, mayoritarios en la Asamblea. Los revolucionarios parisinos «disolvieron el Estado y el capital», según la fórmula de la ensayista estadounidense Kristin Ross: la población se representa a sí misma de manera democrática y directa, apropiándose de los medios de producción y derogando las reglas de la propiedad y del comercio”.

Es la vida misma que se transforma, y no solo la de los trabajadores. Se establece la escuela laica, gratuita y obligatoria, la separación de la Iglesia y el Estado, la libertad de asociación, la suspensión de los alquileres y se implanta el derecho al trabajo de las mujeres. El filósofo marxista Henri Lefebvre habló en 1965 de esta inédita e intensa experiencia política y social —liquidada sangrientamente por las tropas de Adolphe Thiers—, como un momento único de «revolución total». «Todas las revoluciones, las insurrecciones socialistas del siglo XX quisieron ser, de alguna manera, hijas de la insurrección parisina de 1871», escribe el historiador Jacques Rougerie, gran especialista de este periodo.

A pesar de la pandemia, un centenar de artistas, académicos, editores y sindicatos anunciaron la convocatoria a «un momento fuerte, tanto desde la memoria de este episodio emancipador, como también desde las luchas actuales que lo conforman”. Sólo una parte de las cincuenta conferencias, proyecciones, shows en vivo y exhibiciones planeadas inicialmente podrán realizarse durante el mes de marzo, abril y mayo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Comuna de París es un tema de estudios científicos, intelectuales y políticos. Una bibliografía establecida en 2006 por Robert Le Quillec estimó en cinco mil el número de publicaciones que se le dedicaron, a las que hay que sumar varias decenas de nuevos libros previstos para su 150 aniversario. Muchos académicos analizaron la desproporción entre su poder histórico y su dimensión real: la Comuna de París duró solo setenta y dos días y tuvo poco tiempo para implementar su programa revolucionario.

Karl Marx escribió apenas unos días después de la represión de la insurrección que la importancia de la Comuna de París no deriva de sus ideas ni de sus logros, sino de su simple «existencia en la acción». De la misma manera, Friedrich Engels sostuvo que, si bien el movimiento “no tenía un proyecto predefinido, la Comuna estableció una filosofía de libertad superior a la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos o la Declaración de los Derechos humanos… porque era concreta».

Al imaginar una «República universal» que refleje tanto la unión de los pueblos, el lugar de la mujer o el de la naturaleza y el arte, la Comuna juega un papel determinante en la evolución del pensamiento de Marx y Lenin y la influencia de corrientes tan diversas como el comunismo anarquista, el ecosocialismo, el feminismo y el municipalismo libertario.

El historiador Louis Fournier sostiene que después de la conmemoración del centenario de 1971, «el desencanto político, el debilitamiento de las utopías ilustrado por el derrumbe de la Unión Soviética y la capitulación de la socialdemocracia frente al neoliberalismo» habían hecho fantasmal la presencia de la epopeya parisina en las luchas. Pero desde la década del 2010, resuena nuevamente en aquellos que, como decía Louise Michel —la más famosa de los dirigentes comuneras—, «están impacientes por escapar del viejo mundo».

«La Comuna no está muerta» es una consigna recurrente en las pancartas de las manifestaciones y en los muros de las ciudades. En 2016, los participantes parisinos de la “Nuit débout” (manifestaciones en las plazas contra la nueva ley laboral) multiplicaron las evocaciones de 1871, llegando a rebautizar la Place de la République como «Place de la Commune» y colocar la bandera roja de los federados en la estatua de Marianne.

 

El asedio a la Comuna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El movimiento de los “Chalecos amarillos” (2018-2019) no se detuvo en la evocación de 1789 (considerada por los comuneros como una revolución burguesa), exhibiendo en sus chalecos fluorescentes y en las cabañas instaladas en las rotondas, carteles con el «Viva la Comuna». Durante las ocupaciones estudiantiles, algunos colegios secundarios y universidades fueron rebautizados en honor a 1871, a pesar de que su enseñanza no es obligatoria en los programas de estudio.

El aura poderosa que todavía beneficia a la epopeya parisina alimenta la imaginación de muchos barrios. En Ménilmontant, a pocos pasos del cementerio de Père-Lachaise donde fusilaron a los últimos comuneros, era posible ver, antes de la pandemia, a una banda de metal llamada “La Comuna en concierto”. O tomar una cerveza con los jugadores del Ménilmontant Football Club 1871.

«Un aspecto que caracteriza esta renovación de la memoria es la fuerza de la memoria cultural», subraya el historiador Jean-Louis Robert en la reciente obra colectiva La Commune de 1871, une relecture (editorial Créaphis). En los últimos años, es considerable el número de grupos jóvenes que han escrito, editado e interpretado obras de teatro que evocan la Comuna. Le Cri du peuple (El grito del pueblo), obra emblemática de Jean Vautrin, fue editada en 2001 en forma de historieta con los dibujos de Jacques Tardi. En la magnifica reedición podemos leer en el prefacio de Jean Vautrin: “Quise proponer, en contra de las modas y tendencias, una gran novela popular  y revivir el París de la Comuna, sus alegrías, sus excesos, sus amores. Contar la esperanza fantástica de justicia social, para acercarme lo más posible a la fraternidad entre los hombres y hablar de los comuneros… Quise recoger la antorcha nunca apagada de quienes la sostuvieron durante solo dos meses y medio y que han iluminado al mundo conservador con sus generosas utopías”.

Habría que preguntarse por qué tanto interés por la Comuna en una sociedad que ya no tiene mucho que ver con el siglo XIX. El deterioro del mercado laboral y el aumento de las desigualdades significan que «el mundo de los comuneros está mucho más cerca de nosotros que del de nuestros padres», asegura Kristin Ross en L’Imaginaire de la Commune (editorial La Fabrique). “Es normal que aquellos que quieran experimentar formas de vida diferentes, en una economía capitalista floreciente aunque devastada por la crisis, encuentren interesantes las discusiones que ocuparon la Comuna».

Si sigue siendo sinónimo de lucha social, ahora se hace eco de la soberanía popular más que los movimientos obreros con los que ha estado asociado durante mucho tiempo, señala el historiador Quentin Deluermoz en su último trabajo (Comuna (s), 1870-1871, editorial du Seuil.). “En la era de la gobernanza globalizada que alimenta la idea de que no hay alternativas, la Comuna recuerda la pluralidad de formas posibles de la política», escribe. Y dado que la imaginación comunal inscribió su autonomía local «en un horizonte internacionalista» y como la «carga afectiva» de la palabra «común» va más allá de «cualquier contenido semántico preciso», continúa Kristin Ross. «Ella puede extenderse no solo en el tiempo… sino también en el espacio».

Lejos de estar confinada a la Rusia leninista y a la China maoísta, la Comuna se expresa internacionalmente, desde la Plaza Tahrir en Egipto hasta Oaxaca en México, desde el movimiento Occupy en Estados Unidos hasta el de los Indignados en España, donde según Quentin Deluermoz estos movimientos están «asociados a la idea de ocupación urbana, a la oposición local a lo global, a la práctica horizontal de la deliberación y la referencia a los comunes».

En Francia, 498 rutas y 190 escuelas llevan el nombre de Louise Michel, candidata a la panteonización, mientras que los comuneros fueron rehabilitados por la Asamblea Nacional en 2016. La propia ciudad de París ha planificado una serie de homenajes para los 150 años. ¿La Comuna se ha vuelto consensuada? “Puede haber consenso si solo hablamos de su historia”, responde Marc Plocki. «Mucho menos si hablamos de sus ideas. Por eso la clave para nosotros no es tanto conmemorar la memoria como volver a poner la política en el centro de las discusiones».

 

 

Louise Michel y el feminismo

Una de las comuneras más comprometidas con la Comuna fue Louise Michel, la Virgen Roja de Montmartre (también llamada la Loba Roja), que afirmaba que la lucha contra el capitalismo pasaba por acabar con el patriarcado.

Así agitaba a las masas femeninas la Loba Roja: «Ciudadanos de París, descendientes de las mujeres de la Gran Revolución, que, en nombre del pueblo y de la justicia, marcharon sobre Versalles, llevando cautivo a Luis XVI, nosotros, madres, mujeres y hermanas de este mismo pueblo francés, ¿soportaremos por más tiempo la miseria y la ignorancia, que hagan a nuestros hijos enemigos, que el padre contra el hijo, el hermano contra el hermano, vengan a matarse ante nuestros ojos, por el capricho de nuestros opresores, que desean la aniquilación de Paris después de haberla entregado al extranjero? Y si los fusiles y las bayonetas fueron utilizados por nuestros hermanos, todavía nos quedan piedras para aplastar a los traidores».

 

 

Louise Michel.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Louise Michel dirigió un batallón de mujeres y luchó en las barricadas parisinas. Fue detenida el 16 de diciembre de aquel 1871; y en el juicio, donde permaneció firme en sus convicciones revolucionarias, rechazando a los abogados designados, defendió la Causa comunera: «Pertenezco enteramente a la Revolución Social. Declaro aceptar la responsabilidad de mis actos. Hay que excluirme de la sociedad y se les dice a ustedes que lo hagan. Ya que, según parece, todo corazón que late por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, ¡exijo mi parte! Si me dejáis vivir, no cesaré de clamar venganza y de denunciar, en venganza de mis hermanos, a los asesinos de la Comisión de las Gracias. No quiero defenderme. Pertenezco enteramente a la revolución social».

En lugar de ser fusilada fue enviada a Nueva Caledonia, donde instruyó a los nativos contra el colonialismo francés. Regresó a París tras la amnistía de 1880. El 26 de septiembre de 1885, en un breve pasaje por la prisión, le comentó a Paul Lafargue, yerno de Marx, que la cárcel no le deprimía «porque soy una fanática, sí, y como todos los mártires mi cuerpo no siente dolor cuando los pensamientos me trasladan al mundo de la revolución». (Citada por Antonio Escohotado, Los enemigos del comercio II, Espasa, Barcelona 2017.)

 

 

 

El muro de los federados y la masacre final

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El nombre del muro hace referencia a los últimos momentos de la Comuna de París. El experimento insurreccional iniciado el 18 de marzo de 1871 vio a la guardia nacional parisina —los «federados»— confrontados desde el 21 de marzo con el avance del ejército de Versalles, iniciado al oeste de la capital por la ocupación del monte Valérien. El choque frontal terminó entre el 21 y el 28 de mayo, durante la Semana Sangrienta.

El sábado 27, solo el barrio de Belleville aún resiste; los cañones de los Comuneros dispararon sus últimas municiones desde las alturas de Buttes-Chaumont y en el cementerio de Père-Lachaise, donde la lucha continuó cuerpo a cuerpo hasta entre las tumbas. Hacia el final de la tarde, el ejercito de Versalles se adueña del cementerio. Fusilan a los 147 Federados sobrevivientes de espaldas al muro perimetral y arrojan sus cuerpos a una fosa común excavada a su pie. Durante las horas y días que siguieron, cientos de cadáveres más, fusilados allí o ejecutados en otro lugar, fueron enterrados amontonados en tres filas de altura. En las calles aledañas, el último disparo se constató el domingo 28 a las 2 p.m., marcando la derrota de La Comuna.

Hace 45 años, en una de las innumerables charlas con mi compañero de celda en la cárcel U9 de La Plata, prometimos de que si salíamos vivos de ésta, haríamos lo posible por juntarnos en París, delante del Muro de los Federados para festejar nuestra libertad. Una promesa que finalmente cumplimos en el año 1979 cuando ambos —después de 4 años de encierro y de múltiples peripecias— aterrizamos en la Ciudad Luz.

 

 

 

 

 

 

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