El Haití que nos duele

Una propuesta basada en la experiencia

 

Antecedentes desde la experiencia argentina

Esta reflexión-propositiva es, en gran parte, una suerte de testimonio personal sobre una gestión desarrollada durante tres años complejos (2009-2011) en el marco de la relación bilateral político-diplomática entre Argentina y Haití, con larga historia entre ambos países; en tanto jefe de Misión, tuve a cargo el control y orientación política de las FF. AA. desplegadas en Haití en el contexto de la misión de Naciones Unidas (UN); también, la instalación del Pro Huerta (iniciada por el embajador predecesor, Ernesto López, a nivel de proyecto piloto) como programa que abarcó el 70 % del territorio haitiano, y lo extraordinario en la historia haitiana, abordar el inesperado terremoto que, en 40 segundos, provocó una tremenda crisis humanitaria, con aproximadamente 300.000 personas fallecidas y la destrucción de gran parte de su ciudad capital, Port Prince, y zonas aledañas, que obligo por años a mantener campamentos de refugiados con graves consecuencias para los derechos humanos de mujeres y niños. Esto sucedió al finalizar el período de gobierno del Presidente René Preval, en el inicio de la etapa pre electoral de las elecciones que tuvieron como ganador al músico popular Michel Martelly (los jóvenes lo apodaron «Presidente del compá», el genero musical típico).

De aquellos años voy a rescatar algunas experiencias que pueden ser de utilidad para, por lo menos, visualizar alternativas.

La Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH) fue la estructura en la que se integró la organización militar conjunta de las tres FF. AA. argentinas que estaba compuesta por tres unidades. Por un lado, un batallón ubicado en la región de Gonaives (que durante su presencia garantizó tranquilidad en una región social y políticamente conflictiva, asistencia humanitaria en grandes inundaciones con deslaves y, fundamentalmente, mostró gran respeto por la población). Además, por otro lado, en Port Prince el Hospital Reubicable, solo destinado a ofrecer servicios de salud para el funcionariado y tropas de la MINUSTAH, al extremo de negarse a atender ciudadanos haitianos víctimas del terremoto por seguir los parámetros de la ONU. Esto fue motivo de controversias entre la embajada, la dirección del hospital y el representante permanente de la ONU en Haití y mostró los límites del control político sobre nuestras fuerzas en el contexto de la ONU. Por último, nuestra contribución a la Unidad de Helicópteros de la MINUSTAH, los helicópteros de la Fuerza Aérea Argentina (2 ó 3 dependiendo del período) con sus respectivas tripulaciones.

Cabe señalar que nuestras FF. AA. en Haití se destacaron por su profesionalidad (era el reconocimiento reiterado recibido de los jefes militares de la misión —brasileños—) y un comportamiento respetuoso de la condición humana (evidencia de la transformación cultural de las FF. AA. argentinas durante la democracia).

El año previo al terremoto intenté advertir a diversos actores institucionales (Cancillería argentina, la Jefatura de la Misión ONU en Haití y el Estado Mayor Conjunto) sobre la necesidad de reconversión de la Misión llamada estabilizadora (un eufemismo que disfrazaba su objetivo central; la seguridad pública) hacia un progresivo énfasis en el desarrollo. En efecto, la idea era la disminución programada de fusileros y su reemplazo por áreas militares técnicas complementarias, v.g. ingenieros, personal de salud, instructores, etcétera. Era consecuencia de los avances obtenidos en seguridad y la evidente necesidad de pasar a la etapa del desarrollo como transición dentro de la misma MINUSTAH y, a la vez, como anticipo preparado de su partida. Los requerimientos ya no estaban puestos en la seguridad, por tanto, se requería reemplazar el esfuerzo militar por la contribución de otros órganos del sistema ONU en función del desarrollo, entre otros, el PNUD y el BID, cuestión que el organismo madre debería revisar para sus futuras misiones pacificadoras.

En el origen, se propiciaba la integración de la MINUSTAH por tropas latinoamericanas. De hecho a las primeras en incorporarse Chile, Brasil y la Argentina se incluyeron posteriormente Perú y Ecuador (decidido por el Presidente Rafael Correa en el curso de una reunión multilateral efectuada en la residencia de la embajada argentina en ocasión de su visita a Haití). Sin embargo, ONU cambió ese criterio a favor de la incorporación de otras procedencias, con tal de satisfacer el total numérico auto impuesto por la propia MINUSTAH. Fue así como incluyeron a tropas de Sri Lanka que fueron responsables de la epidemia de cólera que hasta estos días afecta gravemente a la población haitiana.

Como primeras conclusiones de aquella experiencia, que pueden abonar un nuevo proceso de ayuda para con Haití, surgen los siguientes aspectos:

—La rica experiencia del Programa de Seguridad Alimentaria Pro-Huerta-Haití, como cooperación respetuosa y efectiva latinoamericana. Basada en la auto producción y consumo familiar de hortalizas y vegetales, más la incorporación de proteína animal (gallinas ponedoras). Todo ello sustentado en la propia experiencia del Pro-Huerta en nuestro territorio. La Argentina ofreció semillas de calidad, su filosofía y metodología de trabajo, su asistencia técnica y organizativa, en todos los casos, adaptados a las condiciones y requerimientos haitianos.

—Siguieron una lógica parecida Cuba (con su cooperación en salud destacable después del terremoto, aunque era anterior), Brasil (con la generación de cooperativas agrarias y hasta la construcción de una represa hidroeléctrica en Artibonite), Venezuela (la oferta de petróleo de bajo costo y la construcción de mercados populares) y Chile (su cooperación materno-infantil en espacios educativos en el sur haitiano).

Todas fueron cooperaciones bien sucedidas, basadas en la calidad profesional de los recursos humanos latinoamericanos, acostumbrados a trabajar con las limitaciones y condicionantes que caracterizan la situación del subdesarrollo. Ello permitió una rápida descompresión de la situación haitiana. Sin comprender es difícil ayudar al otro.

Son extraordinarios antecedentes que anticipan las potencialidades de nuestros países para ayudar a Haití en esta etapa critica cercana a la disolución nacional.

 

 

Cuadro regalado por el equipo Pro-Huerta al momento de mi partida. Véanse las banderas de Argentina y Haití

 

 

 

 

El Haití de hoy

Regresando al contexto actual, nos encontramos con una situación extremadamente más grave. Hoy Haití pasó por el asesinato del Presidente Jovenel Moise (que por artilugios político-legales gobernaba un año más de lo dispuesto por la ley electoral y la Constitución); tuvo el nombramiento del Primer Ministro Ariel Henry que no fue refrendado por el Congreso; tiene una Cámara de Diputados clausurada, un Senado con insuficientes miembros y un Judiciario corrompido por años. Además cuenta con la repetida aparición de bandas armadas (sustentadas por políticos y empresarios y con fácil acceso al mercado de armas de La Florida, Estados Unidos). Las crónicas periodísticas estiman que son entre 700 y 900, mostrando niveles incipientes de coordinación en torno a una figura —ex comisario de la Policía Nacional Haitiana—, Jimmy Cherisier, apodado Barbecue. En la actualidad controlan gran parte del territorio nacional, en especial la central petrolera de Varreux con las consecuencias para el conjunto de la economía social. A las bandas se sumó la reaparición del cólera.

Esta situación extrema permite caracterizar al Haití de hoy como un Estado fallido.

Como fue mencionado, nuestra región, es dable pensar, tiene grandes capacidades para ayudar a Haití. En efecto, la condición del subdesarrollo y las similitudes culturales permiten construir relaciones basadas en el respeto y el affectio societatis. Las capacidades científico-técnicas de nuestros recursos humanos certificaron efectividad en las realizaciones, a través de proyectos de bajo costo y transparencia en su ejecución. Las experiencias de cooperación estuvieron orientadas a la apropiación por parte de los haitianos, aspecto esencial para medir los resultados de un esfuerzo de cooperación.

 

 

La propuesta

En ocasión de la Conferencia de CLACSO en ciudad de México del 7 al 10 de junio pasado, concurrí con el propósito de encontrarme con actores académicos e institucionales de Haití. De las conversaciones surgió la posibilidad de recurrir a una instancia regional, esto es, a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), en especial, teniendo en cuenta que la presidencia Pro-Tempore, por dos años con posibilidad de reelección, corresponde al Presidente argentino, Alberto Fernández. En aquella ocasión, tuve oportunidad de encuentros sustantivos con el responsable de la CELAC en la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, Efraín Guadarrama, y con el ex embajador de México en Haití, Jesús Pena Valdez. Ambos funcionarios mostraron interés por la iniciativa de involucrar a la CELAC en la crisis haitiana.

El Presidente Fernández ha expresado su compromiso para transformar a la CELAC en una organización internacional formal, con reglas precisas e instalaciones para darle un marco institucional. La emergencia en Haití puede ser la ocasión para empezar esa tarea.

¡Hay que ayudar a Haití! En esto muchos coinciden, hasta el papa Francisco. Pero ¿quién o quiénes pueden hacerlo?

En estos días se intenta aprobar una resolución en el Consejo de Seguridad —con la oposición de China y Rusia— para la creación de una fuerza multinacional que pueda enfrentar a las bandas armadas, tal vez conformada por Canadá y países caribeños (Reuters), Bahamas ha mostrado interés de participar. Por de pronto, los gobiernos de Estados Unidos y Canadá están enviando vehículos blindados para que los sectores no corrompidos de la PNH —se estima el 50 % de la fuerza— puedan enfrentar a las bandas armadas. Tal vez, antes de las acciones de enfrentamiento policial se podría intentar un proceso de negociación con las bandas armadas para lograr su capitulación; aunque la mención de esta alternativa por parte del embajador canadiense, Sebastien Carriere, generó tal reacción negativa que tuvo que desdecirse.

La ciudadanía de Haití quedó muy negativamente marcada por la MINUSTAH y otras presencias de la llamada comunidad internacional, en general, lideradas por los Estados Unidos.

Por ello y por lo aprendido durante nuestra participación en la MINUSTAH, se propone una concertada cooperación integral de los países de la CELAC como contribución para el desarrollo y la paz en Haití. Dicho esfuerzo debería complementarse con el CARICOM, la CEPAL (en tanto organismo técnico económico regional orientador), el BID y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Son nuestros países quienes pueden ayudar a Haití en su hora critica. La consulta y concertación con sectores democráticos representativos de la sociedad haitiana y con la estructura de gobierno vigente constituyen el cómo hacerlo.

 

 

Presentación Cartas Credenciales del embajador de Haití Gentile al Presidente Perón, con la presencia del Canciller Geronimo Remorino y el diplomático José María Vásquez (mi padre).

 

 

A principios de 1800 el gobernador del sur de Haití, General Petión, dio refugio en la ciudad de Yacmel al que luego fuera uno de los libertadores de América del Sur. Desde Haití, Simón Bolivar retomó la lucha liberadora, con vituallas, armas, dinero y 300 haitianos que lo acompañaron en esa gesta histórica. Sin la ayuda haitiana la descolonización de Sudamérica se habría dificultado.

Grandioso gesto primigenio de identidad y pertenencia. Haití es Latinoamérica desde sus orígenes. Ahora, en su situación critica, somos los hermanos latinoamericanos y caribeños los que debemos ayudar con grandeza. Este es el porqué de la propuesta.

 

 

 

 

* José María Vázquez Ocampo es ex embajador de la Argentina en Haití

 

 

 

 

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