Estados Unidos e Israel han iniciado una nueva guerra contra Irán en Medio Oriente, utilizando la misma estrategia de lanzar un ataque sorpresivo mientras se desarrollaban conversaciones diplomáticas. La “Operación Furia Épica” –según la ampulosa retórica bélica del Pentágono– se produce en momentos en que Estados Unidos e Irán participaran en Ginebra de diálogos vinculados al programa nuclear del gobierno persa. Los ataques estadounidenses e israelíes, que ambos países calificaron de “preventivos”, son claramente ilegales según el derecho internacional y recuerdan la misma falsa retórica utilizada en la guerra emprendida contra Irak en 2003. De igual modo, la administración Trump también está violando la legislación estadounidense, que otorga al Congreso la facultad exclusiva para declarar la guerra. El ex director del Organismo Internacional de Energía Atómica, Mohamed ElBaradei, Premio Nobel de la Paz, había alertado hace pocos días que una guerra de Estados Unidos contra Irán tendría elevados costos. “Todas las guerras, incluidas las ‘guerras por elección’, tienen costos terribles”, añadió. “Esa es la razón de las restricciones y limitaciones establecidas por las normas internacionales. Esto es un Irak reencarnado… Parece que nunca aprendemos”.
El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, en un discurso pronunciado el lunes pasado con motivo de la inauguración de las sesiones de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra, también había advertido al mundo que “el imperio de la ley está siendo superado por el imperio de la fuerza”. En su intervención señaló que “este ataque no surge de la sombra ni por sorpresa. Ocurre a plena vista, y a menudo es liderado por quienes ostentan el mayor poder. Vivimos en un mundo donde se excusa el sufrimiento masivo… se utiliza a los seres humanos como moneda de cambio y el derecho internacional se considera una simple molestia. Los conflictos se multiplican y la impunidad se ha vuelto contagiosa. Esto no se debe a la falta de conocimiento, herramientas o instituciones. Es el resultado de decisiones políticas”.
Guterres mencionó sólo dos conflictos específicos: la guerra de Rusia contra Ucrania y las “flagrantes violaciones de los derechos humanos, la dignidad humana y el derecho internacional en el territorio palestino ocupado”, donde las Fuerzas Armadas de Israel han estado librando una guerra contra la población civil. En Palestina “la solución de dos Estados está siendo desmantelada a plena luz del día”, declaró. “La comunidad internacional no puede permitir que esto suceda”.
El mundo de Tucídides
No es fruto de la casualidad que las palabras de Guterres apenas hayan recibido acogida en las páginas de los grandes medios de comunicación. Es otro síntoma de un mal extendido y generalizado: la resignada aceptación de que estamos ante un mundo donde “los fuertes hacen todo lo que pueden y los débiles padecen lo que deben”, según la conocida frase de Tucídides. Este exceso de realismo sin alternativas estuvo también presente en el discurso pronunciado en Davos por el primer ministro de Canadá, Mack Carney, quien constató la ruptura del orden mundial y el comienzo “de una realidad brutal en la que la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ningún límite”. Luego animó a los países medianos, que son los que corren el riesgo de ser subyugados por las grandes potencias, a forjar alianzas: “Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú”.
El realismo de Carney es útil para reconocer la magnitud del daño causado al orden internacional por las acciones unilaterales llevadas a cabo por líderes sin escrúpulos como Trump y Netanyahu. A este equipo de siniestros personajes podría añadirse el Presidente de Rusia, Vladimir Putin, pero en un escalón inferior, porque si bien ha lanzado una guerra clásica, con un horrible costo en vidas humanas, sus pretensiones no parecen buscar alterar las reglas de juego establecidas con la creación de la ONU. En el caso de Trump y de Netanyahu, las declaraciones dirigidas a desprestigiar a las Naciones Unidas y a su secretario general son constantes y obsesivas, lo que demuestra la voluntad política de acabar con el sistema normativo creado después del final de la Segunda Guerra Mundial.
Lo que se echa en falta en el discurso de Carney es una descripción también realista de las consecuencias que tiene para el mundo el enorme retroceso en la ingente labor llevada a cabo en el último siglo para idear un procedimiento que ponga a la humanidad a salvo del crimen de la guerra. Si no se añade a la descripción realista un análisis racional del futuro que nos aguarda si continúa esta dinámica de abandono del derecho, no surgirá una voluntad política dirigida a evitar el desborde autoritario y caeremos en un derrotismo suicida. El derecho ha sido siempre un artefacto frágil, basado en un consenso racional sobre su necesidad intrínseca, concebido para defender la paz, la libertad y los derechos humanos de los pueblos. En definitiva, para la protección de los débiles frente a los abusos de los poderosos. Como señalaba Hans Kelsen –expulsado injustamente de la Universidad de Colonia por su condición de judío– “la esencia del derecho internacional, considerado como un orden jurídico superior a los diversos órdenes estatales, es prima facie una idea moral”. Kelsen sigue así las tesis de Kant, para quien la paz es el verdadero “fin último de la historia”, el objetivo que permitiría acabar con el estado de naturaleza en que se encuentran los Estados para dar lugar a la formación de una sociedad jurídica universal.

Las Naciones Unidas
Las Naciones Unidas surgieron tras el extraordinario número de víctimas que produjo la Segunda Guerra Mundial, calculadas entre 60 y 80 millones de personas, en su mayoría civiles. Existe consenso en que el conflicto más mortífero de la historia fue provocado por el agresivo expansionismo de Alemania, su resentimiento por el Tratado de Versalles y el auge del nazismo/fascismo. Un clima que, por momentos, amenaza con reaparecer en la actualidad. El Preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas recoge expresamente la determinación de “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra, la cual dos veces en la vida de esa generación infligió sufrimientos indecibles a la humanidad”. Por ese motivo la Carta establece la prohibición del uso de la fuerza en relaciones internacionales, salvo para casos excepcionales autorizados por el Consejo de Seguridad. La violación abierta y constante de este principio desde el inicio del siglo XXI reafirma la importancia de convivir en paz y unir fuerzas para el mantenimiento de la seguridad mundial.
Es indudable que el derecho de veto, que tienen reservado las cinco grandes potencias –y que Estados Unidos y Rusia han venido ejerciendo sin recato– ha conducido a la parálisis de la organización. Pero esa situación no puede ser utilizada como argumento contra la ONU, dado que es una falla en el diseño constitutivo de la que no es responsable la propia organización. El primer golpe al orden internacional de posguerra lo dieron los Estados Unidos y sus aliados europeos con el bombardeo de la OTAN a Yugoslavia en 1999. La OTAN llevó a cabo su acción sin contar con una autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, por lo que puede considerarse, con arreglo a la Carta de las Naciones Unidas, una clara agresión contra un Estado soberano. A partir de allí, los Estados Unidos libraron varias guerras, de las cuales la más importante por el número de bajas fue la guerra contra Irak, que se inició el 20 de marzo de 2003, con el objetivo de acabar con Saddam Hussein y sus supuestas armas de destrucción masiva.
Con el advenimiento del segundo gobierno de Donald Trump, los Estados Unidos se han lanzado a nuevas aventuras bélicas, asestando duros golpes al orden jurídico internacional y provocando un clima general de incertidumbre por los súbitos cambios de opinión del magnate norteamericano. La “guerra de doce días” contra Irán; los ataques a Venezuela para hacerse con el petróleo; las ejecuciones extrajudiciales de supuestos narcotraficantes; las amenazas de apoderarse de Groenlandia por la fuerza; el uso de aranceles punitivos para coaccionar a Estados como Brasil, Canadá, Colombia y México; la retirada del Acuerdo de París sobre el clima y de la Organización Mundial de la Salud y otras instituciones internacionales son muestras elocuentes del general embrutecimiento de las relaciones internacionales. En Oriente Próximo, el apoyo incondicional al gobierno de Netanyahu, proveyendo las bombas utilizadas para el genocidio en Gaza; la improvisación de un supuesto “plan de paz” que prescinde de todo lo que habitualmente forma parte de un proceso de paz, es decir diplomacia multilateral, mediación de la ONU, negociación entre las partes y, the last but not the least, estacionando una potente flota para rodear a Irán y forzar su rendición, son muestras de una voluntad imperial que frustran la posibilidad de alcanzar una paz justa y duradera en la región.
El orden internacional solo puede ser reestablecido si se basa en una distribución estable del poder entre los Estados en un pie de igualdad, con normas aceptadas por todos, y que se garantice luego su aplicación imparcial. La administración Trump no ofrece un modelo alternativo al vigente sino la instauración lisa y llana de la ley de la selva en las relaciones internacionales. Es posible pensar que el intento de regresar a un mundo sin leyes pueda ser abortado si se produce un cambio de gobierno en Washington. Pero en el interín estaremos sujetos a una incertidumbre absoluta, nadando en aguas turbulentas. El ex secretario general de la ONU, Dag Hammarskjöld, quien falleció en extrañas circunstancias al estrellarse el avión en el que viajaba para mediar en el conflicto del Congo Belga, afirmó en un discurso pronunciado en 1954 que “la ONU no fue creada para traernos el cielo, sino para salvarnos del infierno”. De modo que ya podemos hacernos cargo del elevado riesgo que corre la humanidad si no consigue reconstruir el orden jurídico internacional, avasallado por los poderes salvajes de los sempiternos iluminados.
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