El imperio se borra

El desastre de Estados Unidos en Afganistán y su error de desvalorizar toda cultura que no sea la propia

 

No es sorprendente que las fuerzas de seguridad afganas se hayan disuelto en tan breve plazo ante la ofensiva talibán. Lo sorprendente es que las fuerzas de OTAN, y particularmente Estados Unidos, se hayan sorprendido por la velocidad de los acontecimientos que culminaron el 15 de agosto con la toma de Kabul: en diez días se cayó todo lo que las fuerzas de ocupación dijeron haber construido en veinte años; aquello cesó simplemente de ser.

El Presidente Joe Biden quiere responsabilizar de la caída a esas fuerzas afganas que ya no son, y no a sus propios militares. El 8 de julio, con la ofensiva en marcha desde mayo, descartó por impensable lo que pasó. El talibán, pueblo guerrero, combate desde siempre de mayo hasta el invierno, cuando se va a su casa; así que en algo es previsible. Pero en dos décadas de guerra, los 16 servicios de inteligencia a disposición del Presidente norteamericano no supieron darle información útil y convincente sobre la ofensiva que planeaban los talibanes, posiblemente a partir de la negociación de Donald Trump con ellos en febrero 2020, o al menos desde que Biden la reafirmó y le puso su propia fecha, con su asunción en enero de este año. La del 20º aniversario del ataque del 11 de septiembre de 2001 fue una fecha artificial, autoimpuesta, y que favoreció la percepción de su derrota cuando los talibán no se la dejaron cumplir.

Dos días después del final, el 17, el New York Times publicó de fuentes de inteligencia que Biden había sido advertido sobre el posible colapso de las fuerzas de seguridad afganas luego del inicio de la ofensiva talibán en mayo. Pero eso sólo deriva algo de su responsabilidad en esta derrota militar y política; de hecho, no tenían infiltrados útiles al efecto en esa sociedad tribal cuya cultura consideraban marcadamente inferior. Y eso que hubo advertencias sobre lo erróneo del camino emprendido. El general al mando en 2010, Stanley McChrystal, declaró que “no conocemos a los talibán, tenemos que acercarnos”. Le costó el puesto, pero luego el Presidente Barack Obama advirtió parte del problema al criticar que sus tropas nunca pusieron bota en tierra.

Lo recuerda el coronel retirado uruguayo Tilio Coronel, quien estuvo allí como parte de un contingente de Naciones Unidas en 2005 y 2006, y que sigue estudiando los temas de los talibán y de Afganistán. “Llama la atención que Estados Unidos no pudiera preverlo con el intenso despliegue de medios electrónicos que tenía. Es que Estados Unidos siempre empleó criterios de guerra convencional contra una guerra de guerrillas. Yo vi que les faltaba perspectiva a sus escenarios. Simplemente no los supieron elaborar, pese a toda la información que tenían. En cambio, los talibán estaban siempre entre el pueblo, con un conocimiento exhaustivo del terreno, de caminos, de vías de escape, de lugares para emboscadas. Estados Unidos había azuzado en su momento a la ocupación soviética con lo cultural, lo religioso y más, y luego lo olvidaron cuando estuvieron en su lugar. Estando allí, leí reiteradas advertencias rusas a Estados Unidos para que no cometiera sus mismos errores. Pero los cometieron; el desastre es su responsabilidad. En verdad, no hubo nunca una solución militar, aunque se la podía buscar si era con enfoques sociales, políticos y económicos. Pero yo nunca vi que les preguntaran a los afganos qué precisaban y a qué aspiraban. En esencia, Occidente nunca apreció que su enfrentamiento no era contra el Estado talibán (al) que desplazó del poder, sino que el poder no les venía a los talibanes de su Estado sino de la representación de dios en la tierra, y que los resistían con la fuerza espiritual que da la religión”.

 

Coronel (R) uruguayo Tilio Coronel en Afganistán, como parte de un contingente de Naciones Unidas.

 

En Vietnam, los estadounidenses tuvieron que reconocer al final no haber entendido que no combatían una ficha del dominó comunista en Asia sino a un poder nacionalista. En la misma línea de McChrystal, el entonces secretario de Defensa Robert McNamara dijo ante la ofensiva norvietnamita del Tet en enero de 1968: “Deberíamos traer a alguien que entienda a los vietnamitas”. Con esos antecedentes, a quien condujo inteligencia en el segundo gobierno del Frente Amplio, Augusto Gregori, no le extraña que los estadounidenses repitan una y otra vez el error, cuya naturaleza, dice, es la de negar o desvalorizar toda cultura que no sea la propia.

Al desplazar al gobierno talibán en octubre de 2001, Estados Unidos planteó la reconstrucción del Estado afgano (algo que ahora niega) basándose en el poder de los “señores de la guerra”, jefes tribales que practicaban la corrupción como parte de su cultura y promovían el cultivo y comercialización del opio. No es de extrañar que el último Presidente de Afganistán haya encarado la huida del país con cuatro autos llenos de dinero que sobrepasaron la capacidad del helicóptero de la fuga; quedaron billetes tirados en la pista. Veinte años después, Estados Unidos deja atrás una producción de opio que en 2007 representaba el 93% de la producción mundial, con un valor de 4.000 millones de dólares anuales en poder de 200.000 familias. Y daba trabajo a 400.000 personas, más que las fuerzas de seguridad. Además, Afganistán se convirtió en el principal productor mundial de hachís. Ahora toma esta posta el gobierno talibán, al que Occidente ya le congeló ingentes depósitos de reservas. El vaticinio de Tilio Coronel es que se tenderá a prohibir su consumo dentro de las fronteras para aumentar la exportación.

En cuanto a las fuerzas de seguridad afganas, a las que Biden responsabiliza de su derrota, tenían problemas visibles ya en 2015, cuando los talibán tomaron brevemente la capital provincial norteña de Kunduz; baja moral, deserciones, desgaste, corrupción, faccionalismo étnico, sueldos impagos, mala logística, sobre-dependencia del cuerpo de fuerzas especiales afganas. Y no era secreto alguno que hacían tratos con su supuesto enemigo y se rehusaban a pelear, advirtiéndolo de ofensivas, y les vendían armas y equipos. Se puede especular con que los jefes tribales favorecían esta situación para presionar a Occidente a quedarse para mantener el poder que ellos usufructuaban. A las fuerzas afganas no se las puede responsabilizar por la derrota.

A consecuencia de tanto plato roto, mucho ha cambiado en la región: las coordenadas militares, de relacionamiento político, de comercio y de inversiones pasan a ser definitivamente otras. Con la caída de Afganistán, Occidente perdió no sólo el paso entre Este y Oeste que la historia bautizó como La Ruta de la Seda, y por donde sigue circulando mercadería –de allí la importancia que iban asignando las noticias de esta guerra a la sucesiva captura de los puestos fronterizos, que son de pago de peaje–. Por allí pasaba, aun bajo el régimen derrocado, el cuantioso contrabando chino y también el importante comercio entre China y Pakistán, hecho que explica parte de la alegría de China con el triunfo talibán. Ahora China, la segunda potencia económica mundial, ve despejada su ruta hacia el Levante, algo sin duda de gran importancia en su enfrentamiento comercial con Estados Unidos. Por eso declara que quiere “desarrollar relaciones cooperativas buenas y amistosas” y también recuerda el compromiso talibán de no albergar acciones hostiles a China, en referencia a la posibilidad de acciones armadas de la minoría uigur que habita junto a los menos de 80 kilómetros de frontera entre ambos países.

Irán, con sus mil kilómetros de frontera con Afganistán, está declarando que ve ahora la posibilidad de “restaurar la paz y la seguridad” en la región. Las relaciones entre ambos estaban entorpecidas por la represión talibán a un núcleo de la minoría chiita. Pero además, para Irán, que se considera el principal enemigo de Estados Unidos, la ausencia de una base de OTAN en territorio afgano es sumamente importante, como lo es primordialmente para las potencias nucleares afectadas: Pakistán (que alberga una base de OTAN), China, Rusia, India e Israel. Si se mira el mapa, Afganistán está abrigada por tres de esas potencias, hoy amigas. China se burló de la derrota de Estados Unidos a través de su agencia de prensa. Pakistán saludó efusivamente el triunfo talibán sobre las fuerzas de ocupación, para que no cupieran dudas. Y los rusos, por su parte, están revisando activamente sus relaciones con la nueva realidad, con un sobrio enfoque de realpolitik; mientras se terminan de definir, una guardia de honor talibán rodea su embajada en Kabul.

 

 

También se abre una ruta de enorme importancia de Norte a Sur, conectando nada menos que Asia Menor con el océano Índico, lo que implica, entre otras cosas, una salida navegable para la segunda reserva petrolera del mundo, en el mar Caspio. Todo esto va en beneficio de Afganistán, en materia comercial para su muy diversa producción agrícola, incluyendo opio y hachís, y de respaldo político. India, por ejemplo, está hoy muy interesada en atender sus relaciones con Kabul, porque el gobierno talibán es de hecho un aliento a grupos del mismo perfil ideológico, de los cuales el gobierno de Nueva Delhi lidia con varios. Lo mismo preocupa a varios países árabes y a Israel, porque la declaración de la dirigencia talibán de que no albergará grupos terroristas se cuestiona seriamente. En la conferencia de prensa del martes, su cúpula aseguró que habrá libertad de prensa, amnistía a quienes trabajaron con la ocupación y el régimen depuesto, y respeto a las mujeres para estudiar y trabajar. Esto fue seguido por la confirmación, con bando impreso de respaldo, que avalaba versiones y testimonios: desde su triunfo mismo el domingo 15 están buscando y arrestando opositores, mostrando planificación y una capacidad operativa en inteligencia que no se le conocía. Para Tilio Coronel, el anterior gobierno talibán (1996-2001) cometió un error al prohibir el trabajo a todas las mujeres, pues se quedó sin maestras y sin enfermeras; esa es, a su juicio, la corrección esperable a su política de género, por así llamarla.

Para Israel, el apoyo que puede tener Hezbolá es una muy mala noticia. Aunque no hay un pronunciamiento oficial, a la espera de un viaje de su nuevo primer ministro a Washington hoy para tratar principalmente el tema Irán y su aspiración nuclear, voceros oficiosos declaran que con esta muestra de declive Estados Unidos deja de ser un actor hegemónico en Medio Oriente. Afirma el diario Haaretz que ya no se puede confiar en él y que hay que basarse en las propias capacidades para enfrentar peligros, fundamentalmente a Irán; Israel se reserva expresamente el derecho de atacar la capacidad nuclear de Teherán cuando lo juzgue necesario.

Finalmente, la pérdida de Afganistán significa para Occidente dejar de contar con el país como gran lavandería de dinero, según un video de 2011 del fundador de WikiLeaks, Julian Assange, que ahora está recobrando vida en las redes sociales: “El objetivo de Occidente en ese país no es ganar la guerra sino tener una guerra interminable”, decía.

La derrota también significa obstáculos para otros planes. Según los rusos, en una apreciación previa a la caída de Kabul, Washington examinaba la posibilidad de una nueva base en la región y tomando “trascendidos de la prensa de Estados Unidos” concluyeron que los únicos lugares posibles serían las ex repúblicas soviéticas Tajikistán y Uzbekistán. No parece momento de expansión militar.

 

 

 

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