EL JARDÍN DE LAS DELICIAS

La langosta africana del desierto, un plaga sin la prensa del coronavirus

 

Con el coronavirus en avance y los centros de acumulación globales temblando por la caída de las bolsas y el desacuerdo de rusos y saudíes por el crudo, el sentimiento apocalíptico está de apogeo. Las angustias que despiertan este estado de cosas enfrían las necesarias dosis de contemplación que necesita la vida cotidiana para hacerse más llevadera. Por caso, el 4 de marzo los productores de la película número 25 de James Bond, No Time to Die (No es tiempo para morir, en una traducción posible), anunciaron que el estreno global de la cinta previsto para abril se pospuso hasta noviembre «después de una cuidadosa consideración y una evaluación exhaustiva del mercado mundial de salas cinematográficas”. No invocaron en el comunicado al coronavirus, pero es la causa obvia por la que se mantienen cerradas las salas de proyección en aquellos países donde la enfermedad todavía no alcanzó su pico.

 

 

 

Para la criatura de Ian Fleming no es la única contrariedad originada en China. Bond, el sibarita del caviar ruso Beluga (la variedad más cara de las huevas del esturión) no tendría más remedio que consumir el producido en China, dado que los diversos informes sobre este mercado destacan que más del 54 % de las granjas comerciales de caviar del mundo (más o menos 50 países crían esturiones; en la Argentina hay un emprendimiento en la Rioja) se encuentran allí y explican la mitad de la producción global, que cultiva casi toda la que se consume en el mundo desde que se firmó en 2007 un acuerdo internacional para frenar la captura del esturión que estaba por extinguirse. Hasta la prohibición total de la pesca comercial del esturión, el 90% del comercio internacional de caviar era de origen ruso. Rusia –donde el caviar es un símbolo nacional— después de la prohibición se convirtió en un importador neto de caviar, siendo muy baja su producción en granjas.

 

 

 

 

El caviar que se produce en China y en otros países de bajos salarios está tirando los precios de las huevas para abajo y de forma importante. Bajó de 550 a 250 dólares el kilo de un lustro a esta parte (precio mayorista). En la Argentina el precio más probable al que se consigue un caviar medio pelo es de no menos de 1.500 dólares el kilo. Se calcula un mercado de 500.000 millones de dólares para 2025 (hoy anda por la mitad o menos de esa cifra), lo que supone una masividad muy superior a la actual. Entraron en producción por granjas algunos países africanos, por ejemplo Madagascar, donde el 75% de la población vive con menos de 2 dólares por día y está cuarto entre los enlistados por la tasa de malnutrición. Nada escapa a la lógica del intercambio desigual.

Aquellos que baten el parche de las cadenas de valor (denominación marketinera para la vieja, perenne y empobrecedora división internacional del trabajo) hacen hincapié justamente en el concepto de valor. La idea es que son los precios de los bienes los que determinan el valor de las remuneraciones de los factores (renta para la tierra, salario para el trabajo, ganancia para el capital). A más caro o valioso un bien, mejores remuneraciones y adiós a la pobreza. Todo sería cuestión de encontrar el lugar adecuado en la cadena de valor de un producto caro.

El precio en baja nada menos que del caviar, cuya comercialización es en un 80% en restaurantes dado su carácter festivo, una vez más prueba que es la remuneración del trabajo establecida por la lucha política la que en definitiva fija los precios. Si se hacen baleros, jabones flotadores o malvones con altos salarios recibirán un precio que permita pagarlos. Hacer caviar con bajos salarios le baja el precio. Nunca hay que olvidar que se vende a bajo precio porque se es pobre y no es pobre porque se vende a bajo precio. Incluso se pueden vender cosas caras, como el caviar, las que finalmente se van a abaratar y en el ínterin el excedente quedará capturado en el centro, pues la periferia donde se produce —a raíz de sus bajos salarios— no tiene mercado para absorberlo.

 

 

África

Pero la geopolítica que expresa como ficción el asesino al servicio de su Majestad tiene otras cosas de qué preocuparse en África, muy diferentes a la falta de glamour del caviar de Madagascar. Así se desprende de un reciente Report (02/03/2020) del Center for Strategic and International Studies (CSIS) titulado: The Age of Mass Protests: Understanding an Escalating Global Trend (La época de las protestas masivas: comprender una tendencia mundial en aumento) cuyos autores son Samuel Brannen, Christian Stirling Haig y Katherine Schmidt. Para los autores del Report, estamos viviendo en una época de protestas masivas mundiales que históricamente no tienen precedentes en frecuencia, alcance y tamaño. Entienden que las protestas políticas masivas que han captado la atención de los medios durante el año pasado, como las de Hong Kong y Santiago, son en realidad parte de una línea de tendencia de la década que afecta a todas las principales regiones pobladas del mundo. La frecuencia de las protestas aumentó a un promedio anual de 11,5 % entre 2009 y 2019. El tamaño y la frecuencia de las protestas recientes eclipsan ejemplos históricos de épocas de protestas masivas, como finales de los años ’60, fines de los ’80 y principios de los ’90. El análisis de las causas profundas de estas protestas globales sugiere que continuarán y podrían aumentar en 2020 y más allá. Si bien cada protesta tiene un contexto único, las causas comunes se centran en la caída o estancamiento de de los ingresos, expresadas alienadamente como percepciones de corrupción y de ineficacia en la gestión gubernamental.

La mayor concentración de las protestas se ubica en el Medio Oriente y África del Norte y la tasa de crecimiento más rápida en África subsahariana. The Economist (05/03/2020) refiere que en una encuesta de Afrobarómetro de 34 países publicada en 2019, el 68% de los africanos dijo que la democracia era la mejor forma de gobierno, una participación que fue ampliamente estable durante la década anterior. La cifra es mayor cuando a los encuestados se les presentan alternativas específicas; el 78%, por ejemplo, dijo que no abandonaría las elecciones multipartidistas por el gobierno de un hombre fuerte. Es posible que el autoritarismo tiente a más estadounidenses que africanos. Según la Encuesta Mundial de Valores, el 24% de los estadounidenses y el 32% de los que no poseen título universitario, dicen que un «líder fuerte» que no tiene que molestarse con el Congreso o las elecciones es «adecuado» o una «muy» buena idea. (Estos porcentajes eran más altos antes de que Trump se convirtiera en Presidente). Se entiende que las protestas sean crecientes en esas zonas de África, al tomar en cuenta la anotado por Robert Rotberg director fundador del Programa de la Harvard Kennedy School sobre Conflictos Interestatales en un columna publicada en el diario canadiense The Globe and Mail de Toronto (05/03/2020). La lúgubre enumeración de Rotberg dice que “guerra civil incesante, pestilencia, sequía, inundaciones, VIH / SIDA, tuberculosis resistente a los medicamentos, y ahora, borrando el cielo y comiendo todos sus cultivos, una horda de langostas. Enjambres de incansables langostas del desierto en sus vibrantes miles de millones se están abriendo camino en todo el este de África”. Alivia que los africanos no hayan perdido la fe en la democracia, cosa que no se puede decir de los latinoamericanos de acuerdo a recientes encuestas. Menos de los europeos.

 

 

 

Langostas del desierto

Por ahora sin la prensa del coronavirus, las mangas de langostas están para hacer un desastre en África Oriental, Medio Oriente y Asia del Sur. Los enjambres de langostas de 60 kilómetros, según los cálculos hechos por los organismos internacionales, amenazan potencialmente a cientos de millones con el riesgo de morir de hambre. Para la ONU se trata del peor brote en los últimos veinticinco años. Sobre esta desgracia, Rotberg alerta que «millones morirán de hambre porque las nubes de aproximadamente 80 millones por kilómetro cuadrado de langostas del desierto son voraces […] En un día consumen cultivos de trigo, cebada, sorgo o maíz que alimentan a 35.000 personas. Las mangas del tamaño de las ciudades [60 kilómetros2] pueden consumir 1,8 millones de toneladas métricas de vegetación todos los días, suficiente para alimentar a 81 millones de personas». Esto amenaza con aumentar la escasez de alimentos en una región donde hasta 25 millones de personas se están recuperando de tres años consecutivos de sequías e inundaciones.

Un análisis de la revista Scientific American (03/04/2020) firmado por Nathanial Gronewold, puntualiza que “funcionarios de la ONU dicen que un número récord de enjambres de langostas del desierto se ha extendido desde el Cuerno de África hasta la región del Golfo Pérsico, a pesar de los esfuerzos para contener la infestación a través de la pulverización masiva de químicos […] Los enjambres han aparecido en una franja de cientos de millas de ancho, desde Sudán del Sur en el oeste hasta partes de Pakistán en el este». El brote se había limitado principalmente a Kenia, Etiopía y Somalia inicialmente, pero la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) dice que ahora está rastreando a 15 países en África, Medio Oriente y Asia del Sur afectados por las langostas. Las autoridades del este de África ya están emprendiendo una campaña coordinada de fumigación aérea con pesticidas, pero los expertos dicen que la escala de la infestación está más allá de la capacidad local ya que las langostas del desierto pueden viajar hasta 150 kilómetros en un día.

La situación ya venía preocupando y en un artículo sobre el tema de Nita Bhalla publicado en Agenda (12/02/2020), una newsletter conjunta de World Economic Forum-Thomson Reuters Foundation, se informa que «las Naciones Unidas probarán drones equipados con sensores cartográficos y atomizadores para rociar pesticidas en partes del este de África que luchan contra una invasión de langostas del desierto que están devastando los cultivos y exacerbando una crisis de hambre». Imprescindible pero tal parece que insuficiente porque, volviendo a Robert Rotberg, puntualiza que “dados estos pronósticos sombríos, el Programa Mundial de Alimentos pronto tendrá en sus manos otra crisis aguda de hambre en África. Sólo una acción internacional concertada, especialmente en efectivo para comprar pesticidas, puede evitar que los africanos del este se conviertan en víctimas del fracaso del mundo para reducir el calentamiento global”. Plata por ahora no hay.

¿Por qué el calentamiento global? Explica Rotberg que las perturbaciones climáticas que ya en el último año han provocado tormentas tropicales masivas en Zimbabwe y Mozambique y luego en Somalia, inundaciones inusuales en Kenia y Uganda, y sequías renovadas en gran parte del Sahel, Somalia y Sudán, son en buena medida responsables de la plaga renovada de langostas. Las langostas del desierto desarrollan las alas que necesitan para pulular en mares y continentes con la ayuda de temperaturas más cálidas y la cantidad adecuada de lluvia para cultivar las plantas que necesitan para alimentarse. Los vientos ciclónicos que llegaron en el momento justo los expulsaron del desierto de Yemen y Arabia Saudita donde se originan y cruzaron el Mar Rojo hacia el Cuerno de África y el este de África. Las langostas incluso han ido al este, a Irán, Qatar, Bahrein y Kuwait.

 

 

 

Sistemas humanos

En la London Review of Books (05/5/2020), Meehan Crist se pregunta: “¿Está bien tener un hijo?” Recoge una pregunta que anda dando vuelta en las sociedades desarrolladas, envejecidas, que a fuer de tener pocos críos están tratando de racionalizar la práctica en nombre de las especies más fétidas del Jardín de las Delicias. Después de una larga reflexión deduce que “esta parece ser la pregunta equivocada en un mundo donde nuestras vidas están entrelazadas, son cómplices e interdependientes en formas que apenas estamos comenzando a entender”. Crist diferencia que “si es la naturaleza humana quemar los recursos de este planeta como lo hemos hecho durante los últimos 150 años, entonces hemos terminado; si son los sistemas humanos los que hacen esto, entonces tenemos una oportunidad”.

 

 

Meehan Crist.

 

 

La escritora con actividad académica en la Universidad de Columbia supone que “el futuro siempre será más terrible y maravilloso de lo que cualquiera de nosotros pueda imaginar. ¿Cómo será la crisis climática dentro de diez años, veinte años, cincuenta años? No lo sabemos ¿Qué tan rápido podemos lograr la descarbonización global? No lo sabemos. Esta incertidumbre inspira temor y permite la posibilidad de esperanzarse […] No es la falsa esperanza de que las economías mundiales impulsadas por los combustibles fósiles puedan seguir avanzando como lo han hecho durante demasiado tiempo, o que se conserven las comodidades, los excesos y las seguridades relativas de las naciones industrializadas, sino la esperanza de la posibilidad del florecimiento humano en circunstancias sin precedentes y aún inimaginables”.

¿Por qué no? No hay derecho a desalentarse porque en la realidad de hoy del Jardín de las Delicias todas estas escenas con caviar, espías ingleses, langostas voraces, pandemias, intercambio desigual son manifestaciones de maltusianismo explícito. El sistema a escala global, por fuera de una minoría de los aristócratas trabajadores de los países centrales, sigue pagando salarios que hunden a los otros trabajadores allende esos territorios en el pantano de la subsistencia. El punto es que la pobreza no es necesaria para que el sistema acumule y se reproduzca sino que es contingente. Ahora, mientras arribamos a las circunstancias sin precedentes y aún inimaginables, la democracia argentina debe incorporar las enseñanzas que emanan del inconfundible aroma y sabor del caviar. No es el tipo de producto, no es el petróleo, el acero, el ruibarbo o las arvejas o lo que sea, lo que hace que las cosas valgan y haga que valga la pena vivir, sino el valor que la sociedad le dé a la fuerza de trabajo, o sea: cómo culturalmente traduce en decisiones políticas su mayor o menor sentido e inclinación hacia la igualdad. El resto es chamuyo. Por más pandemias y langostas y pobreza, y deuda externa y petróleo por el piso, no es tiempo para morir, de ninguna manera.

 

 

 

 

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