El laberinto de la Argentina

Qué dejaron las giras de Milei y Kicillof en Nueva York

Detalle del mosaico “Teseo y el Minotauro”, del Maestro de los Cassoni Campana (mediados del siglo XV).

 

La escena en Nueva York de fines de septiembre dejó una imagen que merece ser pensada más allá de la fotografía y la casualidad. Con pocos días de diferencia, Javier Milei y Axel Kicillof hablaron ante empresarios, inversores y representantes del mundo financiero. Milei habló e hizo subir el riesgo país; días después repitió la hazaña en París. El gobernador bonaerense se reunió con 20 empresas y fondos vinculados a la Argentina. Procuró explicar su visión sobre desarrollo, producción e infraestructura, pero evitó declaraciones sobre la situación de Gaza y su candidatura, algo que generó contrariedad. Milei, por su parte, defendió su proyecto de continuidad. Dos concepciones diferentes del país buscando interlocución y aval, donde se supone que hay que ir para ser habilitado. Dos giras fallidas.

Nueva York dejó una advertencia.

El mercado empieza a dudar del camino elegido con Milei, pero tampoco encuentra una alternativa que le permita imaginar con claridad el día siguiente. Esa fue la verdadera alianza no pretendida de aquella semana entre Milei y Axel. Romperla no requiere tranquilizar a Wall Street. Requiere construir nuevamente una idea de la Argentina.

No hay nada necesariamente contradictorio en ello. Lula lo comprendió antes de llegar finalmente a la presidencia de Brasil. Después de tres derrotas electorales, en 2002 produjo su famosa Carta ao Povo Brasileiro. Allí sostuvo la necesidad de cambios profundos, pero aseguró simultáneamente respeto por los contratos y planteó una transición negociada. No había abandonado su identidad política; había comprendido que aspirar a conducir una nación era algo más complejo que conducir a los convencidos. Seguramente, hoy está reelaborando conceptos y nosotros estamos revisando nuestra preocupación ante los hechos electorales más recientes. Pero ojo, también Milei debería tomar nota, además de arrogarse el triunfo de Bolsonaro Junior y observar que los oficialismos pierden una vez más y que un preso puede transferirle los votos a su hijo y este superar a su padre. Escenarios de alternancia, donde se salva la ropa por un puñado de votos, que impiden el sueño hegemónico.

Néstor Kirchner, en septiembre de 2006, fue a Wall Street y tocó la campana que abre las operaciones de la Bolsa de Nueva York. De ahí, pasó a la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde criticó fuertemente a los organismos de crédito y al FMI. Defendió la autonomía económica de la Argentina, argumentando la priorización del crecimiento interno antes que el pago de deudas asfixiantes. Lo hizo mientras llevaba adelante la reestructuración de la deuda y mientras defendía el superávit fiscal, el desendeudamiento y la autonomía política. No se convirtió por ello en representante de Wall Street. Fue como Presidente de la Argentina a explicar qué país pretendía conducir.

El interrogante más profundo que dejó el viaje de Kicillof a Nueva York es desde dónde habló. ¿Como gobernador de Buenos Aires? ¿Como eventual candidato presidencial? ¿Como dirigente de una de las corrientes del peronismo? ¿Como expresión de un proyecto nacional todavía en construcción?

Aspirar a la presidencia supone algo mucho más difícil que reunir adhesiones. Supone aspirar a conducir el todo, pero primero toda tu parte. Hablamos de partes, debido a lo difusos que son nuestros partidos políticos.

La Argentina profunda conserva identidades provinciales poderosas y una relación muchas veces conflictiva con Buenos Aires. El lenguaje, las preocupaciones e incluso las lecturas de la política cambian apenas se atraviesan determinadas fronteras.

Quien aspire a reconstruir una mayoría nacional deberá entender esa diversidad antes de intentar conducirla.

Cristina aparece como una cuestión que tampoco puede reducirse a una interna partidaria. Su caso fue al Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Políticamente, la inhabilitación es una proscripción. Son dos planos diferentes que conviven y que forman parte inevitable del escenario argentino.

Por eso el problema no consiste solamente en determinar quién encabeza una boleta en 2027.

La pregunta es mucho mayor: ¿qué ocurre con una democracia cuando una figura que conserva una representación política considerable se encuentra impedida judicialmente de competir? ¿Cómo procesa un movimiento político esa situación sin hacer desaparecer el conflicto debajo de una discusión de candidaturas? ¿Debemos aceptar una democracia condicionada?

Una encuesta nacional muestra una foto: Axel tiene el 46,6% de “potencialidad de voto” y Cristina Kirchner, el 43,7%. Es un momento, no un pronóstico electoral, pero muestra una potencialidad que debe ser inescindible.

El problema, entonces, quizá esté mal formulado cuando se pregunta si el futuro será de Cristina o de Axel.

La cuestión verdaderamente importante es cómo se reconstruye una representación nacional después de una derrota histórica del sistema político tradicional.

Milei no apareció solamente porque una parte de la sociedad hubiera leído su programa económico y decidido acompañarlo. Su irrupción puede discutirse desde innumerables perspectivas, pero sería insuficiente explicarla únicamente como un accidente comunicacional o una anomalía electoral. Representó una ruptura, hábilmente cooptada por el círculo rojo y sus arrabales.

¿Qué significa hoy ser trabajador cuando millones combinan empleo formal, informalidad, aplicaciones, changas y endeudamiento? ¿Qué significa ser clase media cuando la vivienda propia se aleja, el alquiler absorbe buena parte del ingreso, el crédito desaparece y sólo hay deudas? ¿Qué significa federalismo cuando enormes porciones del país sienten que Buenos Aires habla permanentemente consigo misma? ¿Qué significa justicia social en una sociedad atravesada por nuevas pobrezas, tecnologías y formas de desigualdad? Allí está probablemente el verdadero desafío que hay que interpretar.

No alcanza con administrar mejor aquello que ya existía. Hay que reconstruir un vínculo entre política y sociedad. Hay que representar una posibilidad de futuro.

CFK conserva para una parte significativa de la sociedad una asociación con determinados años de expansión del consumo, ampliación de derechos, presencia estatal e importantes desarrollos privados, que bien envidiarían los amantes de la libertad de mercado. El desafío es que sea candidata, y para eso debe ser libre. Será muy tortuoso para el país convalidar la proscripción. Hay voces propias que increíblemente sólo pueden entender lo que ocurre con CFK desde la técnica legal, y quienes otrora fueron críticos de CFK hoy creen que no merece la prisión, porque el proceso judicial está repleto de irregularidades. Durante los gobiernos K y el de Alberto, no levantaron mucho la voz en ese sentido, así como otros hoy dicen por todos lados que Nisman se suicidó. Muchos son periodistas que se humanizan en el gobierno de Milei, y fueron durísimos con los gobiernos de CFK. Kicillof, mientras tanto, intenta construir una proyección nacional desde la provincia de Buenos Aires, corriendo el riesgo de larretizarse [1], si no logra cerrar su parte. Parte que va desde Cúneo y sus carteles junto a Dogos, Torinos y Rucci, con licencia para putear en grande a CFK, hasta los intendentes que no logran su reelección eterna. Milei conserva su propio núcleo político y procura convertir su experiencia presidencial en un nuevo mandato; eso está más claro, si Rocca y los Saguier lo permiten. Ellos quieren la continuidad del modelo, no de Milei.

En esta coyuntura, se pone sobre la mesa qué concepción de democracia tendrá el espacio que aspire a reemplazar a Milei. La injusta condena y la pelea por revisar la situación jurídica de CFK adquieren una dimensión democrática que trasciende el calendario electoral. Esa controversia no puede ser eliminada mediante una conveniencia táctica. Habrá que atravesarla políticamente.

Tal vez por eso la Argentina se encuentre nuevamente frente a uno de aquellos laberintos que describía Leopoldo Marechal. La salida no consiste simplemente en encontrar un candidato; eso no sería salir por arriba.

Consiste en volver a descubrir a quién se quiere representar, a quién se quiere enfrentar, para qué se quiere gobernar y alrededor de qué proyecto de país pueden encontrarse las y los argentinos. Porque debemos volver a pensar primero en la patria, ¿no?

 

 

 

[1] Acción política que se desarrolla antes del tiempo habitual, sin lograr el objetivo pretendido.

 

 

 

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