La escena geopolítica global ha ingresado en una dimensión de incertidumbre absoluta tras la ejecución de las operaciones “Furia Épica” y “Rugido del León”. El pasado sábado 28 de febrero, en una acción militar conjunta sin precedentes, fuerzas de Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva de gran escala que terminó con la vida del líder supremo de la República Islámica de Irán, el ayatollah Alí Khamenei. El ataque, descrito por el Ejército israelí como una operación de “precisión a gran escala” guiada por inteligencia de alto nivel, impactó directamente en el complejo de mando central en el corazón de Teherán.
Sin embargo, la decapitación del régimen no se limitó a su máxima figura religiosa y política. En apenas un minuto de bombardeos, fueron asesinados más de 40 altos mandos y jerarcas de la estructura de poder persa. Esto incluyó al jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, el general Abdorrahim Musaví; al ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh; al comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohamad Pakpur, y al secretario del Consejo de Defensa, Ali Shamjani. El lunes 2 de marzo, al momento de cierre de esta nota, la cifra de muertos en Irán ya superaba las 550 personas según la Media Luna Roja. Mientras tanto, en El Líbano se reportaron al menos 31 fallecidos tras el colapso de la tregua y el inicio de bombardeos israelíes sobre los bastiones de Hezbollah en Beirut.
La magnitud de los ataques alcanzó a más de 20 de las 31 provincias de Irán, afectando centros neurálgicos en Teherán, Tabriz e Isfahán, con daños a la infraestructura civil, incluidas escuelas primarias. Desde Washington, el Presidente Donald Trump justificó la ofensiva alegando la necesidad de frenar las ambiciones nucleares de Teherán y exhortó directamente al pueblo iraní a aprovechar lo que calificó como una “oportunidad única durante generaciones” para tomar el control de su gobierno. No obstante, el propio Trump advirtió el domingo que las operaciones militares podrían prolongarse durante “cuatro o cinco semanas”, manteniendo la operación “Furia Épica” activa mientras el mundo observa con alarma la expansión de la guerra a múltiples frentes.
La respuesta de la Guardia Revolucionaria fue una oleada de misiles y drones que alcanzaron el cuartel de la Quinta Flota en Bahréin y bases estadounidenses en Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, además de objetivos en territorio israelí, dejando al mundo al borde de una guerra regional total. Este lunes, la escalada involucró ataques de Irán contra aliados norteamericanos en el Golfo, el impacto de un dron en la base británica de Akrotiri en Chipre y la parálisis del estrecho de Ormuz, lo que provocó un aumento de dos dígitos en los precios del petróleo y una caída generalizada de los mercados financieros globales.
Una política exterior imprudente
En este contexto de conflagración, la reacción del gobierno argentino de Javier Milei ha sido de un entusiasmo tan dogmático como peligroso. A través de los Comunicados Oficiales 138 y 139, la Oficina del Presidente no solo celebró la “eliminación” de Khamenei —a quien definió como una de las personas “más malvadas, violentas y crueles de la historia”. También vinculó este acto directamente con la búsqueda de justicia por el atentado a la AMIA, calificando a Estados Unidos e Israel como nuestros “países aliados”.
Simultáneamente, el Poder Ejecutivo dispuso elevar el nivel de seguridad a “alto” en todo el territorio nacional, reforzando la custodia de objetivos sensibles, infraestructura crítica y establecimientos de la comunidad judía, además de activar protocolos de alerta en las fronteras. Esta subordinación irrestricta al eje Washington-Tel Aviv, lejos de ser un activo, sitúa a la Argentina en un nivel de vulnerabilidad estratégica desconocido, comprometiendo al país en asuntos regionales de Medio Oriente que nada tienen que ver con nuestros intereses vitales y desafiando toda lógica de prudencia internacional.
En junio '25 escribí sobre los ataques de EEUU e Israel a Irán y la situación estratégica de Medio Oriente. Creo que el texto conserva total actualidad. Espero que la gente responsable y seria de @Cancilleria_Ar lo tome en cuenta. Abro🧵https://t.co/DfGcbXkOyz
— Luciano Anzelini (@LucianoAnzelini) February 28, 2026
La derrota del realismo
Para analizar la profundidad de los errores a los que conduce el dogmatismo internacional de Milei, es imperativo retomar los argumentos de la escuela realista de las Relaciones Internacionales, que hunde sus raíces en pensadores como Tucídides, Maquiavelo y Hobbes. El realismo político sostiene que la prudencia —entendida como la ponderación de las consecuencias de las acciones políticas— es la virtud suprema en la conducción de los asuntos externos. Sin embargo, la gestión de Milei en política exterior, instrumentada por un ministro carente de idoneidad para el cargo como Pablo Quirno, ha sacrificado todos los principios del realismo político en el altar de una “occidentalización dogmática” que ignora las realidades del poder y la geografía.
Académicos realistas de primer nivel como John Mearsheimer y Stephen Walt han advertido, con lucidez, hasta qué punto el cabildeo de grupos pro-israelíes —el denominado “lobby israelí”— ha logrado desviar la política exterior de las grandes potencias de lo que deberían ser sus intereses nacionales, priorizando agendas sectoriales incluso a expensas de la propia seguridad de los Estados involucrados [1]. En el caso estadounidense, este vínculo incondicional ha llevado a que Israel sea percibido por muchos realistas no como un activo estratégico, sino como una “carga estratégica”, argumentando que el terrorismo transnacional es, en buena medida, el resultado no deseado de esa alianza sin fisuras que alimenta resentimientos globales.
La Argentina parece estar replicando este modelo de forma mimética e irreflexiva. Al adoptar la agenda de la extrema derecha israelí como propia, el gobierno de Milei abandona la premisa realista de evitar comportamientos "de cruzada". Lo cierto es que los denominados por Washington y Tel Aviv como “Estados canallas” de Medio Oriente —entre ellos, la República Islámica de Irán— no representan una amenaza directa para los intereses de la Argentina, excepto cuando el propio país decide subordinarse acríticamente a los objetivos estratégicos de potencias en conflicto, convirtiéndose así en un blanco por asociación. Esta imprudencia antirrealista eleva los riesgos de represalias en nuestro territorio, ignorando que la seguridad nacional es un bien que no debe ser supeditado a compromisos ideológicos distantes.
Para entender esta deriva, es necesario poner el foco en ciertos grupos de cabildeo locales de notable injerencia. Apellidos como Elsztain, Werthein, Wahnish y Yanco emergen como figuras clave en una red que vincula los negocios personales con la orientación de la política exterior y de defensa. Cuando la diplomacia de una nación es guiada por lobbistas en lugar de por cuadros profesionales, el resultado es la imprudencia absoluta. La Argentina asume hoy riesgos innecesarios por motivos que responden más a compromisos sectoriales que a una evaluación racional de los intereses de la Nación, descartando nuestra mejor tradición de autonomía y neutralidad en aras del dogmatismo.
Punto final al "repliegue prudente" en la era Trump II
La ofensiva conjunta contra Irán representa, además, un revés fatal para la estrategia del “repliegue prudente” (retrenchment) que sectores lúcidos de la academia estadounidense venían promoviendo. Como bien explican los profesores Paul K. MacDonald y Joseph Parent [2], el repliegue es la reducción deliberada de los costos de la política exterior para mejorar la solvencia estratégica de una gran potencia. Estos autores sostenían que las condiciones en Medio Oriente durante 2024 eran especialmente auspiciosas para un repliegue sostenido por parte de Washington. Se basaban en cuatro variables estructurales: la disponibilidad de aliados locales, la independencia de los compromisos regionales, un cálculo de conquista que favorece la defensa y el rango relativo de poder.
Bajo la lógica del “repliegue prudente”, Estados Unidos debería haber aprovechado su posición dominante para realizar una retirada gradual y controlada, evitando quedar atrapado en guerras periféricas costosas e improductivas. MacDonald y Parent argumentan que los despliegues militares avanzados de Washington no han influido positivamente en la región y que mantener una presencia masiva allí solo distrae recursos de desafíos más urgentes. Sin embargo, los ataques preventivos sobre Teherán dinamitan esta estrategia, enterrando la posibilidad de un repliegue ordenado y devolviendo a la región a un ciclo de intervención directa y promoción de cambio de régimen por la fuerza.
Trump, tras atacar las centrales nucleares (operación “Martillo de Medianoche” del 22 de junio de 2025) y contribuir a la eliminación de la cúpula iraní (operación “Furia Épica” del 28 de febrero de 2026), no solo ha ignorado las advertencias del realismo sobre los límites del poder militar. También ha firmado el acta de defunción del "orden liberal internacional" construido tras el fin de la Guerra Fría, al no buscar siquiera una señal de respaldo de la ONU o mencionar la legalidad internacional.
Al aplaudir esta deriva, la Argentina se alinea con una política de fuerza que desprecia el derecho internacional, comprometiéndose con una lógica que la propia academia estadounidense más conspicua considera un error de sobreextensión estratégica de Washington. Al sumarse a este "espíritu de cruzada", el gobierno de Milei —cuya Cancillería ignora por completo que un repliegue prudente de Estados Unidos de Medio Oriente es lo que realmente convendría a un sistema internacional más estable— opta por un sendero de mimetización que aumenta sideralmente nuestra exposición al riesgo.
Kenneth Waltz y la paradoja del desequilibrio nuclear
El influyente Kenneth N. Waltz, padre del neorrealismo, planteó poco tiempo antes de su muerte una tesis provocadora: un Irán con armas nucleares podría, paradójicamente, traer estabilidad a Medio Oriente al terminar con el monopolio atómico de Israel [3]. Para Waltz, los líderes iraníes no son actores irracionales o "mulás locos", sino agentes perfectamente cuerdos que buscan la supervivencia de su régimen y que se verían disuadidos de emprender acciones agresivas si el sistema regional fuera más equilibrado.
La historia refleja que los países que obtienen la bomba —advertía Waltz— suelen tornarse más conscientes de su propia vulnerabilidad y, por ende, más cautelosos, evitándose así acciones osadas que podrían provocar una respuesta devastadora de las grandes potencias. Sin embargo, los asesinatos de la cúpula iraní y la destrucción de sus instalaciones estratégicas por parte del eje Washington-Tel Aviv eliminan cualquier incentivo para la moderación. Como ha advertido oportunamente David Sanger, ante una amenaza existencial, es altamente probable que los científicos nucleares supervivientes lleven sus investigaciones a la clandestinidad absoluta, siguiendo el camino de Corea del Norte.
En este escenario de mayor peligro atómico, el alineamiento irrestricto de Buenos Aires con la postura de Tel Aviv de oponerse, por ejemplo, a una zona libre de armas nucleares en Medio Oriente, constituye una afrenta a nuestra reconocida trayectoria diplomática en materia de no proliferación. Al alinearse con el monopolio nuclear israelí y celebrar los ataques contra las plantas persas y el descabezamiento de la cúpula iraní, la Argentina se involucra en conflictos ajenos por motivos ideológicos, ignorando que un Medio Oriente más inestable y nuclearizado solo aumenta la inseguridad global y, por extensión, nuestra propia vulnerabilidad estratégica.
Desprotección de los intereses vitales
El giro de Milei respecto de gobiernos anteriores representa una ruptura drástica con políticas de Estado mantenidas durante décadas, incluso por administraciones de signo político opuesto. Entre los hitos de esta desmesura se encuentran el anuncio del traslado de la embajada a Jerusalén, el voto en contra del reconocimiento del Estado de Palestina y el rechazo al apoyo de los refugiados de la UNRWA. También ha sido grave el silencio de la Cancillería argentina ante los ataques israelíes contra el contingente argentino en la misión de paz en el Líbano (UNIFIL), lo que demuestra que el alineamiento dogmático está por encima incluso de la seguridad de nuestras propias tropas.
Para justificar este seguidismo, el gobierno intenta apoyarse en una lectura desvirtuada del “realismo periférico” de Carlos Escudé. Sin embargo, Escudé planteaba una política utilitarista basada en un cuidadoso cálculo de costos y beneficios, donde la autonomía debía medirse en términos de los costos de ejercerla. Escudé advertía que un Estado periférico debe abstenerse de confrontaciones improductivas y de involucrarse en políticas de poder costosas. Milei, al contrario, sobreactúa un alineamiento que no ofrece beneficios materiales tangibles, pero sí eleva los riesgos de seguridad nacional a niveles insospechados.
Un futuro inestable y más radicalizado
Lo que cabe esperar en el futuro inmediato dista mucho de la "paz y democracia" que auguran los comunicados oficiales de la Argentina. El golpe asestado al liderazgo teocrático iraní difícilmente generará un cambio de régimen pacífico o pro-occidental. Por el contrario, las evaluaciones de inteligencia estadounidenses anticipan que el poder podría concentrarse aún más en la Guardia Revolucionaria. Estos sectores, que probablemente intentarán ejercer un control interno más férreo y brutal, verán en la radicalización su única vía de supervivencia política y económica.
Es ilusorio esperar, como plantea Trump, un levantamiento popular inmediato. Aunque pueda existir un descontento genuino con el régimen teocrático, la agresión externa suele provocar —como señaló Jonathan Teubner— un “efecto de cierre de filas en torno a la bandera”, donde la población se aglutina ante lo que percibe como una amenaza existencial extranjera. Los ciudadanos iraníes difícilmente apoyarán a quienes bombardean su territorio, y la desaparición de las figuras más veteranas —que, aunque hostiles, mantenían cierta lógica de disuasión— deja el mando en manos de jerarcas probablemente más jóvenes, violentos y menos dispuestos a cualquier tipo de diálogo diplomático.
La desaparición de los canales de interlocución y la destrucción de la confianza mínima sitúan a la región en el peor de los escenarios: el fin de la diplomacia y de la disuasión. En este panorama de radicalización, los sectores más duros en Irán apostarán por mayores capacidades militares, no menos, buscando acelerar sus planes de defensa nuclear como único escudo ante la fuerza bruta de Occidente.
La Argentina, por decisión de un gobierno que confunde el dogma personal de Milei con la política de Estado, ha quedado expuesta en la primera línea de una batalla que no le pertenece y que no puede controlar. Es urgente que el realismo y la prudencia retornen al centro de nuestra política exterior para proteger los intereses vitales de la Nación. Seguir por esta senda de alineamiento irrestricto no es solo un error estratégico, sino una invitación directa a que la tragedia global que se gesta en Medio Oriente termine golpeando, una vez más, las puertas de nuestro país en un momento de máxima fragilidad.
[1] Walt, Stephen & John J. Mearsheimer (2006, marzo). "The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy". KSG Faculty Research Working Paper Series RWP06-011.
[2] MacDonald, Paul K. & Joseph M. Parent (2024). "The Dynamics of US Retrenchment in the Middle East," Parameters, 54 (2).
[3] Waltz, Kenneth N. (2012). “Why Iran Should Get the Bomb: Nuclear Balancing Would Mean Stability”. Foreign Affairs, 91 (4).
* Luciano Anzelini es doctor en Ciencias Sociales (UBA) y profesor de Relaciones Internacionales (UBA-UNSAM-UNQ-UTDT).
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