EL LEGADO PROLOGUISTA

Una docena de textos y una yapa de Ricardo Piglia insinúan claves del arte de la escritura

 

No es preciso exagerar con el adagio popular acerca de que no hay mal que por bien no venga. Es una cuestión de registros y proporciones entre lo uno y lo otro. En la rueda de la historia, los giros apuntan en diversas direcciones, a veces paradojales. El golpe de Estado que en 1966 interrumpió el gobierno democrático de Arturo Illia impuso los bastones largos no sólo para la educación y la cultura, procuró derogar la ley de gravedad y reavivó la flema castrense en la creencia de su aptitud para gobernar y, entre tantos desmanes, intervino las Universidades nacionales. La de La Plata no fue la excepción y, como en sus pares, profesores e investigadores quedaron de patitas en la calle. Con mayor intensidad respecto de cómo había ocurrido en 1955, la flamante dictadura de el general Juan Carlos Onganía impuso una nueva materia prima de exportación: cerebros.

Dado el imperio de la sospecha a todo pensamiento elaborado, quienes lograron quedarse a duras penas en el país debieron migrar hacia destinos donde fueran nada o poco conocidos. Esto le sucedió a un muchachito de unos 25 años, morocho, petisón, con gafas, que hasta ese momento sobrevivía en la capital bonaerense como profe en la carrera de Historia y vendiendo algunos textos sobre literatura de vez en cuando. En muchos rubros, esos 55 kilómetros que separan las capitales del país y provincial, constituían asimismo una barrera cultural difícil de definir por obra del porteño-centrismo unitario, silente aunque eficaz. En tamaño contexto arribó Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1941-2017) a este puerto.

 

Ricardo Piglia.

 

En poco tiempo consiguió conchabo en la memorable editorial Jorge Álvarez como editor multipropósito: evaluaba originales a publicar, generaba colecciones, inventaba antologías, supervisaba traducciones, su ruta… En sus memorias camufladas (Los diarios de Emilio Renzi, 2015) de cuatro décadas más tarde, a esa época la refirió como “los años felices”. Se hacía tiempo para hacer alguna revista, escribir reseñas, crítica literaria y, también, prólogos. Género en sí mismo, aún antes de Borges. Infaltables en cualquier libro, proliferan con disímil carácter, de la estupidez a la genialidad; abundan los más modestos, en los cuales el lector agradece una somera información de contexto; están los pretenciosos, donde parece no haber relación con el texto al cual aluden; hasta se cuelan los prólogos a libros inexistentes, sin duda de singular relevancia.

Los prólogos de Piglia varían de contenidos según la época y la resonancia del mismo en el ámbito de la cultura. Bien podría decirse que se fue desestructurando a medida que crecía su bien merecido prestigio. En la cima de tal serie de introitos a obras ajenas se sitúan, sin temor supersticioso, estos Trece prólogos realizados entre noviembre de 2011 y marzo de 2015 para lo que dio en llamar “Serie de Recienvenido”. Alusión macedoniana respecto a aquello que irrumpe, quebrando con mayor o menor vigor los cánones establecidos. Gustazo que se proporciona el mismo Piglia, a conocimiento y sabiendas de que sus preferencias y/o criterios suelen generar adhesión en el público lector. Placer socializado, ya que buena parte de la docena y yapa de escritores antologizados, no sólo compartían generación; podrían ser amigos, compinches, cuando no cómplices. Por encima de filiaciones y afinidades, pese a las eventuales diversidades estilísticas, de género o condición, coincidían en algún valor disruptivo, en la excelencia del lenguaje, en el trabajo arduo durante la escritura, en su proyección como vanguardia (de algo).

 

Uno de los prologados por Piglia: Ezequiel Martínez Estrada.

 

A buena parte de los autores seleccionados puede imaginárselos a fines de los años ‘60, comienzo de los ‘70, rondando la avenida Corrientes, pelando maníes en el Bárbaro, comiendo fideos de trasnoche en Pippo, fumando cuan murciélagos, tomando ginebra. Salvo al último prologado, Ezequiel Martínez Estada (Santa Fe, 1895-Bahía Blanca, 1964), con quien Piglia conversó brevemente en 1959 cuando la escritura del autor de Radiografia de La Pampa ya había marcado al  joven en forma indeleble. Dato significativo al incluir un fuera de serie dentro de una serie, para cerrarla, es proporcionado en el prólogo a los prólogos por el escritor y académico Aníbal Jarkowski (Lanús, 1960), quien con generosa erudición transmite cruciales datos hacia el conjunto. Tal vez con ánimo semejante abre la colección con En breve cárcel, acaso al relato más disruptivo de Silvia Molloy (Buenos Aires, 1939-Nueva York, 2022).

Le siguen Nanina de Germán García (Junín, 1944-Buenos Aires, 2018), Oldsmobile 1962 de Ana Basualdo (Buenos Aires, 1945), El mal menor de Charly Feiling (Rosario, 1961-Buenos Aires, 1997), Minga de Dipi Di Paola (Tandil, 1940-2007), Hombre en la orilla de Miguel Briante (General Belgrano, 1944-1995), La educación sentimental de la señorita Sonia de Susana Constante (Buenos Aires, 1944-Sitges, 1993), Gente que baila de Norberto Soares (Buenos Aires, 1944- 1999), La muerte baja en ascensor de María Angélica Bosco (Buenos Aires 1909-2006), ¡Cavernícolas! de Héctor Libertella (Bahía Blanca, 1945- Buenos Aires, 2006), Río de las congojas de Libertad Demitrópulos (Jujuy, 1922-Buenos Aires, 1998), Vudú urbano de Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) y el ya mentado Martínez Estrada.

 

Otro prologado: Charly Feiling.

 

Por fuera del anterior conjunto, el innovador carácter impreso por Piglia a sus producciones editoriales, se sintetiza de forma ejemplar en el lugar preponderante otorgado al carácter rioplatense, como cuando habilita a Rodolfo Walsh a traducir una frase de una novela de Horace McCoy: “Lo que quiero no son las gracias, sino que me devuelvas la guita”. Pues tanto en giros ajenos como en ideas propias, el autor de Respiración artificial se preocupa por señalar en los prólogos las referencias literarias presentes en los títulos seleccionados, alusiones tendientes a observar las respectivas estrategias narrativas, formas pronominales, voces, tonos, cadencias que hacen emerger tanto los sentimientos del relato como “la relación emocional que el narrador mantiene con la historia que está contando”.

Distante de los encorsetamientos que tornan sospechosos a los géneros, aunque sin desdeñarlos como indicadores de otros parámetros, el prologuista valoriza la experimentación en un plano semejante a la aventura. Subraya en este aspecto el poder de los objetos de los que “depende su capacidad de distorsionar la realidad”. Muy cuidadoso con el concepto de “estilo”, lo sitúa en el procedimiento de establecer analogías narrativas, consonantes con la precisión y la serenidad en la escritura, en cuya convergencia se desata el efecto de verdad verosímil. Por más escabrosa que pueda ser una trama, en las “radiaciones, ecos, sonidos, diálogos brillantes”, Piglia subraya, cuando ocurre, lo que denomina “felicidad en la escritura”.

Como es de rigor en la función prologal, la clave de lectura resulta preponderante, a la par de la referencia contextual sobre el autor. Nunca conforme con ello, amplía el panorama hacia las microscópicas herramientas técnicas, gramaticales, manejo de los tiempos, construyendo pequeños ensayos de teoría literaria, por cierto aptos para la comprensión del neófito. Por todo ello Trece prólogos, en su brevedad, porta un plus emergente de sucesivas consideraciones instaladas dentro de la frescura del correr de la pluma. Arma un Piglia icónico, prolijo reservorio de una experiencia de décadas de lectura, contrastada con la propia escritura, suma de ficción y ensayo, legado.

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Trece prólogos

Ricardo Piglia

Prólogo de Aníbal Jarkowski

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2024

110 páginas

 

 

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