La renuncia de Joe Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, basada en un deber de conciencia por considerar que no puede respaldar la guerra de Trump y Netanyahu contra Irán, reinstala nuevamente el tema del lobby israelí y su influencia en el vínculo entre ambos países. En la carta publicada por Kent, dirigida al Presidente Donald Trump, dice que “tras una profunda reflexión, he decidido renunciar a mi cargo como director del Centro Nacional de Contraterrorismo (porque) no puedo, en buena conciencia, apoyar la guerra en Irán. Irán no representaba ninguna amenaza inminente para nuestra nación, y está claro que iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y de su poderoso lobby en Estados Unidos”. En declaraciones posteriores efectuadas en el programa del comunicador Tucker Carlson, declaró que “los israelíes se sintieron envalentonados al pensar que, hicieran lo que hicieran, sin importar la situación en la que nos pusieran, podían seguir adelante y tomar esa medida, y nosotros simplemente teníamos que reaccionar. Esto nos lleva a una cuestión más amplia: ¿quién dirige nuestra política en Oriente Medio? ¿Quién decide cuándo vamos a la guerra o no?” Luego añadió que “los israelíes impulsaron la decisión de emprender esta acción, que sabíamos que desencadenaría una serie de acontecimientos”, confirmando de este modo la sorprendente explicación que había dado el secretario de Estado, Marco Rubio, reconociendo que el Presidente norteamericano había sido arrastrado a la guerra por una decisión de Israel.
Una incondicionalidad riesgosa
En el ensayo titulado El lobby israelí y la política exterior de Estados Unidos (Taurus, 2007), los profesores norteamericanos John Mearsheimer y Stephen Walt afirman que “durante las pasadas cuatro décadas, Estados Unidos ha ofrecido a Israel un nivel de apoyo material y diplomático que deja muy pequeño el que proporciona a otros países. Esa ayuda es en buena medida incondicional: no importa lo que haga Israel, el nivel de respaldo permanece en su mayor parte inalterable. En particular, Estados Unidos favorece de manera continua a Israel frente a los palestinos y rara vez presiona al Estado judío para que detenga la construcción de asentamientos y carreteras en Cisjordania”. Esta descripción objetiva viene seguida de una observación hecha en 2007 pero que retoma actualidad: “Muchas de las políticas que se han seguido en beneficio de Israel ponen ahora en peligro la seguridad nacional de Estados Unidos. La combinación del extremadamente generoso apoyo a Israel y la prolongada ocupación israelí de territorio palestino ha avivado el antiamericanismo en todo el mundo árabe e islámico, incrementando así la amenaza del terrorismo internacional y haciendo más difícil para Washington enfrentarse a otros problemas, como detener el programa nuclear de Irán”.
La explicación de esta estrecha alianza se explica, en opinión de Mearsheimer y Walt, por las actividades del lobby israelí en Estados Unidos. Consideran que ningún lobby étnico, de los que existen en ese país, ha tenido tanto éxito como el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC, Comité Estadounidense Israelí de Asuntos Públicos) en convencer a muchos estadounidenses de que los intereses de Estados Unidos y los de Israel son esencialmente idénticos, cuando es evidente que no lo son. Lo notable es que el impacto del lobby, de forma inintencionada, ha sido también perjudicial para Israel, en la medida que ha favorecido las soluciones bélicas en lugar de las diplomáticas. “Tómese la cuestión de los asentamientos de Israel (en Cisjordania) que incluso un escritor tan favorable a Israel como León Wieseltier llamó ‘un desatino moral y estratégico de proporciones históricas’. La situación de Israel sería hoy mejor si Estados Unidos hubiera usado hace tiempo su posición de poder financiero y diplomático para convencerlo de que parara de construir asentamientos en Cisjordania y Gaza y lo hubiera ayudado a crear un Estado palestino viable en esas tierras. Al hacer que resulte de difícil e imposible que el gobierno de Estados Unidos critique la conducta de Israel y lo presione para que cambie algunas de sus contraproducentes políticas, el lobby puede estar incluso poniendo en riesgo el provenir a largo plazo del Estado judío”.

El modus operandi del lobby
En opinión de los profesores norteamericanos, el lobby no es un contubernio ni dirige una conspiración. Es simplemente un grupo político que presiona en favor de los intereses de Israel, pero que “es tan americano como el pastel de manzana”. Opera básicamente mediante la estrategia de guiar la corriente de contribuciones a los candidatos en las caras campañas políticas, recompensando o castigando en función del apoyo que hayan prestado a Israel. También ejercen presión sobre los medios de comunicación y el mundo académico mediante su presencia en influyentes think tanks de política exterior. “Las iniciativas para configurar las percepciones del público a menudo incluyen acusar a los críticos con Israel de antisemitismo, una táctica diseñada para desacreditar y marginar a cualquiera que ponga en cuestión la actual relación”. Citan como ejemplo representativo la campaña contra el ex Presidente Jimmy Carter tras la publicación de su libro Palestina: paz, no apartheid, acusando de antisemitismo y “nazi” al político norteamericano que con su gestión de paz entre Egipto e Israel hizo más que nadie para garantizar seguridad al Estado judío.
La invasión a Irak
En el capítulo 8 del ensayo los profesores norteamericanos intentan responder a la pregunta: ¿por qué Estados Unidos invadió Irak? Es un tema de actualidad por las enormes semejanzas que existen entre la guerra de Irak y la guerra que actualmente libra Estados Unidos contra Irán. Consideran que la decisión de derrocar a Sadam Hussein sigue siendo difícil de entender porque las inspecciones de la ONU habían conseguido poner fin al programa nuclear iraquí y obligado a Sadam a destruir sus arsenales de armas químicas y biológicas. Un factor decisivo que impulsó la guerra fue la idea de restaurar la “credibilidad” de los Estados Unidos después del atentado del 11 de septiembre de 2001, impulsada por el grupo de neo conservadores belicistas del “Proyecto para el Nuevo Siglo Americano” entre los que se encontraban el Vicepresidente Dick Cheney y otros altos cargos como Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, Douglas Feith, John Bolton y Richard Perle. Además, según Mearsheimer y Walt, “en la ecuación intervino otra variable y, ciertamente, es posible que, de no haber existido, la guerra no se habría producido. Esa variable es el lobby israelí y especialmente un grupo de neoconservadores que llevaban presionando a Estados Unidos para que atacase a Irak mucho antes del 11-S. La facción pro-bélica creía que derrocar a Sadam mejoraría la posición estratégica de Estados Unidos e Israel y pondría en marcha un proceso de transformación regional beneficioso tanto para Estados Unidos como para Israel”.
Muchos han sostenido que la guerra contra Irak fue por el petróleo, pero para los profesores Mearsheimer y Walt “la guerra se debió, al menos en parte, a un deseo de aumentar la seguridad de Israel”. Como prueba, entre otras, invocan declaraciones del entonces ministro de Relaciones Exteriores de Israel que recuerdan las jeremiadas actuales de Netanyahu. Simón Peres, ante las cámaras de la CNN dijo: “Sadam Hussein es tan peligroso como Bin Laden (y Estados Unidos) no puede sentarse a esperar que el líder iraquí acumule un arsenal nuclear”.
El sueño de Netanyahu
A partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos, al amparo de la “Guerra contra el Terror”, ha participado en numerosos conflictos. Puede considerarse que algunas de las guerras citadas anteriormente favorecieron objetivamente a Israel, como la guerra de Irak según ya hemos mencionado y la guerra civil en Siria (desde 2011), donde se produjo el derrocamiento de Bashar al-Ásad (2024), principal aliado de Irán. Con la reciente guerra lanzada en coalición con Israel contra Irán, se cumple una vieja aspiración de Netanyahu, acariciada a lo largo de 40 años.
Para el intelectual israelí Moshé Machover, la actual guerra contra Irán es una consecuencia directa del objetivo estratégico de Benjamín Netanyahu consistente en completar el proyecto sionista de colonización de toda la Tierra de Israel, que incluye, como mínimo, toda el área entre el Mar Mediterráneo y el río Jordán. Se sustenta en una alegoría religiosa, según la cual Jehová le habría prometido estas tierras al patriarca Abraham. Como el proyecto sionista aspira a establecer un estado-nación judío, con clara mayoría étnica judía, la consecuencia es que, como se ha visto en Gaza y en Cisjordania, los habitantes palestinos deben ser inducidos a marcharse por las buenas o por las malas. La resistencia de los palestinos y los conflictos permanentes con los países árabes vecinos, llevan a Israel a buscar una hegemonía militar en la región, que resulte incuestionable. De allí su aspiración a ser el único Estado del Medio Oriente con capacidad de desarrollar bombas nucleares y el objetivo permanente de impedir la consolidación de cualquier Estado árabe o islámico que pueda representar un riesgo para su seguridad. Esto explica la guerra de Irak, la guerra de Irán y en el futuro, probablemente, la guerra contra Turquía.
El perro y la cola
Si bien los objetivos de Israel en la nueva guerra son claros, los de Estados Unidos son más brumosos. Esto ha dado lugar a la alegoría de “el perro movido por su cola”. Ahora bien, sin negar la relevancia que tiene el lobby israelí en la política norteamericana, es necesario añadir al análisis algunos elementos que contribuyen a iluminar el complejo escenario. Es un dato conocido la “influencia injustificada” que tiene el complejo militar-industrial en la política norteamericana porque eso ya fue denunciado en 1961 en el discurso de despedida del Presidente Dwight D Eisenhower. Pero es menos conocida la notable colaboración que se ha producido en las dos últimas décadas entre el complejo militar-industrial de los Estados Unidos y el complejo tecnológico-militar israelí.
Sobre esta cuestión se puede acceder en internet a un instructivo informe de los expertos Robert D. Blacwill y Walter B. Slocombe titulado “Israel, un activo estratégico para los Estados Unidos”. Los autores enumeran importantes contribuciones que Israel realiza en favor de los intereses bélicos de Estados Unidos y que van desde el intercambio de inteligencia y la cooperación antiterrorista hasta los esfuerzos conjuntos en defensa antimisiles y vehículos aéreos no tripulados. Tras destacar ciertas competencias únicas de la industria de defensa israelí, subrayan la creciente importancia para el ejército estadounidense de la adquisición de material de defensa israelí y citan la experiencia de primer nivel de Israel en ciberdefensa y planificación de la guerra. Israel es pionero en la producción de drones y en el uso de drones para la vigilancia y el asesinato. También ha desarrollado capacidades en materia de sistemas aéreos no tripulados, tanto para la recopilación de inteligencia como para el combate, y comparte con el ejército estadounidense la tecnología, la doctrina y su experiencia con respecto a estos sistemas. En defensa antimisiles, Estados Unidos tiene una asociación amplia y multifacética con Israel. Las defensas antimisiles nacionales de Israel, que incluyen el despliegue estadounidense en ese país de un avanzado sistema de radar. La colaboración entre la CIA y el Mossad es tan intensa que algunos analistas consideran que la compleja operación del secuestro de Maduro fue realizada con la estrecha colaboración del gobierno israelí.
De modo que al final de este recorrido podemos llegar a la conclusión que el lobby israelí es solo la parte visible del iceberg. Según una cita que se atribuye al ex secretario de Estado de los Estados Unidos y ex comandante de la OTAN, Alexander Haig, Israel representa para los Estados Unidos “el portaaviones estadounidense más grande del mundo que no puede ser hundido, no lleva ni un solo soldado estadounidense y se encuentra en una región crítica para la seguridad nacional estadounidense”. Si recordamos también que el presupuesto militar de Estados Unidos alcanza ya los 900.000 millones de dólares, con una participación de casi el 40% del total mundial, no debiera extrañarnos esta simbiosis entre el complejo militar-industrial de Estados Unidos y el de Israel. Para los autores del informe, la alianza con Israel es un activo estratégico para Estados Unidos. Pero luego del genocidio en Gaza y del frenesí bélico impulsado por Trump y Netanyahu en Medio Oriente, habrá que ver si los votantes norteamericanos opinan lo mismo. De momento, los resultados en las elecciones internas del Partido Demócrata en Illinois revelan que todos los candidatos que habían recibido ayuda financiera de la AIPAC terminaron derrotados.
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