El mal absoluto

De Obama a Trump, impunidad de las torturas y crímenes del gobierno de Estados Unidos

Obama, Biden y Hillary Clinton siguen en vivo la ejecución y desaparición del cuerpo de Osama bin Laden, el 1º de mayo de 2011. Foto: Pete Souza.

 

El 2 de mayo de 2011, Barack Obama, Presidente de Estados Unidos y accesoriamente Premio Nobel de la Paz, anunció el asesinato de Osama bin Laden, fundador de la red Al-Qaeda y presunto responsable del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001: “Estados Unidos condujo una operación que dio muerte a Osama bin Laden, líder de Al-Qaeda y terrorista responsable de la muerte de miles de hombres, mujeres y niños (...) La muerte de Bin Laden marca el logro más significativo hasta la fecha en el esfuerzo de nuestra nación por derrotar a Al-Qaeda”.

 

 

Obama había seguido la operación –realizada por un reducido equipo de fuerzas especiales– desde una sala de crisis de la casa de gobierno, rodeado de su equipo de seguridad nacional, del Vicepresidente Joe Biden y de la secretaria de Estado Hillary Clinton. El momento fue inmortalizado por Pete Souza, fotógrafo oficial de la Casa Blanca, en una imagen bautizada Situation room, que daría la vuelta al mundo. La fotografía ilustra de forma escenográfica la preocupación de los participantes frente al desarrollo de la misión. Según explicó el propio Obama tiempo después, la tensión visible en los rostros de los participantes (en particular el de Clinton) se debía a que en ese momento habían sido informados de la caída de uno de los helicópteros que transportaban a los militares.

El comando entró en la vivienda de Bin Laden en Abbottabad, ciudad pakistaní situada a unos 120 kilómetros al norte de Islamabad, y abrió fuego sobre sus ocupantes. El líder de Al-Qaeda fue ultimado junto otras cuatro personas, incluido su hijo Khalid. Su cuerpo fue arrojado al mar, respondiendo a lo que el ejército de Estados Unidos consideró un rito musulmán. “Se siguieron los procedimientos tradicionales de un entierro islámico”, afirmó un alto funcionario del Departamento de Defensa. Los supuestos rituales religiosos se llevaron a cabo en la cubierta de un portaaviones estadounidense, el USS Carl Vinson. La misma fuente aseguró que el cuerpo fue lavado, envuelto en una sábana blanca y colocado dentro de una bolsa con peso y, después, “un oficial estadounidense leyó unas palabras religiosas que fueron traducidas al árabe por un nativo”. Realmente emocionante.

Meses después, un oficial de operaciones especiales desmentiría la versión oficial de la muerte accidental, ocurrida en el fragor de la batalla: “Nunca estuvo en cuestión si había que detenerlo o capturarlo (a Bin Laden). No fue una decisión tomada en una fracción de segundo. Nadie quería detenidos”.

 

 

La operación contra Bin Laden contó con el apoyo mayoritario de los medios hegemónicos de nuestro país. Entre quienes denunciaron la acción lanzada por Obama se destacó la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú, quien condenó el asesinato de Bin Laden (no su “muerte”, sino su “asesinato”). Ruiz Guiñazú, de afinidades políticas más bien conservadoras, podría haber recordado a las víctimas del atentado contra las Torres Gemelas, como hicieron muchos de sus colegas para justificar la operación norteamericana, pero prefirió rechazarla frontalmente. Hizo un paralelismo entre el horror de dicho atentado y el horror de la tortura que le permitió a los servicios de inteligencia norteamericanos llegar hasta el supuesto cerebro del 11 de septiembre del 2001. Fue incluso más allá y comparó al comando enviado a Abbottabad con los grupos de tareas que actuaron con total impunidad durante la última dictadura cívico-militar. Existen sin duda muchas similitudes. Las tareas de inteligencia para la captura de Bin Laden fueron desarrolladas a través de la tortura a “subversivos” secuestrados en la base militar de Guantánamo, un centro apenas más amplio que la ESMA e igual de ilegal, que el Premio Nobel de la Paz se comprometió a cerrar con el argumento de que “Estados Unidos nunca debió apartarse de sus valores y sus ideales para ganarle al terrorismo”, pero no cumplió su promesa. El horror continuo de Guantánamo podría haber sido planificado por el ex general Ramón Díaz Bessone, condenado por privación de la libertad, torturas y asociación ilícita, quién explicó alguna vez, con brutal franqueza: “¿Cómo puede sacar información a un detenido si usted no tortura? (...) La única manera de acabar con una red terrorista es la inteligencia y los interrogatorios duros para sacarles información”. Por último, el comando que buscó a Bin Laden violó el espacio aéreo de un país soberano, allanó ilegalmente una vivienda, mató a sus habitantes, abatió al sospechoso y arrojó su cuerpo al mar, privando a sus deudos de una tumba donde recordarlo. Pese a la ilegalidad y a la violencia del procedimiento, gran parte de los medios del mundo e incluso muchos medios locales focalizaron en los estragos supuestamente causados por la víctima y en su peligrosidad presente antes que en la ilegitimidad de toda la operación.

Algo similar ocurrió con el bombardeo a Caracas y el posterior secuestro del Presidente venezolano Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores, ordenados la semana pasada por Donald Trump. La mayor parte de los medios locales saludó el fin de “la dictadura de Maduro” y, con una mezcla de candor y cinismo, anunció que ahora vendría la paz, la democracia, la libertad y coso. Incluso una parte del supuesto progresismo local (la Coalición Cívica y el radicalismo) festejó el resultado de la intervención norteamericana, aunque lamentó las formas rudas del procedimiento. El razonamiento parece considerar que siempre es bueno poner fin a una dictadura, aunque eso requiera violar el derecho internacional. Un concepto que nos recuerda la respuesta del Presidente George W. Bush cuando, luego de confirmar que no había armas de destrucción masiva en Irak, justificó la invasión ya que “el mundo está mejor sin Sadam Hussein”. Un comentario cínico que deja de lado el costo humano de un conflicto bélico impulsado a partir de una mentira: según un estudio de la Universidad de Washington, la guerra e invasión de Irak entre 2003 y 2011 causó medio millón de muertes.

En realidad, el supuesto mal absoluto que representaban Sadam Hussein u Osama bin Laden persiste e incluso fue amplificado. El mundo es probablemente más inseguro hoy que antes que funcionarios públicos y contratistas privados de Estados Unidos se dedicaran a denunciar armas de destrucción masiva imaginarias o a torturar sospechosos en Guantánamo. No importa la ilegalidad del procedimiento, ni cuan confiable pueda ser una denuncia obtenida a través de la tortura, siempre habrá justificaciones referidas a la maldad intrínseca del diablo de turno.

Ocurre lo mismo con el secuestro de Maduro y su esposa para ser juzgados en una corte norteamericana por delitos diversos y cambiantes: la mayoría de los medios de nuestro país lo justifican por considerarlo un dictador. Es decir, le otorgan a la Casa Blanca la prerrogativa de accionar militarmente contra cualquier país que no sea una democracia plena, al menos según los estándares del Departamento de Estado. Por si quedara alguna duda sobre la peligrosidad de esa carta blanca, el propio Trump tuvo la cortesía de despejarla: luego de tomar el control de Venezuela, el Presidente norteamericano amenazó a México y Colombia, y opinó que “es hora de que caiga Cuba”. Para terminar ese frenesí imperialista, el nuevo matón del barrio también consideró la anexión de Groenlandia, el vasto territorio autónomo del Ártico que forma parte del Reino de Dinamarca. Esta vez, la razón no estaría relacionada con la pertenencia de la Primera Ministra danesa Mette Frederiksen a algún cártel de drogas imaginario sino, como explicó el propio mandatario norteamericano, “por razones de seguridad nacional”.

El mundo es más inseguro que antes de Guantánamo y la invasión de Irak, así como será mucho más incierto con un energúmeno instalado en la Casa Blanca, jugando al TEG. Frente a esas acechanzas, la trampa a eludir consiste en creer que el respeto a nociones elementales como el debido proceso o la inocencia presunta favorece a los terroristas, a los corruptos o al mal absoluto que toque en suerte, o que el derecho internacional establecido luego de la Segunda Guerra Mundial beneficia a los dictadores; cuando, en realidad, esas nociones nos protegen a todos los ciudadanos de submarinos, secuestros, asesinatos sumarios y vuelos de la muerte.

 

 

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