El mal de Liliput

La condena a ser un país irrelevante

 

El 19 de diciembre de 2001, Fernando de la Rúa anunció el estado de sitio por cadena nacional. Durante su breve alocución afirmó que tenía conciencia del “sufrimiento de la gente”, pero que sabía distinguir entre “los necesitados y los delincuentes”. Fue un intento torpe para calmar la tensión creciente en las calles y retomar la iniciativa política, por entonces seriamente comprometida. El gesto sobreactuado sólo consiguió el recrudecimiento de la protesta social y la intensificación de su aislamiento político. Luego de sostener en una nueva cadena nacional que no lo haría, De la Rúa renunció y luego escapó en helicóptero, dejando un tendal de muertos por la represión policial. 

Ese mismo día salía a la venta el cuarto disco de Alfredo Casero: Caserius. Entre los temas incluidos, se destacó Shima Uta (“Canción de la isla”), compuesta diez años antes por Kazufumi Miyazawa, líder de la banda japonesa The Boom.

 

 

Fue escrita luego de una visita del cantante a la isla de Okinawa, donde conversó con algunos sobrevivientes de la batalla de Okinawa, una de las más sangrientas de la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de otros enfrentamientos, como los de Iwo Jima, en Okinawa murieron miles de civiles, además de militares. En una entrevista, el artista contó que la visita al Museo Himeyuri de la Paz y la Memoria y el relato de una sobreviviente lo conmovieron (“Sentí que quería escribir una canción para dedicar a esa mujer que me contó la historia. A pesar de la oscuridad y la tristeza en el museo subterráneo, había un mundo hermoso en el exterior. Este contraste fue chocante e inspirador”). Decidió entonces escribir una canción que recordara cómo Okinawa se había sacrificado por el resto de Japón: “Shima uta yo kaze ni nori, tori to tomo ni umi wo watare, shima uta yo kaze ni nori, todokete okure watashi no namida" (“Canción de la isla, súbete al viento junto con los pájaros y recorre la distancia de los mares para llevar puro este mensaje y nuestras lágrimas derramadas”). 

Casero no conocía la historia detrás de la canción, ni comprendía el texto que escuchó en un restaurante japonés que frecuentaba en Buenos Aires, pero decidió cantarla. El éxito logrado llevó a los directivos locales de Sony Music (el sello que editó el disco en el que Casero es acompañado por la cantante Claudia Oshiro) a soñar con que Shima Uta pudiera transformarse en la canción oficial del Mundial 2002, que se llevaría a cabo en Corea del Sur y Japón. Eso no ocurrió, pero Casero llegó a cantarla junto a Miyazawa frente a cuarenta mil japoneses en el estadio Nagai, en la prefectura de Osaka, en la previa del partido entre Japón y Túnez en junio de 2002.

 

 

Miyazawa le devolvería la cortesía al creador de Cha Cha Cha al venir de gira a la Argentina (interpretaron juntos Shima Uta en el puente del Jardín Japonés). Al cantar en un japonés fonético, cuyas palabras no entendía, Casero —probablemente sin saberlo— le rendía homenaje a Ikuo Abo y otros cantantes de tango japoneses, que entre los años ‘50 y ‘70 interpretaron tangos mediante recursos fonéticos, con resultados asombrosos

 

 

Pocos años después, en el mismo puente rojo del Jardín Japonés, escuché a una joven cantante vestida con un atuendo tradicional japonés y con una voz cristalina como la de Claudia Oshiro. Interpretó algunas canciones en japonés y, al terminar, esperó un par de minutos antes de despedirse con una de las mejores interpretaciones que haya escuchado de El día que me quieras de Gardel y Le Pera. 

Probablemente también sin saberlo, con la apropiación de Shima Uta, Casero incursionó en una tradición argentina que, desde Domingo F. Sarmiento a Jorge Luis Borges y tantos otros, ha mirado al mundo con interés y sin sentimiento de inferioridad, pese a que esa mirada venía de un país periférico. Borges, por ejemplo, escribió sobre las sagas islandesas, sobre el poeta persa del siglo XI Omar Jayam, sobre Heródoto o sobre las diferentes traducciones de Las mil y una noches, y sus lectores sentimos que lo hace impunemente, en el sentido más noble del término. Es decir, sin sentir que por haber nacido en una ciudad lejana, situada a unos 12.000 kilómetros de Islandia, sus asombros sobre reyes nórdicos o metáforas vikingas fueran menos valiosos que quienes tomaron la precaución de nacer en Europa. Borges instaura con esas tradiciones lejanas, en la historia y en la geografía, un diálogo entre pares a partir del estudio directo de los textos (“Yo estudio islandés los sábados y los domingos, con un grupo medio secreto de personas”, confesó en una entrevista). De hecho, Islandia le agradeció esa obstinación otorgándole la Orden del Halcón. “Gracias a Borges, Islandia hoy pertenece a la tradición literaria argentina; trajo ese mundo, lo puso acá, en el medio”, explicó la escritora María Negroni. 

Lo mismo ocurrió con Las mil y una noches, un texto que el escritor descubrió en la biblioteca de su padre: “Las mil y una noches surgen de modo misterioso. Son obra de miles de autores y ninguno pensó que estaba edificando un libro ilustre, uno de los libros más ilustres de todas las literaturas, más apreciado en el Occidente que en el Oriente, según me dicen”. Borges analiza las diferentes traducciones del texto original, burlándose de algunas por pacatas y de otras, por el contrario, por un exceso de frenesí sexual cuyo objetivo era darle "color oriental" a una literatura destinada a un público europeo. René R. Khawam, uno de los arabistas europeos más importantes, cita esas burlas borgeanas en el prólogo a su excelente traducción de Las mil y una noches, considerada una de las mejores. 

En Facundo, ensayo escrito en 1845 durante su segundo exilio chileno, Domingo F. Sarmiento opina con la misma libertad que Borges sobre tierras lejanas y costumbres exóticas. Escrito sin un gran rigor historiográfico, Facundo fue un panfleto político impulsado desde la urgencia en contra de Juan Manuel de Rosas. Su tesis se resume en la dicotomía civilización y barbarie: “La barbarie se identifica con América Latina, España, Asia, Oriente Medio, el campo, los federales, Facundo y Rosas”. Desde la escasa experiencia de su propio país, que apenas conoce, Sarmiento nos habla del mundo (“Es lícito conjeturar que el hecho de haber recorrido poco el país, pese a sus denodadas aventuras de militar y de maestro, favoreciera la adivinación genial del historiador”, escribió Borges en el prólogo.) El futuro Presidente describe a los beduinos y al desierto árabe que todavía no conocía como imagen de la barbarie que asimila al gaucho, e idealiza a los alemanes y escoceses, que considera, por supuesto, vehículos de la tan ansiada civilización. Toma del mundo lo que le sirve en su lucha política con total impunidad y logra, accesoriamente, un libro notable. Lo interesante es que esa admiración hacia Europa (que luego reemplazaría por un interés creciente hacia los Estados Unidos) nunca lo hizo sentir inferior. Como Borges, no consideraba que su opinión valiera menos que la de un político francés o la de un escritor norteamericano. Su diálogo con el mundo era entre pares, como el de Casero con Miyazawa.

La semana pasada, durante el discurso que dio en la inauguración de la Feria del Libro, Leonardo Cifelli, el rudimentario secretario de Cultura de la Nación, afirmó: “A cuarenta años de su muerte es imposible no recordar al gran escritor Jorge Luis 'Borgeres'”.

 

 

En realidad, si consideramos que el funcionario recordó con éxito dos de las tres palabras que conforman el nombre del escritor, el público debería haberlo aplaudido en lugar de abuchearlo, como ocurrió. 

En todo caso, mencionar a Borges desde un gobierno alérgico a la cultura no es mucho más sorprendente que tomar como ejemplo a Sarmiento, es decir, a uno de los fundadores del “Estado pedófilo” que ese mismo gobierno promete destruir.

 

 

Sin embargo, esas contradicciones y la ignorancia extrovertida de los funcionarios no son la peor herencia cultural del gobierno de la motosierra. El legado tóxico es lo que podríamos llamar el "mal de Liliput", para retomar el reino imaginado por Jonathan Swift, otro escritor admirado por Borges. Esta patología consiste en desandar el diálogo con el mundo entre pares para reemplazarlo por una fascinación perruna hacia los Estados Unidos y, accesoriamente, Israel. Una fascinación que implica el odio hacia su propia cultura y la ignorancia de su propia historia. Como afirmó el descuidista Demian Reidel, renunciado titular de Nucleoeléctrica: “Tenemos grandes extensiones de tierra con acceso a energía y agua, climas fríos, que es la cereza del postre para el enfriamiento de los sistemas AI; y además, estamos en un área sin conflictos armados, sin tsunamis, sin terremotos. No hay muchos lugares en la Tierra con esas cualidades. Obviamente, el problema es que estas áreas están pobladas de argentinos”.

El "mal de Liliput" nos condena a ser un país en permanente estado de jibarización. Un país para pocos (recordemos que el equipo económico sueña con imitar a Perú, un modelo económico que exporta materias primas con escaso valor agregado y mantiene a un 70% de la población en la informalidad), pero, sobre todo, una Argentina sin ambición. Más allá de su fraseo de matón de barrio, Javier Milei, el Presidente de los pies de ninfa, recorre miles de kilómetros para abrazarse a Donald Trump o a Benjamín Netanyahu, asombrado de ser aceptado por esos líderes que considera superiores. No hay allí un diálogo entre pares, apenas el agradecimiento húmedo de un perro fiel.

 

 

La falta de ambición no sólo afecta la cultura, sino que también nos condena a ser un país cada vez más irrelevante, tanto política como económicamente. A diferencia de los tan citados como poco leídos Sarmiento o Borges, nuestra élite empresarial descree de su propia grandeza y parece conformarse con un destino menguante, considerando, erróneamente, que sus privilegios están garantizados por el seguidismo canino que hoy ejerce el papá de Conan sobre una potencia en declive.

Sin una burguesía nacional con ambición, sólo queda el Estado para combatir el mal de Liliput en todos sus aspectos: culturales, económicos y políticos. El peronismo, única opción real a la calamidad de la motosierra, puede hacer muchas cosas salvo no anoticiarse de esa cruda realidad. 

 

 

 

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