El maniqueísmo invencible

Eva Illouz y la moral universal como coartada política

 

Eva Illouz, socióloga judía nacida en Marruecos y formada en Francia, se ha destacado por sus estudios sobre cómo las emociones —atravesadas por la tecnología, la cultura y la publicidad— moldean la vida íntima y pública. Ese enfoque, valioso para las ciencias sociales, adquiere un giro problemático en El 8 de octubre. Genealogía de un odio virtuoso (Katz editores). En este libro, Illouz sostiene que la izquierda a la que denomina “la Tribu Exótica” contemporánea habría caído en una “deriva moral”: una presunta incapacidad para conmoverse ante los crímenes de Hamás y una simpatía casi automática por la causa palestina.

Sin embargo, esa lectura, presentada como un llamado ético universal, opera en otro registro. Bajo su apariencia moralizante se despliega una intervención política de signo conservador: deslegitimar toda crítica al Estado de Israel y diluir cualquier responsabilidad por las torturas y crímenes sistemáticos contra la población palestina y gazatí, al tiempo que omite el rol de Estados Unidos en el sostenimiento de una política bélica, colonial y criminal. A ello se suma un ataque frontal al pensamiento decolonial, feminista e interseccional, que Illouz reduce a una caricatura identitaria sin espesor histórico ni capacidad analítica. No discute ideas: las invalida desde lo moral, configura una ecuación simplista donde cualquier crítica a Israel aparece desde el inicio como ilegítima.

 

Illouz y el punto ciego palestino

Quizás las omisiones sean, en verdad, lo más revelador del texto. En los últimos meses, el debate sobre el conflicto dejó al descubierto cómo el sufrimiento palestino es convertido en un “accidente teórico”, un punto ciego conveniente. Es cierto que el ensayo fue redactado en 2023, antes de la escalada feroz y criminal sobre el pueblo de Gaza, pero se reeditó hace semanas y la autora ha ofrecido recientes entrevistas. En una, se pregunta cómo es posible que ciertos sectores den por sentado que “la causa palestina, incluso cuando la defiende un grupo genocida, es buena, mientras que Israel, incluso cuando responde a un ataque, encarna el mal”.

Esa pregunta revela mucho más sobre el andamiaje ideológico de Illouz que sobre el fenómeno que pretende analizar. La autora confunde en forma deliberada la defensa histórica de un pueblo ocupado con la adhesión a una organización particular, y omite un hecho decisivo: Israel no “responde”, ejerce un poder militar, territorial y tecnológico abrumador sobre una población sin Estado, cercada, asediada y privada de derechos básicos.

 

La descontextualización como programa

En un texto cargado de cinismo, Illouz se desplaza hacia una crítica insistente y generalizada a “la izquierda”. Dedica páginas enteras a una refutación que, en comparación con un genocidio —o con la sospecha razonada de que lo es—, pierde toda relevancia. Y no se limita a la izquierda europea: incluye a la latinoamericana, acusándola de encubrir la masacre mediante debates académicos, epistemológicos o filosóficos, mientras el mundo presencia imágenes insoportables: niños muriendo por inanición, cuerpos con los sesos expuestos, brazos amputados, torsos sin piernas y sin vida. Ese esfuerzo por desviar la mirada hacia la izquierda, torna más visible la magnitud de la catástrofe y del horror.

La autora se apoya en una lectura rousseauniana de la naturaleza humana para sostener que nacemos buenos y somos luego corrompidos por circunstancias históricas. Pero esta apelación abstracta a lo humano funciona como estrategia de desvío. En lugar de examinar décadas de Nakba, ocupación militar y limpieza étnica, Illouz se concentra en un juicio moral sobre los días 7 y 8 de octubre, acusando a la izquierda de relativizar la violencia o de celebrar actos de terror con una supuesta felicidad. Sin embargo, esa acusación descansa en una omisión sistemática del contexto histórico y político.

No ignora —no con ingenuidad— la asimetría del conflicto. Aunque vuelve una y otra vez a Hamás, para un lector atento resulta evidente que opera dentro de una narrativa calculada: rehúye conectar esos hechos con sus causas profundas y estructurales —el asedio, la ocupación, las cárceles, las torturas, el abuso sistemático—. No sólo desplaza el foco de Gaza: lo desvirtúa. La descontextualización no es un descuido: es un programa. Vacía de sentido histórico el conflicto y quita gravedad a lo sucedido.

 

 

 

La moralización como dispositivo colonial

La autora escribe desde Francia, un país atravesado por una islamofobia estructural y estatal, y ese posicionamiento impregna cada línea de su texto. Su crítica se enuncia en la lengua del colonizador: una lengua que universaliza su propio marco moral y deslegitima cualquier forma de resistencia que no encaje en él. En su argumento, condenar las políticas de Israel aparece como equivalente a negar el dolor judío. Es una estrategia vieja pero eficaz: moralizar la política para desplazar el debate del terreno de las causas materiales —ocupación, asedio, colonialismo, apartheid— hacia el terreno nebuloso y manipulable de la pureza moral. El resultado es una narrativa donde la violencia israelí no requiere explicación, mientras que la indignación de la izquierda es diseccionada, corregida, criticada y patologizada hasta el agotamiento. Illouz insiste en que no se sufre por las víctimas israelíes y denomina a esa supuesta insensibilidad un “antisemitismo virtuoso”. Pero lo que la autora no quiere ver —o no puede admitir— es que los pueblos no comen excremento: que ante la pedagogía de la crueldad, los pueblos se levantan, despiertan, piensan y exigen justicia. No se celebra la violencia, sino la alineación a una identidad política forjada en la resistencia, una dignidad negada durante décadas y olvidada por un mundo que jamás hizo un minuto de silencio por esas muertes.

 

Universalismo colonial y fabricación de un mito político

Illouz transforma el acontecimiento en un mito fundacional: Israel como víctima absoluta, Palestina como barbarie. Su análisis filosófico —abundante en citas occidentales, pero vacío de referencias al pensamiento político árabe e islámico— revela la hegemonía eurocéntrica y deslegitima todo aquello que desconoce. El uso recurrente de términos como humanismo o universalismo no hace más que ocultar las desigualdades estructurales: la autora se sitúa en el lugar del sujeto juzgador, mientras que Palestina aparece sólo como objeto de examen, nunca como productor legítimo de pensamiento ni como agente político. Desde categorías académicas conservadoras, intenta analizar un conflicto cuyas raíces ideológicas, religiosas e identitarias se ignoran por completo. Es un gesto típico del conservadurismo burgués: homologar el mundo bajo su órbita, desactivando otras perspectivas. La operación se vuelve explícita cuando asocia islamismo con una “nebulosa nazi, religiosa y asesina”. Se confunde sin distinción religión, política y terrorismo, atribuyendo a toda la comunidad musulmana rasgos de violencia y odio. La referencia constante a Hamás, Al Qaeda e Irán como si constituyeran un bloque homogéneo reproduce la narrativa de la amenaza islámica global, ignorando las profundas diferencias históricas, teológicas y estratégicas entre chiíes, suníes, movimientos sociales, proyectos laicos, organizaciones comunitarias y Estados.

 

La confusión calculada

Cuando Illouz presenta el ataque del 7/8 de octubre como un simple “acto simbólico” dentro de una supuesta cadena histórica de resistencia, borra una distinción fundamental: no es lo mismo un ejército regular que una organización armada que combina funciones civiles y militares. Ese desplazamiento conceptual no es un error técnico; es una forma de empobrecer el análisis y, sobre todo, de invisibilizar las condiciones materiales de un pueblo sitiado, desplazado y despojado de soberanía territorial. Pero el problema más grave es otro: la insistencia de Illouz en que “la izquierda celebró la masacre”. Con esa frase, convierte la denuncia de la ocupación y la solidaridad con Palestina en una adhesión ciega al terror. Se trata de una acusación falaz que desconoce lo evidente: la posición histórica de la izquierda —heterogénea, crítica, en disputa interna permanente— no glorifica la muerte; denuncia el colonialismo, la limpieza étnica y el genocidio que el Estado israelí ejerce desde hace décadas.

Para Illouz, sin embargo, cualquier intento de comprender las condiciones que hicieron posible el ataque equivale a justificarlo. Pero la violencia no emerge en el vacío: es hija directa del asedio, de la desposesión, de la humillación sistemática. Es el síntoma extremo de un conflicto que Illouz prefiere reducir a una ecuación moral infantil: víctimas perfectas contra victimarios absolutos. Allí donde su negligencia se vuelve más llamativa es en aquello que constituye el núcleo del conflicto: el negocio militar y las conveniencias geopolíticas.

 

La escalada será implacable o no será nada

La maquinaria bélica no avanza sola: alguien la financia, la protege, la celebra y se pone feliz. Un informe del Instituto Watson de la Universidad de Brown confirma que entre el 7 de octubre de 2023 y septiembre de 2024 Estados Unidos transfirió 17.900 millones de dólares en ayuda militar a Israel. No es un gesto aislado ni una alianza coyuntural; es un sistema aceitado. La mayor parte se destinó a financiación militar extranjera, sistemas antimisiles, armamento pesado y a reponer las armas estadounidenses que Israel consume a ritmo industrial.

Toda la arquitectura defensiva y criminal israelí —el Domo de Hierro, Flecha, Honda de David— es, en realidad, una obra binacional. Sin la financiación y la producción conjunta con Washington, no existiría tal superioridad estratégica. La ayuda fluye por múltiples canales (FMF, FMS, EDA, arsenales previos), pero lo que importa es su lógica: Israel recibe condiciones que ningún otro país del mundo obtiene. Puede usar el 25% de esa ayuda para fortalecer su industria militar, recibe el dinero por adelantado al inicio del año fiscal y se garantiza que cualquier venta de armas en Medio Oriente vaya acompañada de un refuerzo automático para mantener su supremacía regional. A Illouz no la desvela ni los números de la guerra. Boeing, Lockheed Martin, RTX, Northrop Grumman: todos cotizan sobre cadáveres. Israel es uno de sus clientes más rentables. Nada de esto es anecdótico: tras el 7 de octubre, Washington aumentó su presencia militar en la región de 34.000 a 50.000 efectivos, y gastó 22.760 millones de dólares adicionales para sostener su posición estratégica.

 

 

 

Gaza sangra

Más de 43.000 palestinos —mujeres, niños, familias enteras— han sido asesinados; ciudades reducidas a polvo; un enclave sometido a hambre, sed y devastación absoluta. Todo esto ocurre mientras Israel enfrenta, por primera vez en su historia, una acusación formal de genocidio ante la Corte Internacional de Justicia. Sin embargo, en el texto de Illouz, los palestinos aparecen degradados a categorías subalternas: parias, proletarios simbólicos, indígenas abstractos, objetos de imaginarios descoloniales. Una gramática colonial que los despoja incluso de su estatuto político más elemental: el de pueblo oprimido.

Según la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio (1948), genocidio implica, entre otros actos: matar a miembros de un grupo, causarles daños graves, someterlos en forma deliberada a condiciones de vida que conduzcan a su destrucción física total o parcial, imponer medidas para impedir nacimientos, o transferir por la fuerza a niños de un grupo a otro. Todas estas condiciones —todas— han sido documentadas en Gaza por informes internacionales, agencias humanitarias y declaraciones oficiales. No son metáforas: son hechos verificables.

La política internacional no se mide en principios abstractos, sino en dinero, armas y cuerpos. La escalada —esa que se anuncia como inevitable, mecánica, fatalista— será implacable mientras exista quien la financie, la justifique y la transforme en doctrina. Si se detuviera ese flujo material, dejaría de existir. La guerra no es un destino: es una inversión.

El desplazamiento hacia la moral cumple aquí un efecto preciso: neutralizar la política. Illouz rehúye el análisis del poder, de la clase, de la economía, de la geopolítica; reduce las teorías feministas, antirracistas y descoloniales a gestos retóricos sin sustancia. En nombre de criticar el maniqueísmo de la izquierda, reinstala otro maniqueísmo invencible: Israel como encarnación del bien, Palestina como portadora del mal radical. Un orden moral que requiere, para sostenerse, negar la historia, borrar los cuerpos y blindar al Estado israelí con la pátina de la víctima eterna.

 

 

 

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