Uno de los episodios más bochornosos de pérdida de la soberanía nacional es el caso del Lago Escondido, situación inadmisible que ya se prolonga por ¡30 años! en torno a la “compra” de 12.000 hectáreas por parte del magnate inglés Joe Lewis en la provincia de Río Negro. La maniobra se realizó a través de firmas intermediarias para sortear las restricciones legales que negaban a ciudadanos extranjeros la posibilidad de adquirir tierras en caso de ser limítrofes con otros países o constituir lugares considerados de seguridad nacional.
No hubo forma, a lo largo de tres décadas, de revertir la absoluta ilegalidad de la maniobra. Y su peligrosidad para la soberanía nacional.
Falló todo: el Poder Judicial en todas sus instancias, el sistema político provincial y nacional, las dirigencias sociales… Imaginemos por un segundo un episodio similar en algún país central: no podría ocurrir o sería anulado de inmediato porque desde lo más alto del poder hasta los ciudadanos más comunes y la prensa se opondrían tajantemente a una operación seudo económica, pero que podría derivar luego en presuntas injerencias de diversa índole por parte de otros países.
La llegada de Lewis ocurrió sólo 14 años después de la derrota en las Islas Malvinas, en pleno período menemista. La democracia había renacido en parte debido a la crisis política de las fuerzas armadas, precipitada por la caída de Puerto Argentino. La tremenda herencia económica que dejó la dictadura cívico-militar metió a los argentinos en otro tipo de licuadora cotidiana, y el tema de la soberanía nacional —que no es sólo territorial— se fue alejando de la agenda pública y del debate político.

Sólo así se puede entender el discurso entreguista del menemismo, y la venta masiva de las grandes empresas públicas y de muchas privadas al capital extranjero. Fue en ese clima de jolgorio antinacional y de irresponsabilidad individualista extrema que se produjo el desembarco de Lewis, que no pudo ser revertido hasta hoy.
El kirchnerismo recuperó el tema Malvinas en lo discursivo, pero hizo además algo mucho más importante: empezó a fortalecer al país en sus aspectos productivos, tecnológicos, educativos, sanitarios y culturales. En los festejos del Bicentenario, circuló entre nosotros un orgullo popular y latinoamericanista por lo que éramos y también por lo que podíamos llegar a ser.
Con las grandes diferencias del caso, es interesante observar cómo la República Popular China logró recuperar a Hong Kong de manos del Reino Unido. Los británicos habían ocupado ese pequeño territorio en 1842, y en 1997 decidieron entregarlo, cediendo a la realidad geopolítica de una nación que debido a un proceso de desarrollo planificado se recuperaba a pasos acelerados, y con la cual no convenía sostener un litigio que se volvería cada vez más costoso en términos políticos y económicos.
Si la Argentina hubiera continuado mejorando y profundizando sus políticas de desarrollo industrial y tecnológico, y fortaleciendo su densidad nacional en todas sus dimensiones, hoy su peso internacional sería otro, así como sus capacidades negociadoras con potencias ocupantes, o con ocupas individuales como Lewis y otros.
Pero los últimos diez años han sido muy desalentadores para el pueblo argentino. Reapareció la tontería del “verdadero capitalismo” que traería el candidato de la burguesía prebendaria argentina, Mauricio Macri, que terminó en un verdadero bochorno económico y con fuerte reendeudamiento con las potencias occidentales vía FMI.
Lo continuó una gestión sin entusiasmo, ni convicción, ni estrategia: la del Frente de Todos, a la que tampoco le faltó mala fortuna. El debilitamiento político y discursivo del campo popular en ese período desembocó en el triunfo electoral del actual experimento mileísta de destrucción nacional.
Y a pesar de eso, reapareció bajo la forma de un pedazo de sábana de hotel pintada la frase maldita, prohibida, delirante, incomprensible para el actual régimen político: “Las Malvinas son argentinas”. Para los sectores dominantes argentinos, no hay nada más inadecuado, demodé, arcaico y estúpido que sostener algo así. Están en otros negocios y en otro mundo. No habitan más la esfera de la argentinidad.

Pero la popularidad evidente del reclamo y del recuerdo de los caídos ha persistido en la memoria popular, a pesar de que el enorme aparato de dominación cultural trabaja en la atomización individualista y en la indiferenciación cultural de la población.
Es claro: el espectáculo del Mundial está para hacer negocios y no para agitar pasiones nacionalistas. Pero, en esa cosa de cantar el himno, entrar con la bandera a la cancha y disputar con otras naciones, eso que era sólo un condimento de color para darle mayor dramatismo al partido se convirtió en lo que no debía ser.
“¿Cómo van a cantar ‘el que no salta es un inglés’?” “¿Quieren ahuyentar a las inversiones extranjeras que ya están por venir?” “¿Quieren que se piense que todavía existen agazapados instintos nacionales en este lindo territorio en venta?”
Como se sabe, las masas son brutas y no entienden lo único que importa: los grandes negocios.
La verdadera campaña anti argentina
Mucho se ha comentado en estos días sobre la cantidad de tonterías y banalidades que se dijeron en las redes globales sobre la Argentina y los argentinos, sin ningún tipo de discriminación. Para ponerle un título, se llamó a este lamentable hecho mediático internacional “la campaña anti-argentina”, expresión de triste recuerdo usada por la última dictadura para confundir sobre las denuncias ciertas que se hacían en el exterior sobre las atrocidades derivadas de la represión clandestina.
En todo caso, serán discusiones que habrá que seguir dando y clarificando. Y clarificándonos. Pero sí existe una campaña anti-argentina en todo el sentido de la palabra, que es la acción diaria del gobierno de la derecha argentina encabezado por Javier Milei.
No pasa semana en la que no aparezcan nuevas iniciativas que dañan a la población, al tejido productivo, al patrimonio nacional o a la dignidad de la mayoría del país.
Ahora aparecieron nuevos proyectos para “desregular” la venta de medicamentos y de libros.
La venta de medicamentos fuera de las farmacias pondrá a esos productos en el lugar de una mercancía cualquiera, que puede ser consumida sin ningún tipo de orientación, al arbitrio de la falta de conocimiento del consumidor. Empresas 1, seres humanos 0.
En cuanto a los libros, se busca una desregulación que favorezca a las grandes cadenas comerciales y a las plataformas de venta online, al modificar el régimen de precio uniforme. La Fundación El Libro sostuvo que la ley vigente —a la que se quiere derogar— “es la columna vertebral que garantiza la diversidad bibliográfica, condiciones equitativas de competencia y la supervivencia de las librerías independientes en cada rincón de nuestro territorio”. Además, la desregulación que se anuncia pone en peligro a las editoriales independientes que subsisten con serias dificultades dado el contexto socio-económico-cultural mileísta.

La Argentina aún es capaz de parir editoriales independientes, algunas de altísimo nivel. También eso debe ser destruido, en nombre de la aceleración subdesarrollante.
Por otra parte, a pesar de que viene cayendo la recaudación y apareció un déficit inocultable en las cuentas públicas de junio, el gobierno insiste en promover la evasión fiscal. Ahora enviaron al Congreso un proyecto modificatorio del régimen ya establecido de “inocencia fiscal”.
Lo que subyace es la idea de que puedan emerger las ingentes cantidades de dólares que ciertas franjas de la población mantienen sin introducir en el circuito legal. En el Banco Central calculan que por cada dólar depositado legalmente en el sistema financiero (aproximadamente 40.000 millones) hay otros cuatro dólares en los “colchones”.
Para ello ampliarán el acceso al régimen simplificado del Impuesto a las Ganancias a actores económicos más grandes y aumentarán las garantías jurídicas para los contribuyentes. La ARCA no podrá cuestionar el origen de los fondos declarados en ejercicios anteriores y será mucho más tolerante con las discrepancias entre los fondos declarados por los contribuyentes y los que detecte el fisco.
El ministro Caputo afirmó en relación a las nuevas modificaciones propuestas: “Si no depositan los dólares en el banco es porque están muy mal asesorados”. Lo dice quien tiene casi todo su patrimonio en guaridas fiscales en el exterior.

Amplían el derecho de los sectores de mejores ingresos a no contribuir a que el resto de la comunidad, en medio de la que viven y de la cual se alimentan, también progrese.
Distinta es la preocupación oficial por los laburantes precarizados. Gran cantidad de repartidores están endeudados con las propias empresas para las que trabajan. Piden préstamos para comprar o reparar bicicletas y motos y se los van descontando de las comisiones que cobran por los envíos que efectúan. Tienen que pagar tasas que en algunos casos llegaron al 700% anual.
Mientras tanto, la declinación en la economía real continúa, y no tendría por qué ser de otra forma cuando el gobierno ha cerrado todos los canales que pueden promover un aumento de la demanda. La gente será la que finalmente dirá si con un 2% de inflación mensual llegó al punto más alto de sus aspiraciones económicas.
Mezcolanzas ideológicas
Referido a la extraña acusación de racista que cayó sobre toda la sociedad argentina desde las fuentes más variadas, la doctora Julieta Rostica, profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, ha escrito recientemente en una publicación de la facultad:
“Volviendo entonces a la pregunta inicial: históricamente, en la Argentina no hubo segregación racial comparable a los sistemas más desarrollados en Estados Unidos, Sudáfrica, Brasil y buena parte de Hispanoamérica, y las formas elementales del racismo se desplegaron más en el orden social que en el sociopolítico. Eso no permite sostener que la Argentina sea la expresión máxima del racismo mundial, ni que el vínculo de un gobierno con Israel diga algo concluyente sobre el carácter de la sociedad argentina. Pero tampoco hay que ir al extremo contrario. En la Argentina las clasificaciones raciales fueron menos rígidas que en el resto de América Latina, y la estigmatización y la discriminación están más asociadas a las relaciones de clase. Eso no lo vuelve inofensivo: los discursos de odio promovidos desde las altas esferas del poder político habilitan hoy espacios cada vez más amplios para la construcción de enemigos míticos y la agresión. Por eso, aunque en las redes sociales abunden la liviandad y la incoherencia argumentativa, vale la advertencia: hay una retórica racista y machista en referentes políticos y comunicadores de ultraderecha que aviva el racismo en sus diferentes formas”.
De todas formas, sorprende la mezcolanza ideológica que se detecta en múltiples acusaciones y es imposible contestarlas una por una. Sin embargo, son muy importantes algunas consideraciones metodológicas básicas:
- La propia idea de creer que las sociedades humanas son homogéneas, donde todos sus miembros tienen iguales formas de creer y pensar, es una simplificación imposible de aceptar si se quiere entender algo de cualquier país del que se hable. Cualquiera que conozca mínimamente a la sociedad argentina sabe que está atravesada por profundas discrepancias políticas, socio-culturales y de sensibilidad humana. En general las simplificaciones sobre nuestra sociedad han sido excelentes instrumentos de descalificación por parte de gobiernos y acreedores externos para debilitar y degradar nuestra posición internacional.
- La idea de que los gobiernos son perfectamente representativos de los países que los eligieron es otra simplificación que no resiste el menor análisis. No sólo hemos tenido que soportar dictaduras militares, impuestas contra el deseo de las mayorías, sino que también en el período democrático hemos vivido tremendas estafas electorales por parte de dirigentes que prometieron una cosa y desde el gobierno hicieron lo opuesto. Lo que hace hoy Milei no es representativo para más del 60% de la población. Sus posicionamientos en materia de política exterior son aún más impopulares.
Más allá de los miles de charlatanes en redes, hay dos fuentes políticamente orientadas de difusión de patrañas y simplificaciones contra la Argentina: las occidentales-liberales, que en la línea thatcherista argumentan que los argentinos son fascistas o nazis (y por eso no hay que devolverles las Malvinas y sí despojarlos de lo que se pueda), y otras de fuentes supuestamente progresistas y “antiimperialistas”, que deducen del alineamiento de Milei con Trump y Netanyahu una complicidad colectiva argentina con las atrocidades en Gaza y los bombardeos en Irán. Es triste y lamentable la forma liviana y casi automatizada que circula en el mundo de “tomar posición” frente a realidades muy complejas como la que nos toca vivir.
En la mayoría de los casos de “acusadores”, las contradicciones internas de sus respectivos países deberían hacerlos meditar, aunque sea cinco segundos, sobre las propias incongruencias y limitaciones para comprender el mundo y etiquetar a un país con muchas facetas.
Se viene un nuevo cuco: la izquierda terrorista mundial
Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, convocó en estos días a 66 países a un encuentro para combatir a “los extremistas de izquierda” en todo el mundo: “Es una amenaza real y transnacional que ha existido durante décadas, pero que ahora experimenta un resurgimiento”, afirmó. En esa línea de pensamiento, el Departamento de Estado ha ofrecido ayudas de hasta tres millones de dólares a grupos europeos ideológicamente alineados con los ideales MAGA (trumpistas).
Dijo Rubio en ese encuentro: “Pueden llamarse anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas. Pero su naturaleza fundamental es siempre la misma: un resentimiento ponzoñoso, disfrazado con el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación… Aún hoy, la mera idea de que el terrorismo de extrema izquierda pueda constituir una amenaza seria se considera una fantasía febril de la derecha o, peor aún, una peligrosa conspiración fascista. Así lo perciben muchos sectores de la prensa, del ámbito académico y universitario, así como muchas de nuestras instituciones tradicionales”.
Los extremistas que habitan el Departamento de Estado van creando así un relato de hostilidad y victimización, y una definición imprecisa que les permita introducir prácticas de represión política en otros países y también en los Estados Unidos. Los cada vez peores niveles de vida que es capaz de proporcionar el capitalismo occidental a las mayorías, no sólo en la periferia sino también en los países centrales, hace muy probable la emergencia de fuertes movimientos de contestación social de izquierda, y los líderes de occidente abren el paraguas intentando un nuevo “terrorismo”.
Mientras tanto, y para despuntar del vicio del maltrato generalizado y demostrar la poca inteligencia oficial de intentar ser un felpudo del Presidente norteamericano, Estados Unidos vuelve a ponerle aranceles del 10% desde el lunes a la Argentina y a otros 59 países.
Estarán incluidos todo tipo de bienes que exporta el país hacia el norte: aceite y harina de soja, vinos, carne vacuna, frutas frescas, miel, maní, productos pesqueros, alimentos procesados, manufacturas industriales y productos químicos. Felicitaciones a los empresarios argentinos que apoyan con ceguera ideológica a una política comercial unilateral completamente perjudicial al interés nacional.
El Vicepresidente Vance ha explicado recientemente en una entrevista el marco conceptual de estas medidas. Sostuvo que el Partido Republicano se está moviendo hacia una concepción hamiltoniana de la economía y más distante de la economía friedmaniana (por Milton Friedman, ideólogo neoliberal) de “dejar hacer, dejar pasar”.
Vale la pena recordar qué es la concepción hamiltoniana, basada en el pensamiento de Alexander Hamilton, quien fuera el primer secretario del Tesoro de los Estados Unidos, fundador del sistema financiero estadounidense, durante el mandato de George Washington.
Hamilton creía en un modelo de desarrollo impulsado por el Estado, con un poder federal fuerte, que utilizara el proteccionismo comercial para resguardar su mercado interno, y que contara con un sistema financiero centralizado. Entre otras funciones, el sistema de crédito público debía tener como función otorgar préstamos al gobierno para que pudiera promover la industrialización, invertir en obra pública y promover el desarrollo tecnológico para lograr la integración del mercado interno.
Dijo Vance hacia el final de la entrevista: “La economía es un instrumento para servir a la dignidad de la persona humana”. Vance debería tener cuidado con lo que dice, pues Marco Rubio podría incluirlo justificadamente en el listado norteamericano de terroristas de izquierda.

Ojo con el Golfo
Una breve acotación sobre el contexto internacional, que es muy fluido, porque tiene el potencial de sacudir fuertemente la política interna argentina, en especial la política económica.
Lo que pareció hace pocas semanas un alivio a la tensión bélica en el Golfo Pérsico, está mostrando toda su fragilidad.
El 14 de junio, la firma de un Memorándum de Entendimiento entre Estados Unidos e Irán —documento que incluía importantes demandas iraníes a cambio de la progresiva reapertura del estrecho de Ormuz— pareció ser una aceptación norteamericana a varias de las demandas iraníes, pero los hechos tomaron otra dirección en las últimas dos semanas. Estados Unidos, frustrado por no lograr rápidamente mostrar un dominio sobre el estrecho y poder vanagloriarse sobre cómo había solucionado lo que provocó con su acción militar desde el 28 de febrero, retomó los bombardeos contra una serie de objetivos iraníes (aún no ha bombardeado instalaciones muy sensibles para la vida en ese país, pero amenaza con hacerlo). Varios analistas ven a estos bombardeos como parte de una negociación subterránea que estaría en marcha. También es probable que, con esta presión militar, el gobierno norteamericano intente generar un quiebre político dentro de la propia dirigencia iraní.
La gran carta que tiene Irán para presionar a Estados Unidos es su capacidad de generar la disrupción de la economía capitalista mundial. En estos días se agregó a la amenaza de cierre total del estrecho de Ormuz la creciente tensión en el estrecho de Bab El Mandeb, la otra vía de salida de petróleo desde la península arábiga.
Lo cierto es que, si no se llega a un acuerdo más claro y factible que el firmado en junio, las dos partes —y el mundo— tienen muchísimo para perder.
Si se estrangulara completamente la salida de recursos de la zona, y se caotizara la vida en varios países petroleros, Trump arriesgaría, en términos internos de Estados Unidos, una situación inflacionaria creciente, la suba de la tasa de interés y por lo tanto de los intereses de la gran deuda norteamericana —y mayor desconfianza en el dólar—, creciente malestar social que puede desembocar en un mal resultado electoral para los republicanos (algunos diputados y senadores de ese partido ya han acompañado con su voto a los demócratas en temas puntuales).
Una derrota electoral fuerte en noviembre encierra para Trump el peligro del juicio político —todo depende del estado de la opinión pública interna— y la eventual pérdida de su propia libertad. Más peligroso aún para su futuro personal sería que en la dinámica de la escalada militar apretadora contra Irán tuviera que involucrar tropas en combates en tierra. El número de muertos norteamericanos en ascenso le volcaría a parte de su propio partido en contra.
Para Irán tampoco las decisiones son fáciles: si no acepta dejar de lado algunas demandas propias, si apuesta a concretar una disrupción radical del orden productivo y político en la región, mediante la destrucción de la infraestructura petrolera y gasífera regional, la capacidad militar norteamericana seguirá en pie, y podrá ser dedicada a escarmentar al Estado iraní y volverlo “a la edad de piedra”, destruyendo toda la infraestructura que hace posible la vida civilizada en cualquier lugar. Esa acción punitiva norteamericana, en esas circunstancias, sería apoyada por muchos países que verían en la radicalidad iraní un peligro para la estabilidad regional.
Como ya hemos señalado, una guerra abierta en toda esa región tiene la capacidad de desestabilizar la economía mundial, pinchar la burbuja financiera de la inteligencia artificial y de los mercados financieros en general, y provocar un verdadero cimbronazo en el orden global, del cual depende el gobierno timbero de Javier Milei y Luis Caputo.
De lagos y mares
En la Argentina tenemos una soberana vergüenza, que se llama Lago Escondido, pero tenemos una esperanza, que se llama Mar Escondido.
Ese mar son los millones de compatriotas que saben que las Malvinas son argentinas y que parte de nuestro territorio está ocupado por el Reino Unido, apoyado por sus aliados “occidentales”.
Ese mar es el que escribió, en última instancia, el cartel que se filtró en un estadio mundialista en Nueva Jersey, para que todo el mundo se entere.
Pero los compatriotas de ese mar se tienen que enterar de que el gobierno admirador de Thatcher está tratando de facilitar que muchos otros Lewis, Benneton, emires y demás miembros de la elite capitalista internacional compren generosas franjas de territorio nacional —que ellos sí valoran en forma estratégica—, mientras nosotros seguimos anestesiados con la charlatanería de la prosperidad que nos traerán los capitales extranjeros.
Ese mar también debería tomar nota de que el actual gobierno está destruyendo las capacidades científicas y los logros tecnológicos que nos pueden permitir ser más soberanos e independientes en el futuro.
El pueblo argentino es, sin duda, un Mar Escondido, tapado por toneladas de desinformación, estupidez y mentiras que se vierten incesantemente a través de los medios de comunicación, desde la cúpula del poder, sobre toda la población argentina.
Pero, como todo mar, el del patriotismo argentino, la dignidad y la fraternidad será finalmente imposible de tapar.
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