En el año 2004, Philip Roth publicó La conjura contra América, una ucronía que planteaba que Franklin Delano Roosevelt perdía las elecciones de 1940 en manos del afamado aviador Charles Lindbergh —que fue el primer piloto que, en un vuelo solitario, unió Estados Unidos y Europa a través del océano Atlántico—. La genialidad del escritor estadounidense no solo se plasmó en su pluma, sino también en prestar atención a la historia de su país porque, efectivamente, Lindbergh se dedicó durante “los años previos a la Segunda Guerra Mundial a una activa campaña para ‘proteger a la raza blanca’ y para que Estados Unidos mantuviera una estricta neutralidad hacia la Alemania nazi”. Incluso recibió de manos de dicho régimen una medalla de manos de Hermann Göring, en representación de Adolf Hitler. Cuando la novela se publicó, algunos periodistas asociaron la figura del “héroe estadounidense” con George Bush hijo. Sin embargo, claramente una analogía más acertada es con el presidente Donald Trump (2017-2021 y 2025 a la fecha). Ambos comparten el discurso de America First y el uso de su estatus de celebridad para desmantelar consensos políticos previos.
Por ello, la conducta de Donald Trump asesinando a ciudadanos de otros países frente a las costas de Venezuela y Colombia, el ataque militar al primero de estos países, el despliegue de la Guardia Nacional y la persecución de inmigrantes en suelo estadounidense violando los derechos humanos parecen corroborar la asociación que algunos lectores han hecho con la obra de Philip Roth.
Pese a la repudiable y clara violación al derecho internacional que significaron las ejecuciones extrajudiciales, así como el secuestro de un gobernante extranjero, algunos académicos sostienen que estas reacciones ya han ocurrido anteriormente y que ahora, en el marco de la transición hegemónica, Estados Unidos percibe que “su primacía [es] amenazada” por China y, por ello, suspende y busca rediseñar “el orden internacional mediante la coerción, para luego restituirlo” y retornar a su rol de “hegemón benevolente”.
A nuestro criterio, Washington ha tenido una tendencia a lo largo de su historia a violar el derecho internacional en el mundo y, puntualmente, en su autodenominado “patio trasero” a lo largo de décadas, naturalizándola, y que se ha intensificado entre fines del siglo XX y principios del siglo XXI, lo cual es un indicador de los primeros signos de debilitamiento imperial que había alertado Paul Kennedy en su obra Auge y caída de las grandes potencias en 1987. A estas señales de agotamiento de la sobreextensión hay que sumarle la erosión de su base económica [1] —tema que no abordaremos— y la degradación social.
El Estado matón
El concepto de “rogue State” ha tenido un lugar central en los análisis de política internacional de las últimas décadas. Este, como algunos otros —tales como “Estados fallidos” o “nuevas amenazas” —, no surgió en la literatura académica, sino en el discurso político y en las usinas de pensamiento de la política exterior estadounidense; y han sido reproducidos —salvo con algunas excepciones— de manera acrítica en los ámbitos académicos, especialmente de nuestros países.
Un primer antecedente se puede hallar en un discurso presidencial de Ronald Reagan (1981-1989) en la American Bar Association el 8 de julio de 1985. Allí identificó a países como Irán, Libia, Corea del Norte, Cuba y Nicaragua como Estados que actuaban al margen de la legalidad, promoviendo el terrorismo y desafiando las normas básicas del sistema internacional. En ese marco, la utilización de la expresión “outlaw State” tuvo una funcionalidad política destinada a deslegitimar a esos gobiernos y justificar políticas de contención, sanción o intervención indirecta. El 19 de junio de 1987, el Presidente estadounidense utilizó nuevamente esta acepción para referirse a Libia, criticando las acciones de este país en África del Norte.
Sin embargo, el punto de inflexión se produce durante el gobierno de Bill Clinton (1993-2001) cuando su asesor de Seguridad Nacional, Anthony Lake, publicó el artículo “Confronting Backlash States” en la revista Foreign Affairs. En este escrito, el autor identifica a ciertos Estados que, lejos de integrarse al orden liberal emergente, reaccionaban contra él, desafiando activamente sus normas y valores.
La Random Corporation incorporó dicho término a principios de los años '90, como así también diversos documentos del gobierno de Bill Clinton. Asimismo, y según reseña Noam Chomsky en su libro Rogue States. The Rule of Force in World Affairs, el Comando Estratégico de Estados Unidos (STRATCOM)[2] elaboró un documento en 1995 denominado “Essentials of Post-Cold War Deterrence”, donde se refleja cómo “Estados Unidos trasladó su estrategia de disuasión de la extinta Unión Soviética a los llamados estados rebeldes como Irak, Libia, Cuba y Corea del Norte”.
Una de las formalizaciones más importantes y críticas [3] del concepto de “rogue States” la realizó Robert S. Litwak en su libro Rogue States and U.S. Foreign Policy: Containment after the Cold War [4]. En este, el autor sostiene que un "rogue State" no se define por su régimen político interno, sino por su comportamiento internacional. Por su parte, Elaine Bunn sostiene en su artículo “Pre-emptive Action: when, how and to what effect?” que “los 'rogue States' son aquellos que brutalizan a su propio pueblo, no muestran respeto por el derecho internacional, amenazan a sus vecinos y están decididos a adquirir armas de destrucción masiva, patrocinan el terrorismo en todo el mundo y rechazan los valores humanos básicos”.
Pese a su utilización extendida en la bibliografía y en el diseño de las políticas exteriores de las potencias desde finales de la década de 1990, el concepto de “rogue State” ha sido criticado por diversos académicos que han cuestionado la supuesta irracionalidad atribuida a dichos Estados y que han señalado que este funciona como una etiqueta que impone una identidad, construida socialmente por actores dominantes, más que como una descripción objetiva de comportamientos. Por su parte, Noam Chomsky argumenta, en el libro que hemos citado, que en realidad son las potencias occidentales, especialmente Estados Unidos, quienes actúan como “rogue States” imponiendo su voluntad por la fuerza, y desatendiendo el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas, en contraste con la percepción de la opinión pública, y estigmatiza selectivamente a Estados periféricos.
En efecto, y de acuerdo a un informe publicado por el Congressional Research Service (CRS) de Estados Unidos, este país se ha visto involucrado en 469 intervenciones militares entre 1798 y 2022, habiéndose producido 251 de ellas entre 1991 y 2022. Este cálculo es conservador [5] porque el CRS afirma que “la lista no incluye acciones encubiertas ni numerosos casos en los que fuerzas estadounidenses han estado estacionadas en el extranjero desde la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) como fuerzas de ocupación o para participar en organizaciones de seguridad mutua, acuerdos de base u operaciones rutinarias de asistencia o entrenamiento militar”; como así tampoco las “Guerras Indígenas” (1609-1924).

Si excluimos la guerra de la Independencia (1775-1783), la guerra civil (1861-1865), la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Estados Unidos estuvo en guerra o realizó intervenciones militares durante 95 años de su historia aproximadamente (entre un 38 y un 40%); lo cual puede resultar engañoso porque si el cálculo se realiza a partir de la guerra hispano-estadounidense (1898), esa cifra se eleva a casi un 70%. Por otro lado, un documental de la Deutsche Welle sostiene que solamente en 50 años de su historia, este país no se encontró involucrado en un conflicto armado [6].
En síntesis, el repudiable ataque militar de Estados Unidos a Venezuela no es resultado de un reacomodamiento de la estrategia estadounidense frente a la amenaza china, sino un patrón de comportamiento de la superpotencia como “rogue State” que, al replegarse sobre su pretendida esfera de influencia, continúa actuando como el matón, como hizo, por ejemplo, con la Argentina en 1831 [7].
La descomposición interna
Ibn Jaldún concibe el Estado como una entidad construida social, política e históricamente que, por lo tanto, no dura eternamente. Por ello, el autor sostiene en Introducción a la historia universal que estos poseen un ciclo vital comparable al de los seres vivos: nacimiento, crecimiento, madurez y decadencia. Esto no es un accidente, sino una consecuencia estructural del desarrollo histórico. En la teoría de este autor, el concepto central es la “asabiyyah”, que puede ser definida como solidaridad de grupo. Así, los imperios nacen cuando un grupo humano con una fuerte “asabiyyah” conquista el poder. Sin embargo, esa misma conquista inicia el proceso de decadencia, ya que la vida urbana, el lujo, la corrupción y la concentración del poder debilitan progresivamente esa cohesión.
Por otro lado, Polibio expone, en su clásica obra Historias, la teoría de la anaciclosis, que sostiene que existe un ciclo inevitable de degeneración de las formas de gobierno: estas se suceden de manera regular y cada una degenera debido a un vicio interno. No obstante, y a criterio de este autor romano, la decadencia imperial no es inevitable, pero sí recurrente si no existen mecanismos institucionales que limiten el poder. En este sentido, Polibio elogia la constitución mixta romana, que combina elementos monárquicos, aristocráticos y democráticos, que pueden retrasar el proceso de corrupción.
Si bien los padres fundadores de Estados Unidos rechazaron explícitamente la conformación de una democracia como forma de gobierno [8] y optaron por el establecimiento de una república, inspirándose en el modelo romano. Lo que ha ocurrido a partir del despliegue de la Guardia Nacional y, más fuertemente, con las acciones de la U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE), ha puesto en duda la continuidad de la joven democracia estadounidense nacida en 1965.
En efecto, durante estos breves días de enero hemos asistido a una sistemática violación de los derechos humanos, del “rule of law” y del “check and balance” y una degradación de la “asabiyyah” estadounidense.
En la ciudad de Minneapolis, el gobierno federal ha desplegado al menos 3.000 agentes de ICE para secuestrar “inmigrantes ilegales” y, para ello, allanan casas sin orden judicial y detienen personas al azar por su color de piel. Como consecuencia de estas acciones, el pasado 7 de enero fue asesinada, por un agente de ICE, Renné Nicole Good, de 37 años. Mientras la secretaria del Departamento de Seguridad Nacional, Kristi Noem, acusó “a Good de intentar atropellar a los agentes en ‘un acto de terrorismo doméstico’ [y] el Vicepresidente J.D. Vance la llamó ‘izquierdista desquiciada'”; el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, afirmó que el gobierno federal no está proporcionando seguridad en Estados Unidos, sino que están “generando caos y desconfianza”. Y agregó: "Están separando familias y en este caso, de manera literal, están matando personas (…) Tengo un mensaje para ICE: váyanse a la mierda de Minneapolis”. Pese a ello, el régimen de Trump está criminalizando a la víctima. Además, no investigar al agente de ICE “está causando estragos en la oficina del fiscal federal en Minnesota que encabeza la investigación [porque] al menos media docena de fiscales federales en Minnesota renunciaron en medio de crecientes tensiones entre autoridades estatales y federales”.
No ha sido la única violación a los derechos humanos en Estados Unidos. Sería muy largo enumerar cada una de ellas en solo 15 días de enero. Sin embargo, no podemos dejar de horrorizarnos ante las imágenes de agentes de la ICE sacando a los golpes de su auto a una mujer discapacitada que se dirigía al médico.
Hail Mary
Esta es una expresión que se origina en el “fútbol” americano y que es utilizada en el ámbito político para graficar que una determinada ley o acción política es un “manotazo de ahogado” para recuperar votantes. En esta situación se encuentra hoy el régimen de Washington en un contexto de transición hegemónica con China y frente a las elecciones de medio término que se realizarán en noviembre del presente año; las cuales, si resultan desfavorables para Donald Trump, podrían desembocar en el inicio de un juicio político con resultado incierto para el sistema político estadounidense, si tenemos presente la utilización de la Guardia Nacional, de la ICE y el antecedente del asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, por el cual se intentó impedir que Joe Biden asumiera su presidencia.
Sin embargo, este potencial escenario no es el más preocupante. Jack Levy sostiene en Declining power and the preventing motivation for war que “existen algunos desacuerdos entre los académicos en cuanto al mecanismo causal por el cual las transiciones de poder [como la que está ocurriendo en la actualidad] conducen a una guerra. [Algunos] argumentan que el débil y competidor en ascenso inicia la guerra contra el poder dominante”. Sin embargo, este autor teoriza que “el poder dominante inicia acciones preventivas para bloquear al competidor en ascenso”. Es decir, que la potencia todavía dominante, pero en un proceso de declinación relativa, tiene una “motivación preventiva” para iniciar una guerra. En este sentido, y siguiendo la calificación de Luciano Anzelini, se puede hipotetizar que, a medida que aumente el declive relativo de Estados Unidos, este actuará como un “Estado matón” ya no en el mundo, sino en sus Estados vecinos, como una acción “Hail Mary” para conservar los accesos a los recursos estratégicos que le permitan mantener el statu quo.
Frente a este potencial escenario, algunos autores cercanos al gobierno, académicos intelectualmente honestos, “colaboradores de la periferia” e incluso dentro del peronismo proponen un alineamiento con Estados Unidos. En cuanto a los segundos, recientemente en el ámbito del Consejo Argentino de Relaciones Internacionales, y alejándose de las últimas recomendaciones de Carlos Escudé, se propone “aceptar pragmáticamente la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio como condicionante estructural, para garantizar estabilidad; pero sin renunciar de manera activa a principios como el multilateralismo, la democracia y la soberanía”. Esto resulta claramente un oxímoron: la aceptación del liderazgo de Estados Unidos es contrario —como lo ha sido a lo largo de su relación con América Latina— a la defensa de la democracia, los derechos humanos, el multilateralismo, la soberanía, así como al desarrollo de nuestro país. No se trata de enfrentar absurdamente a Estados Unidos, sino de diseñar una política exterior realista que esté guiada por los intereses vitales y estratégicos de la República Argentina. Por ello, resulta inconcebible que en un documento de este tipo no se mencionen las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, y sus espacios marítimos recurrentes, a la Antártida y al desarrollo sostenible, el cual es impensable sin inversión en “ladrillos”, en ciencia y tecnología y educación y alineándose —como ya ocurrió en los años '90 del siglo XX— con una potencia con la cual no se es complementaria económicamente y que ha recurrido, recurre y recurrirá a los palos económicos y militares para evitar que los “bárbaros” invadan la “Nueva Roma”.
[1] Paul Kennedy sostiene que la sobreexpansión imperial es la que erosiona la base económica y termina provocando la caída de los imperios.
[2] Responsable del arsenal nuclear estratégico.
[3] Este autor considera que este concepto limita las opciones de política exterior de Estados Unidos y que se necesitaba un enfoque de contención más matizado y específico para cada Estado.
[4] Ver también Rogue States. A Guide to the World's Only Superpower de William Blum.
[5] El Proyecto de Intervención Militar del Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad Tufts ha documentado aún más intromisión extranjera: ‘Estados Unidos ha llevado a cabo más de 500 intervenciones militares internacionales desde 1776, de las cuales casi el 60 % se llevaron a cabo entre 1950 y 2017 (…) Es más, más de un tercio de estas misiones tuvieron lugar después de 1999’”.
[6] Otro documento muy interesante es el libro Killing Hope: U.S. Military and CIA Interventions Since World War II de William Blum.
[7] A esta intervención militar directa sobre Puerto Soledad en las Islas Malvinas, hay que agregar las operaciones de inteligencia en apoyo a algunos de los golpes de Estado que ocurrieron en nuestro país.
[8] Hamilton, A.; Madison, J. & Jay, A. (2004 [1788]). El Federalista. México: Fondo de Cultura Económica, p. 32-41.
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