El método del discurso

Urge conocer el mapa sobre el que se libran las disputas políticas, para no regalar el destino de los representados

 

Habitamos tiempos difíciles, de carencias económicas e incertidumbres. El futuro, siempre desconocido, se empeña en traer complejidades nuevas cada día. A la pandemia, que no termina de clarificarse, le sucede la guerra y, por estas latitudes, enfrentamos desafíos cargando la mochila del endeudamiento. En este cuadro, las derechas parecen avanzar a escala planetaria, montadas sobre las frustraciones con las fuerzas políticas que se proponen representarlas y, en sus desaciertos, solo refuerzan una y otra vez el orden actual. No hay GPS que marque por estos días el camino certero a las transformaciones necesarias para revertir la desigualdad. Y las reglas del juego están cada vez más marcadas por el poder económico global, que resiste al hundimiento de la hegemonía del gigante del norte.

En las sociedades globalizadas del presente, las multitudes sumergidas demandan una salida al laberinto de la precarización, el estancamiento productivo y salarial, el desempleo acechante. La inflación, que vuelve a la escena mundial, se instala y generaliza mientras se consolida un estamento de multimillonarios que duplican su riqueza cada año. Por casa, la materia se desaprueba mes a mes. En la pulseada, esas mayorías tampoco juntan fuerza para empujar en sentido contrario. Si bien las búsquedas populares vienen recorriendo caminos, las góndolas de los productos políticos solo les permiten caminar en ida y vuelta, dibujando la onda descripta por el péndulo. ¿Cómo salir de esta encerrona?

Entender las reglas del juego pareciera ser un primer paso crucial. Para empezar, convendría recordar que para alcanzar el gobierno y sostenerlo hay que construir mayorías y no abunda el interés por la práctica política, aunque defina nuestras vidas. Ya sea porque el lenguaje político se alejó de las experiencias cotidianas, o apunta a la resolución de problemas que se sienten ajenos, o simplemente no interpela, las porciones de la ciudadanía que no participan del micro-mundo de la política la consideran lejos de sí. Se entiende: los bolsillos vacíos y las peleas percibidas como crípticas no incitan a una reconciliación. Con esa distancia de lo político a cuestas, ese electorado pendular se ordena con otros parámetros frente a las urnas. Hay que acordarse, antes de que asusten las encuestas, que estos segmentos de la sociedad suelen definir las elecciones y los destinos de un país.

En este marco calzan, con precisión de guante, las explicaciones del Dipy, quien oficia de analista político mientras esgrime sus argumentaciones sobre la escalada de los precios en el prime time de la señal LN+. Suelto de cuerpo y lengua sentencia que la culpa de todo es de “los políticos que se la llevan toda, te roban”. Unos pocos caracteres hilvanan una banalidad que justificará explicaciones posteriores, más sofisticadas y técnicas pero menos comprensibles para el oído común. Los especialistas verbalizarán después, sobre terreno fertilizado, focalizando las culpas, ahora sí, en la emisión monetaria, el déficit crónico, los impuestos que asfixian y todos los etcéteras de la bitácora derechista.

En tamaña fragilidad, las derechas caminan seguras. Hace rato encontraron en el neoliberalismo una nueva cartografía política capaz de convencer al mismo Pitágoras de que la Tierra ya no es redonda. Por eso, quienes aspiran a conducir proyectos más distributivos y justos, de reconocimiento de derechos, deben saber que el neoliberalismo apunta a instalar en cada quien ciertos principios, prácticas y expectativas como parte de su propia construcción subjetiva. No actúa sobre la persona y “desde afuera”, como una ideología, sino “desde adentro”, anudando subjetividad. Es un reordenamiento cognitivo y moral que, mediante técnicas de autogobierno, organiza, justifica y naturaliza comportamientos y elecciones personales. Por eso, aun ante el asombro, crece la manada terraplanista.

Los dispositivos neoliberales de poder están inscriptos, amalgamados y fusionados en la tecnología contemporánea, sin la cual las cosas hoy resultan casi impensables. La gobernanza se reproduce a cada instante desde pantallas planas de alrededor de seis pulgadas mientras refuerza una estructuración cognitiva desconocida hasta hace pocos años. Leemos declaraciones políticas en el teléfono desechando banners publicitarios mientras esperamos que nos atienda el panadero. En ese mismo momento nos entran un mensaje de un amigo y un aviso de una red social alertándonos que un conocido acaba de publicar una foto. Cuando estamos por llegar al argumento central de las líneas, que con dificultad leemos en la pantallita, utilizamos la billetera digital que cargamos en el mismo dispositivo para pagar el pan que recién compramos. Somos tejedores de información.

El orden informacional contemporáneo es de fragmentos, y cada quien los va anudando a su modo. Segmentos de sentidos múltiples, que circulan a altas velocidades y nos obligan a decisiones inmediatas, se van acomodando y definiendo como verdades casi irrefutables. La velocidad dificulta el tamiz de la crítica, expresada en su mejor sentido. Las informaciones, en cada vez menos caracteres o segundos de imagen, se pisan y refieren unas a otras sin jerarquías, jugando a una ficticia democracia informacional que solo se inclina a la potencia del algoritmo capitalista, último ordenador de ese flujo caótico que no se detiene. Es en este marco que aparece entonces la reformulación de la verdad, que es parte del juego de poder. El saber o las instituciones que en otras épocas daban autoridad y veracidad, otorgando una legitimación indiscutible a ciertas explicaciones del mundo, hoy parecen no funcionar de la misma manera. La legitimación de la información y la veracidad de las explicaciones que consumimos sobre lo sucedido, cada día en cada momento, hoy parecieran estar dadas por la capacidad para vender. La existencia y explicación de los hechos parecen dotarse de autoridad por la cantidad de seguidores, número que valida al enunciado breve y lo instala, y calza en percepciones y sentimientos mayoritarios.

Las derechas actuales se alimentan de un sentido común construido sobre sentimientos que son internalizados como verdades, y desde allí canalizan los malestares de la impotencia popular hacia sus conveniencias políticas. Cuando lo necesario y deseable no es posible, porque los gobiernos no procesan políticamente ese desencanto, las poblaciones dan crédito a experimentos que se distribuyen como una pandemia por todo rincón habitado. Y entonces llega el reloaded neoliberal, que nunca se fue del todo porque está adentro y ahora agrega uñas fascistas que calzan muy bien en el individualismo internalizado. Adjudicar esto a la confusión, al uso de las malas artes del engaño, o a la existencia en los pueblos de un supuesto deseo de no saber, es un error que brota de la incomprensión del momento.

Caracterizar a la derecha actual con viejos ropajes solo lleva a sostener argumentos que nos tranquilizan. El placebo de ir señalando con el dedo puede calmarnos mientras vamos diferenciando lados. Buenos y malos. Verdades y mentiras. Pero no pasa de allí. Estos estereotipos explicativos, algunos muy sofisticados, son antiguos emergentes del mundo analógico, que hoy funcionan como los viejos motores, a los tumbos y escupiendo humo. Ese ilusionismo solo alimenta posiciones políticas que dejan entrever que al presente se lo entiende poco. Después de litros de tinta u horas de palabras, televisiva y radialmente distribuidas, se concluye que a la confusión y al engaño se las derrotará con las armas del esclarecimiento.

Las nuevas derechas no avanzan sobre desajustadas elaboraciones ideológicas fallidas del campo popular. Se montan sobre la eficacia de la abstracción digital y el artefacto comunicacional. Maquinarias que, unificadas, recombinan el campo subjetivo actual y facilitan la imposición de la violencia financiera, dejando a los sujetos reducidos a un solipsismo en el cual se justifica y banaliza cualquier atisbo de empatía y sensibilidad social.

La verdad es parte del juego del poder, es un conflicto siempre a resolver y es una construcción colectiva. Es verdad aquello que acordamos como tal. Creer que es la congruencia entre la cosa y su nombre, y adjudicar negación a quien no aplica dicha epistemología, no resuelve la comprensión de un hoy que difiere del que interpretó el racionalismo del siglo XIX.

En el juego del poder, el más fuerte tiene comodines. Los pueblos siempre contaron con la palabra política como restauradora del orden de las cosas. Pero la palabra política fue desacreditada y expulsada de esa cúspide. Hoy compite con el resto. Tramitada como información está en pie de igualdad con otras y, siendo una más entre muchas, pierde el poder ordenador de la cosa pública. O lo que es peor aún, el espacio público aparece perfilado, o bien por estrategias de mercado que definen qué hacer visible y de qué manera, o por los algoritmos que reciclan y circulan por las redes ciertos sentires que convalidan verdades diseñadas en laboratorios. Las más de las veces, por ambas cosas a la vez.

En este terreno y bajo los tiempos difíciles de pandemias, belicismos y mochilas pesadas, lo que hay que recomponer, sí o sí, son las expectativas de las mayorías. Conocer la cartografía sobre la cual se libran las disputas políticas parece razonable para no regalar el destino de quienes se pretende representar.

 

 

 

 

 

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