El miedo y sus antídotos

A 44 años del golpe de 1976, un nuevo Estado de excepción y sus preguntas

 

A 44 años del golpe de 1976, Argentina volvió a una de las formas del Estado de excepción ante un enemigo que carece de dimensiones políticas, pero repite aquella idea de lo invisible capaz de permearlo todo. Alberto Fernández se situó en estos días como los viejos líderes de la guerra fría en lo que pareció un escenario de suma de poder. Sin embargo, al hacerlo inauguró una nueva gestualidad del Estado: la política de los cuidados y de los afectos, de responsabilidad ciudadana para cuidarse a sí mismos y a otros y otras. Pero los ciudadanos y ciudadanas que han experimentado el exterminio del rol protector del Estado durante los últimos cuatro años, y de forma oscilante en la historia reciente, parecen seguir aterrados. Los llamados que saturan líneas de teléfono de emergencia, las denuncias que en ocasiones rozan la idea de la delación o el arrojo sobre las góndolas hasta vaciarlas pueden verse como emergentes de los miedos clásicos de la infancia, el miedo a lo desconocido y a la certeza aterradora de lo viene. Y a ojos de la historiadora Marina Franco son ejemplos que muestran como vuelve activarse el miedo en términos sociales. ¿Qué hace la sociedad con ese miedo? ¿Existe una comparación posible de las conductas sociales ante miedos reales y aquellos infundidos por el Estado terrorista?

En los primeros dos días de funcionamiento la línea 134 habilitada por el gobierno para recibir denuncias acerca de personas que rompían el aislamiento obligatorio por la pandemia recibió 7.582 llamados, de los cuales 462 fueron considerados casos verosímiles. Y hasta el jueves, los tribunales federales de Comodoro Py habían contado 49 denuncias en ascenso durante la semana. Al advertir que el universo tenía en el horizonte el regreso de 20.000 argentinos aún varados en el exterior, la fiscal Alejandra Mángano escribió un protocolo para estandarizar operativos de respuesta con pedidos de información a la autoridad sanitaria, informes de Migraciones, controles de circulación de las personas denunciadas y garantía de aislamiento efectivo con intervención de una custodia. Si las consignas debían multiplicarse por el universo posible, la cobertura policial implicaba un número de abastecimiento imposible, por eso Mángano entendía a mediados de la semana que el dispositivo debía cumplir sobre todo una tarea disuasiva.

Los primeros datos que surgieron de esas llamadas señalaban que la mayor parte reportaban casos de personas identificables. Nombre, localización, y datos del punto de procedencia. Eso parece posible porque las llamadas no provenían de desconocidos sino de personas cercanas: vecinos y vecinas de un edificio y también madres, padres o parientes. El gobierno nacional había pedido a los y las ciudadanas que usaran mecanismos como éstos como parte de una política de cuidado para la cual era necesario un activo involucramiento ciudadano dado que lo que estaba en juego era la cuestión prioritaria de salud pública. Aún no había llegado el decreto de cuarentena social obligatoria. Aquellas medidas bastaban para contener la irradiación. Llamen para cuidar y cuidarse, dijo el presidente. Pero lo curioso fue que quienes mantienen algún tipo de filiación con los denunciados hayan acudido al sistema penal para resolver cuidados que podría pensarse deben resolverse en el orden de lo privado, a través de relaciones interpersonales.

Un texto clásico de las ciencias sociales sobre las formas del miedo en dictadura analiza las conductas sociales en las distintas fases de los períodos represivos a partir de comparaciones con dos experiencias infantiles: la pieza oscura y el perro que muerde.

El primer caso, escribió el chileno Manuel Garretón en un texto clásico de 1985, se trata del miedo a lo desconocido, una incertidumbre respecto de algún mal que se sabe que existe, pero del que no se sabe su naturaleza exacta, en términos clásicos, un miedo por una situación anómica donde se percibe que el golpe o daño es inminente, pero se ignora dónde y cómo viene. En el caso del perro que muerde, señala, estamos frente al miedo causado por la certeza de la amenaza, se sabe, por memoria o anticipación, el mal que se va a sufrir y es a esa experiencia –con dimensiones que se conocen perfectamente– a la que se tiene miedo.

Garretón dice que estas situaciones suelen producirse de forma combinada. Es lo desconocido de lo aterradoramente conocido, podría decirse, debido a las noticias que llegan en tiempo real de todos los lugares del mundo. Según Garretón, es en la primera fase donde los cambios son más abruptos, cuando el miedo parece haberse apoderado de la sociedad entera: un miedo generalizado, propio de situaciones límite. Y dice: es un medio primario, existencial, es el terror a la muerte, a la pérdida de la integridad física, a la separación de todo un tejido de significaciones intelectuales y afectivas, al destierro, a un mundo de oscuridad en el que encuentra una combinación del miedo por sorpresa con el miedo por incertidumbre dado que se sabe por experiencia propia en qué consiste.

En aquella primera fase, entiende que aquellos a quien llama vencedores y se encuentran en situación de poder oscilante, muestran que el éxito requiere de la denuncia sobre la presencia de un enemigo oculto que aún no ha sido eliminado, y llama a colaborar en su destrucción. Garretón habla del contexto latinomamericano de los años ´70. Pero su texto ilumina a quienes trabajan distintas formas del miedo. Los vencedores no son aquí quienes llevan botas ni armas contra los ciudadanos. Pero son los que necesitan de igual manera un involucramiento colectivo de un espacio social que debe también lidiar con sus miedos.

Elena volvió de Cafayate el domingo pasado. Es socióloga, vive en un edificio de Belgrano. Había viajado cuatro días con su marido. Durante la estadía se cruzaron con turistas de todo el mundo alojados en el mismo hotel en el que, cuando preguntaban sobre el aislamiento, los encargados decían que no podían cumplirlo porque la ciudad dependía del turismo. Al regresar, se disponía a iniciar el aislamiento, pero de todas maneras alguien se lo recordó cuando entró al edificio con la valija: una de las marcas de lo que la sociedad ha comenzado a poner en el lugar de la peste. Esa noche, el encargado tocó el timbre.

“El portero con el que tenemos la mejor relación, vino y nos entregó una circular obligatoria, contaba lo que estaba pasado, obligaciones de la gente que llegaba del exterior. Nos dijo que nos había visto con valijas, que su rol era denunciar cualquier irregularidad. Y nos contó que no éramos los únicos a los que estaba viendo: que había hecho lo mismo con una chica que había llegado de Colombia y otra de Punta del Este. Y les había dicho que se guardaran porque si no iba a tener que llamar a la policía”.

En San Luis, circuló en las redes una planilla con nombres de cientos de personas que habían regresado de viaje de Bolivia, Panamá y distintos países de Europa. La planilla contenía una serie de tablas con documento de identidad, fecha de viaje y procedencia encabezados con el título de Listado del coronavirus. La base contenía datos amparados por el derecho de protección de datos personales, eran datos como los que puede tener Migraciones. Mirta, una de las personas que vive en la provincia, dijo, durante un intercambio de mensajes, que ella conocía por lo menos a cinco personas de la lista y que estaban cumpliendo la cuarentena. Efectivamente, muchos de ellos lo estaban haciendo. Y uno de los enlistados se quejó en términos personales:

“Juan Cruz Herrera: Hola. Lamentablemente tengo que utilizar este medio para aclarar algo sumamente patético. Está circulando una lista de personas (….) en la cual figuro por mis vacaciones en Brasil al igual que cientos de ciudadanos de San Luis que han llegado de diferentes partes del mundo. Lógicamente, como corresponde, yo estoy haciendo la cuarentena porque Brasil ha sido declarado país de riesgo. Pero como siempre hay un/a/e estúpido que dice que es una lista de ´infectados´. No entiendo cómo se puede hacer bromas cuando se está en juego la salud de todo un país (…).”

En la provincia de Jujuy, los diarios locales publicaron con nombre y apellido el caso de la primera y única paciente afectada. Las redes multiplicaron mensajes con datos también de su hijo y de la escuela a la que iba. Claudia Gonzalez de la Asociación de Abogados y Abogadas de la provincia intentó parar la caza de brujas. “En primer término, está la ley del derecho del paciente que asegura la intimidad y confidencialidad de los datos. Y también está la ley de protección de datos personales, que se refiere a la información de los datos de salud como información sensible”, repitió varias veces estos días.

Una pregunta sería si esto sucede aquí o sucede también en otros lugares. Uno de los argentinos residentes en Barcelona en aislamiento dice que ahí no hay señalamientos. Es posible pensar que eso suceda porque el virus ya no viene desde afuera, sino que se ha vuelto comunitario, viene de adentro en un lugar donde todos deberían transformarse en sospechosos. Pero tampoco hubo señalamientos cuando se encontraban en etapa preventiva. En cambio, sí hay otras experiencias fatales: “En mi pueblo están acosando a la familia del primer muerto por coronavirus, culpándole de llevar la enfermedad al pueblo. Y han pintado su nombre en las paredes. Qué horror”.

 

 

Stella Segado señala que todo esto puede ser producto del miedo, pero entiende que por primera vez se encuentra en juego otra cosa: la idea de una inversión de los términos. Aquello que, con los anteojos torvos de la dictadura, podrían pensarse como delaciones, ella las piensa al revés, como una política de cuidados que se activa a través de la voz del Estado y que provoca incluso una inversión de clase: el vigilador del edificio que intentó impedir que un personal trainer saliera de su casa después de un viaje podría leerse en esa línea como un héroe de la seguridad nacional invirtiendo los términos de autoridad entre propietario y empleado.

“Hay algo de todo esto para pensar, pero el aislamiento es solidario», dice esta especialista en archivos de derechos humanos, fuerzas armadas y de inteligencia.  «No nos guardamos sólo para no morir sino para no matar. Lógicamente resuena a cosas del pasado, pero también hay que preguntarse por qué al infame siempre lo ponemos del lado de la víctima. Creo que es interesante pensar que por primera vez se dejan al descubierto las conductas de los privilegiados. Tengo guita, viajo al exterior y si quiero me floreo. O, la médica con su hija que rompió la cuarentena y no puede decir que no sabían el riesgo. Lo que me parece interesante es que el respeto y la mirada admirativa de clase hacia los sectores poderosos se empezó a resquebrajar. Y tal vez sea por lo que pasó en estos cuatro años. Que el portero o encargado de seguridad, no haya actuado servilmente y se haya bancado las trompadas de un ´culo con rosca´ no es ser buchón: es una mierda lo que estamos viviendo pero ser responsable y solidario esta vez es todo”.

Marina Franco es investigadora del Conicet, y especialista en historia reciente. Aquella idea de la denuncia a quién está afuera de dónde debe estar vía intervención de la justicia también cree que debe pensarse como las prácticas de compras compulsivas, y ambas como emergentes del miedo.

“No estoy segura de que sea cierto que la gente haya acatado lo que dijo Alberto por  una cuestión de ciudadanía. Creo que es porque tiene miedo. Y las conductas del miedo son delicadas. Porque acá no tiene nada que ver con la dictadura, ni el miedo político, ni es asimilable, ni mucho menos, como dice Stella Segado, pero el miedo genera cosas. Y mueve mucho para bien y para mal. Por eso creo que una cosa para observar es qué sucede con los miedos sociales. Recién acabo de ir a un supermercado, estaba todo absolutamente vacío. No había nada en ninguna góndola. Y la empleada me dice no hay ningún desabastecimiento, sólo que la gente se lleva todo. Y no deja nada para nadie. Bueno, esos son formas del miedo social”.

Viviana está en aislamiento voluntario porque es mayor de 60 años. Fotógrafa amateur y trabajadora de la cultura, es una de las integrantes de las asambleas barriales nacidas en la retracción del Estado, primero de la Ciudad de Buenos Aires y luego en los últimos cuatro años de gobierno de Cambiemos. La asamblea de Parque Chas administró demandas estructurales de barrio de clase media con reclamos de obras para inundaciones, control de cacharros de agua de terraza en terraza por el dengue y mucho trabajo de contacto directo en plaza y clubes para sostener tramados. Esta semana, Viviana apareció frente a una cámara de televisión en la calle Oslo. Los vecinos habían llamado a canal 9 para denunciar a otra vecina que había llegado de Estados Unidos. La mujer había salido de la casa, hecho compras y saludado en el grupo de contacto de WhatsApp. Los vecinos, vecinas en general, le contaron novedades del aislamiento. Y le dijeron que no podía salir de su casa. Ella dijo que no podía cumplir la cuarentena porque iba a estar poco tiempo en Buenos Aires. Las vecinas insistieron. Ella también. Las vecinas pasaron un día de lluvia entre la comisaría 15 y la fiscalía para hacer una denuncia. Volvieron a llamar una y otra vez a la comisaria porque no veían custodia. Repitieron la operación de llamado con la fiscalía. Finalmente llamaron a la televisión. Viviana dice que fue el último recurso. Que incluso ella con más de 60 años dudó en acercarse al lugar al que llegarían los móviles, pero también sabía que sólo iban a mandar cámara si había gente del barrio. Y ella misma dio pautas de cuidado a los y las vecinas acerca de cómo mantener distancia de un metro entre quienes se acercaban a protestar ante las cámaras.

Como en el caso de las llamadas a Comodoro Py, aquí también aparecen traiciones a filiaciones territoriales directas. Sin embargo, los vecinos de la calle Oslo tal vez ayuden a explicar que estas filiaciones se encuentran en riesgo desde hace mucho tiempo, desde la misma desaparición última del Estado. Y que uno de los desafíos de esta crisis sanitaria para parar la avanzada del miedo, con eso de arrasamiento que produce contra unos y sobre otros, para parar la psicosis de la que habló el jueves a la noche el presidente, es buscar las formas de recuperar la confianza. En los otros, otras, otres, y en el Estado. Por eso, bravo, al énfasis de Alberto en los subrayados de las políticas de cuidados. El Ejecutivo se paró como institución-antídoto en este escenario.

1 comentario
  1. HERNÁN DE ROSARIO dice

    Hoy, 24 de marzo, se cumple el cuadragésimo cuarto aniversario del golpe de estado cívico-militar que derrocó a María Estela Martínez de Perón. Hoy, el general Martín Balza publicó en Perfil el siguiente artículo sobre este trágico hecho, demostrando una vez más que es uno de los pocos argentinos capaces de analizar lo sucedido con objetividad.

    Escribió el ex combatiente en Malvinas:

    Nuestro país vivió hace casi medio siglo una década signada por la violencia, el mesianismo y la ideología. En ese contexto, el 24 de marzo de 1976 se consumó el último golpe de Estado cívico-militar del siglo XX. No fue similar a los cinco anteriores. A sus secuelas se refieren estas palabras. Fue el más organizado, previsible y anunciado de todos. Con él se inició el más funesto y degradante período de nuestra historia. La asunción de funciones de gobierno y el fascismo criollo llegaron al paroxismo para oponerse –según uno de los mentores del mismo, el entonces general Genaro Díaz Bessone—a una teoría conspirativa del comunismo internacional que lideraba una supuesta Tercera Guerra Mundial, un total dislate. El terrorismo contra el Estado, iniciado a fines de los años ´60 por las organizaciones armadas irregulares, no se detuvo ni siquiera en el breve interregno constitucional de 1973/1976. Debilitadas y reducidas sensiblemente en su capacidad operativa, bien podrían haber continuado siendo combatidas por las Fuerzas de Seguridad y Policiales, que no habían sido sobrepasadas y habrían podido terminar con tal flagelo. Sin embargo se optó, una vez más, por agredir el orden constitucional con la anuencia de gran parte de sectores políticos, empresariales, sindicales, mediáticos y militares, entre otros. Se instrumentó un sistema de destrucción de las distintas áreas del Estado, y un perverso y clandestino terrorismo de Estado que respondía principalmente a procedimientos represivos inspirados en una atroz Doctrina Francesa, que había fracasado en Indochina en 1954 y en Argelia en 1962.

    No fue ajena a ello la Doctrina de la Seguridad Nacional impulsada por los Estados Unidos para Latinoamérica. Se privatizó la represión, incluyendo el accionar del “clandestino contra el clandestino”. El país se dividió en cinco zonas, en que cada jefe —tardíos “señores” feudales— tenía autonomía, dominio del hecho y poder total de decisión. Los principales eran: los generales Santiago Riveros, Cristino Nicolaides, Leopoldo Galtieri, Carlos Suárez Mason, Luciano Menéndez, Antonio Bussi, Reynaldo Bignone, Albano Harguindeguy y el citado Díaz Bessone. El entonces almirante Emilio Eduardo Massera, con la Armada, operó en forma totalmente autónoma. Todos evidenciaron signos patológicos y una desvalorización moral y antropológica por la frialdad con que justificaron sus crímenes. Pero las declaraciones de Bignone, Harguindeguy y Díaz Bessone a la periodista y escritora francesa Marie-Monique Robin constituyen un hecho notable que tuvo gran repercusión en la prensa nacional e internacional a partir del 3 de septiembre de 2003, en su documental televisivo y en su libro “Escuadrones de la muerte: la escuela francesa”: reconocieron públicamente la comisión de crímenes de lesa humanidad. Todos ellos constituyen el símbolo de un cruel sistema de impunidad e ilegalidad. Se vieron favorecidos por quien encabezaba la dictadura, el entonces general Jorge Rafael Videla, que se caracterizaba, entre otras cosas, por su falta de carácter y firmeza en el ejercicio del mando y carencia de liderazgo.

    El plan de la dictadura era la eliminación de todos aquellos que el gobierno consideraba “irrecuperables”, e incluía a: obreros, estudiantes, empleados, docentes, políticos, sindicalistas, periodistas, diplomáticos, religiosos, algunos deportistas y militares, sin reparar en adolescentes, mujeres y ancianos. Una acriollada Untermenschen. Obraron cometiendo deleznables crímenes: desaparición forzada de personas, asesinatos, torturas, robo de bebés, saqueos y robo de propiedades, y privaciones ilegítimas de la libertad. Sectores facciosos, marginales y minoritarios de las distintas fuerzas se colocaron en una dimensión moral peor a la de las organizaciones armadas irregulares que reprimían, porque ellos actuaban en nombre del Estado, y no debían convertir a éste en criminal, sino resguardar a la sociedad ejerciendo el monopolio legal de la fuerza, en lugar de actuar sobre ella como un ejército de ocupación. Ninguno de ellos expresó el más mínimo arrepentimiento. Con claridad, lo sintetiza René Balestra: “Una cosa es una banda de criminales, y otra cosa es que el Estado se convierta en criminal. La responsabilidad del Estado es más grave”. Todo ello ha quedado como epítome de la atrocidad en la Argentina. El 25 de abril de 1995, en mi carácter de Jefe del Ejército, en un mensaje institucional, expresé: “Que algunos miembros de la Fuerza deshonraran el uniforme que no eran dignos de vestir no invalida en absoluto el desempeño correcto y abnegado de casi la totalidad de sus hombres”.Ese mensaje contribuyó a la definitiva inserción de las Fuerzas Armadas en la democracia, y para concretar algo largamente postergado: un sentido pedido de perdón institucional por la responsabilidad del pasado. Nos guió un imperativo ético y nunca un cálculo de consecuencias. Hay que interpretarlo con la hermenéutica de entonces.

    Desde hace tres décadas no puede objetarse la subordinación total de las Fuerzas Armadas al poder civil, y su respeto a las instituciones republicanas. Todos sus miembros han contribuido a superar las paredes de indiferencia y odio. No es un dato menor recordar que los actuales oficiales y suboficiales egresaron de los Institutos Militares en plena democracia. El mensaje de 1995 también recalca: “De poco serviría un mínimo sinceramiento si al empeñarnos en revisar el pasado no aprendiéramos para no repetirlo NUNCA MÁS en el futuro”. Viene hoy a mi memoria una expresión del reconocido político alemán Herbert E.K. Frahm, más conocido como Willy Brandt: “El futuro no va a ser dominado por aquellos que están atrapados en el pasado”. Parafraseándolo, a ese pasado debemos superarlo en el marco de la verdad y la justicia, sin odio ni rencor, que no es olvido, porque según el genial Jorge Luis Borges: “El mayor defecto del olvido a veces incluye la memoria”. Avancemos en ese sentido pero comprendiendo a quienes han sufrido la pérdida de sus seres queridos, recordando a Lord Byron: “El recuerdo del dolor todavía es dolor”.

    (*) Perfil, 24/3/020.

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