EL MITO DE LA EDAD DE ORO

Necedad en impugnar los medios del desarrollo para alcanzar bellos fines ecológicos

 

Tras el cónclave para frenar el cambio climático convocado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Glasgow, el mundo está un poco más consciente de que –literalmente– si el asunto no es encarado en tiempo y forma, estamos al horno. No será lo que los sueños prometieron a las ansias, pero algo es algo y es mejor que nada. El punto que no hay que perder de vista es que enfrentar efectivamente el cambio climático implica destinar excedente, recurso que proviene del producto bruto, en tanto elemento constitutivo del mismo. No obstante, si el crecimiento del producto es lo que genera contaminación, resultaría el sinsentido de querer descontaminar contaminando. La respuesta natural es que hay que volver verde la tecnología con que se hace el producto bruto.

Esto es tan obvio como la frecuencia con la que pasa de largo en los discursos relacionados con la cuestión. Por ejemplo, la necesidad perentoria que tenemos de, una vez por todas, limpiar el Riachuelo y mantenerlo sin contaminar no se hace con ilusiones ni buena voluntad. Tampoco se lleva adelante sin utopía y el optimismo de la voluntad. La decisión política de amigarse con el planeta requiere recursos que genera el crecimiento del producto bruto, que la acción descontaminante –de paso cañazo– impulsa al alza.

Por supuesto, no es un asunto que se solucione en cinco minutos, cortísimo instante en el que un ex Presidente argentino afirma poder resolver la peliaguda inflación y el delicado endeudamiento externo que padecemos. Durante su mandato subió la primera y llevó al paroxismo al segundo. Esos comentarios de hoy en día evidencian, o bien que no aprendió ni olvidó nada, o bien que el cinismo a prueba de balas que esgrime continúa siendo un recurso político rentable. Obviamente que una cosa no quita la otra. Es posible que la característica velocidad en hacer negocios de la acaudalada familia de la cual es heredero lo confunda con los tiempos tan disímiles –respecto de los privados– de los asuntos públicos, para caer en el ridículo y no salir.

En cualquier caso, no se trata de ligeros o lentos, sino que la propia argamasa del propósito político de Juntos (por la represión) es –objetivamente– estropear la distribución del ingreso. Así como va, la derecha argentina saca patente de reaseguro de la contaminación ambiental. Es que mejorar la distribución del ingreso es la condición necesaria para encarar cualquier política verde. Sucede que vivimos en un mundo donde el valor está por sobre el valor de uso. Cualquiera sea la importancia de la tecnología descontaminante, y tal parece que es mucha, hay que poder pagarla.

Cuando, con buena inteligencia, se nos recuerda que la transición energética no es barata y que el aumento de los impuestos sobre los combustibles fósiles para pagar la mutación desató varios conflictos sociales en distintos lugares del planeta, se deja a un lado el importante detalle de que el costo de la transformación era caro porque los ingresos de los deciles más bajos de la distribución del ingreso –que fueron los que saltaron como leche hervida– estaban en un nivel paupérrimo. Ergo: salarios baratos = transición energética cara y políticamente casi imposible de abordar. Ergo: países centrales contaminan mucho, países periféricos poco.

 

 

Mad men

Ya que recalamos momentáneamente en esa atmósfera densamente gorila y mal llevada que rodea a todo lo que tenga que ver con ese ex Presidente y lo que expresa, en esta clave del crecimiento del producto bruto y las tecnologías verdes vale considerar otros aspectos. Son aquellos referidos a culpar al peronismo de haber conducido a la decadencia al país, medida como ampliación de la brecha que separa el producto per cápita argentino del norteamericano y/o el inglés. El nivel del PIB per cápita es clave para nuestras posibilidades verdes. Digan lo que digan, y dicen mucho y mal, el PIB per cápita sigue siendo –por lejos– la mejor medida de bienestar disponible. Un país con un PIB per cápita más alto respecto de otro país conlleva un potencial mejor nivel de vida. Lo de potencial es porque el producto o ingreso (son sinónimos) puede estar mal distribuido en el del PIB más alto respecto del más bajo. Eso supone un problema político en el del PIB per cápita más alto que impide mejorar –pudiéndolo hacer– el bienestar promedio.

La puesta en duda de esa aserción tan extendida de que el peronismo socavó las bases del crecimiento del PIB per cápita al mejorar la distribución del ingreso delinea la plataforma sobre la cual deviene necesario refutar a los heraldos del llamado decrecimiento, que plantean la imposibilidad de limpiar el planeta con un producto bruto en reducción. El historiador Joseph A. Francis expone la disyuntiva en una reciente nota publicada en su blog, titulada “Argentina: ¿decadencia o urbanización?”. El galés sugiere que “el aparente declive de la Argentina durante el siglo XX es más probablemente una ilusión, creada por estadísticas defectuosas del PIB”.

Una de las áreas de interés de Francis son los estudios de caso del impacto de la globalización en las economías políticas de varios países durante el largo siglo XIX, especialmente en la Argentina, Brasil, China e India. Hace una década presentó su tesis doctoral, dedicada a estudiar “los términos de intercambio y el ascenso de la Argentina a lo largo del siglo XIX” en la London School of Economics and Political Science. Allí constata que “los inicios del siglo XX de la Argentina se describen comúnmente como una ‘edad de oro’, en la que se convirtió en ‘uno de los países más ricos del mundo’”. Relativiza esa observación al señalar que el “auge masivo de los términos de intercambio, cuyo alcance no se había apreciado anteriormente, tuvo impactos profundamente desiguales en la periferia”. Así es como “el propio auge de los términos de intercambio de un siglo de la Argentina permitió que el Litoral prosperara, pero hizo que el interior más densamente poblado se estancara. La presencia del interior pobre impidió que el país desarrollara el tipo de democracia igualitaria de blancos que había permitido a las prósperas ramas europeas hacer la transición hacia un crecimiento rápido e intensivo (es decir, per cápita). Más importante aún, el atraso político de la Argentina aseguró que la propiedad de la tierra permaneciera concentrada, lo que ahogó el efecto de válvula de escape de la frontera en expansión”. De esta forma, “la divergencia global conduce así a una revisión mucho más pesimista de la Argentina de principios del siglo XX, una revisión que se verifica a través de una evaluación comparativa de sus niveles de vida que muestra que han estado considerablemente por debajo de los niveles del norte de Europa y las ramificaciones europeas. La ‘edad de oro’ de la Argentina es, por lo tanto, un mito”.

En la nota del blog reafirma que los relatos sobre la historia económica argentina no lo convencen. Centra su argumentación en los problemas que presenta el proyecto del extinto historiador Angus Maddison de producir estimaciones del PIB desde el año cero de la era cristiana. La tabla deja bien clara la cuestión. Francis puntualiza que “la comparación más llamativa proviene de la primera y última versión de su base de datos. En 1988, Maddison calculó que el PIB per cápita de la Argentina en 1913 era el 58% del nivel de Gran Bretaña (…) En 2006, sin embargo, Maddison había decidido que la Argentina estaba muy por delante de estos países en 1913: su PIB per cápita era el 77 % de Gran Bretaña, 25% por delante de Italia y también a la cabeza de Francia y Alemania (…) Esta dramática transformación en la suerte de la Argentina de Maddison (1988) a Maddison (2006) parece haberse debido a la incorporación del sector informal al año base 1990. Maddison (1995, p. 143) escribió: ‘Un problema importante con las cuentas nacionales de las economías latinoamericanas es la evaluación de la actividad en el sector informal. Las revisiones oficiales recientes para la Argentina han sido muy sustanciales. En lugar de un PIB de 2.830 millones de australes en 1980, ahora se estima en 3.840 millones (casi un 36% más)’”.

 

 

Francis recurre a una metodología aplicada por el argentino Adrián Guissarri e ideada por el ítalo-norteamericano Vito Tanzi para medir la incidencia del sector informal, cuyo auge se debe a la urbanización. Algo así como ponerle números de la estimación más calibrada del producto bruto a la hipótesis del fundador de la sociología argentina, Gino Germani, sobre los orígenes del peronismo y el proceso de urbanización. Al respecto, el historiador galés señala que “el resultado es sorprendente: la serie no ajustada produce la narrativa estándar de la ‘paradoja argentina’, ya que el PIB per cápita de la Argentina cayó del 60% del nivel estadounidense en 1930 al 37% en 1980. Sin embargo, la serie ajustada cuenta una historia bastante diferente, ya que no hay declive durante este período, y el nivel argentino se mantiene aproximadamente constante frente al nivel estadounidense”.

Recorriendo este andarivel, Francis consigna que “desde esta perspectiva, gran parte, si no todo, del aparente declive de la Argentina durante el siglo XX se debió en realidad al proceso de urbanización: a medida que la población se trasladó a las ciudades, el gobierno demostró ser incapaz de medir el crecimiento de los servicios urbanos que representaban la mayor parte del ‘sector informal’; en consecuencia, subestimó la medida en que creció el PIB en su conjunto. Los índices de volumen utilizados por Maddison et al dieron como resultado una sobreestimación de los niveles pasados del PIB, que Maddison parece haber agravado cuando ajustó su PIB del año base para la presencia del sector informal, sin tener en cuenta que había crecido desproporcionadamente en tiempo”. El galés alienta a conseguir un mejor índice de volumen del PIB, que incluya tanto al sector formal como al informal. “Sin esos datos, es imposible decir si la Argentina declinó o cuándo”, concluye Francis.

 

 

Cuestión de números

La derecha sostuvo durante años su acusación irrefutable de que el peronismo causó el declive argentino, observable en la ampliación de la brecha con el PIB per cápita norteamericano. Difícil que el gorilaje extrañado mire sin comprender. Entienden que se les acaba un mito poderoso. Lo último que van a hacer es aceptar a realidad. Esa realidad que nos indica que debemos frenar el cambio climático y que para eso es menester avanzar sí o sí en la agenda igualitaria a fin de consolidar el proceso de desarrollo. Ahí aparece el otro frente de ataque, aquel que reúne a las tropas anti-crecimiento.

El desarrollo de las fuerzas productivas en el ámbito del sistema capitalista es un desarrollo para lo bueno, para lo malo y para lo feo. Tanto para la alfabetización generalizada como para la transformación de los seres humanos en consumidores de chafalonías, para la polución como para los servicios médicos abundantes y eficaces (esos que nos salvaron de que la pandemia se lleve vaya a saber a cuántos compatriotas más sin su concurso), para la mayor explotación como para las proteínas para los adultos y la leche para los chicos, para la alienación, para la desocialización del ser humano, para la debacle de su vida afectiva como para cierto confort material, y para el alargamiento considerable de la esperanza de vida al nacer.

Los anti-crecimiento cometen el pecado de desafiar y poner en duda los fines mediante el expediente de borrar pura y simplemente el problema de la creación de medios. Sin embargo, lo que aún resulta más importante es que esos mismos medios son necesarios, al menos en parte, para un conjunto de fines que se encuentran del mismo lado que el de los desafiantes, en este caso, el fin de frenar el cambio climático. Si el “buen vivir” tiene un sentido, hasta donde se puede recabar información, es ese que debe significar entre otras cosas, y puede que principalmente, el reemplazo de los consumos privilegiados por los consumos colectivos; los zoquetes de seda de Luis XIV por el par de medias de cualquier Luis que actualmente ande dando vueltas por ahí. Las necesidades que corresponden a los segundos, por más que se reputen como más sanas y más de acuerdo con la naturaleza humana, no son por ello menos ilimitadas.

Pero, para abastecer esas necesidades, hacen falta los materiales que provee el desarrollo de las fuerzas productivas, únicas que en su evolución pueden prometer un planeta limpio. Esos materiales provienen de mejorar la técnica, de acumular el producto del trabajo pasado y de elevar la productividad del trabajo vivo. En otras palabras, hay que crecer y poco importa los tipos de producciones y de consumos. Y si “buen vivir” implica optar por más ocio en lugar de consumos más grandes, tendría que también operar un aumento de la productividad del trabajo para producir lo esencial en tiempos de trabajo acotados. Aún así, todavía tendría siempre que crecer, si no es a través del PIB per cápita, al menos por el producto por unidad de trabajador activo. En cualquier fase, los problemas económicos son por su naturaleza cuantitativos y no se los soluciona haciendo fuego con palitos.

 

 

 

 

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