El modelo de China

Las claves de su espectacular desarrollo

 

La celebración de los cien años de la fundación del Partido Comunista Chino (PCCh) es una tentadora invitación a analizar las causas que han dado lugar al fenómeno de expansión económica más grande que registra la historia de la humanidad. Siendo el desarrollo económico un bien tan deseado, que todavía está fuera del alcance de muchos países, conviene detenerse en el caso más espectacular por la velocidad y el ritmo con el que se ha conseguido sortear el círculo vicioso de la pobreza.

Si bien las circunstancias históricas y las condiciones culturales, económicas y naturales de cada país hacen inimaginable la posibilidad de repetir experiencias tan singulares, siempre es posible extraer algunas pautas que pueden ser perfectamente aplicables en otros contextos. De hecho, algunas de las reformas económicas que implementó Deng Xiaoping en 1978 –dos años después de la muerte de Mao Tse Tung– se inspiraron en el modelo de desarrollo de Singapur, una isla con pocos recursos naturales transformada en un modelo de éxito económico bajo el severo régimen de Lee Kuan Yew. Esto no debe sorprender porque en China está implantada, desde tiempo inmemorial, una cultura que busca innovar y aprender del resto del mundo, por lo que envían a estudiantes y funcionarios públicos a estudiar a las universidades extranjeras. De las aportaciones teóricas que introdujo Deng en el rígido dogmatismo marxista podemos extraer, como las más relevantes, el pragmatismo ideológico basado en los resultados, el diseño de una economía mixta –favoreciendo la expansión de un capitalismo regulado bajo la mirada de un Estado fuerte y soberano– y la relevancia de la formación como criterio de selección de las élites políticas.

 

 

El pragmatismo ideológico

Deng Xiaoping sufrió cuatro años de prisión domiciliaria durante el período de la Revolución Cultural, de modo que tenía poderosas razones para sentirse hastiado de la deriva ideológica en la que había caído el marxismo chino. Es bien conocida su máxima “un gato, blanco o negro, es bueno con tal que cace ratones” por la que convocaba a “emancipar la mente” y “buscar la verdad en los hechos”. En realidad, este pragmatismo podía perfectamente encontrar encaje en la undécima tesis de Karl Marx sobre Ludwig Feuerbach en la que reivindicaba el papel de la praxis para alcanzar el verdadero conocimiento. Asociada con esta tesis es la defensa del gradualismo –una idea también defendida por Karl Popper para evitar los enormes costos que históricamente han deparado los proyectos radicales de ingeniería social– y el uso de la experimentación social mediante la elección de algunos territorios, sectores económicos o empresas para aplicar las innovaciones, a fin de que los efectos puedan ser analizados antes de optar por la generalización y extensión al conjunto. Al desecharse la implantación de un modelo cerrado, concebido idealmente en la mente de algunos pensadores, se opta por una vía de reforma continua por el método de prueba y error, descartando toda ideologización y haciendo un uso flexible de las alternativas. Las zonas económicas especiales fueron creadas en 1980 en las proximidades de Hong Kong (Shenzhen, Zhuhai y Shantou) y frente a Taiwán (Xiamen) con el objetivo de captar inversiones exteriores, tecnología, experiencias de gestión y facilitar la expansión de las exportaciones.

El pragmatismo no debe confundirse con el oportunismo. Se trata de tener un objetivo claro, que en el caso de China era el desarrollo económico para acabar con la pobreza, y ser luego flexible en los medios, evitando caer en cualquier dogmatismo ideológico. El resultado ha sido una economía mixta, basada en un hibridismo sistémico, donde se le ha dado espacio a las iniciativas privadas, estableciendo reglas de juego claras y estables para consolidar un mercado capitalista competitivo junto con un Estado poderoso que controla sectores estratégicos de la economía. Es un modelo de economía mixta similar al defendido en la Argentina por Juan Domingo Perón. Mercado y planificación no son incompatibles y pueden complementarse armónicamente. Un férreo control de los tipos de cambio ha permitido quedar a salvo de los especuladores internacionales y evitar las consecuencias de la crisis financiera que se abatió en el sudeste asiático en 1997. Si bien el peso del Estado en el conjunto de la economía se ha venido reduciendo progresivamente, en ningún caso se ha planteado la posibilidad de eliminar la planificación estatal o el abandono de la propiedad pública en sectores estratégicos. Actualmente se considera que la economía china, medida en términos de paridad del poder adquisitivo, es la primera del mundo. Este dato pone en duda la tesis “del fin de la historia”, defendida por Francis Fukuyama, que proclamaba el triunfo definitivo e incuestionable del capitalismo liberal.

 

 

La meritocracia política

En la prensa occidental es habitual que se intercambien sustantivos adjetivados como “régimen autoritario” o “totalitarismo” para caracterizar el sistema político imperante en China. Evidentemente, si se toma como modelo ideal el régimen de democracia de partidos de los países occidentales, con elecciones periódicas, donde una persona equivale a un voto, el modelo chino no guarda semejanzas. Sin embargo, existen también notorias diferencias con el sistema totalitario que rigió en la Unión Soviética, por lo que conviene no caer en apriorismos ideológicos. En China el único partido político autorizado es el Partido Comunista Chino (PCCh) que, por consiguiente, es la única plataforma de acceso al poder político y al control del Estado. Opera como un auténtico Estado dentro del Estado: las decisiones clave se toman en el PCCh, aunque después se vean legitimadas en otras instancias institucionales. Ese rol, consagrado en la Constitución, le permite designar a los funcionarios más importantes a través de la poderosa Comisión de Organización del partido y adoptar las decisiones estratégicas del Estado. El PCCh está presente en todos los escalones jerárquicos del ámbito territorial (comunas y zonas especiales), en las universidades, en el ejército, en las organizaciones de la sociedad civil y en las empresas. Lo conforman alrededor de 92 millones de militantes, lo que equivale casi al 7 % de la población total del país de 1.400 millones de habitantes. El PCCh está basado en el “centralismo democrático”, es decir, que las decisiones se adoptan por consenso en instancias colegiadas. El rasgo más relevante es su forma de ingreso y promoción, basada en un sistema de exámenes que permite seleccionar a los mejores estudiantes y dar inicio así a una carrera política. El hecho de que haya decidido establecer una meritocracia política distingue claramente a China de otros países no democráticos.

Luego del ingreso al partido, la promoción se basa en el buen desempeño en los niveles más bajos del gobierno, el que generalmente se mide por el crecimiento económico alcanzado en el espacio de competencia asignado. El resultado de esta política es que los principales líderes en China tienen un nivel elevado de comprensión y competencia económica en comparación con los líderes de las democracias electorales. Según la opinión de Daniel A. Bell, profesor en la Universidad China de Tsinghua, recogidas en su ensayo The China Model (Princeton University Press), los líderes seleccionados meritocráticamente tienen menos probabilidades de cometer errores de principiantes, pueden participar en una planificación a largo plazo que considere los intereses de las generaciones futuras sin preocuparse por las próximas elecciones, pueden llevar a cabo experimentos en niveles más bajos del gobierno que tardan años, sino décadas, en dar frutos seguros en el conocimiento de que habrá estabilidad en la cima y tendrán más tiempo para pensar en políticas sensatas en lugar de perder el tiempo recaudando fondos y dando el mismo discurso de campaña una y otra vez”. En opinión de Bell, existe una conexión evidente entre la meritocracia política china y la espectacular reducción de la pobreza alcanzada. Dado que los funcionarios fueron promovidos sobre la base del buen desempeño en los niveles más bajos de gobierno, y ese buen desempeño se midió por el crecimiento económico, el sistema creó incentivos para la promoción de los cuadros más y mejor preparados para conducir la economía del país.

El ensayo de Bell es una defensa de la meritocracia política, pero antes conviene hacer una aclaración semántica. La expresión “meritocracia” se viene utilizando en Occidente para ensalzar el sistema de economía de mercado que favorecería la igualdad de oportunidades y premiaría a los más innovadores. Sin embargo, sabemos que se trata de una verdad a medias, dado que hay personas que son más afortunadas en términos de ingresos, apoyo familiar, oportunidades educativas y otros aspectos difíciles de evaluar, lo que crea diferentes puntos de partida. El concepto de “meritocracia política” en cambio, es la idea de que las responsabilidades políticas deberían asignarse en función de la capacidades comprobadas, al estilo del cursus honorum de la antigua Roma. En las democracias modernas se utiliza la selección política meritocrática sólo para cubrir puestos administrativos y judiciales. De modo que mientras las democracias occidentales usan las elecciones para seleccionar a los gobernantes en todos los niveles de gobierno, la meritocracia china selecciona a los gobernantes en los niveles más altos del gobierno mediante exámenes y valorando la capacitación obtenida durante décadas. Cabe añadir que mientras la práctica de la selección mediante elecciones competitivas ha tenido una historia relativamente reciente (menos de un siglo en la mayoría de los países), el sistema de exámenes en China para designar a los funcionarios del Imperio tiene mil trescientos años de antigüedad. Los mandarines, que se encargaban de la administración de justicia, la recaudación de impuestos y ejercían funciones policiales, llegaban al cargo tras una larga y ardua formación. Según Bell, las democracias electorales pueden y deben aprender de las mejores prácticas meritocráticas compatibles con la democracia, como la construcción de un servicio civil competente y profesional y expertos capacitados en dominios especializados.

Cabe añadir otra consideración acerca del modelo chino. ¿Existe en el sistema capitalista occidental alguna institución que guarde alguna semejanza? Voilá: la sociedad anónima capitalista. Según la legislación de sociedades anónimas, es la asamblea de accionistas quien elige a un directorio que a su vez designa unos gestores profesionales que son seleccionados en base al mérito y los desempeños anteriores. Sin embargo, los trabajadores de las empresas capitalistas no tienen ninguna participación en las decisiones que afectan al conjunto. Es una institución que le ha permitido al capitalismo expandirse con éxito y que no recibe ningún cuestionamiento desde los medios de prensa liberales. Todos aquellos que ven en el régimen chino un sistema autoritario deberían reflexionar sobre nuestro sistema capitalista, asentado en un archipiélago de islotes “autoritarios”.

 

 

Una democracia incipiente

Es notorio que el proceso de espectacular desarrollo económico y científico que ha tenido lugar en China presenta también puntos oscuros como la contaminación ambiental, la corrupción o la exaltación del consumo de lujo. Es cierto también que desde nuestra cultura política resulta difícil aceptar cualquier régimen político que no respete derechos básicos como la libertad de expresión o la libertad de asociación. Sin embargo, es posible pensar que los derechos y libertades individuales y colectivas, inherentes al constitucionalismo, podrían perfectamente coexistir con un régimen de partido único si éste fuera democrático en su funcionamiento interno o si se habilitaran mecanismos como la consulta popular o el referéndum. De hecho, algunas formas incipientes de democracia directa se han establecido en China en la elección de los comités de aldeas. Sin duda, nos resulta difícil aceptar modelos que están alejados de nuestros hábitos políticos. Pero en términos comparativos con otras grandes naciones, debemos reconocer que China ha dedicado el mayor esfuerzo al combate contra la pobreza y que desde la reforma de Deng Xiaoping no ha participado en ninguna invasión a otros países. No deberíamos menospreciar los méritos de una sociedad que en vez de embarcarse en aventuras militares ha preferido legitimarse socialmente ofreciendo bienestar a todos sus habitantes.

 

 

 

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