El niño criminal

Crecer en las entrañas del rencor sin palabras

 

“La vida ha sido creada para correr”.
Joe Iljimae, en Los Buguis
“Serán crueles para agudizar aún más la crueldad con la que resplandecerán los niños”.
Jean Genet, en El niño criminal

 

 

Hay una edad donde no se sabe cuándo termina la niñez y empieza la adolescencia, sobre todo cuando los chicos crecen en la calle, a cielo abierto.

Infante significa el que no habla. Pero estos niños profesan palabras que no se entienden, hablan entre dientes, con una sonrisa en la boca. Hay que saber usar la labia cuando no se tiene un fierro. Los berretines son una manera de encriptar su mundo, pero también la forma de entrenar una dureza que no hace juego con su contextura física. Ya pegarán el estirón, pero ahora el cuerpo les queda chico. Sin embargo ese no será un límite para desplazarse, sino su gran aliado. Mientras se es niño, las travesuras se confunden con los divertimentos. No se sabe dónde termina el juego y empieza el delito. Las transgresiones garantizan un subidón de adrenalina, la oportunidad de cambiar el bajón por la euforia. Porque los niños en situación de calle suelen conocer el bajón muy temprano.

 

 

Mundos cruzados

La calle no es una estancia definitiva. Como dice María Florencia Gentile en su libro Biografías callejeras, estos niñes suelen pendular entre la casa, el aula y la calle. Los niñes participan de esos mundos sociales alternativa o sucesivamente, de manera subordinada y desigual. Cada uno de estos espacios proponen roles diferentes y un status particular a los niños. El ingreso a la calle es la oportunidad de emanciparse o tomar distancia de mecanismos de control adultos y acceder a cierta autonomía financiera (organizada con la lógica del cazador y la provisión para tener plata) para realizar ciertos usos del cuerpo (participación en peleas, ejercicio de la sexualidad, el consumo de drogas ilegalizadas) y para estar inmerso en tramas de solidaridad e intercambio entre pares. Pero los soportes sociales no proveen un status irreversible ni estable en el tiempo y tampoco los cursos de vidas pueden contarse como la sucesión de etapas unilineal y monocrónica. De la calle se entra y se sale constantemente, pero también de las redes familiares, la escuela y otras instituciones con las que se miden o transitan cotidianamente (policías, institutos, programas sociales, párrocos, murgas, clubes de futbol, etc.).

Son muchos los factores que transforman la calle en una opción de sociabilidad cotidiana: los conflictos familiares producto del impacto persistente de las transformaciones del mercado de trabajo y la infraestructura de cuidado en los barrios; la desvalorización y el fracaso escolar; y la dificultad que tienen los jóvenes para acceder a trabajos formales estables y bien remunerados.

La calle está llena de riesgos que les pueden costar demasiado caro, sin embargo se les presenta como una oportunidad para producir el pasaje de la infancia a una condición juvenil específica (callejera). En ese tránsito sinuoso, los jóvenes en general no están en el grado cero. Más allá de que vivan con la sensación de que la historia empieza con ellos, cuentan con una reserva moral de experiencias contradictorias que les permitirá organizar los cursos de vida. Puede que estén excluidos o en los márgenes del mercado laboral formal, del sistema educativo formal que les permite asociar la condición de estudiante a la condición juvenil, del sistema de solvencia familiar que posibilita el acceso al universo del consumo y del mundo del delito profesional, pero como bien señala el sociólogo Sergio Tonkonoff cuentan con cuatro puntos de referencias: la cultura popular parental de la que forman parte; la cultura juvenil hegemónica con la que se identifican y a la que quedan subordinados aunque de maneras resignificadas; la cultura represiva con la que se miden cotidianamente; y la cultura delictiva adulta y profesional que aporta no sólo criterios de victimización operando como mecanismo de control social. Lo digo con las palabras de Tonkonoff: “En las zonas en las que el delito es una institución estable, tal institución ejercerá cierto control sobre la violencia indisciplinada de los más jóvenes. No sólo porque los adultos comprometidos sostenidamente con ilegalismos carecen de interés en llamar la atención pública. Además, y fundamentalmente, porque se presentará para los jóvenes la oportunidad real de acceder a un rol delictivo más permanente. Quien quiera ser ‘chorro’ deberá, pues, comportarse como tal. Por el contrario, en aquellos lugares donde tal estructura sea débil o ausente, tenderá a prevalecer un comportamiento juvenil más impulsivo, aventurero, expresivo y menos predecible. Pero, además, en tales zonas estos jóvenes se verán condenados al pequeño delito desorganizado, mal remunerado y desprotegido”.

 

 

La risa y la furia

En los niños, la risa se confunde también con la furia. Aprendieron que la ira es una manera de ahuyentar la vergüenza y la brutalidad los ha hecho madurar de golpe. Una brutalidad que llega de todos lados: las palizas de los padres, las piñas de los pares, los correctivos de la policía. Sonríen pero los ojos suelen estar llenos de furia. Una risa agitada, traviesa, pero también teñida de maldad. En sus travesuras no está en juego la sobrevivencia sino la identidad. Una identidad que se les escapa, porque saben que están en boca de los demás, que empezaron a ser nombrados con palabras que no comprenden pero saben entender. Una identidad casi inaccesible, porque a lo que desean el mercado le ha puesto un precio también inaccesible a su economía doméstica.

Se roba para divertirse, para conocer los límites y correrlos un poco más allá. Cuando se es niño las reglas no están para ser respetadas. Las fronteras se vuelven muy porosas. Como decía Genet, “el niño criminal es el que ha forzado una puerta que da a un lugar prohibido”. La transgresión forma parte del aprendizaje, van tanteando el mundo forzando el orden de las cosas, testeando los umbrales de tolerancia, poniendo a prueba la paciencia de los demás. Las reglas no están solo para respetarse. La transgresión es una forma de conocimiento de la legalidad y los contratos comunitarios, pero sobre todo –como dijo César González– una manera de saber “lo que puede un cuerpo”. Y lo que puede un cuerpo se averiguará colectivamente en la calle. Los niños suelen andar en grupo, se mueven en grupo, recorren la ciudad en grupo. Un niño solo es un niño regalado, entregado a la tristeza, al aburrimiento, a la delación vecinal, a la brutalidad policial, el destrato y la ignorancia docente, lleno de remordimiento. La grupalidad callejera, entonces, es una manera de cuidarse pero también de potenciarse, darse manija y aguantar lo que haya que aguantar. El grupo ofrece respeto, aventura, diversión, placer, insolencia, astucia, el gusto por la holgazanería. La grupalidad les enseña a manejar una parte del miedo, porque íntimamente saben que es él quien los maneja a ellos. Parafraseando a John Cale, podemos agregar que el miedo suele ser el mejor amigo de los niños pero también el espíritu de aventura que descubre jugando, transformando la vida en un juego constante.

La violencia es un ejercicio de endurecimiento, una manera de acostumbrarse al dolor. El dolor que llega no sólo con las peleas sino también con el calor, el frío, el hambre, la envidia, los insultos y las palabras que hieren. Pero también la violencia forma parte de las reglas del juego, un juego sin fin, un juego que no siempre eligieron. Porque los riesgos que corren tienen la capacidad de anestesiarlos, blindarlos del cotidiano heredado. Salir a robar para entretenerse, casi como un deporte, para devolverle una cuota de aventura a las vidas que llevan, cada vez más parecidas a una pesadilla. No siempre resulta fácil determinar si lo que los amenaza tiene más influencia sobre ellos que lo que los seduce.

No les resulta difícil robar y lo cierto es que suelen hacerlo por aburrimiento. Roban sin preferencias, de una manera irracional, por pura sensualidad, cosas absurdas e inútiles. Y roban con una inusitada intrepidez, por puro coraje y desafío, para animarse entre todos. Les da lo mismo ganar o perder, sólo quieren divertirse, matar el rato. Aspiran a ser malos emulando a los chicos de las esquinas, a los que miran con envidia y devoción. Juntas de pibes que todavía tienen prohibida. Son demasiado niños para participar en sus conversaciones y banquetes. Hay que crecer rápido para que tengan cabida, sacar chapa, tener cartel, acopiar acciones que les permitan ganarse la atención y el respeto. Y la calle, la experiencia de la calle, puede ser el pasaje a esa moratoria social que se carga a la cuenta de la juventud que tarda en llegar y, tratándose de jóvenes de barrios pobres, puede irse demasiado rápido.

 

 

Niños lobos

Los niños tienen el privilegio de la verdad y suelen ser dueños de una inocencia que invita a la indulgencia. Hasta que empiezan a robar y dejan de ser niños. Cuando los niños roban ya no son niños, son otra cosa, “salvajes”, “malvivientes”, “criminales”, se convierten en personas insensatas, anómicas, peligrosas. Por eso la verdad de la que son dueños no está para ser escuchada, declarada, no será tenida en cuenta por los defensores oficiales. Mejor que guarden silencio a enfrentar el mundo que les toca en primera persona. Su señoría prefiere que el mundo de estos niños les llegue por escrito, a través de los informes técnicos ambientales especialmente preparados por los profesionales auxiliares que trabajan para la Justicia que suelen decir lo que todos saben de antemano, lo que los adultos quieren o prefieren escuchar, no ver.

Las instituciones que deberían dialogar con ellos y acompañarlos son anacrónicas. Y su anacronismo viene durando décadas. Al Estado no se le caen muchas ideas y los profesionales tampoco cuentan con demasiado presupuesto para hacerlo. Van corriendo detrás de la urgencia, tratando de que no se los coma el sistema punitivo. Porque saben que un niño judicializado (“minorizado”) es un niño que les quedará cada vez más lejos. Las instituciones no están en condiciones de saber con certeza lo que el niño está viviendo, padeciendo, sufriendo.

Los niños en situación de calle son niños que se mueven como fantasmas, que pasan a nuestro lado sin llamar la atención, casi invisibles. Pero una vez que empezaron a robar les empezamos a dedicar especial atención, se vuelven la obsesión del barrio, el tema de rigor de las habladurías que mantienen unidos a los vecinos del vecindario. Ni que hablar del periodismo televisivo: el delito de los niños se dispone para ser censurado, se lo muestra pero se lo hará de manera descontextualizada, se lo espectaculariza para indignarnos y ponernos en guardia.

Cuando hablamos con estos niños tenemos la sensación de que viven en una realidad paralela, o por lo menos en un plano distinto. La familia en la que vive ya mutó tres veces. Hablar de cultura del trabajo es algo irónico cuando se vive de changas o de trabajos temporales cada vez más precarizados. Hablar de salud parece un chiste cuando se duerme con tres hermanos en una misma cama. ¿Cómo se hace para pensar en un proyecto de vida cuando los zapatos te aprietan, cuando la vida se organiza día a día? A veces no logramos dimensionar el tamaño del daño que las políticas y culturas neoliberales han producido en las subjetividades de los sectores más pobres.

La lógica del consumo banal, efímero, también llegó a estos niños. Pero lo único que pueden derrochar son sus días. Y así van viendo qué onda, eligiendo lo que pinta con lo que sale a cada momento. Casi ninguno de ellos sabe decirnos en qué estaban pensando cuando se mandaron al frente: son sensaciones que llegan en un discurso cada vez más fragmentado.

Todos los pibes saben más o menos que les gusta fútbol, arreglar motos, loquearse. Pero el deseo no existe. Esa fuerza motora que puede llevar al pibe hacia otro lado no suele estar presente en ellos. Son pibes arrasados, muchas veces desafiliados, que hicieron del choreo no sólo una herramienta o un divertimento sino una manera de construir su personalidad, de organizar las trayectorias, un ordenador biográfico.

La niñez no suele estar hecha de recuerdos. Cuando se es niño los recuerdos no suelen ir más allá de la semana pasada. Pero cuando se vive pateando la calle los recuerdos son una manera de registrar la experiencia. Y lo más probable es que detrás de un recuerdo se encuentre un mal recuerdo. Aunque también están los recuerdos que le devuelven la risa, que los envalentonan a remar los días.

Los guachines sienten muchas cosas, las humillaciones se experimentan de formas distintas: sienten bronca, rencor, culpa, vergüenza, rabia. Crecieron en las entrañas del rencor sin palabras. Porque las palabras de las que son dueños no les alcanzan para contar lo que sienten, por eso lo que sienten lo dirán poniendo el cuerpo, jugando con el cuerpo de todos.

 

 

 

* Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil y Prudencialismo: el gobierno de la prevención.