El nudo

La realidad argentina está atada, inmovilizada por un nudo gordiano que pide un tajo a gritos

 

Hay ocasiones —raras, pero las hay— en las cuales la cuestión más compleja se despeja mediante una respuesta simple. El ejemplo proverbial es lo que se llama nudo gordiano. Le meto un refresh al asunto: en el siglo IV A. C. el conquistador Alejandro, a quien todavía le decimos Magno, arribó a la satrapía persa donde vivía el pueblo frigio. Allí conservaban como monumento al carro de bueyes en que había arribado el pastor Gordias, para consagrarse rey del lugar. (Gordias, gordiano… ¿cachai?) El carro estaba atado a una columna con una soga fijada por un nudo complicadísimo; tanto, que un oráculo lo usó para vaticinar que quien lo deshiciese se convertiría en monarca de toda Asia. Cuentan que Alejandro consideró el dilema, quiso resolverlo con los dedos y, finalmente, optó por una solución drástica: lo cortó de un tajo con su espada. Por supuesto, hay aguafiestas que explican —por ejemplo Plutarco, siguiendo a Aristóbulo— que en realidad Alejandro se las ingenió para dar con los extremos de la soga y a partir de ellos desarmó el nudo a mano, pero así la historia carece de gracia. Cuando hablamos de nudo gordiano no nos referimos a alguien hábil con los dedos sino hábil con la mente. Alguien que entiende que, para solucionar un problema, no siempre hay que atenerse a las reglas del juego que plantean quienes lo diseñaron.

 

Alejandro corta el nudo.

 

Hace poco que me enteré de la existencia de un documental de Raoul Peck que difundió HBO en los Estados Unidos, y que se llama Exterminate All The Brutes. (Sí, es prácticamente como suena, aunque también podríamos traducirlo como Exterminen a todos los salvajes.) En América del Norte se vio en abril, en Gran Bretaña recién se estrenó la semana pasada, y entre nosotros, sólo Dios sabe: aparentemente sería parte de la oferta con la cual en junio desembarcará el Latinoamérica la plataforma HBO Max, pero aunque busqué con ganas no encontré confirmación de que forma parte del menú. No es difícil entender por qué no andan promocionándolo a los cuatro vientos. El mismo Peck dice en off durante el cuarto y último capítulo —según leí por ahí—: «La mera existencia de esta película es un milagro». ¿Y por qué lo sería? Porque parece que el documental procede con arte y elocuencia en la tarea de dar una respuesta muy simple —deslumbrantemente sencilla, diría— a un problema tan complejo como el que presentaba el nudo gordiano.

Exterminate All The Brutes es, para ponerlo del modo más grosero, una reflexión sobre el racismo. O sea, sobre lo ocurrido durante los últimos cinco siglos de supremacía de esa entelequia que solíamos llamar la raza aria, o blanca. Y digo «entelequia» porque Peck demuestra cuán lábiles fueron, y son, las fronteras de aquello considerado blanco. Para los colonizadores ingleses, los irlandeses —que a simple vista son más pálidos que nalga de noruego— eran una subespecie. En el siglo XIX el clérigo inglés Charles Kingsley, considerado liberal para los estándares de la época, viajó a Sligo y desde allí escribió una carta a su esposa admitiendo que los irlandeses eran blancos, sí, pero que de todos modos seguían siendo «chimpancés». «Ver chimpancés blancos es desagradable —decía—. Si fuesen negros, uno no repararía tanto en ellos». Esta subestimación sobrevivió al cruce del océano, puesto que durante mucho tiempo en los Estados Unidos se decía que los inmigrantes negros eran «irlandeses ahumados».

 

 

Reverendo Charles Kingsley: «Los irlandeses son chimpancés».

 

La condición para ser aceptados como blancos —una convención, a fin de cuentas, tanto como aquella que concede valor extra a ese cacho de papel que llamamos billete— era adherirse a las reglas del juego planteadas por los dueños del club. Que con el tiempo le abrieron la puerta a los irlandeses, así como las autoridades del apartheid sudafricano aceptaron hacer negocios con los japoneses después de nombrarlos «blancos honorarios». Algo parecido ocurrió con el pueblo judío, cuyos status cambió a partir de la Segunda Guerra. En un texto para The Intercept que comenta el documental, Jon Schwarz dice que en 1949 un amigo de Franklin D. Roosevelt viajó a Israel por primera vez y contó su experiencia por escrito. Ahí decía —sin sonrojarse, aparentemente— que los judíos, que hasta entonces había sido gente «comida por polillas» y «salpicada de grasa» (esto es literal), ahora se habían vuelto «bellos, sanos, amables y de buena naturaleza», lo cual los convertía en una garantía para Occidente; mientras que aquellos a quienes etiquetaba como árabes eran «desagradables, enfermos, malolientes» y «peligrosos como tantos indios americanos».

Peck desmonta la farsa de lo que representa la piel carente de pigmentos y muestra que lo que hay detrás no tiene que ver con pureza alguna ni con el ADN, sino con otra característica de la especie humana: su codicia sin límites. Este director es negro, como se imaginaban: nacido en Haití y para más ironía en Española, la isla donde desembarcó don Cristóbal. (El segundo capítulo del documental se llama, de hecho: ¿Quién carajo es Colón?) Pero Peck es tan ciego a los colores como sensible a las esencias, y por eso el documental hilvana los padecimientos sufridos por muchos de los discriminados por las clases dominantes: desde los pueblos nativos diezmados por la conquista a los esclavos negros y sus descendientes, pasando por los grasitas irlandeses y por supuesto, los judíos. Peck dedica los tramos finales del documental a explicar que el Holocausto no fue «una explosión de locura inexplicable», sino «la lógica culminación de la ideología del colonialismo europeo y de la supremacía blanca». «Cuando lo que ya había sido hecho en el corazón de las tinieblas —explica Peck, en referencia a la devastación que el blanco produjo en África— se repitió en el corazón de Europa, nadie quiso admitir lo que todos sabían. Auschwitz fue la aplicación industrial moderna de métodos de exterminio ya establecidos».

 

 

Por algo tituló el documental con una frase que Kurtz, el empresario colonial que enloquece en el Congo, pronuncia en la novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas. Allí el narrador Marlow admite que el colonialismo europeo no es más que «saqueo con violencia, asesinato agravado a gran escala… la conquista de la tierra, lo cual en términos generales significa quitársela a aquellos que tienen una complexión diferente o narices ligeramente más achatadas que las nuestras». Por eso Kurtz —el personaje que inspiró a aquel de Marlon Brando en Apocalypse Now—representa la lógica capitalista llevada a sus últimas, demenciales consecuencias. Es él quien vuelca en palabras la posibilidad hasta entonces innombrada de llevar a cabo «el ejercicio simple de nuestra voluntad» destinado a «ejercer un poder para el bien prácticamente ilimitado». Como siempre ocurre, cada vez que el capitalismo habla del bien, lo que hay que preguntarse es: ¿el bien de quién? Kurtz lo aclara cuando termina la carta que dedica a los CEOs de su casa matriz en Europa con la exhortación: «¡Exterminen a todos los salvajes!» En esa invitación publicada en 1899 está la sombra profética de lo que ocurriría 40 años más tarde. Lo ensayado con los negros en el corazón de las tinieblas se perfeccionó, en efecto, mediante métodos industriales en el corazón de Europa.

«No fue que los europeos decidieron que eran superiores al resto del mundo y por eso debían conquistarlo, sino al revés», dice Schwarz. «El resto del mundo tenía la tierra y el oro que ellos codiciaban, y por eso, durante siglos, los europeos improvisaron una justificación a la que fueron desarrollando, para explicar que robar no sólo estaba bien, sino que además era algo digno de ser elogiado».

En materia de gente que dice cualquiera con tal de justificar o disimular su puro deseo de poder y dominación, poca gente tiene más experiencia —¡y más reciente!— que nosotros, los negritos amarronados del extremo sur del continente.

 

 

 

 

 

El punto ciego

El razonamiento de Jon Schwarz a partir del documental de Raoul Peck es, de arranque, simplísimo: el racismo sería apenas una excusa para arrasar al resto del mundo con el argumento de la superioridad de una raza por encima de otras, primacía que llama al cumplimento de un destino manifiesto, restaurador de un orden pretendidamente natural. Este argumento no niega que el racismo esté fundado sobre una emoción primal, la del desprecio o temor por aquellos que no son como uno, que se ven, hablan, actúan y huelen distinto. Pero en la mayoría de los fachitos de hoy —clase media a gatas, cutres, incultos— el racismo es una sobreactuación, algo que les sirve para disimular su propio sentimiento de inferioridad. En cambio, los que cortan el bacalao no suelen creer las pavadas que sus empleados —desde los CEOs de sus empresas a sus community managers— conciben para consumo de la gilada. Puede que alguno frunza la nariz si se le arrima un negrito, pero lo que mueve sus vidas no es una fobia sino una filia: el ansia de poder. Lo cual conduce a la circunstancia donde quiero detenerme, el punto ciego que —creo— explica parte de lo que nos pasa.

Gastamos toneladas de energía a diario, mensualmente, ¡anualmente!, tratando de explicar ciertas cosas, razonando para presunto beneficio de gente que, ay, no quiere oírlas. En esa estamos desde hace años, tratando de desatar el nudo gordiano con manos cubiertas por guantes de box. Pero ocurre que los poderosos de verdad —no, no, seamos precisos: los empleados de los poderosos de verdad— inventan nuevos nudos gordianos cada semana. Y ahí vamos nosotros, rebosantes de buenas intenciones, imbuidos de fe en la verdad, a desarticular con paciencia de santos cada idea errónea con que la oposición sale al ruedo. Dicen que pretendemos inyectarles veneno, les contamos que las vacunas son buenas. Dicen que la Sputnik es mala, les mostramos pruebas de que es efectiva. Dicen que el gobierno ataca a la Justicia, les juramos que no podemos ser más mansos. Dicen que Alberto y Cristina van contra la prensa independiente, les demostramos que los putean e injurian a diario y los invitamos a seguir haciéndolo para preservar su independencia. Así se nos van los días, los meses, los años, desarticulando las boludeces que las usinas de la derecha crean para nuestro entretenimiento. El mundo real enfrenta su momento más crucial desde la Segunda Guerra, y nosotros jugamos con ovillos de lana como gatitos.

 

El cineasta haitiano Raoul Peck.

 

No digo que no haya que explicar nada. Existe un porcentaje de gente que no está casada con nadie de antemano, cuya dieta rebosa de información chatarra, y a la que necesitamos proporcionar data cierta para ayudarla a discernir lo que pasa. Es importante agregar densidad a la conciencia de los votantes y elevar la calidad de nuestras democracias. Lo que sí digo es que dedicamos demasiada energía a encarar esos nuditos gordianos que la servidumbre del poder real fabrica a destajo y tira al ruedo para eso: para que nos desgastemos explicando o desmintiendo lo obvio y —esto es lo peligroso— para que perdamos de vista la lucha central, the main event.

Los poderosos de verdad no piensan en términos abstractos o ideológicos, como nosotros. Su imperativo es aumentar el poder que tienen, lo que en general significa también su fortuna, al precio que sea, y prácticamente no piensan en otra cosa. Para ellos las vacunas no son buenas o malas: son un negocio o una oportunidad política, cuando no ambas cosas a la vez. Para ellos las instituciones no tienen valor per se: son instrumentos a ser utilizados u obstáculos a ser resueltos. Ni siquiera estoy convencido de que perciban diferencias radicales en materia de géneros. Les otres —sean del género que sean— están allí para ser usados como más les convenga: para el placer, como tropa, como ariete, como clientes, como rehenes, como blanco. Si un día se persuadiesen de que reivindicando la causa de las mujeres obtendrían beneficios, se volverían feministas de la noche a la mañana… hasta el día en que dejase de redituarles, por supuesto. (Me pregunto si el documental de Peck hace referencia a las mujeres y los demás géneros, a quienes los poderosos también han sometido, explotado y de ser necesario eliminado durante siglos, sin hacer distingos de piel.)

 

Peck dirigiendo al actor Josh Harnett, en una escena que recrea hechos reales.

 

Si se les preguntase al respecto, se definirían como pragmáticos. Lo cual significa, en criollo, que se pasan por el culo todos los sistemas. Hacen negocios con democráticos y dictadores, fingiendo siempre atenerse a las reglas du jour. Sin importar el color del régimen, violan las leyes vigentes o imponen nuevas a su medida —porque se relacionan con el Poder Judicial, otra cueva de «pragmáticos», como si se tratase de una más de sus empresas subsidiarias— con tal de acrecentar su fortuna y su poder. Y en general se mueven con discreción, porque entienden, como lo entendía Yabrán, que para seguir haciendo lo que se les canta el culo conviene no llamar demasiado la atención. No es sensato refregar los signos del privilegio en la jeta de la masa que casi nunca puede hacer lo que querría.

Esa es una de las razones que demuestra por qué Mugricio es un advenedizo —un parvenu, un hijo bobo y, en los hechos, un traidor a su clase: porque nunca terminó de entender que debía disimular ciertas conductas que podían volverse en contra de su casta. El tipo ha vivido cagándose en todo y en todos y haciendo lo que le pinta aunque quede mal o esté a contrapelo de la ley, como la mayoría de los suyos. Pero al desplazarse al mundo de la política en un país de sistema democrático, no asimiló que eso suponía camuflar sus costumbres más acendradas. Se ve que intentaron aconsejarlo mientras fue Presidente, como en el caso del fideicomiso ciego que terminó siendo tuerto. Pero ahora que no lo es más, y que ostensiblemente no escucha consejo alguno, ya no disimula sus mañas. Ni siquiera debe haber percibido que viajando a Miami metía la gamba hasta el cuadril, a pesar de ser contacto estrecho de un covidiota y de estar burlando la cuarentena. Siempre hizo lo que se le antojó aunque estuviese prohibido, porque era Mugricio y Mugricio es un Macri: ¿cómo hacerle entender que debería ser distinto ahora?

 

Una escena de «Exterminate All The Brutes».

 

El tema es que Mugricio es un signo de los tiempos. Emergente de una era en la cual algunos poderosos dejaron de valorar el precepto de la discreción que tanto les rindió históricamente; lo cual equivale a decir que ya no son tan pragmáticos como pensaban. Una prueba de que las anteojeras de clase condicionan su visión está en el hecho de que hoy prefieran perder guita con Presidentes como Mugricio a ganar más con Presidentas como Cristina. Podría pensarse que no toleran la primacía de una fuerza política popular que denuncia la existencia de empresarios como ellos, que hacen exhibición obscena de su posición por encima de la ley, y por ende blindada al poder de las instituciones — el legendario «puesto menor» con que un orgulloso Magnetto ninguneó al sillón de Rivadavia. Pero si un Presidente o Presidenta no tienen modo de hacer que un empresario se atenga a la misma ley que nos rige a todos, por ejemplo limitando su posición dominante sobre un cierto mercado, eso sería un problema del mandatario pero ante todo nuestro en tanto condiciona la democracia, limita su imperio, le baja el precio — nos convierte en un país de segunda selección.

El fenómeno de las democracias atendidas por sus propios dueños (me refiero a empresarios como Piñera, Lacalle Pou y Guillermo Lasso) excede nuestras fronteras. Esta vez la mano invisible de la Embajada apostó al combo entre megamillonarios y Poderes Judiciales dispuestos a todo servicio. Pero, al menos en el caso argentino, no les dio gran resultado. La imposibilidad de Mugricio de obtener un segundo mandato abortó el plan a poco de nacer. Y la presión sobre la Corte Suprema, que días atrás vomitó un fallo tan endeble como escandaloso —en los hechos, ubicó solita el cuello sobre el cepo de media luna de la guillotina de la ley a la que debía servir—, apesta a desesperación. Es evidente que pescan que si el Frente de Todos aumenta significativamente su representación parlamentaria a cuenta de las elecciones de medio término, algunos de los privilegios de estos übermenschen —empezando por su cobertura legal— se verían comprometidos.

 

 

 

Todas las elecciones definen el curso que toma la nave de un país, porque para eso están. Pero esta en particular depositará la posibilidad de hacer Historia grande, de fijar el curso duradero que demandan transformaciones que siguen pendientes y no se hacen de un día para otro, en las manos de giles como nosotros.

Será una de las grandes batallas de nuestro tiempo. Por eso mismo, no debería temblarnos el pulso.

 

 

 

Un millón de Eternautas

Empresarios hubo siempre, sí, pero no como algunos que hoy son notorios por padecer el Síndrome de Kurtz. En la novela breve de Conrad, Kurtz es enviado al Congo por una empresa europea. Consciente de que puede devastar el medio ambiente a gusto y explotar a los nativos por chirolas, disponiendo hasta de sus vidas, Kurtz confunde ese negoción puntual por el todo y asume que su empresa, y por extensión el hombre blanco, debería aplicar ese modelo en todo el orbe. Y eso es lo que le ocurre a estos empresarios de hoy. Dieron con un filón, que en general produjo ganancias exorbitantes por la falta de controles o la complicidad de funcionarios corruptos. Pero, no conformes con lo ganado, quieren expandir su «modelo de negocios», que tanto tiene en común con las prácticas mafiosas, a un país entero, a una región, al mundo. Ese es el mismo afán que detona la autodestrucción de Kurtz, el empleado ambicioso, visionario, de quien todo el mundo dice que llegará lejos. Tan lejos llega que se pasa de largo y pierde todo contacto con la humanidad, o por lo menos con aquello de humano que alguna vez tuvo, y por eso muere musitando —como Brando en Apocalpyse Now— «¡El horror! ¡El horror!»

 

 

 

 

Lo que en algún momento pareció pragmático es hoy insensato, peligroso hasta el delirio, porque por no poner coto a su ambición individual estos tipos arriesgan todo lo obtenido, fortunas de las que prácticamente no se permiten disfrutar. Como en la compulsión a engrosar su poder no moderan las prácticas predatorias que los caracterizan, empujan a naciones enteras al filo de la disolución —mídase esto en vidas humanas— y al mundo entero a una crisis climática de la cual parecen imaginar, en su presunción olímpica, que quedarán exentos.

Por eso no deberíamos perder tiempo desatando los nuditos gordianos que fabrican para confundirnos. Ya sé que hay hechos que generan indignación: Mugricio diciendo que este gobierno atenta contra la independencia judicial y que lo persigue tanto a él como a su familia sacaría de quicio hasta a Droopy. Es como si los españoles dijesen que los indios americanos quisieron conquistarlos e imponerles su fe: si eso no te hace hervir la sangre es porque estás muerto. Pero este tiempo impone bajar el volumen de la TV y dejar de reparar en las boludeces que dicen para alterarnos. Ese es el juego que ellos proponen, al que no estamos obligados a atenernos.

 

El escritor Joseph Conrad.

 

El verdadero nudo gordiano es el proyecto de poder de unos pocos, dispuestos a cargárselo todo —instituciones, leyes, millones de vidas, el medio ambiente habitable— con tal de imponerse y practicar su voluntad mayestática sin límites ni controles. En teoría contamos con el Estado para velar por nuestros derechos, pero los empleados de ese proyecto de poder trabajan 24/7 para recortar las atribuciones de los campeones del pueblo. Conscientes de que la marea se volverá en su contra, como ocurrió aquí a causa de las elecciones de 2019, socavan constantemente los cimientos del Estado para emputecer su funcionamiento. ¿Cómo vas a gobernar bien con un Poder Judicial que protege a los que están en falta con la ley y que empioja a cada paso las decisiones ejecutivas — hasta a aquellas inobjetables, como las que no persiguen otra cosa que proteger nuestra salud en medio de la peste?

Estas elecciones de medio término parecerán un trámite, pero son la batalla que reclama nuestra energía. Los poderosos saben que, si pierden esta contienda por buen margen, se los conminará a adecuarse a la ley; y eso los rebela, los impulsa a ser temerarios y a considerar putadas con las cuales ni habrían soñado en otros momentos. Y nosotros deberíamos entender que de estas elecciones depende la posibilidad de obtener una democracia plena, en la cual el gobierno elegido por las mayorías disponga de todas las atribuciones que la Constitución le confiere. Lo de 2019 fue un triunfazo, pero incompleto. Todavía no salimos del todo de la pesadilla macrista. El sueño lo tenemos claro, ya nos lo propuso Néstor en 2003. Necesitamos garantizar que el gobierno esté en condiciones de proponernos realidades. Y para eso no podemos quedarnos de brazos cruzados, o contentarnos con el acto de votar. El documentalista Raoul Peck me descubrió esta cita de Sven Lindqvist, que lo sintetiza casi todo: “No carecemos de conocimiento. Lo que nos falta es el coraje para comprender lo que sabemos y sacar las conclusiones necesarias».

 

 

El obstáculo que tenemos por delante son las limitaciones que impone la pandemia. ¿Un gobierno popular que no puede contar con el apoyo de su gente en las calles? Ese es un condicionamiento que juega en favor de los poderosos y ellos lo saben, porque sólo entienden de fuerza y el pueblo que se manifiesta es eso: poder crudo, inapelable. Cuando la Corte se mandó el globo de ensayo del 2×1 para acortar las condenas de los genocidas, un océano de gente expresó su repudio poniendo el cuerpo en todo el país y obligándolos a meter reversa. Cabe preguntarse si habrían firmado el fallo de la semana pasada, de saber que se pondrían de culo nuevamente a una multitud semejante. Ese es el nudo gordiano que hoy presentan: nos dicen que debemos seguir jugando la partida con un gobierno que sólo cuenta con dos de los tres poderes del Estado y con el pueblo maniatado, confinado en sus casas. Esa ironía les fascina, no pueden creer su suerte. Confían en que el gobierno de la fuerza política más popular, dedicado a velar por la salud de la gente, no convocará a salir a las calles porque no quiere más contagios. Y en efecto, el gobierno no puede convocar a algo así.

Pero ustedes, los ciudadanos que me están leyendo, no son el gobierno. Son los mandantes, en todo caso: las personas que, mediante el contrato consensual expresado por el voto, confiaron al gobierno y los legisladores su representación personal. Y que en un caso extremo, cuando los representantes no deben convocar a sus mandantes a exponerse a un riesgo como el del virus, pueden asumir su propia representación. Aclaro, para los suspicaces, que nadie me ha convencido de esto que propongo, y que del mismo modo no lo he debatido con nadie que no sean ustedes: es mi convicción, y potencialmente mi error de juicio. Y pido disculpas a todes aquelles que trabajan a diario en protección de nuestra salud, por siquiera considerar la idea de que muches nos expongamos voluntariamente a la posibilidad del contagio. Pero necesitamos torcerle el brazo a un proyecto político que, de imponerse, sería mucho más letal que esta pandemia. Y hay momentos en los que se necesita reclamar soberanía sobre la propia vida — lo cual incluye, claro, el modo de morir.

 

Manifestantes en Colombia.

 

Veo al pueblo manifestando en Colombia y me pregunto: qué, ¿en Colombia no hay coronavirus? Pues sí: lo hay, y vienen muriendo a diario cantidades parecidas a las nuestras: 687 el 3 de mayo, 463 el 4, 388 el 5. ¿Y entonces, por qué protestan en las calles? En principio por algo que de lejos suena casi banal: un proyecto de reforma fiscal, que de hecho el gobierno de Iván Duque ya retiró… ¡y la gente sigue manifestando! Se podría pensar, entonces, que la expresión masiva que desborda las calles arriesgándose no sólo al virus sino también a las desapariciones —ya van casi 400— y las balas (Lucas Villa, líder de las protestas en Pereira, recibió ocho tiros), habla del derecho que miles se están arrogando a preferir un eventual contagio al malvivir eterno que supone el gobierno de los Iván Duques de este mundo.

 

 

Acá la gente que arde en deseos de expresarse contra la derecha tiende a ser la que mejor se cuida. Es posible marchar manteniendo distancia y con las vías aéreas bien cubiertas. A veces pienso que, cuando Oesterheld nos mostró cómo se protegía Juan Salvo de la nevada mortal, estaba hablándonos a los argentinos del año 2021. ¿Por qué no soñar con calles llenas de gente embarbijada y con los ojos cubiertos por algo parecido a antiparras — millones de Eternautas contemporáneos?

Soy escritor, lo cual garantiza en la práctica que la imaginación me lleva de las narices. Pero no puedo dejar de considerar que esta situación de mierda tiene atado al pueblo argentino, y que nuestro regreso a las calles sería la espada que acabaría de una vez por todas con este nudo gordiano.

 

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