El ocaso de la era imperial corporativa

El vaticinio de una crisis financiera de grandes proporciones en el corto plazo

 

Desde los años ’70 se constata un proceso gradual de declinación como tendencia inevitable en el poderío de los EE.UU. Mucho se ha reflexionado y escrito al respecto. Ello, en el entendido de que en ese período la estructura de ese Estado-Nación fue cooptada progresivamente por las corporaciones, en gran medida de ese origen. En consecuencia, el Estado y su territorio pasaron a ser un instrumento del imperio corporativo que se identifica con el sector financiero en última instancia.

En este contexto, se han fortalecido orientaciones y políticas que llamaremos, de «establishment-Estado», en referencia al poder corporativo y su influencia sobre el Estado, mas allá de las administraciones o gobiernos particulares.

Tomemos por caso la experiencia de Obama, que surgió como una alternativa humanista y democrática (tempranamente le significó el Premio Nobel) pero que en el transcurso de su mandato fue adaptándose a las lógicas del poder real, adoptando decisiones de agresividad internacional. En la región, los golpes de Estado propiciados por esa administración en El Salvador y Paraguay y la declaración que asume a Venezuela como un riesgo para la seguridad nacional de los EE.UU., son ejemplos de ello. Así como la intervención militar en Libia, entre otros casos, muestra los fuertes intereses del «establishment-Estado» por encima de los gobiernos de turno.

 

 

La contribución de Trump al «establishment-Estado»

Su administración ha deteriorado gravemente el sistema de derecho internacional que emergió de la Segunda Guerra Mundial:

  • el sistema de organizaciones internacionales formales,
  • los acuerdos globales,
  • la alianza transatlántica (ver resultados de la 59a Conferencia de Seguridad de Múnich),
  • la OTAN (que le permite a Erdogan su pragmática utilización en la provincia siria de Idlib),
  • el fortalecimiento de la alianza con Israel (acuerdo entre ambos, sobre la coexistencia de los Estados palestino e israelí, sin participación de Palestina),
  • la reformulación de los acuerdos de libre comercio de América del Norte y Asia-Pacífico,
  • la provocación como política externa (asesinato del General Suleimani),
  • el pseudo derecho a la injerencia e intervención en la región (con adecuación de medios a las orientaciones culturales e institucionales de cada sociedad latinoamericana, v. g. el golpe institucional en Brasil, y el golpe de Estado mas clásico en Bolivia),
  • el llamado Eje del Mal (Irán, Venezuela, Nicaragua y Cuba),
  • las guerras comerciales y bloqueos unilaterales.

Todos ellos son algunos aspectos ejemplificativos de la desestructuración del sistema internacional de posguerra y la instalación de un peligroso caos sistémico carente de reglas, normas, códigos, acuerdos, derechos, que evidencia el paso de la declinación a la debacle propiciada por el establishment corporativo y la administración Trump. Esas carencias parecieran tener fundamento en el funcionamiento del ámbito financiero global, que actúa sin reglas, con total libertad e impunidad, respecto de la sociedad universal.

Complementariamente en el ámbito interno, si bien se ha registrado una mejoría de los índices de empleo (sólo el 3% de desempleo), no obstante, el 44% de los trabajos son mal remunerados y sólo el 10% obtienen buenos salarios. Es un cuadro que profundiza el riesgo de supervivencia de la clase media. Durante el largo período de cincuenta años, como producto de la concentración y centralización económica y el resultante aumento de la pobreza, se ha constatado la ruptura del contrato social de posguerra, que ha significado un creciente deterioro cultural social, profundizado por el gobierno de Trump que obtuvo una replica social en consonancia, por vía de la violencia xenófoba.

En el sector dirigencial también se constata crisis en los partidos políticos tradicionales y en las élites político-partidarias. Ello explica la carencia de liderazgos nuevos en ambos partidos. Bernie Sanders y Elisabeth Warren constituyen un liderazgo alternativo en el Partido Demócrata, pero disfuncionales con el estadío de la cultura social media y más aun con los intereses del «establishment-Estado». En este marco, la probable reelección de Trump significaría el fortalecimiento del caos a nivel global, como expresión de la debacle del imperio corporativo.

En paralelo, se constata un capitalismo financiero que hegemoniza las relaciones económicas occidentales. La toxicidad de valores y títulos por recompras de acciones y bonos con lógica especulativa. La debilidad del sistema bancario estadounidense (4 grandes bancos, City, Goldman Sachs, Morgan y Bank of America) que en situaciones de crisis por iliquidez cuentan con las emisiones de salvataje de la Reserva Federal. La economía productiva que está trasvasada por la especulación en la valorización de los recursos naturales y materias primas, y en igual sentido, empresas industriales que se reciclan abriendo departamentos financieros. El valor de los activos que deberían establecerse según las tendencias del mercado ahora se establecen siguiendo modelos, en condiciones teóricas específicas, la llamada ingeniería financiera. La baja de los intereses (0%, o hasta llegar al -27% como se ha visto en el mercado europeo) y la emisión de moneda sin respaldo pueden poner en duda el futuro en el corto y mediano plazo del dólar como divisa internacional. Todo ello, en un contexto macroeconómico con altísimos niveles de deuda externa y  de déficit fiscal.

En este contexto, cada vez son más las voces de analistas críticos y heterodoxos  que vaticinan una crisis financiera de grandes proporciones en el corto plazo (en el transcurso de los próximos 2 a 3 años).

La hegemonía del sector financiero en el contexto global implica para esos intereses libre albedrío. Una realidad internacional que debilita normas y parámetros de comportamiento para los restantes actores.

El proceso de endeudamiento de los últimos cuatro años en la Argentina estuvo enmarcado en esa lógica caótica que caracteriza la debacle del sistema imperial corporativo. La deuda está inserta en ese escenario y es fiel expresión de la inexistencia de reglas de juego validas para todos los actores. Fue una clara expresión del todo vale, destinada a obstaculizar el desarrollo y crecimiento sustentable de la sociedad argentina en su futuro.

En el corto período de cuatro años se concretaron altísimos niveles de endeudamiento, primero con fondos privados y luego con el FMI. Además las responsabilidades contraídas por el gobierno neoliberal fueron sin mediar acuerdo legislativo alguno, como prescribe el marco constitucional. Tampoco se respetó la propia reglamentación de la institución que le prohíbe ofrecer recursos financieros a países que los destinen a la fuga de capitales como ha sido el caso. La deuda en las condiciones contraídas no puede ser pagada y en ello el FMI es corresponsable.

En este contexto, la delegación del FMI al término de su visita el día 19 de febrero emitió un comunicado con tres aspectos destacables. El FMI coincide con el diagnóstico y la orientación general de la política económico-social del actual gobierno argentino, contradiciendo sus políticas tradicionales. Evalúa que la deuda argentina «no es sostenible». Y sugiere una «contribución apreciable de los acreedores privados para ayudar a restaurar la sostenibilidad de la deuda».

La actitud hasta ahora comprensiva y flexible del FMI con Argentina tiene como telón de fondo la fragilidad del sistema financiero global y la propia corresponsabilidad respecto de los acuerdos avanzados con el anterior gobierno, que ponen en cuestión su prestigio institucional.

Sin embargo, quedan pendientes de información la actitud de los fondos de inversión frente a la propuesta del gobierno argentino. Se advierte que dichos fondos se acercan más a la lógica de la ausencia de reglas del ámbito financiero global. Guiados por la maximización de sus rentabilidades, pueden ofrecer condiciones inaceptables para el gobierno argentino, provocando así una situación de default respecto de esa deuda. Creemos, no obstante, que la conciencia de la debilidad del sistema financiero global puede llevarles a definir una actitud proactiva para la solución de esa importante porción de deuda.

 

 

 

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