El orden del marote

Nos quedamos en casa, pero no perdemos el tiempo.

 

¿Cómo ponerle un nombre a esto? Confinamiento, reclusión, aislamiento. No sé, suenan dramáticos. ¿Y encierro? Más todavía. Me lo hace notar, irónicamente, un amigo que fue preso político durante la dictadura: «Mirá que estuve mucho en prisión, debería estar acostumbrado, pero esto es muy distinto». Tampoco el término justo es enclaustrado. Ni internados, eso ni Dios lo quiera. Este permanecer puertas adentro tiene algo de jugar a las escondidas. La pasamos ocultos de un enemigo que acecha, implacable y en plan para nada jodón. Diría entonces que estamos preventiva y obligatoriamente guardados, por un tiempo no determinado, pero previamente consentido por cada uno.

Nos quedamos en casa porque creemos en lo que afirma la Organización Mundial de la Salud, el equipo de salud pública de este gobierno y los científicos del Malbrán antes que los que desde las redes sociales elaboran los tutoriales del cuanto peor, mejor. Cumplimos con las solicitudes del Presidente de la Nación porque entendimos que cuarentena no es penitencia. Nos cuidamos personalmente como la mejor manera de cuidar a todos y porque es cierto que nadie se salva solo. Salimos sin movernos de acá solo para acompañar con la cabeza y el corazón a los que la pasan mucho peor, a los millones de compatriotas que sin enfermar de coronavirus les tocó una vida sin coronita alguna.

Escribo esto el día 20 de la era de la retracción. Llevo bien el retiro, pero —¿por qué no?– me permito imaginar como me sentiré cuando, no tan lejano, el término cuarentena se vuelva realidad desde el calendario, y desde ahí marchemos hacia la cincuentena. El parate necesario y solidario llegó con cándidas sorpresas vitales como la necesidad de cumplir con operaciones domésticas que nunca practico, como pasar el escobillón (¿por qué se juntará tanta tierrita, eh?), cambiar las sábanas o hervir verduras. Las cosas que las mujeres de mi cercanía hacen con tanta gracia, sabiduría y rapidez a mí me llevan dos horas más con el agravante de que, en el interín, ensucio pilas de platos y cubiertos, seguramente de más.

Sigo pensando en cómo llamar a esto que nos atraviesa. Difícil, por la falta de antecedentes. ¿Recogimiento forzoso? ¿Repliegue inevitable? ¿Apartamiento autoimpuesto? ¿Distanciamiento social? A veces las palabras nos dejan muy solos, en especial a tantos de nosotros que estamos convencidos de que la patria es el otro. Por suerte, en este inesperado asueto cada uno contó con importantes y providenciales respiradores. Empezando por la familia cercana, los amores permanentes, el espinel indispensable de amigas y amigos, las voces de la radio, la escritura, los cumpleaños de marzo y de estos días de abril festejados por video llamadas, por teléfono o por mail y ángeles proveedores como Stefi, Diego, Patricia y Alejandro: imposible sentirse solo con ellos. Y ni hablar de los que desde las diversas plataformas tecnológicas son protagonistas diarios de una formidable terapia de creatividad, humor, música, reflexión, ideas, consejos, todo lo que desde uno nos pone a marchar colectivamente. Al afecto virtual se lo puede medir en esa clase de besos y abrazos que hoy no podemos darnos pero que ya nos volveremos a dar, con creces.

Ese modo de revolver los cajones internos y buscar en ellos (algo nuevo, algo viejo, algo usado) para ver qué se puede compartir habla de que hay una parte de nosotros (la que no provoca, la que comprende la gravedad del momento, la que no se le ocurre despedir a nadie) con una sólida convicción social. «Te doy una película, sentate a ver mi obra de teatro, te recuerdo esta frase que a mi me hizo mucho bien, te comparto este pensamiento parecido a la flor que más te gusta, te hago reír con un meme para que no te olvides de la risa, te canto Solo le pido a Dios, Como la cigarra, Resistiré o el Himno Nacional. Frente a lo desconocido y lo temible es muy valioso y terapéutico este volcán de creatividad que entró en erupción. Quiere decir que muchos, al mismo tiempo, están diciendo Nos quedamos en casa, pero no perdemos el tiempo. Eso resulta tan importante como mostrarse responsables y unidos.

 

 

Artistas conocidos cantan «Solo le pido a Dios», de León Gieco.

 

 

Cada día me llegan mensajes de gente que retornó a prácticas que había dejado: pintar y dibujar, ordenar, soltar y proyectar, estar muy cerca de las tareas escolares de los chicos, leer por Skype un cuento a los nietos, mandar bases musicales, con temas de esos que conocen todos, para que otros canten en casa o bajo la ducha, intercambiar poesías de Benedetti o mover el esqueleto bailando con la escoba cumbias de la Delio Valdéz. ¿Qué creías, Covid-19, que nos íbamos a quedar mudos, sordos y ciegos? De ninguna manera, claman a coro los inquietos con inquietudes. Es posible que sin haberlo planeado de antemano estemos juntando respuestas para cuando (vaya uno a saber cuándo) alguien nos pregunte: ¿Qué hiciste vos, argentino/a, argentinito, durante la cuarentena?

Comunicarnos, con los otros y en especial con uno mismo, es fundamental para no sentir que estamos solos, y para entender que esta es una agenda tristísima pero compartida no solo por los argentinos sino por todo el mundo. Buscarle equilibrio a la desproporción, salvaguardar sentimientos importantes son partes de una metodología necesaria, imprescindible para resguardar el orden del marote. Quedan por delante muchos días por atravesar, cursos imposibles por empezar y nuevos intentos que nos alejen la mueca de terror y nos hagan sonreír.

Y cuando cualquiera de nosotros —o yo mismo— sienta razonables contradicciones por lo tan nuevo de la situación, suplico buscar y leer en Internet los informes de Nacho Levy, referente del colectivo La Poderosa acerca de cómo la está pasando el pueblo villero. Si todo es excepcional, imaginen lo que pasa en los barrios populares donde el oportunísimo consejo de lavarse las manos tropieza con el inconveniente a veces insalvable de la falta de agua.

 

 

 

 

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