El otro límite

Cuando la ciudadanía no respeta el límite de la ley, el límite que sigue es uno del que ya no se vuelve

 

Lo vi por televisión, encerrada como estoy. Y como con cada cosa que veo por televisión, me pregunto si es cierto o un mero montaje, construido para que yo —y todos— tengamos la certeza de que vimos lo que vimos y no nos preguntemos si realmente sucedió. Esa certeza que dan los ojos y que mi abuela resumía, sin saber nada de medios de comunicación, como “esto que te cuento es cierto, lo vi en televisión”. Lo que mi abuela no sabia y yo tampoco entonces era que la televisión es el ojo de otro que nos muestra. Que la televisión no es una mirada simple y directa, sino una construcción de sentido hecha por otro que no se muestra, pero que está ahí, mirando por nosotros y que nos convence que eso que vemos es lo que vemos nosotros y no lo que ve él. Eso que vemos es lo que vemos y no lo que construye él. Que puede ver el montaje, la escenografía de madera pintada, los huecos reales, la verdad. Sí, puede verla y también puede decidir no mostrar ni el montaje, ni la escenografía de madera pintada, ni los huecos reales ni mucho menos la verdad.

Porque cuando vemos por los ojos de otros solo vemos lo que ese otro quiere mostrarnos. Porque ese otro ve para mostrar. Ese otro ve para hacernos creer que vemos nosotros. Pero la verdad es que son los ojos de otro, impostando los nuestros.

Como sea, yo lo vi por televisión. Vi cuando aún no se había flexibilizado la cuarentena cómo las personas salían a correr por los parques de la ciudad. Vi cómo las calles que se suponían vedadas para una enorme mayoría estaban llenas de gente, como si fuera un día sin cuarentena. Los vi caminado en un mundo invadido por algo que no vemos porque es invisible y que se llama Covid-19.

Pensaba lo mismo cuando veía en TV gente corriendo, cuando salir a correr estaba prohibido. Y así cientos de casos. Pensé lo mismo cuando vi un video que me hizo llorar de emoción, de un abuelo conociendo a su nietito. Abrazando al bebe sin cumplir el distanciamiento social. Y cuando la ignota vedette publicó un video de ella metiéndose en el baúl de un remise para ir a ver a su novio. Y cuando vi que clausuraban una clínica de servicios estéticos, que funcionaba pese a que los servicios estéticos no están habilitados para funcionar. Eso sin contar que en dicha clínica publicitaban un preparado dietético que aseguraban protegía contra el Covid-19.

Y cuando vi a un renombrado diputado de la oposición sacarse una foto con barbijo en su ciudad natal, arriba de un auto, comenzando una pretenciosa “travesía por la democracia”. Episodio que terminó con ese diputado yéndose a un canal de televisión antes de que terminara la reunión en el Congreso a la que había viajado. Curioso concepto de democracia. Curioso concepto de solidaridad.

En cada oportunidad que vi o escuché esas cosas me resonaba en la cabeza lo que explica tan bien el doctor Pedro Cahn, respecto a que el virus no actúa como los depredadores que conocemos, no nos busca para contagiarnos, somos nosotros los que vamos a buscar al virus. Y el virus esta ahí, al acecho. Para contagiarnos a nosotros si puede o para usarnos de transporte benévolo para llegar a otros. Otros que no conocemos. Otros a los que no nos une casi ningún vínculo, salvo pertenecer a la misma especie y vivir en la misma sociedad.

Y es básicamente esa solidaridad por los de la misma especie la que debería llevarnos a ser más cuidadosos. Para esperar que los demás lo sean también, en reciproca solidaridad.

Pero ni somos tan solidarios ni lo son los demás. Y eso se ve con toda claridad en la Capital Federal.

El día que se decidió la flexibilización de la cuarentena era viernes 8 de mayo. Ese día el informe vespertino del Ministerio de Salud informaba 240 nuevos casos. En Capital Federal había 130 casos nuevos y en la provincia de Buenos Aires, 77. El viernes 15 de mayo, el Ministerio de Salud informó 345 nuevos casos de Covid-19. De los cuales 214 casos corresponden a la Ciudad de Buenos Aires. Y 86 casos a la provincia.

Estos números son un reflejo de lo que fue la conducta de los porteños y de los bonaerenses hace 10 días, es decir una semana antes de que se flexibilizara la cuarentena.

Y creo que son lo bastante elocuentes respecto a qué pasa cuando salís a correr o a caminar o cuando mantenés abierta una clínica de servicios estéticos. Pasa lo que estamos viendo. Crecen los casos.

Lo que voy a decir nace de mi paranoia. Hoy veré pasear a casi 700.000 personas, los niños con un padre podrán salir 500 metros por una hora. Como si alguien fuese a controlar que esas reglas se cumplan. Apenas 500 metros y apenas una hora. Mi paranoia desatada señala que con el creciente numero de casos en Capital eso se parece mucho a la aplicación de la “teoría de la inmunidad de rebaño”. Porque sabemos que los niños no son las personas más susceptibles a desarrollar las formas letales de la enfermedad. Y tampoco los adultos jóvenes, como serán mayoritariamente los padres de esos niños. Igual reitero que esto es paranoia pura.

Pero pareciera que la foto de la falta de cumplimiento de las reglas básicas de la etapa anterior no parece haberle enseñado nada a las autoridades de la Ciudad, que además de autónoma se presenta como bastante irresponsable. Resulta cuanto menos inexplicable que se flexibilicen las reglas de conducta en una sociedad que ha dado cuenta de su imposibilidad de cumplir las reglas. Los números no mienten.

Lo cual me lleva a preguntarme acerca de los límites de la libertad. En lo personal soy de la teoría de que más de 20 cuadras requieren tomarse un colectivo o un taxi, sobre todo si estás de tacos, como es mi caso habitualmente. Básicamente estoy bastante lejos de ser una fanática de salir a correr. Odio con fuerza los lugares atiborrados de gente e incluso debo vencer un par de fobias para sumergirme en las multitudes que amo decididamente, tales como los actos y los recitales. La gente suele encontrarme siempre a un costado de los eventos masivos, lo más lejos posible de las multitudes. He llegado a llorar de terror inexplicable antes de ir a un acto y sólo la determinación de ir me lleva a vencer ese terror. No hago colas por definición, salvo en Sarkis. Pago todo electrónicamente. Y compro todo lo que puedo online. Desde mucho antes de Covid-19.

La cuarentena me ha prohibido algunas de las cosas que sí hago y disfruto, tales como ir a un café con mi libro electrónico, ver a mis amigos –mato por un asado en lo de Rúa— o ir un finde a la quinta de Gustavo en Del Viso. Extraño hacer tribunales, porque me han sacado de mi mundo y extraño ir a la oficina, charlar con los demás y luego cortar y volver a mi casa. El problema del teletrabajo es que no tiene horario y los demás tienden a pensar que, como estás en tu casa, siempre estás disponible. Odio desde siempre los teléfonos y esta cuarentena solo ha empeorado mi antipatía.

Tal vez sea el modo en como vivo desde antes que ha hecho que lleve relativamente bien el encierro de la cuarentena. Eso y el miedo a contagiarme y morirme. Que sin lugar ha sido un incentivo importante para cumplir con las reglas.

Como sea, he salido solo dos veces a mas de 200 metros de casa, para ir a una farmacia. Y mi mayor aventura ha sido ir al quiosco de la esquina. A unos 50 metros de casa.

Por eso mismo y desde estos zapatos –ahora zapatillas— es que miro estupefacta cómo sistemáticamente acá, en la ciudad donde vivo, la gran mayoría vulnera las reglas. Como si cada incumplimiento no fuese un juego de ruleta rusa donde en lugar de balas lo que hay es un virus, esperando reproducirse en base a nuestras células y de allí colonizar a otros.

Imagino que para un hombre primitivo lo que digo sería ridículo, si cada vez que salía a buscar proteínas animales corría el riesgo que el portador de esas proteínas se lo comiera. O de pisar una serpiente venenosa o un alacrán o de sufrir un accidente sin número de teléfono celular al cual llamar para que viniesen a socorrerlo.

Tal vez en comparación mi amigo primitivo tenía mucha más libertad que la que tengo yo. Y la que tenemos todos. También una expectativa de vida más corta, digámoslo todo.

¿Acaso hemos canjeado libertad por seguridad?  En parte sí, aun cuando nos hemos reservado una cuota importante de libertad. Esto parece bastante claro y con mucha belleza escrito en el articulo 19 de la Constitución Nacional en cuanto establece el principio rector de la libertad de las sociedades modernas: “Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe.” La ley es el límite de la libertad.

El mismo artículo 19 reserva además un plano para la intimidad, en cuanto excluye del juicio de otros hombres los actos privados que no ofendan el orden ni la moral publica ni dañen a un tercero.

Basta prender la televisión para ver que el concepto de moral publica se ha relajado bastante. Aun cuando reseño que el pudor con ciertas partes del cuerpo pervive, no así el pudor sobre ciertas ideas. A veces me ofenden cosas que escucho y que a los efectos prácticos me resultan más obscenas que una exhibición de órganos genitales.

Pero quiero volver a los limites de la libertad. Sentado que dichos límites son las leyes, vuelvo a preguntarme por qué hay sociedades que demuestran un desprecio infinito por ellas. Por las reglas y normas que regulan nuestra conducta en una sociedad.

Va de suyo que los limites a la libertad —esto es, las leyes— deben ser razonables. Parece razonable que estando en circulación una enfermedad potencialmente mortal, nos resguardemos colectivamente de ella.

No es que nos guste, no es que no sea horrible estar encerrados en nuestras casas. Y no es que para millones de personas este límite para la libertad colisione con su legítimo derecho a salir a cazar proteínas en la forma moderna, que es comprarlas. Y para comprarlas hace falta tener los recursos. Y para tener los recursos tenés que salir a obtenerlos, así como el hombre primitivo tenía que salir a buscar la rama perfecta que pudiese convertir en lanza. Lanza con la que llegaría, con suerte y viento a favor, a conseguir las proteínas.

La única forma de hacer razonable un límite a la forma moderna de salir a cazar, es asegurar a la población que recibirá su cuota de proteínas aun cuando se quede en su casa. Digo esto y señalo entonces que puedo entender a quien salió de su casa –rompió las reglas– para buscar sus proteínas. Las que necesita para vivir. La conducta no deja de ser culpable, pero es fácil encontrar su causa de justificación.

¿Pero qué pasa cuando las reglas se rompieron porque sí? ¿Qué pasa con los que salieron a correr o los que mantuvieron abierta una clínica de cuidado estético? La conducta es culpable, y no existe ninguna causa de justificación. Porque además de violar las reglas, sus consecuencias previsibles es que son conductas que potencialmente pueden dañar a otro. Entonces esas conductas no están exentas de la autoridad de los magistrados.

Con toda la honestidad de la que soy capaz, voy a señalar que no escribo con optimismo esta nota. Porque parece que  nos estamos olvidando de los límites de la libertad. Que son las leyes. Y legitimamos su incumplimiento.

Mientras haya camas disponibles en terapia intensiva tal vez esos incumplimientos puedan ser morigerados por la ciencia médica. Pero amén de confiar en la ciencia, las estadísticas y en la buena suerte, voy a reiterar que, en los últimos 8 días, los casos en Capital Federal casi se duplicaron. Señal de que las reglas se incumplieron hace 10 días. ¿Qué pasará ahora, que estamos flexibilizados? No lo sé.

Lo que sí sé, lo que escribo con espanto, es lo que no mencioné hasta ahora pero voy a enunciar con toda claridad: el otro límite a la libertad, el límite final y sin apelaciones, es la muerte. Sería bueno que lo recordemos antes de incumplir las reglas la próxima vez.

 

 

 

 

 

18 Comentarios
  1. HERNÁN DE ROSARIO dice

    En su artículo la doctora Peñafort analiza un tema que no deja de sorprender: la decisión de un buen número de ciudadanos de hacer pito catalán a la cuarentena impuesta por el gobierno nacional. Cuando el presidente de la nación anunció el 19 de marzo (pareciera que fue hace mucho tiempo) el comienzo de la cuarentena, no lo hizo por un avieso intento de conculcación de las libertades y garantías individuales, sino por la imperiosa necesidad de salvaguardar la salud de todos nosotros. En ese momento sabíamos perfectamente lo que estaba aconteciendo en España e Italia, dos países muy caros a nuestros sentimientos. El Covid-19 los estaba devastando a raíz de la impericia demostrada por ambos gobiernos. Lo que hizo el presidente, aconsejado por un grupo de expertos, fue aprender de la experiencia española e italiana y actuar en consecuencia. Cabe reconocer que lo que hizo no fue para nada original. Simplemente puso en práctica una estrategia archi conocida por la humanidad: el aislamiento obligatorio. Nadie duda que se trata de algo que cercena en parte nuestras libertades y derechos, pero era la única manera de evitar que nuestro sistema de salud, muy endeble en comparación con los sistemas de salud de los países mencionados, colapsara. La otra estrategia, basada en la responsabilidad ciudadana y aplicada por un país muy superior a Argentina, hubiera ocasionado un desastre. ¿Por qué? El artículo de Graciana responde este interrogante. Nuestro egoísmo, nuestro afán por manejarnos al margen de la ley, hubieran ocasionado miles de muertos. En consecuencia, Alberto Fernández, consciente de la idiosincracia argentina, hizo lo que tenía que hacer.

    A continuación paso a transcribir el siguiente artículo escrito por Francisco Toledo, que se complementa a la perfección con el escrito de la doctora Peñafort.

    El Periódico Mediterráneo
    Responsabilidad frente a la pandemia del miedo

    Francisco Toledo
    15/03/2020

    A finales de 2019, en un mercado de animales de la ciudad de Wuhan, un nuevo coronavirus (que se ha denominado SARS-CoV2, por el parecido genético al virus SARS de 2002) saltó de algún animal a un ser humano provocando la enfermedad covid-19. En unas semanas su extensión por el mundo y sus efectos están acaparando la atención mediática, obligado a los gobiernos a tomar medidas excepcionales contra la expansión del virus, produciendo la bajada desmesurada de las bolsas y la caída del precio del petróleo, y provocando un miedo cerval que lleva a mucha gente a actuar de forma tan desmesurada como irresponsable por contraproducente: compran artículos de primera necesidad en demasía para almacenarlos o compran mascarillas que no hacen falta hasta agotar existencias, sin darse cuenta de que pueden ser necesarias en los diferentes hospitales.
    La infección se ha clasificado como pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero eso no es sinónimo de elevada mortalidad ya que el término solo se refiere a su transmisibilidad y extensión geográfica. En este sentido podríamos decir que también hay una pandemia del miedo al covid-19 como no ha habido en la historia. Quizá sea porque por primera vez estamos siguiendo la evolución de una epidemia en tiempo real: todos los medios de comunicación, a todas horas, en todo el mundo, hablan del coronavirus; las redes sociales no paran de emitir noticias sobre la infección, muchas de las cuales son fake news, que contribuyen a aumentar el miedo. El miedo es parte del instinto de supervivencia de todos los animales, no solo de la raza humana, y sirve para alertarnos de los peligros que nos rodean y prepararnos para que podamos reaccionar ante ellos. Pero la mayor parte de los miedos que tenemos en nuestra sociedad hoy en día son miedos neuróticos, basados en construcciones mentales y no en amenazas reales. Son miedos por lo que nos imaginamos que podría suceder, y no por lo que sucede. No me cabe duda de que, a fecha de hoy, el miedo al coronavirus es de ese tipo.
    Los hechos demuestran que el covid-19 es leve para el 81% de los pacientes, un 14% presenta síntomas más graves, entorno al 5% entra en estado crítico y en el 2% causa la muerte (la inmensa mayor parte en personas mayores de 65 años que ya tenían alguna otra enfermedad, por lo que ése es el colectivo crítico). Afortunadamente nada que ver con lo letal que fue su pariente el SARS, con tasa de mortalidad del 10% o el ébola que alcanza el 50% de mortalidad. Como explicó muy bien Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, el mayor peligro del covid-19 está en que los casos que requieren hospitalización desborden la capacidad sanitaria porque si eso sucediera la tasa de mortalidad crecería. La única forma de evitar ese desbordamiento y además disminuir el número de muertes, es tomar medidas para minimizar el contagio del coronavirus y eso solo se puede conseguir evitando el contacto y cercanía con otras personas.
    En ese sentido nuestros gobernantes están a la altura de las circunstancias. Ximo Puig y Amparo Marco dieron una lección de responsabilidad al anular Fallas y fiestas de la Magdalena. Una decisión dura y difícil de tomar pero que la ciudadanía ha entendido y diría más, ha agradecido. Pedro Sánchez tomó decisiones restrictivas en el consejo de ministros del jueves y el sábado ha declarado el estado de alarma con severas restricciones a la movilidad. Las prioridades son la salud de las personas, la continuidad de las empresas, superando las paradas por las medidas, y la disminución del impacto económico. Gobiernos de otras comunidades autónomas, en la que gobiernan distintos partidos políticos, también han tomado decisiones difíciles, pero necesarias por la situación que se atraviesa.
    Pero las medidas de los gobiernos necesitan de responsabilidad social de todos. Debemos seguir rigurosamente las recomendaciones de los expertos que son simples: lavarse bien las manos varias veces al día y no tocarse la cara, evitar el contacto físico con otras personas y evitar lugares con concurrencia de gente.
    Es reprochable el que se aproveche la suspensión de clases para irse de juerga o que haya quien se traslade de ciudades a segundas residencias para vivir unas vacaciones como si no pasara nada. Afortunadamente no lo podrán hacer por las medidas restrictivas. Tenemos que comportarnos con una elevada responsabilidad frente a la pandemia del miedo al coronavirus y afear la conducta de quienes no lo hagan.
    Tampoco es razonable la compra masiva de alimentos que solo consigue incrementar el miedo en muchas personas, coincidir en establecimientos saturados de gente y exigir a los trabajadores un esfuerzo enorme. No hay ningún motivo para dudar de la continuidad en los suministros. Hace falta calma y serenidad.
    Como dijo Pedro Sánchez, el viernes, «nos esperan semanas duras y todas, todos, tenemos un deber personal: seguir a rajatabla las indicaciones de los expertos y colaborar unidos para vencer al virus. La victoria depende de cada ciudadano en su hogar, en su familia, en su trabajo, en su vecindario. El heroísmo consiste también en lavarse las manos, en quedarse en casa y en protegerse uno mismo para proteger al conjunto de la ciudadanía».
    Conseguiremos vencer al virus antes y con menores daños humanos, económicos y sociales si lo hacemos unidos y cumpliendo cada cual con nuestro deber. Este virus lo pararemos unidos, como lo han conseguido en China, y cuanto más responsables seamos, antes lo pararemos.
    También tenemos buenas noticias: es cierto que la enfermedad evoluciona rápidamente, pero también lo hace el conocimiento que tenemos sobre este nuevo coronavirus. A principio de año no se sabía nada sobre él y unas semanas después la comunidad científica ha logrado aislarlo, secuenciarlo, identificarlo, desarrollar pruebas para diagnosticarlo e incluso han aparecido las primeras investigaciones para encontrar vacunas. Una vez más se constata la importancia de tener grupos de investigación preparados. Además, en España tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo en calidad y cobertura, quizá el mejor, con profesionales de primer nivel que no escatiman esfuerzos en estos momentos, como hacen también los efectivos de protección civil. Tenemos que agradecer su trabajo y a partir de ahora estimar y cuidar más el sistema sanitario.
    Elige salvar vidas, elige ser responsable.
    *Presidente de Puertos del Estado

  2. Raúl Moroni dice

    Más allá de compartir el criterio de Graciana y destacar lo brillante de la nota me preocupa que el Gobierno de la Ciudad siga anteponiendo sus criterios fundados en una idología de mercado, que desprecia la vida humana en pos de llevar adelante políticas públicas en salud y educación y difusión de la cultura que dañan profundamente a una sociedad «estúpidamente» dócil que lo apoya.

  3. Joe Zappa dice

    `vuelvo a preguntarme por qué hay sociedades que demuestran un desprecio infinito por ellas.` Tmbn me lo pregunto e intento esta respuesta: son mayoría los q piensan ‘a mí no me va a pasar’. Es la misma idea q los lleva a no usar el cinturón de seguridad o a cruzar en rojo o a mitad de cuadra. O a evadir impuestos o fugar dinero. Son muchos q están convencidos q merecen algo, q lo tienen bien ganado. El otro? Que se las arregle. Muchos sienten, creen, q a ellos no les corresponde cumplir la ley xq esa ley, con ellos, es injusta, no corresponde, fue dictada x legisladores a los q no reconoce legitimidad y tantos otros argumentos falaces reforzados y repetidos x los medios con el fin de erosionar el poder del estado, que es el único garante de la ley. Si no hay ley, impera el mas poderoso. Y ya sabemos quienes son.

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