El otro matadero

A medio siglo de la subversión de "Matadero Cinco" de Kurt Vonnegut

 

Hace exactamente 50 años, el 31 de marzo de 1969 —que cayó lunes— salió a la venta en Estados Unidos una novelita llamada Slaugtherhouse-Five, esa que tiempo más tarde conoceríamos por aquí como Matadero Cinco. Su autor era un tal Kurt Vonnegut, que ya había publicado otras cinco novelas que obtuvieron apenas un discreto éxito editorial y crítico, por ponerlo piadosamente. En el contexto de aquella era —el sueño ya había acabado, en términos lennonianos, pero ninguno de nosotros lo había advertido aún—, Vonnegut era un geronte a sus 47 años. Si lo que buscaba con su novela era empatizar con las generaciones jóvenes, lo lógico hubiese sido que hablase de Vietnam. En cambio dedicó el centro emocional del libro a otra contienda, que en aquel entonces no podía sonar más trillada: la —hasta entonces— incuestionada Segunda Guerra, de la que había participado como soldado. Al igual que su protagonista, Billy Pilgrim, Vonnegut cayó prisionero de los alemanes después de la batalla de Bulge (ese fue su nombre real aunque hoy suene a chiste de impronta vonnegutiana: si traducimos la palabra bulge, deberíamos llamarla la Batalla del Bulto) y sobrevivió al bombardeo aliado sobre la ciudad de Dresde escondido en el matadero al que el título alude.

Quizás habría que atribuirle a aquel raid aéreo, perpetrado entre el 13 y el 15 de febrero de 1945, el dudoso mérito de haber inspirado las estrategias de lo que hoy llamamos metaficción: Vonnegut tardó casi veinticinco años en morder el anzuelo pero finalmente lo hizo, rescatando la trágica ironía que derivaba de haber salvado su vida en el interior de un matadero («estaba fresco ahí adentro, con todos los cadáveres que colgaban alrededor») cuando el bombardeo aliado había convertido la ciudad entera en precisamente eso: un infierno literal, el teatro de una masacre, de un genocidio. (Las cifras oficiales hablan de 25.000 muertxs, civiles en su inmensa mayoría. Pero con el tiempo Vonnegut se convenció de que no habían muerto allí menos de 135.000.) En una entrevista que concedió a The Paris Review en 1977, contó que «cuando salimos (del matadero), la ciudad ya no estaba. Habían quemado todo el puto pueblo». Los soldados alemanes de los que seguía siendo prisionero lo pusieron a trabajar, desenterrando restos humanos de entre los escombros; una tarea que, al mejor estilo vonnegutiano, el escritor definió en The Paris Review como «una variante elaboradísima de la búsqueda de huevos de chocolate durante la Pascua».

 

 

La voluntad de regresar a ese momento que seguía siendo una suerte de Aleph temporal en su vida —un punto del espaciotiempo que lo contenía todo, desde el comienzo al fin— queda de manifiesto en las primeras líneas de la novela: «Todo esto ocurrió, más o menos. Las partes sobre la guerra, de todas formas, son bastante ciertas». El capítulo inicial es en esencia un manifiesto sobre las intenciones del autor, la explicación de Vonnegut —en primera persona— de por qué se había pasado más de veinte años lidiando con esos recuerdos, sin terminar de metabolizarlos. «Cuando volví a casa de la Segunda Guerra hace veintitrés años —sigue diciendo—, pensé que iba a resultar fácil escribir sobre la destrucción de Dresde, dado que todo lo que tenía que hacer era reportar lo que había visto. Y pensé, también, que sería una obra maestra o que por lo menos me llenaría de plata, en virtud de que el tema era tan importante». Pero el libro no aparecía. Ya había escrito 500 páginas, pero carentes de forma. Los recuerdos eran fragmentarios, insuficientes. Estaba la consciencia de haber sido testigo de una masacre histórica («No muchos americanos saben cuánto peor fue que Hiroshima, por ejemplo»), pero también la sensación invalidante de que «no hay nada inteligente que decir sobre una masacre».

Hasta que en el ’67 recibió una beca Guggenheim y decidió usar esa guita para viajar otra vez a Dresde. Aquella ciudad, que a su llegada durante la guerra lo había impresionado por la belleza sofisticada y el valor histórico que tanto contrastaba con las ciudades de Estados Unidos que conocía, todavía conservaba infinidad de edificios derruidos, una suerte de Roma contemporánea — el parque temático sobre la caída de otro imperio. («Debe haber toneladas de papilla de hueso humano en la tierra», dice la novela en el segundo párrafo.) Todo indica que ese regreso al lugar del crimen movilizó algo profundo, que desencajó a Vonnegut de la impotencia que esa experiencia venía generándole como escritor o, mejor, como ser humano.

Y así nació una obra maestra muy distinta. Ya no el mamotreto de 500 páginas que reflejaba de modo realista uno de los episodios más vergonzantes de la Segunda Guerra sino algo «corto, desordenado y calamitoso», según confiesa, donde el bombardeo de Dresde es central pero el relato se fragmenta y se bate en coctelera y se mezcla con elementos delirantes, como la aparición de un autor de ciencia ficción llamado Kilgore Trout, un zoológico de otro mundo y una raza extraterrestre que puede contemplar todo el tiempo a la vez.

Hasta entonces, más allá de hecho de que había sobrevivido a la guerra, formado una familia con su novia de la infancia y cultivado varias profesiones con razonable éxito, Vonnegut seguía considerándose víctima de su traumática experiencia. Con Matadero Cinco, sin embargo, descubrió qué hacer con ella.

 

La Gran Vonnegut

Hay una frase atribuida a Sartre que siempre da vueltas por mi cabeza, a pesar de que todavía no pude certificar su autoría en un ciento por ciento (la pista termina en un libro de Claudio Tognonato que se llama Sartre Contra Sartre; hasta el momento no he logrado ir más lejos): «Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros». A mi juicio encierra una gran sabiduría, pero como ocurre con casi todas las sabidurías, no es algo a lo cual se acceda sin recorrer un largo y dificultoso camino. Una bella idea, de esas que se dicen fácil pero cuesta la vida entera darle carnalidad. ¿Qué puede hacer uno —para ir al punto—, cuando le ha tocado ser testigo de un hecho histórico de naturaleza tremenda, devastadora, que pone en cuestión todo lo que creíamos saber sobre la naturaleza humana? Y más aún: ¿qué pasa cuando ese hecho arrasador es responsabilidad de nuestra gente, de aquellos a los que identificábamos con el bando de los buenos?

 

Dresde bombardeada.

 

No hay una respuesta única. Hay quien, puesto en esa circunstancia, le daría la espalda y seguiría viviendo como si nada. Hay quien la utilizaría para justificar el cinismo con el cual se enfrentó desde entonces al fenómeno humano. (El poema Requiem, que Vonnegut publicó en 2005, sintetiza magistralmente esta actitud: «Cuando la última cosa viviente / haya muerto a causa nuestra / cuán poético sería / si la Tierra dijese / con una voz que flotase / quizás / sobre el suelo del Gran Cañón, / «Se ha cumplido» / A la gente no le gustaba este lugar».) Hay quien encontraría intolerable la vida y buscaría apurar el final. (En 2006, un año antes de su muerte, Vonnegut bromeó durante una entrevista que le hizo la Rolling Stone, diciendo que planeaba demandar a la tabacalera Brown & Williamson, fabricante de los Pall Mall que fumaba desde los doce. Su idea era acusarlos por publicidad deshonesta. «Tengo 83 años. ¡Malditos mentirosos! Los paquetes prometían que esos cigarrillos iban a matarme».) Y hay quien trataría de sacarle jugo de algún modo, porque si la vida te da limones, hacés limonada. Vonnegut hizo todo eso a la vez y también algo más. Hace 50 años publicó el más exótico de los Alephs literarios, y desde entonces leemos Matadero Cinco para concentrarnos en ese momento y lugar específicos de la historia —el bombardeo sobre Dresde— y ver allí además todos los otros lugares y momentos de la experiencia humana pasada y futura.

En teoría, los artistas disfrutamos de una ventaja comparativa respecto del resto de los mortales. Cuando una idea, una visión o un hecho nos obsesionan, podemos cavilar al respecto todo el tiempo que haga falta y parir finalmente una obra que corporice esa obsesión, que le dé forma y la integre así al bazar de la belleza universal. Lo que la gente suele ignorar es que pocas cosas se resisten más a que las procesemos artísticamente que aquellas que nos desvelan de verdad. De otro modo Vonnegut habría refritado sus anécdotas bélicas en torno de una historia central que podía inventar tranquilamente —cabalgando, claro, sobre una prosa impresionista que sugiriese constantemente yo estuve ahí— y concluido su novela sobre Dresde antes de que arribase la década del ’50. Pero lo que había presenciado, lo que ocurrió ante sus propias narices, le parecía demasiado importante para banalizarlo apelando a un estilo tradicional: La Gran Hemingway, e incluso La Gran Mailer. Para Vonnegut, la experiencia trascendía el género bélico y también el testimonial.

En algún lugar de su alma, el bombardeo era aquello a lo que Vonnegut volvía constantemente, lo quisiese o no; el punto desde el cual se reseteaba a diario el reloj de su existencia, como le ocurre al personaje de Bill Murray en Groundhog Day (Hechizo del tiempo). Y una vez que asumió que ese fenómeno podía convertirse en un recurso narrativo, pergeñó ese capítulo inicial donde explica su historia como soldado, su circunstancia y las limitaciones con las que sabe que lidia (su narrativa «desordenada y calamitosa», la banalidad de la intención de generar un relato antibélico en un mundo donde, como le dice un personaje, ir contra las guerras es tan inútil como protestar contra los glaciares), para en las últimas líneas adelantar el final de la novela (el absurdo de la guerra condensado en el canto de los pájaros: Poo-tee-weet?) y avanzar el verdadero comienzo de Matadero Cinco, que arranca formalmente en el capítulo dos.

Escuchen —dice—: Billy Pilgrim se ha desencajado del tiempo.

 

 

OK Computer

¿Qué significa «desencajarse» de la línea temporal? Según Vonnegut, su alter ego Billy Pigrim es «espástico en el tiempo, no controla dónde irá a continuación, y los viajes no son necesariamente divertidos. Vive en estado de constante miedo escénico, dice, porque nunca sabe qué parte de su vida deberá actuar a continuación». Billy —otro veterano de guerra que sobrevivió a Dresde, volvió a casa, formó una familia y prosperó— sostiene que fue secuestrado en 1967 por extraterrestres de un planeta llamado Tralfamadore. Los tralfamadorianos (ugh, ya sé: qué trabalenguas) saben que «todos los momentos, pasados, presentes y futuros, han existido siempre y siempre existirán. (Ellos) Pueden mirar todos esos momentos del mismo modo en que nosotros vamos viendo un tramo de las Montañas Rocallosas, por ejemplo. Ellos pueden ver cuán permanentes son los momentos, y pueden mirar cualquier momento que les interesa. Lo que tenemos aquí en la Tierra es una ilusión, eso de que un momento sigue al otro, como perlas en un collar, y que una vez que el momento se fue se ha perdido para siempre».

«Cuando un tralfamadoriano ve un cadáver —sigue explicando Billy— todo lo que piensa es que esa persona muerta está en malas condiciones en ese momento, pero que la misma persona está perfectamente bien en un montón de otros momentos. Ahora, cuando escucho que alguien murió, yo me encojo de hombros y digo lo que los tralfamadorianos dicen sobre la gente muerta, que es ‘así son las cosas’ (so it goes)».

(Nota al pie: en inglés, and so it goes es una expresión que posee una ambigüedad que en nuestra lengua no se puede traducir. Por un lado expresa el fatalismo de ‘así son las cosas’, pero a la vez, como su verbo es to go—o sea, ir—, incorpora una acción incompleta en tiempo presente. La traducción literal sería ‘y así va, o anda, todo», pero esa no es una expresión coloquial para nosotros. El original and so it goes es perfecto tal como es porque, al igual que la novela de Vonnegut, expresa al mismo tiempo fatalismo y esperanza en una continuidad eterna con tendencia a ir completándose para mejor.)

¿Qué está haciendo Vonnegut al llevar «su» historia —el impulso que lo había mantenido vivo durante 23 años era el de escribir sobre la experiencia en Dresde— en esta dirección alocada? En primer lugar, se está (diríamos hoy) empoderando, haciendo buen uso de su libertad como creador. Es como si dijese: La vida, vía Dresde, hizo lo que quiso conmigo, y yo tengo esta forma de hacer lo que quiero con ella — y la pienso usar.   

En segundo lugar, Matadero Cinco reflexiona sobre la naturaleza plástica —esto es, también creativa— del tiempo y el modo en que nos permite trabajar los momentos traumáticos. Por un lado hay que decir que los tralfamadorianos no son ningunos boludos: su forma de ver y ser en el tiempo coincide con las últimas teorías científicas sobre la materia, según las cuales el tiempo es uno solo —pasado, presente y futuro en simultáneo, acuñando una pieza única— y que nuestra forma de contemplarlo es reduccionista: que lo experimentemos de a un momento por vez no significa que debamos perder perspectiva respecto de su coexistencia con otros, casi infinitos momentos que siguen existiendo permanentemente; así como entendemos que mirar un cuadro desde esta perspectiva no significa que sea la única (puedo moverme en múltiples direcciones y contemplarlo desde ellas, también), el presente sería apenas una perspectiva más a partir de la cual contemplamos el flujo del tiempo.

Por supuesto, a simple vista habrá quien crea que se trata de una visión fatalista: si nuestro futuro ya existe, todo estaría dado, predeterminado, y no habría nada que pudiésemos hacer para cambiarlo. Pero es al revés: lo que hay que entender es que ese futuro es tal como es debido al uso que nosotros hicimos oportunamente de nuestro libre albedrío. Ese loop de tiempo (porque existirían otros, literalmente infinitos loops, pero no nos metamos en este berenjenal ahora) es lo que es porque, parafraseando la canción que imagino favorita de Stornelli —Yo soy rebelde, que Jeanette sigue cantando en 1976, nada menos—, es porque nosotros lo hicimos así. Y nadie más.

 

 

Entre las cosas que esta noción de tiempo nos permite está la de relativizar el momento traumático. Es apenas un momento, nomás, al igual que lo es la muerte. Por supuesto, como se trata de un momento de particular importancia —aquel que nos marcó para siempre, aquel que parece indicar el final de todo— tiende a anclarnos, a laburar como un plano inclinado: por más que tiremos la pelotita de mil modos, siempre retorna al mismo punto. Pero la visión de los tralfamadorianos —nanu nanu— es liberadora, porque nos quita de encima esa sensación de que ciertos dolores (que pertenecen al pasado, y a los que arrastramos hasta acá) son todo aquello con lo que contamos. Y no lo son.

Aquí es donde interviene la tercera dimensión de que lo que creo que Vonnegut hizo al escribir Matadero Cinco: la política.

Por una parte, Vonnegut parece sugerir que con ciertas cosas no hay nada que hacer. Les recuerdo ese pasaje del primer capítulo donde cuenta que el cineasta Harrison Starr le dice que escribir un libro antibélico sería tan inútil como escribir «un libro anti-glaciares». En algún lugar de su alma, Vonnegut entiende que nuestra especie tiende a obedecer el plano inclinado de la tragedia, el desastre abismal que nos mueve a pensar siempre que ………………. (ponga aquí la tragedia histórica que primero venga a su mente) podría haberse evitado. Por eso refiere también que Mary O’Hare, la esposa de un compañero de guerra, le recordó que durante Dresde ellos eran niños, tan bebés como los hijos de los Vonnegut y de los O’Hare, y eso lo llevó a subtitular el libro —porque Matadero Cinco tiene este subtítulo— La Cruzada de los Niños; y que eso despertó su interés en La Cruzada de los Niños original, aquel evento que se inició en 1213, por el cual miles de pibes fueron arriados con el beneplácito del Papa con la idea de que ayudasen a liberar Tierra Santa cuando en realidad los llevaban con la intención de venderlos como esclavos en África. Vonnegut encuentra una conexión entre esos niños y los niños que eran Vonnegut y  O’Hare al ser arriados a Europa para liberarla. Y ese descubrimiento, aunque parece no cambiar nada —La Cruzada de los Niños sigue ocurriendo tal cual, la Segunda Guerra también, sus momentos existen permanentemente— lo cambia todo. And so it goes.

 

Vonnegut el soldado-bebé.

 

Dirán ustedes: pero si el hecho trágico no cambia, ¿cómo es que todavía puede cambiar? Permítanme explicarlo a través de un ejemplo. Llevo ya algunos meses —que mi alma registra como la eternidad en el infierno— escribiendo con una computadora en la que no funcionan las teclas de ciertas letras, la mayoría de las que figuran en la línea media del teclado: d, f, g, j, k, y l. Razón por la cual pienso la frase que quiero escribir y entonces la escribo pero cuando la leo dice otra cosa, bastante ininteligible. Yo pienso y escribo el colmo de la elegancia pero cuando leo dice e como e a e e ancia. Y si no acudo al copy & paste rápidamente, puedo olvidar lo que quería decir y quedarme viendo la expresión a orába o mientras me pregunto qué mierda pensaba cuando escribí eso.

Cuando ocurre el hecho original, lo que tiene lugar se parece a la frase completa que yo escribo en esta circunstancia: la idea madre está ahí planteada, quedan algunos huecos pero si uno la contempla con atención, lee bien y piensa, termina por descular lo que dice. Pero volver sobre esos hechos y esa frase —y cuando son importantes, o la compu no anda bien, no queda más remedio que desandar el camino— le da a uno la oportunidad de completarla, de afinar su sentido, y hasta —si los huecos lo permiten— de cambiarle el sentido a lo ocurrido / escrito. Déjenme decirlo de otro modo: el sentido común indica que cada uno de nosotros escribe su vida, y que como la escribió, quedó. Pero, en la experiencia de los escritores —y de aquellos que, como Billy Pilgrim, somos «espásticos en el tiempo»—, la vida es algo que además de escribir, podemos reescribir constantemente.

Hace medio siglo, Kurt Vonnegut produjo un hecho artístico excepcional, a sabiendas de que estaba produciendo además un hecho político. Amparado por un relato que jugaba con la temporalidad narrativa y se cobijaba dentro de un género considerado menor —como lo era por entonces la ciencia ficción—, Vonnegut se animó a cuestionar el relato oficial de su tiempo. No sólo puso a la vista de todos el genocidio que los aliados habían cometido en Dresde (uno de los momentos pivotales de la llamada «Guerra Buena»), sino que además aclaró que había sido peor que Hiroshima — otro genocidio sobre el cual el relato oficial había trabajado arduamente, con la intención de desactivarlo, tornarlo inocuo, neutro, inoperante. El aparato de propaganda de los Estados Unidos sabía entonces que si el mundo tomaba consciencia de lo que representaban Dresde, Hiroshima y Nagasaki, se caería definitivamente la imagen de esa nación como artífice de la democracia y la libertad en el mundo: nadie puede matar a esa cantidad de niños, mujeres y viejos a sangre fría y seguir siendo considerado el bando de los buenos.

 

 

Vonnegut publicó Matadero Cinco, o La Cruzada de los Niños, desde el escepticismo: por un lado sabía que su libro no cambiaría nada, que el mundo y sus compatriotas seguirían pensando en su país como el Faro que Ilumina a la Humanidad, Home of the Free and Land of the Brave. Pero la publicó de todos modos, porque sabía que muchxs tenemos en claro que también somos Billy Pilgrims, peregrinos del tiempo (eso significa pilgrim), y que contamos con la oportunidad de llenar en los huecos de la escritura original de la Historia y modificarle el sentido, completándola. Después de todo, los Harrison Starr de este mundo creían que era tan inútil hablar en contra de la guerra como hablar en contra de los glaciares, pero hoy los Señores de la Guerra y de la Industria están acabando con los glaciares, así que, ¿por qué no? And so it goes…

Reviso este texto que acaban de leer, hago cut & paste a lo burro. En la tele que está de fondo suena La novicia rebelde, que es la primera peli que mi madre me llevó a ver a cine y que la frustró, porque a ella le encantó pero yo, que tenía tres años, me quedé dormido. Me prometo que durante mis próximos ataques de espasticismo temporal reescribiré ese episodio, llenando en sus blancos. Y respiro con alivio por primera vez en días, convencido de que, en algún lugar de mundo, hay un(a) artista que está creando la historia que —más temprano que tarde— nos quitará de los ojos las vendas que los poderosos nos atan a diario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

32 Comentarios
  1. DANIEL RICO dice

    hAY UNA EXCELENTE PELÍCULA SOBRE LA NOVELA DIRIGIDA POR George Roy Hill (1972) RECOMIENDO VERLA ANTES DE LEER LA NOVELA.

  2. Dj Carlos dice

    Alguien me explica por que el Dj Carlos Ponce tiene a Daddy Yanke y Patricio Rey en el mismo canal?
    Comentario duplicado: ¡parece que ya había sido enviado antes!
    Mentira, esta pagina anda mal y lo que se escribe queda en el cache.

  3. Dj Carlos dice

    Alguien me explica por que el Dj Carlos Ponce tiene a Daddy Yanke y Patricio Rey en el mismo canal?

  4. Lucas dice

    La cita más parecida de Sartre que conozco está en el prólogo a Los condenados de la tierra: “no nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros”.
    Y Galeano lo decía también: ” somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Salú!

  5. Desktop dice

    Ustedes son los que no saben mover un mouse y hacen chistes sobre csgo?

  6. El payaso asesino dice

    Tengo ganas de destapar el barro con caquita de algúna Maestra-PRO o abogada UCR.

  7. Nueva Roma dice

    Estaría bueno que el Imperio haga público sus WhatsApps. Se vería la organización que hay detrás. Han mandado gente a golpearme, insultarme y amenazarme SIN HACER NADA. (Seguramente por 2 monedas).

  8. Angel de la soledad dice

    Nada es casualidad, esta todo pagado y previamente comprado.

  9. El pibe de los astilleros dice

    No es raro que Caro la novia del supuesto espia fobico social, me la cruze en el bondi. teñida de color peli-rojo.

  10. Tichercaba dice

    Muy interesante todo lo que he leído, pero mí TOC me obligaba decir que podés conectar un teclado a tu Notebook (asumo que es una Notebook de la manzanita, y que no se consigue teclado de repuesto) x el puerto USB. Si no, yo te presto un teclado, que me sobran varios.

  11. Charo dice

    Asi fué, gracias Marcelo

  12. Gabriel dice

    Gracias x Compartir!!!!!

  13. Ph1 dice

    From: https://mises.org/library/rethinking-churchill

    War Crimes Discreetly Veiled

    There are a number of episodes during the war revealing of Churchill’s character that deserve to be mentioned. A relatively minor incident was the British attack on the French fleet, at Mers-el-Kebir (Oran), off the coast of Algeria. After the fall of France, Churchill demanded that the French surrender their fleet to Britain. The French declined, promising that they would scuttle the ships before allowing them to fall into German hands. Against the advice of his naval officers, Churchill ordered British ships off the Algerian coast to open fire. About 1500 French sailors were killed. This was obviously a war crime, by anyone’s definition: an unprovoked attack on the forces of an ally without a declaration of war. At Nuremberg, German officers were sentenced to prison for less. Realizing this, Churchill lied about Mers-el-Kebir in his history, and suppressed evidence concerning it in the official British histories of the war.132 With the attack on the French fleet, Churchill confirmed his position as the prime subverter through two world wars of the system of rules of warfare that had evolved in the West over centuries.

    «Churchill’s surrender to the unions, ‘dictated by sheer political expediency,’ set the stage for the quagmire in labor relations that prevailed in Britain for the next two decades.»

    But the great war crime which will be forever linked to Churchill’s name is the terror-bombing of the cities of Germany that in the end cost the lives of around 600,000 civilians and left some 800,000 seriously injured.133 (Compare this to the roughly 70,000 British lives lost to German air attacks. In fact, there were nearly as many Frenchmen killed by Allied air attacks as there were Englishmen killed by Germans.134) The plan was conceived mainly by Churchill’s friend and scientific advisor, Professor Lindemann, and carried out by the head of Bomber Command, Arthur Harris («Bomber Harris»). Harris stated: «In Bomber Command we have always worked on the assumption that bombing anything in Germany is better than bombing nothing.»135 Harris and other British airforce leaders boasted that Britain had been the pioneer in the massive use of strategic bombing. J.M. Spaight, former Principal Assistant Secretary of the Air Ministry, noted that while the Germans (and the French) looked on air power as largely an extension of artillery, a support to the armies in the field, the British understood its capacity to destroy the enemy’s home-base. They built their bombers and established Bomber Command accordingly.136

    Brazenly lying to the House of Commons and the public, Churchill claimed that only military and industrial installations were targeted. In fact, the aim was to kill as many civilians as possible — thus, «area» bombing, or «carpet» bombing — and in this way to break the morale of the Germans and terrorize them into surrendering.137

    Harris at least had the courage of his convictions. He urged that the government openly announce that:

    the aim of the Combined Bomber Offensive … should be unambiguously stated [as] the destruction of German cities, the killing of German workers, and the disruption of civilized life throughout Germany.138

    The campaign of murder from the air leveled Germany. A thousand-year-old urban culture was annihilated, as great cities, famed in the annals of science and art, were reduced to heaps of smoldering ruins. There were high points: the bombing of Lübeck, when that ancient Hanseatic town «burned like kindling»; the 1000-bomber raid over Cologne, and the following raids that somehow, miraculously, mostly spared the great Cathedral but destroyed the rest of the city, including thirteen Romanesque churches; the firestorm that consumed Hamburg and killed some 42,000 people. No wonder that, learning of this, a civilized European man like Joseph Schumpeter, at Harvard, was driven to telling «anyone who would listen» that Churchill and Roosevelt were destroying more than Genghis Khan.139

    The most infamous act was the destruction of Dresden, in February, 1945. According to the official history of the Royal Air Force: «The destruction of Germany was by then on a scale which might have appalled Attila or Genghis Khan.»140 Dresden, which was the capital of the old kingdom of Saxony, was an indispensable stop on the Grand Tour, the baroque gem of Europe. The war was practically over, the city filled with masses of helpless refugees escaping the advancing Red Army. Still, for three days and nights, from February 13 to 15, Dresden was pounded with bombs. At least 30,000 people were killed, perhaps as many as 135,000 or more. The Zwinger Palace; Our Lady’s Church (die Frauenkirche); the Bruhl Terrace, overlooking the Elbe where, in Turgenev’s Fathers and Sons, Uncle Pavel went to spend his last years; the Semper Opera House, where Richard Strauss conducted the premiere of Rosenkavalier; and practically everything else was incinerated. Churchill had fomented it. But he was shaken by the outcry that followed. While in Georgetown and Hollywood, few had ever heard of Dresden, the city meant something in Stockholm, Zurich, and the Vatican, and even in London. What did our hero do? He sent a memorandum to the Chiefs of Staff:

    It seems to me that the moment has come when the question of bombing of German cities simply for the sake of increasing the terror, though under other pretexts, should be reviewed. Otherwise, we shall come into control of an utterly ruined land…. The destruction of Dresden remains a serious query against the conduct of Allied bombing…. I feel the need for more precise concentration upon military objectives … rather than on mere acts of terror and wanton destruction, however impressive.141

    The military chiefs saw through Churchill’s contemptible ploy: realizing that they were being set up, they refused to accept the memorandum. After the war, Churchill casually disclaimed any knowledge of the Dresden bombing, saying: «I thought the Americans did it.»142

    And still the bombing continued. On March 16, in a period of 20 minutes, Würzburg was razed to the ground. As late as the middle of April, Berlin and Potsdam were bombed yet again, killing another 5,000 civilians. Finally, it stopped; as Bomber Harris noted, there were essentially no more targets to be bombed in Germany.143 It need hardly be recorded that Churchill supported the atom-bombing of Hiroshima and Nagasaki, which resulted in the deaths of another 100,000, or more, civilians. When Truman fabricated the myth of the «500,000 U.S. lives saved» by avoiding an invasion of the Home Islands — the highest military estimate had been 46,000 — Churchill topped his lie: the atom-bombings had saved 1,200,000 lives, including 1,000,000 Americans, he fantasized.144

    The eagerness with which Churchill directed or applauded the destruction of cities from the air should raise questions for those who still consider him the great «conservative» of his — or perhaps of all — time. They would do well to consider the judgment of an authentic conservative like Erik von Kuehnelt-Leddihn, who wrote: «Non-Britishers did not matter to Mr. Churchill, who sacrificed human beings — their lives, their welfare, their liberty — with the same elegant disdain as his colleague in the White House.»145

    132. Lamb, Churchill as War Leader, pp. 63–73. See also Ponting, Churchill, pp. 450–54; and Hart, «The Military Strategist,» pp. 210–21.
    133. The «British obsession with heavy bombers» had consequences for the war effort as well; it led, for instance, to the lack of fighter planes at Singapore. Taylor, «The Statesman,» p. 54. On the whole issue, see Stephen A. Garrett, Ethics and Airpower in World War II: The British Bombing of German Cities (New York: St. Martin’s Press, 1993). See also Max Hastings, Bomber Command (New York: Dial Press, 1979); David Irving, The Destruction of Dresden (New York: Ballantine, 1963); and Benjamin Colby, ‘Twas a Famous Victory (New Rochelle, N.Y.: Arlington House, 1974), pp. 173–202. On the British use of airpower to «pacify» colonial populations, see Charles Townshend, «Civilization and ‘Frightfulness’: Air Control in the Middle East Between the Wars,» in Warfare, Diplomacy, and Politics: Essays in Honor of A.J.P. Taylor, Chris Wrigley, ed. (London: Hamish Hamilton, 1986), pp. 142–62.
    134. Ponting, Churchill, p. 620.
    135. Hastings, Bomber Command, p. 339. In 1945, Harris wrote: «I would not regard the whole of the remaining cities of Germany as worth the bones of one British grenadier.» Ibid., p. 344. Harris later wrote «The Germans had allowed their soldiers to dictate the whole policy of the Luftwaffe, which was designed expressly to assist the army in rapid advances…. Much too late in the day they saw the advantage of a strategic bombing force.» Hughes, Winston Churchill: British Bulldog, p 189.
    136. J.M. Spaight, Bombing Vindicated (London: Geoffrey Bles, 1944), p. 70–71. Spaight declared that Britons should be proud of the fact that «we began to bomb objectives on the German mainland before the Germans began to bomb objectives on the British mainland.» Hitler, while ready enough to use strategic bombing on occasion, «did not want [it] to become the practice. He had done his best to have it banned by international agreement.» Ibid., pp. 68, 60. Writing during the war, Spaight, of course, lied to his readers in asserting that German civilians were being killed only incidentally by the British bombing.
    137. On February 14, 1942, Directive No. 22 was issued to Bomber Command, stipulating that efforts were now to be «focused on the morale of the enemy civil population and in particular of the industrial workers.» The next day, the chief of the Air Staff added: «Ref the new bombing directive: I suppose it is dear that the aiming points are to be the built-up areas, not, for instance, the dockyards or aircraft factories.» Garrett, Ethics and Air Power in World War II, p. 11. By lying about the goal of the bombing and attempting a cover-up after the war, Churchill implicitly conceded that Britain had committed breaches of the rules of warfare. Ibid., pp. 36–37.
    138. Ibid., pp. 32–33.
    139. Richard Swedberg, Schumpeter: A Biography (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1991), p. 141.
    140. Garrett, Ethics and Air Power in World War II, p. 202.
    141. Hastings, Bomber Command, pp. 343–44. In November, 1942, Churchill had proposed that in the Italian campaign: «All the industrial centers should be attacked in an intense fashion, every effort being made to render them uninhabitable and to terrorise and paralyse the population.» Ponting, Churchill, p. 614.
    142. To a historian who wished to verify some details, Churchill replied: «I cannot recall anything about it. I thought the Americans did it. Air Chief Marshal Harris would be the person to contact.» Rose, Churchill: The Unruly Giant, p. 338.
    143. Garrett, Ethics and Air Power in World War II, p. 21.
    144. See Barton J. Bernstein, «A postwar myth: 500,000 U.S. lives saved,» Bulletin of the Atomic Scientists 42, no. 6 (June/July 1986): 38–40; and, idem, «Wrong Numbers,» The Independent Monthly (July 1995): 41–44. See also, idem, «Seizing the Contested Terrain of Early Nuclear History: Stimson, Conant, and Their Allies Explain the Decision to Use the Atomic Bomb,» Diplomatic History 17, no. 1 (Winter 1993): 35–72, where the point is made that a major motive in the political elite’s early propaganda campaign justifying the use of the atomic bombs was to forestall a feared retreat into «isolationism» by the American people. It is interesting to note that Richard Nixon, sometimes known as the «Mad Bomber» of Indo-China, justified «deliberate attacks on civilians» by citing the atomic bombings of the Japanese cities, as well as the attacks on Hamburg and Dresden. Richard M. Nixon, «Letters to the Editor,» New York Times, May 15, 1983.
    145. Erik von Kuehnelt-Leddihn, Leftism Revisited: From de Sade and Marx to Hitler and Pol Pot (Washington, D.C.: Regnery, 1990), p. 281. This work contains numerous perceptive passages on Churchill, e.g., pp. 261–65, 273, and 280–81, as well as on Roosevelt.

    1. Marcelo Figueras dice

      Gracias x la info.

      1. SeCortaLaLuz dice

        Dígale a Cesar que aquí también usamos tecnología del 2002. El tema es que esté bien configurado todo.

    2. Ph1 dice

      Un placer. Recomiendo además: Human Smoke, The Beginnings of World War II, the End of Civilization, Baker, Nicholson – 2008. Apuesto a que lo conoce o lo ha leído.

      1. Lucas dice

        La cita más parecida de Sartre que conozco está en el prólogo a Los condenados de la tierra: «no nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros».
        Y Galeano lo decía también: » somos lo que hacemos para cambiar lo que somos». Salú!

  14. Leonardo Larroque dice

    Pio pio pí… quizás no parezca mucho pero siempre hay alguien con una mirada inquietante sobre lo que no queremos ver.
    Allí se refugia la esperanza de completarnos.
    Este libro lo leí en mi adolescencia con la dictadura como telón de fondo que agobiaba todo y allí aprendí a decir Pio pio pí.
    Gracias Marcelo

  15. Juan Reyes dice

    Excelente nota, como todas.
    Gracias.

    PD: Ramón Ortega es un pelotudo, con lo que está creando, en la proporción que le compete, un futuro de pelotudez, aunque en este momento no se da cuenta.

  16. Vosotros dice

    Mis amigos me dicen, no vayas a buscar a esa mina a la Iglesia, ahí pasan cosas raras.

  17. Alicia Inés Maxuach de Díaz dice

    Vonnegut dedicó el resto de su vida a pedirle al Gobierno de EEUU que desclasificara los archivos de Dresde para saber los argumentos esgrimidos para ordenar semejante masacre. Murió sin lograrlo.

  18. Alicia Inés Maxuach de Díaz dice

    Vonnegut dedicó su vida a conseguir que el Gobierno de EEUU desclasificara los archivos de Dresde para conocer los argumentos esgrimidos para concretar semejante masacre. Murió sin lograrlo.

  19. Alicia Inés Maxuach de Díaz dice

    Vonnegut dedicó buena parte de su vida a lograr que el Gobierno de EEUU desclasificara los archivos de Dresde. Él quería saber las razones esgrimidas para haber hecho semejante masacre. Murió sin lograrlo

  20. Pablo M. dice

    Preciosa reseña de un libro impar, inclasificable.
    ¿Será cuestión de entregarse más seguido a experimentar lo espástico de la consistencia del tiempo?

    1. Juan Reyes dice

      Excelente nota, como todas.
      Gracias.

      PD: Ramón Ortega es un pelotudo, con lo que está creando, en la proporción que le compete, un futuro de pelotudez, aunque en este momento no se da cuenta.

    2. verónica dice

      La última novela de Vonnegut giraba sobre eso: «Cronomoto», en su versión en castellano.

  21. Juan Felipe Chorén dice

    Así camina todo? Quizás… así va la cosa…

  22. cansado dice

    El ex bajista también, yo no puedo seguir en estas condiciones. Se la tiraba de rockero y patriota.

  23. nadie dice

    Tal vez mí ex, Maestra y votante de cambiemos tenga algo que ver en este acoso organizado. Ojalá algún día se sepa la verdad. Pero no se puede esperar nada de una persona que dice estar poseída y que por su voz habla ‘dios’.

  24. unnamed dice

    Creo que las computadoras no andan bien por el simple hecho de que estamos siendo hackeados.

  25. EL dice

    Parece qué también te anda mal la letra e, e como e a e e ancia.
    e como e a e egancia.

  26. EL dice

    Sí, vos.

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