El ovillo podrido

La ciudad es nuestra, una fascinante miniserie sobre la corrupción y la brutalidad policial

 

“Trump nos dará vacaciones”, le dice un compañero de oficina a Nicole Steele, abogada del Departamento de Justicia de Baltimore que empaca sus cosas y deja su cargo porque ya no soporta estar silenciada con sus denuncias contra los policías. “¿No hacemos nada que importe?”, pregunta algo desconcertado el joven que la reemplazará en el último capítulo de la serie La ciudad es nuestra (We Own This City, HBO).

Antes de eso Nicole, que investiga la corrupción policial, se había reunido con un ex alto mando de la fuerza, discutiendo sobre el quid de la cuestión. El hombre le explica que Baltimore es pobre, que nunca habrá recursos para la educación ni menos para los centros terapéuticos. Lo punitivo –se desprende de su discurso– es la única alternativa. “¿Y si tomamos la mitad de los gastos que los policías consumen en horas extras y también los gastos de la Corte y lo convertimos en un programa anti-crimen basado en la comunidad?”, propone Nicole. El hombre no desestima su idea, pero enseguida la descarta de plano: parece que falta lo fundamental, la voluntad política, esas dos palabras tan caras a las democracias contemporáneas.

Y entonces irrumpe uno de los parlamentos más emblemáticos de la serie. El ex alto mando habla de la famosa guerra contra las drogas, tan enarbolada por la derecha en los últimos tiempos (¿cómo no recordar a María Eugenia Vidal en su casi diario reporte sobre el tema?) e inquiere: “¿Cuál es la misión de la policía?”. “Arrestar a todos”, responde la abogada con franca resignación, sabiendo que con Trump en el gobierno cualquiera que fumara un porro podría ser encarcelado. “En una guerra, necesitas guerreros. En una guerra, tienes enemigos. En una guerra, civiles salen heridos y nadie hace nada. En una guerra, cuentas los cuerpos y luego lo llamas victoria”, conceptualiza el hombre, casi en una clase magistral, dejando de lado los informes sobre brutalidad policial que Nicole le llevó en mano tras una rigurosa investigación.

Todo empezó con una historia circular. El creador de La ciudad es nuestra, David Simon –que también oficia de productor general, supervisor y responsable final de los contenidos, el mismo de la notable The Wire– asumió que ya no quería volver a Baltimore, sindicada como “la ciudad del crimen”, pero que cuando estalló el escándalo policial que tiempo después sería el nudo central de la serie llamó a un periodista del diario local, Justin Fenton, para pedirle que deje el día a día de la cobertura y escriba un libro. Al poco tiempo, el escritor George Pelecanos, asiduo colaborador de Simon, recibió un encargo de HBO y ahí es donde el círculo se cerró: volvieron a formar una dupla para construir ahora un relato fascinante de seis episodios, donde la brutalidad policial es el hilo de un ovillo podrido, una caja de Pandora que detrás de los uniformes exhibe el rostro más descarnado de la política del capitalismo actual.

El pulso narrativo recuerda en su procedimiento a True Detective, donde investigadores policiales interrogan a otros policías para reconstruir el entramado de corrupción. Mediante flashbacks y una dinámica eléctrica entre pasado y presente, en La ciudad es nuestra se arma un complejo rompecabezas. Tal como sucede en The Wire, cuesta entrar como espectador en la serie, por lo que no habrá que desesperar ante tantas líneas paralelas. Simon toma un abanico de hechos ocurridos entre 2015 y 2017 –que la serie utiliza como disparador para adaptarlo a la ficción, con licencias como el personaje de la abogada–, en los que cada tanto narra a partir de pantallazos al estilo de partes y fichas policiales. Como su género le dicta, La ciudad es nuestra se cuenta en una doble línea temporal: por un lado, la investigación, que va hacia adelante en el tiempo; por otro, el caso, articulado en el líder policial Wayne Jenkins y su grupo, lo que implica ir hacia atrás y reconstruir cómo se fue armando el delito.

Algo huele muy mal en Baltimore. Baltimore, ciudad del estado de Maryland, que con apenas 620.000 habitantes tiene una de las tasas de crímenes más altas de los Estados Unidos. Y donde la mitad de su población ha sido interrogada por la policía, a diestra y siniestra: la gente ya no confía en la institución, y eso se ve cuando en los jurados populares hay ciudadanos que se excusan para juzgar a oficiales porque alguna vez tuvieron un arresto por cualquier motivo. La marca de la gorra genera temor, hastío, rechazo.

La calle es tierra arrasada. “Si pierden una pelea, pierden la calle”, agita ante los suyos el oficial Jenkins, perro de presa, en la apertura de la serie. Los polis necesitan información: saber quién es quién en el mundo narco, qué hacen y con quiénes se juntan. Así se llega a las armas y a las drogas. Y cierra: “Provóquenles un infierno”.

“Yo nací para esto”, dice en otro capítulo Jenkins, sin saber que sobre él se ciernen escuchas y cámaras, como en The Wire. A la par de las averiguaciones del FBI sobre Jenkins y su pandilla, en un montaje paralelo, la abogada Nicole realiza una pesquisa sobre policías de Baltimore que han sido denunciados por abusos policiales, fuerza excesiva o violación de derechos civiles. “¿Por qué siguen en la calle?”, indaga Nicole. Parece que no hay otro lugar donde mandarlos. “Hay 24 policías que no pueden testificar en la Corte porque fueron expuestos por perjurio”, le cuenta una fuente.

Jenkins no es la manzana podrida del cajón: a través de su persona habla un sistema. Y parece un personaje de Scorsese, por ejemplo, cuando le roba el dinero a una prostituta enana ante el estupor de sus subordinados. Tiene espíritu de cuerpo, se juega por la policía, es un líder carismático. Cuando cae un pez gordo, el botín es suntuoso. No agarrarlo es ser un boludo, un débil: sus monólogos justificando la caza, cervezas en mano, refieren a que mientras ellos se la juegan en la calle, arriesgando sus vidas y recibiendo una mala paga, sus jefes se achanchan en sus oficinas dando órdenes inútiles. En las horas extras, cuando salen a arrestar indiscriminadamente a la población negra de los suburbios, la torta se agiganta. Jenkins hace filmar a los oficiales simulando la apertura de una caja fuerte en un colosal allanamiento, acción que en los medios aparecerá como un operativo exitoso, cuando antes ya había repartido gran parte del dinero de los narcos entre los suyos. Detrás de la fachada de la ley y el orden, se edifica una banda criminal desde el mismo Estado, dedicada orgánicamente al fraude, la extorsión y el robo de armas, drogas y dinero.

La de Jenkins se asemeja a una tropa de elite a la brasileña. Curiosa es la escena de un oficial nuevo al que Jenkins y otro jefe le charlan amistosamente para saber qué haría si encontrara el botín de un narco en un allanamiento. “Por supuesto, lo incautaría. Nunca lo tomaría como propio”, responde el oficial, con el reglamento en la mano. La charla termina y Jenkins, a los pocos días, pide un traslado para el joven.

Más que acciones espectaculares –que las hay, y extraordinariamente filmadas–, la serie pone el foco en el día a día de los policías en las oficinas y en las calles, en sus superiores que deben lidiar con el poder político, en los funcionarios del Departamento de Justicia y de los agentes del FBI que llegan para investigar de forma independiente el caso. Allí aparecen las miserias de las instituciones públicas, el racismo, la doble moral de los que dan lecciones sobre las conductas correctas y un aparato criminal avalado por la misma sociedad norteamericana, enferma de odio, arribismo y espectáculo.

Las estadísticas suelen mentir. Como el mantra de que el delito creció, repetido hasta el hartazgo por los medios sin analizar cómo se elaboraron los números. Y mientras la lógica del periodismo reinante impide la falta de calidad, rigor y profundidad para llegar al hueso de la verdad –como demostraba otra serie notable, Press, donde hasta los más sensatos ceden al amarillismo–, el poder se explaya en su obscenidad. Ante la presión de la alcaldía y el periodismo, en Baltimore las papas queman y la policía debe dar una respuesta. Entonces hay que mostrar estadísticas de arrestos y una efectividad en los patrullajes para que el jefe policial acceda a más fondos en su cruzada de combatir el delito. Un círculo vicioso.

Sin una mirada romántica de la pobreza –principal flagelo en el telón de fondo del accionar de los dealers– ni una demonización del cuerpo policial –en la serie, el policía es victimario y también víctima, rehén del sistema político–, el punto de vista de Simon gana cuando no concede un gramo de crudeza entre la calle y el palacio, entre el territorio y los escritorios. “Que se joda el espectador medio, que se joda Shakespeare y el gran personaje y sus dramas. Con David Simon vuelven la tragedia griega y Bertolt Brecht, la ciudad como geografía de las luchas de clases y relaciones de poder determinadas por la crueldad de los dioses olímpicos del capitalismo. Las instituciones, la prensa, los poderes económicos, el urbanismo, la violencia social, el racismo, la vivienda, la policía, la prostitución, el fascismo y los desechos de la sociedad post-industrial, todo entra por la primacía de la política”, enfatiza el español Pablo Iglesias desde su podcast “La base”.

 

 

De allá y de aquí

Al entrar capítulo a capítulo en el clima de La ciudad es nuestra, es inevitable pensar en el caso Scapolán. El paralelismo pone la piel de gallina: robar parte de la droga incautada para luego extorsionar a los narcos y revenderla. Mientras que Wayne Jenkins, el líder de la Gun Trace Task Force (GTTF), una unidad destinada a detener la proliferación de armas de fuego en las calles de la ciudad, reconvertida en una organización dedicada al crimen, era amparado por las fuerzas políticas de Baltimore gracias a su aparente efectividad a la hora de bajar los índices de hechos violentos, en el caso del fiscal de San Isidro Claudio Scapolán, protegido en su territorio por Sergio Massa, se evidenció una matriz de corrupción incluso más extendida en una asociación ilícita en el nexo entre Justicia, policía, otras fuerzas de seguridad y el poder político.

 

 

El caso Scapolán, aún en escandalosa irresolución.

 

 

El caso Scapolán, aún en una escandalosa irresolución, volvió a estar en el centro de la atención política en estos días, después de las explosivas declaraciones de Elisa Carrió, del apartamiento de la jueza Sandra Arroyo y de nuevas acusaciones que ligan al fiscal narco con políticos como Cristian Ritondo. Paralelamente, Rosario parece encumbrarse como la Baltimore argentina. Pablo Socca, fiscal de la unidad de Balaceras de dicha ciudad, admitió que de nada sirven los arrestos y las detenciones ante pibes que desean convertirse en narcos por la falta de otras alternativas. “El trabajo que hacemos con tanto esfuerzo no sirve de mucho. No pasa por hacer más detenciones. Hacen falta políticas integrales del Estado que contengan a los chicos y den posibilidades”, dijo el fiscal, en clara sintonía con la abogada Nicole de la serie. La ficción y la realidad conviviendo en diferentes latitudes de América.

¿Cuál es la esperanza, cuál es la resistencia ante tamaña desigualdad social? En primer lugar, que Jenkins y los integrantes del GTTF hubieran recibido duras condenas en la vida real, nos sugiere La ciudad es nuestra, no es poca cosa. La tecnología, dice Simon –ex periodista y también creador de elogiadas series como Generation Kill, Treme, Show Me a Hero, The Deuce y The Plot Against America– recupera las libertades civiles al controlar el accionar policial: tal vez sin la vida prodigiosa de los celulares, no hubiera existido el clamor del movimiento Black Lives Matter, con casos como los de Freddie Gray –central en La ciudad es nuestra– y George Floyd.

La guerra contra las drogas, en la serie, se erige como una descomunal farsa. “Hay que dejar de nombrarla de esa forma”, dice David Simon. Es una política que ha llevado a una corrupción sistemática convirtiendo al narcotráfico, en clara convivencia con los Estados modernos, en la cuna del capitalismo. Otro punto clave, según Simon, es que la policía investigándose a sí misma termina siendo una utopía, por lo que es urgente la creación de organismos civiles. No casualmente, y a un mes del lanzamiento de la herramienta “Mapa de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires”, existió una operación macrista para dar de baja el sitio, denunciada por la legisladora Ofelia Fernández.

El cine le ganó al periodismo, aunque, ¿qué haría el cine sin el periodismo? Y allí están David Simon y George Pelecanos –escritor de novelas policiales, a quien Stephen King describió como el mejor autor estadounidense vivo dentro de ese género– como narradores por excelencia de la decadencia urbana. Es la buena narración por encima de la mera acumulación de datos: hoy, en efecto, el relato de una serie suele tener más potencia que una investigación seria. Sin embargo, la base de todo parece seguir estando en un trabajo periodístico, como el que realizó Justin Fenton y el cual dio origen a La ciudad es nuestra. La verdad ha perdido ante la ficción, dicen los especialistas. Pero, como decía Ricardo Piglia, ¿qué más real que la ficción?

 

 

 

 

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