En los confines de Europa, sobre el río Danubio, existe un micro-Estado ficticio de 7 km² no reconocido por las Naciones Unidas. Se proyecta como una manifestación extrema del anarcocapitalismo. Solo hay impuestos voluntarios. Su lema es “vivir y dejar vivir”. Se ampara en el derecho internacional sobre la “tierra de nadie” (un territorio que no pertenece a ningún Estado o sobre el cual ningún sujeto de derecho internacional ejerce efectivamente la soberanía), ya que ni Croacia ni Serbia lo reclaman y ningún Estado soberano lo reconoce. Es la República Libre de Liberland. Tiene una página web en cuyo portal aparece la foto del Presidente argentino, Javier Milei, que, mimetizado con su personaje cosplayer del general Ancap, afirma venir desde Liberland a la Argentina para instalar el paraíso de las libertades individuales en contra de los “colectivistas”.

Esta información sería irrelevante, si no fuera porque el general Ancap se convirtió en el Presidente de la Argentina desde diciembre de 2023. Su tierra libre consiste en destruir el empleo, el salario, la salud y la educación pública, la industria, el comercio, el consumo, la producción, regalar la tierra y las empresas estatales superavitarias a privados sin escrúpulos, someterse a los intereses de Estados Unidos, meterse sin que lo llamen en espacios conflictivos internacionales, insultar a quien no piensa como él —incluyendo Presidentes—, romper virtualmente relaciones diplomáticas con países hermanos e históricamente socios comerciales como Brasil, codearse con lo peor de la política y meterse en negocios turbios apañado por una justicia injusta y cómplice, demoler el contrato social y los acuerdos democráticos construidos durante décadas, multiplicar las cifras de suicidios y agravar la salud mental de la población joven, por no alargar la lista.

Su poder emana de las urnas y el sostenimiento leal de un buen grupo de empresarios del capital concentrado dominante que multiplican su fortuna a costa del sufrimiento de las mayorías de trabajadores, estudiantes, jubilados, discapacitados. Argentina quedó “libre” de justicia social, reemplazada por el individualismo violento y discriminatorio de un gobierno de lúmpenes sin profesionalismo político y económico, ni ética, ni escrúpulos.
Bienvenido a Liberland
El Papa León XIV llega hoy a la Liberland de Milei, un país detonado. La visita de un Papa no deja de ser un acontecimiento pastoral y político para el país anfitrión. Nuestros pueblos latinoamericanos reconocen en la figura del Papa un mensajero de paz y buenas noticias, y eso es, en general, en nuestras comunidades cristianas, un motivo de alegría. En el imaginario y las vivencias del pueblo, el Papa es una figura paternal, un símbolo afectivo, un pastor. Más allá de los diversos niveles de expresión y participación institucional de la fe católica, el Papa es un factor de esperanza en la religiosidad popular. Para algunas minorías puede representar también la imagen del poder histórico de la Iglesia en el mundo, que ha atravesado etapas muy oscuras. En palabras del reconocido teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, “desde la perspectiva de los pobres de América Latina, la fidelidad al Sucesor de Pedro no es un mero formalismo canónico, sino una exigencia de comunión profética. El pueblo de Dios espera que el Papa sea la voz de los que no tienen voz. Cuando el ministerio petrino se ejerce en clave de liberación, se convierte en un faro de esperanza para las comunidades de base que luchan por su dignidad”.
La Liberland argentina es liderada por un gobierno que no garantiza derechos, sino que viola sistemáticamente la ley y es sostenido por buena parte de la oligarquía local que en muchos casos se autopercibe católica. Suena contradictorio el aporte de financiación privada para costear la visita del Papa. Eurnekián, Vila, Manzano, Mindlin, Rocca y otros aportantes, según datos de la página oficial de la visita del Papa, son un staff de empresarios que hacen negocios con el gobierno de Milei y se han mostrado públicamente conformes con un modelo de ajuste y exclusión que los beneficia. Si bien es cierto que el episcopado ha sugerido no utilizar fondos públicos para sostener los gastos de la visita (cosa que igual ocurrirá) y hacerlo desde colaboraciones más gratuitas y solidarias, me hace ruido que como Iglesia no podamos mantenernos a salvo de pedirle ayuda o rendir honores a quienes se benefician de (y apoyan a) un modelo injusto y antagónico en lo que a principios de la doctrina social de la Iglesia se refiere.
Francamente, pensaba que este no sería un buen momento para la visita del Papa, en el contexto de un gobierno que formalmente es democrático pero en los hechos no lo es, por su autoritarismo y desdén para cumplir la ley. Un gobierno que rechaza los valores tradicionales del amor a la patria, la justicia social, la protección de los más débiles. Pero a la luz de las resonantes derrotas electorales de la ultraderecha en Brasil y Estados Unidos, he comenzado a pensar que tal vez esta ola pueda impulsar en la Argentina, y a propósito de la visita de León XIV, una revitalización y organización de la esperanza de superación de esta pesadilla.
Vendar las heridas del pueblo y defender la justicia social
En este contexto que acabo de describir, la visita del Papa no admitirá zonas grises. Es un momento para gestos y palabras proféticas de denuncia del pecado social y estructural que encarna este gobierno, y de defensa de los pobres y oprimidos. De lo contrario, podría ser manipulado desde el formato estándar de la visita de una celebridad, que no cambiaría en nada la situación, abriendo una posibilidad de ser usado para legitimar este gobierno frente a un próximo año electoral. Es de esperar que el Papa refuerce principios que la Iglesia ha acuñado en los últimos 135 años y que apunte también a las estructuras que reproducen injusticia, malestar y miseria para las mayorías.
El Papa, como figura popular y “voz de los que no tienen voz”, puede ayudar a vendar las heridas de la justicia social que ha sido deliberadamente atacada desde la así llamada “batalla cultural” y vendida falsamente como una aberración, una anomalía, cuando en realidad el principio de la justicia social es explícitamente avalado por el artículo 75, inciso 19, de la Constitución de la Nación Argentina, recomendándole al Congreso “proveer lo conducente al desarrollo humano, al progreso económico con justicia social, a la productividad de la economía nacional, a la generación de empleo…”.
El mundo va siendo llevado a un futuro posdemocrático manejado por una élite de tecnomagnates, sin participación de las masas y liderado por megamillonarios no elegidos por nadie. Es necesario que el Papa, en continuidad con Magnifica Humanitas, identifique esta tendencia de manera clara, como lo hizo el senador electo por Texas, James Talarico. El problema del mundo actual es la injusta y acelerada acumulación de riqueza en manos de pocos. La tensión no es entre derecha e izquierda, sino entre los de arriba y los de abajo.

La Iglesia que camina en medio de la humanidad opta por los pobres y debe construir desde el pueblo, desde abajo, un mundo mejor, más justo y más humano. Un mundo plural y diverso donde nadie es desplazado y todos son llamados. Un mundo unido por el respeto a la dignidad humana. Liberland es el paraíso de una minoría de ricos a los que se les bajan los impuestos, se les desregula su actividad, se los exime de controles y obligaciones, se les entrega el control de recursos y empresas estatales que pertenecen al pueblo argentino. Es una mesa servida para la acumulación delirante de riqueza en pocas manos.
Bienvenido el Papa si con su palabra autorizada y sus gestos de cercanía nos ayuda a vendar las heridas mortales de la injusticia social. Marcando una continuidad con la palabra y el ministerio del papa Francisco: “La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema” (Evangelii Gaudium 202).
* Marcelo Ciaramella forma parte del Grupo de Curas en la Opción por los Pobres.
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