El partido del desarrollo

El mercado interno es la única base sólida de la democracia en un mundo asimétrico

 

El 40% del gatomacrismo en las presidenciales de 2019 llama a reflexionar acerca de cómo es que después de los cuatro años, de esos cuatro años, esa fuerza política haya conservado semejante caudal de votos. Incluso, da para sospechar con el contrafáctico acerca de qué habría acontecido en las presidenciales de 2019 si en vez del gorilismo desaforado que animaba el comportamiento de la cúpula cambiemita a la par de su motivación marcadamente reaccionaria, esta se hubiera conducido con la mesura que no tuvo. Pasa hasta en las mejores familias —y esta no es de las mejores– que tras las derrotas las pulsiones internas a la división sean fuertes. No lo es menos que por esa base social, si aparece un vector adecuado, el reagrupamiento se tornaría factible no exento de las lógicas dificultades que va sembrando el actual transcurrir litigioso. La hipótesis no nace de un mero afán especulativo sino en el de palpar la estabilidad y posibilidades del avance de la conciencia política que se galvanizó en la victoria electoral de 2019.

Es que ante el menor yerro del movimiento nacional, el 40% del lado oscuro de la conciencia política argentina, objetivamente, tiene el potencial de constituir una plataforma que la minoría bien organizada haría crecer al amparo de un perverso quid pro quo. El expediente le permitiría hacer cualquier cosa con tal de que le aseguren a la mayoría relativa, así reunida y configurada, lo que de su muy débil conciencia emana como orden político, una mera ilusión sin sustento en la realidad que fatalmente degenera en algún tipo de práctica fascista. Algunos indicios hubo en el tramo que va de finales de 2015 y hasta el cierre de 2019. Por citar un par de episodios alusivos: ¿cuál fue la razón de que el país se fumara como si tal cosa la detención de Milagro Sala o el bochorno que tuvo y aún tiene como eje la vendetta a Amado Boudou por haber estatizado los fondos previsionales, amén del estropicio en la distribución del ingreso? Se podría atenuar el razonamiento aludiendo a la muy tóxica guerra psicológica vivida. Vale. Pero también vale considerar que no operó en el vacío perfecto, antes bien encontró terreno feraz y feroz.

En sus Tesis de filosofía de la historia, Walter Benjamin enuncia un par de criterios que hacen al trayecto de la conciencia nacional. Es verdad que Benjamín por esa aciaga época (1940) como el resto de la izquierda andaba medio perdido en la dimensión tiempo, olvidando el espacio, y que en rigor ese espacio era y es la nación y estaba y está fracturado en centro y periferia. Sin embargo, si se tiene la precaución de aceptar que la lucha de clases es entre naciones burguesas y naciones proletarias y que la elección del sistema de acumulación es en función de las posibilidades políticas de acelerarlo, sus razonamientos nos parecen válidos.

 

 

Walter Benjamin pone el hora el reloj de la historia.

 

 

Hecha la aclaración, observamos que Benjamin en la tesis XIII apunta que “el progreso tal como se pintaba en la cabeza de los socialdemócratas era, en primer lugar, un progreso de la humanidad misma”, a lo que se suma la idea de que ese progreso es “interminable” y que “resultaba esencialmente imparable”. De manera que si el progreso es interminable e infinito, para qué gastar pólvora en chimangos como Sala, Boudou o el salario de los trabajadores, que mal enquistan con la opinión pública y quitan innecesariamente espacio político. Total, si lo bueno por sí mismo está por venir. Afirma entonces Benjamin en la tesis XI que “de ahí había sólo un paso a la ilusión de que el trabajo fabril que se enganchara al tren del progreso técnico representaría un logro político [por lo que] el conformismo, endémico desde el principio en la socialdemocracia, impregna no sólo su táctica política sino también sus ideas económicas. Es una de las causas del ulterior colapso”. Benjamin subraya que “la idea del progreso del género humano en la historia es inseparable de la idea de su avance recorriendo un tiempo homogéneo y vacío. La crítica a la idea de este avance debe constituir el fundamento de la crítica a la idea del progreso en sí”.

En la tesis XIV, el filósofo judío-alemán dice que “la historia es objeto de una construcción cuyo lugar lo constituye no el tiempo homogéneo y vacío, sino el colmado por el tiempo-ahora”. De suerte tal que en la tesis XII esa visión política destinada al fracaso del tiempo homogéneo y vacío se nutre “de los antepasados avasallados, no del ideal de los nietos liberados”. Al respecto en la tesis VI a efectos de no “prestarse a ser el instrumento de la clase dominante. En cada época ha de intentarse, de nuevo, arrebatarle la transmisión al conformismo que está a punto de sojuzgarla”. Tan es así que por en la tesis XV Benjamin describe un incidente que ocurrió nada menos que durante la Revolución Francesa en el que “cuando llegó el atardecer del primer día de lucha sucedió que, en diversos lugares de París, independientemente y de forma simultánea, se disparó contra los relojes de las torres”. Esos tiradores alienados querían parar el tiempo a cómo de lugar. No hay que perder de vista que los relojes públicos eran toda una institución en Europa, a tal punto que para el historiador italiano Carlo M. Cipolla según lo vuelca en su corto ensayo “Las máquinas del tiempo”, los relojes fueron artefactos clave de la revolución tecnológica debido a que le dieron a los europeos un sentido del tiempo que no tenían y un instrumento para administrar irreemplazable, lo que no sucedió por caso en China, donde eran vistos como un juguete caro sin uso factible en la producción.

 

 

 

Marcha de mujeres de Versalles.

 

 

 

Mientras tanto

Ni la Revolución Francesa en plena efervescencia se salvó de que irrumpiese el sentimiento conservador de no innovar, de mejor malo conocido que bueno por conocer. Es de gran magnitud el desafío en el aquí y ahora de la conciencia política argentina. Tiene que construir las bases sólidas de la democracia a través del desarrollo de un país semi periférico, en un mundo signado por el desarrollo desigual: la continuidad en el desarrollo de pocas naciones significa la continuidad en el subdesarrollo de todo el resto. Los comunistas lo tenían claro: si querían llegar al paraíso necesitaban un partido al solo efecto. Si queremos el desarrollo necesitamos un partido del desarrollo, porque la transformación social que implica en un mundo de desarrollo desigual es muy profunda, tanto que tiene a los conservadores populares seguros de que su espacio político tiene por delante muy larga vida. Sin ese partido que capitalice la larga y rica experiencia vivida como eje del movimiento nacional, como su imprescindible instrumento político, el desarrollo de Cinosura pasa a meta imposible.

Mientras desojamos la margarita de si haremos o no el partido del desarrollo, la reacción no se queda quieta. A las demostraciones públicas que ha comenzado a realizar, por hipótesis no hay que descartar sus atavismos pro-imperialistas, como los lamentables episodios que tuvieron como protagonistas al anterior presidente cuando era alcalde porteño con distintos funcionarios norteamericanos, tal como fueron documentados por los cables de Wikileaks. Esos cinco encuentros documentados con distintos funcionarios y en circunstancias diversas tuvieron una constante: acusar de loco al ex Presidente Néstor Kirchner y responsabilizar a los norteamericanos de no ponerle freno al daño que el supuesto loco le hacía a la Argentina.

La perplejidad de los funcionarios norteamericanos quedó plasmada en los cables diplomáticos. La embajadora norteamericana Vilma Socorro Martínez (2009-2013) tras una entrevista con Macri lo caracterizó como “arrogante y maleducado”, y de desubicarse y sugerir que su país adopte respuestas políticas “poco realistas” e inconvenientes. Y es así. Que el ex Presidente albergara sentimientos pro-imperialistas no significa que haya entendido la dialéctica del amo y el esclavo. En esa gran novela que es Imperio de Gore Vidal la sutileza es expresada por Theodore Roosevelt (primer presidente norteamericano que salió al exterior) al poner el autor en su boca que “nosotros no utilizamos la palabra ‘imperio’ porque los delicados no pueden soportarla”.

 

 

El disimulado Teddy Roosevelt en el Canal de Panamá en 1906.

 

 

En el trazo fuerte, Gore Vidal lo pone a William Randolph Hearst diciendo que “el poder básico no es presidir en la Casa Blanca o inaugurar un parlamento sentado en un trono, sino reinventar el mundo para todos dándoles los sueños que tú quieres que sueñen”. Hearst a la sombra del silente pendón de Teddy Roosevelt se ufanaba de que “el barco del Estado ha salido por fin a alta mar … Lo que fue Inglaterra lo somos nosotros ahora”, y agregaba “pero a una escala mundial”.

 

 

El ciudadano William Randolph Hearst, fabricante de sueños…imperialistas.

 

 

Más allá de que los hechos demuestren que el gatomacrismo no está intelectualmente preparado para las tan necesarias sutilezas en el ejercicio del poder, esa actitud política se repite a lo largo de la historia y en todo territorio de la geografía mundial en que una parte de la sociedad quiere cambiar y la otra de ninguna manera. En su Historia de la Revolución Rusa, León Trotsky analizando el comportamiento de Aleksándr Kérenski, el social demócrata aparentemente conciliador y en realidad con ínfulas de derrotar a los bolcheviques cuando accedió a ser primer ministro (digamos: otro que nunca entendió mucho de qué trata el poder real), comenta que “el periodista norteamericano John Reed, que sabía ver y oír y que nos ha dejado un libro inmortal sobre los días de la Revolución de Octubre, atestigua, sin vacilar, que una parte considerable de las clases pudientes de Rusia prefería la victoria de los alemanes al triunfo de la revolución, y que no se abstenía de decirlo abiertamente. ‘En cierta ocasión- —cuenta Reed, entre otros ejemplos— pasé la velada en casa de un comerciante de Moscú. Estaban sentadas, tomando té, once personas. Se preguntó a los reunidos a quién preferían, si a Guillermo o a los bolcheviques. Diez contra uno se pronunciaron por Guillermo’”. Se referían al Kaiser Guillermo.

 

 

Trotsky y Martínez, contrariados por los cipayos.

 

 

 

La Liga

¿Qué liga esa actitud ideológica común entre rusos blancos y gatomacristas tan diseminados en el tiempo y el espacio? En el más reciente número de la revista académica Journal of Economic Growth hay una pista en el paper de Gunes Gokmen, Wessel Vermeulen, Pierre-Louis Vézina titulado “Las raíces imperiales del comercio global” (The imperial roots of global trade). El trío toma como dato que a lo largo de la historia, los imperios han facilitado el comercio dentro de sus territorios al construir y asegurar rutas comerciales y migratorias, y al imponer normas comunes, idiomas, religiones y sistemas legales, todo lo cual condujo a la acumulación de lo que llaman capital imperial. La investigación tiene como objetivo dar fundamentos al proceso de cómo influencian aún hoy en la estructura del comercio global los imperios ya extintos. De acuerdo a la investigación del trío, “las importaciones de países que alguna vez estuvieron en un imperio común son en promedio 55% más grandes. Por lo tanto, el legado histórico de los imperios claramente dejó su huella en los patrones comerciales de hoy”. Como buenos neoclásicos descubren la pólvora bondadosa y sospechan que “los países que han compartido imperios con muchos países durante muchos años son más ricos hoy en día. Esto hace que la investigación futura sea prometedora, especialmente dada la investigación previa que sugiere un efecto positivo del aislamiento en la innovación y la prosperidad”. Que los economistas neoclásicos a partir de Trump sigan con esta cantinela o bien demuestra que están muy faltos de argumentos o que portan un cinismo a prueba de balas.

Además, si esto fuera cierto, la conciencia de los rusos blancos, gatomacristas y grupos por el estilo habría dado con la llave de la prosperidad nacional y todo su pecado habría sido el de no encontrar el camino para demostrarle a sus desquiciados compatriotas que por el fortalecimiento del mercado interno no iban a ningún lado. Todo era cuestión de participar con más decisión en el comercio de las viejas y supérstites rutas imperiales. Un tipo serio como Harold James, historiador de Princeton, dinamita estos deslices de la falsa conciencia en una reseña (PS 14/02/2020) de los ensayos de William Dalrymple, The Anarchy: The East India Company, Corporate Violence, and the Pillage of an Empire, (La Anarquía: La Compañía de la indias Orientales, Violencia Corporativa y el Pillaje de un Imperio) de 2019 y de Hans van de Ven, Breaking With the Past: The Maritime Customs Service and the Global Origins of Modernity in China, (Ruptura con el Pasado: El Servicio de la Aduana Marítima y los Orígenes Globales de la Modernidad en China) de 2014.

La reseña está hecha en clave de encontrar las raíces históricas del comportamiento internacional actual de las dos naciones más pobladas del planeta con aspiraciones de superpotencias, a efectos de aportar a la evaluación de la decisión de Washington de pelearse con una y cortejar a la otra. James toma como dato que los imperialistas británicos en el siglo XIX discurseaban que al hacerse cargo de la administración pública de China y el subcontinente indio, llevarían esas civilizaciones a la era moderna. La realidad fue completamente diferente. Las dos historias de la Pax Britannica que reseña Harold James dejan en claro que la explotación económica siempre fue la máxima prioridad del imperio. A partir de ese análisis James manifiesta que “pensar que un modelo extranjero puede proporcionar una respuesta simple a preguntas complejas de gobernabilidad, ha demostrado repetidamente ser un error. Durante siglos, tal pensamiento ha llevado al desastre, alimentado el sentimiento nacionalista y asegurado que naciones como India y China siempre se sentirán profundamente incómodas al acatar las convenciones en el orden mundial de algunos otros”.

La realidad es que un grupo interno al intentar recurrir a aliarse con la potencia dominante lo único que pretende es aplastar al mercado interno ahí donde existe y tiene posibilidades, porque le impiden apropiarse de la renta generada por el lugar que ocupa en la división internacional del trabajo. Si tal redistribución no procede, el igualitarismo moderno que conlleva la práctica democrática no se alcanza y el desarrollo pasa a valores. Mientras no exista un sólido partido del desarrollo, las pulsiones contra el mercado interno pueden ser muy derechosas onda Martínez de Hoz-Cavallo-gatomacrismo o, por el contrario, de tinte social demócrata como en su momento expresaron con el Austral Juan Vital Sourrouille y Adolfo Canitrot. Ambas tuvieron en común el iluso afán exportador, aunque la segunda esté constituida por los delicados que no pueden soportar la palabra imperio. El partido del desarrollo es el partido del mercado interno, de la acumulación a escala nacional y es lo que asegura el avance de la coalición victoriosa de 2019.

 

 

 

 

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