Desde la perspectiva de la historia económica, el partido entre España y la Argentina supuso una final verdaderamente fascinante para el Mundial de 2026. Cameron Abadi y yo hemos investigado esta relación para el último episodio de Ones and Tooze. Si alguna vez ha habido un caso en el que un gráfico valga más que mil palabras, es este.

El drama comienza con la independencia de la Argentina en julio de 1816 y el contraste entre el prolongado estancamiento de España, en medio del colapso de su imperio latinoamericano, y el auge de la economía argentina a finales del siglo XIX. Por mucho que la élite argentina aspirara a la independencia de España, la aceleración del crecimiento económico de su país se debió, sobre todo, a su incorporación al imperio informal británico. A partir de la década de 1870, esto se tradujo, principalmente, en la expansión de la red ferroviaria argentina, que abrió el interior del país al desarrollo agrícola. En 1860, la Argentina carecía de una red ferroviaria digna de mención. En 1910 contaba ya con 23.994 kilómetros.

En 1937, la red se había ampliado a 40.000 kilómetros de vías férreas, de los cuales el 66% era de propiedad británica. En un país nominalmente independiente, la infraestructura vital estaba controlada por extranjeros. No es de extrañar que la Argentina se convirtiera en un campo de pruebas para las teorías de la “dependencia”.
En general, aproximadamente la mitad de “los activos fijos de la Argentina (excluidos los terrenos) eran propiedad de extranjeros, principalmente británicos, en 1914 (…). La Argentina realizaba alrededor del 28% de su comercio exterior (importaciones y exportaciones) con Gran Bretaña en 1913”, lo que a su vez representaba el 5% del comercio británico.
Por muy subordinada que estuviera, el efecto neto, a principios del siglo XX, fue situar a la Argentina, en términos per cápita, entre las diez primeras economías del mundo, junto a otras economías “de colonos”, como Estados Unidos, Nueva Zelanda, Australia y Canadá. España se quedó tan rezagada que apenas logró situarse entre las veinte primeras.

La promesa de prosperidad convirtió a la Argentina en un destino enormemente atractivo para la inmigración, sobre todo procedente de Italia. Hasta el día de hoy, el español de la Argentina (y Uruguay) conserva fuertes trazas del italiano napolitano.

Sin duda, fue la élite compradora argentina la que más se benefició de esta incorporación desigual al sistema mundial británico. Pero hubo al menos algún efecto de goteo. Lo que impulsó el enorme flujo de migración transatlántica fue una diferencia salarial entre Argentina, Italia y España que, durante gran parte del período, superó el cien por cien.

Hoy en día, más del 60% de los argentinos remontan sus raíces familiares a Italia. Como dijo alguien en broma, la Argentina se convirtió en un país de italianos que hablaban español y cuya élite se creía inglesa. Cabría añadir que Buenos Aires, que en su momento presumía de tener el mayor número de psicoanalistas del mundo, solía describirse como el París de América Latina. Y los militares argentinos se inspiraron sobre todo en Alemania.
La Argentina, en este sentido, es un producto paradigmático de la “condición global” del siglo XIX, supervisada por los británicos. Fue el caso paradigmático de “imperio informal”. España, por supuesto, no quedó exenta de esa condición global, pero su posición fue la de perdedora perpetua al ceder Puerto Rico, Cuba y Filipinas a Estados Unidos en 1898.
Tanto en la Argentina como en España, la cultura del fútbol fue producto de esa misma condición. El rugby, el críquet y el fútbol eran pasatiempos que los expatriados británicos llevaban consigo allá donde iban. Estos, a su vez, dieron lugar a intensas culturas deportivas locales: el críquet en el Caribe y el sur de Asia; el rugby y el críquet en Sudáfrica y Australasia; y el fútbol, el tenis y el golf en todo el imperio informal británico.
A finales de la década de 1870, fueron los empleados de la empresa minera anglo-alemana Rio Tinto quienes se contaron entre los primeros en disputar un partido de fútbol en suelo español. Esta es una de las primeras imágenes de un partido de fútbol disputado en España, posiblemente de un encuentro entre un equipo que representaba a Huelva y el Rio Tinto FC.

Los británicos también llevaron el fútbol a Cataluña, donde en 1899 un expatriado suizo fundó el FC Barcelona. A principios del siglo XX, en el circuito imperial británico, los equipos argentinos y uruguayos ya eran considerados rivales de respeto. Su dominio del juego se valoraba muy por encima del de sus contemporáneos europeos.
En esa época, el fútbol estaba echando profundas raíces locales y, a medida que se derrumbaba el orden mundial liberal, tanto la Argentina como España comenzaron a forjar caminos nacionales distintos en la “Era de los Extremos”.
Cuando los flujos de capital internacional se agotaron en la década de 1920, el giro de la Argentina hacia el nacionalismo económico coincidió con la culminación de la larga crisis española en la Guerra Civil y el establecimiento del régimen de Franco. Ninguno de los dos países participó en la Segunda Guerra Mundial, lo que los dejó marginados en el mundo de la posguerra. El resultado, en la década de 1950, fue una convergencia breve y frágil, simbolizada por la ratline de nazis fugitivos que se desplazaban vía Madrid hacia Buenos Aires.
Pero luego se produjo el cambio de rumbo de los últimos 50 años. España, que ya crecía rápidamente en la década de 1960, se convirtió, en la era posfranquista, en uno de los grandes casos de éxito de Europa. Por el contrario, la Argentina volvió a caer en una brutal dictadura militar en 1976, con la Junta al frente de la fase final del Mundial de 1978. Puede que el país latinoamericano ganara en el terreno de juego, pero su economía ha ido dando tumbos de una crisis a otra, sacudida por los mercados de capitales extranjeros y la agitación de la política interna.
En palabras de un conocido argentino, Argentina se ha “latinoamericanizado”, mientras que España se ha “europeizado”.
En lo que respecta a las finanzas de un juego en el que el ganador se lo lleva todo, como es el fútbol moderno, las cifras del PIB subestiman la ventaja de España sobre la Argentina.
La España recientemente próspera se ha convertido, en el siglo XXI, en una potencia deportiva mundial. En mayo de 2026, Forbes declaró que el Real Madrid y el Barça eran las dos franquicias de fútbol más valiosas del mundo.
“Durante la temporada 2024-25, el Real Madrid registró unos ingresos de 1.270 millones de dólares, un 12% más que la cifra del año anterior, lo que ya suponía un récord para un club de fútbol. De hecho, esta nueva cifra supera por muy poco los 1.230millones de dólares de los Dallas Cowboys de la temporada 2024 de la NFL, lo que la convierte en la cifra total de ingresos más alta jamás registrada por Forbes para un equipo deportivo (sin ajustar por la inflación). Así pues, a pesar de que el Real Madrid no participaran en la final de la Liga de Campeones –en la que el Arsenal y el París Saint-Germain se disputaron 29 millones de dólares adicionales en premios–, los “blancos” son el equipo de fútbol más valioso del mundo por quinto año consecutivo, y por décima vez en las últimas 13 ediciones de la clasificación anual de Forbes. El Real Madrid está valorado ahora en 9.500 millones de dólares, con una ventaja de 2 mil millones sobre el segundo clasificado, el Barça, que la temporada pasada se convirtió en el único otro club de fútbol que ha superado los mil millones de dólares en ingresos (sin contar el traspaso de jugadores)”.
Si nos fijamos en los treinta equipos de fútbol más valiosos del mundo, la clasificación está totalmente dominada por la Premier League, otras ligas europeas y la MLS estadounidense.
Una gran parte de la plantilla española procede de equipos españoles, especialmente del Barça, lo que contribuye a explicar su juego “en equipo” tan coherente.

Por el contrario, toda la plantilla argentina de 2026 juega fuera de su propio país, repartida entre diversos clubes de la élite europea. En casa, el fútbol argentino, que hace un siglo aún estaba muy por delante de su homólogo provincial español, ahora languidece muy por detrás. Mientras que el Real Madrid y el Barça están valorados por Forbes en más de 9.000 y 7.000 millones de dólares respectivamente, estas son las valoraciones de los principales equipos argentinos en 2025.

Ningún equipo argentino puede permitirse un jugador valorado en 10 millones de euros, razón por la cual las superestrellas nacionales juegan en el extranjero.
En el top diez latinoamericano, el número uno de la Argentina, Boca, ocupa el puesto número nueve, superado por los gigantes del vecino Brasil. La última noticia es que el FBI estadounidense está investigando el blanqueo de dinero a través de Miami por parte de altos cargos de la Asociación del Fútbol Argentino.
Desde un punto de vista económico, independientemente del talento y el valor de los jugadores individuales, la final de 2026 ha sido un enfrentamiento tremendamente desigual.
En el mundo del fútbol, incluso más que en la economía mundial, no es la “convergencia” lo que impera, sino el desarrollo desigual y combinado.
* Este artículo se publicó originalmente en inglés en Chartbook, el boletín de Adam Tooze en Substack y en CTXT.
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