"Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, solo un hombre en la tierra tuvo ese derecho y ese hombre ha muerto)". Así comienza el cuento Funes el memorioso de Jorge Luis Borges, en el que nos anticipa desde la primera línea la condición sagrada de la memoria, no por bendita, sino por manifestarse en Funes de un modo divino. Sólo Dios tiene el conocimiento de todas las cosas y Funes el recuerdo.
El cuento habla de un hombre, Irineo Funes, que cae de manera accidental de un caballo en una doma y de ese accidente queda “tullido”, cuadripléjico o hemipléjico. Borges lo visita y ve a Funes detrás de la reja en su cuerpo inmóvil —el cuadro de un prisionero—; entonces, este le confiesa que cuando se recuperó del golpe sintió que el presente le resultaba intolerable. Le dijo que recordaba todos los recuerdos, no sólo los propios, sino los de todos los hombres desde que el mundo es mundo; que podía recordar desde las memorias más remotas a las más triviales. Su memoria se convirtió en una totalidad magnífica por la posibilidad de abarcar recuerdos y la inmediata transformación de las imágenes y percepciones en recuerdos. Mientras Borges viera una copa, Funes vería todas las copas y las uvas y las parras del mundo; Funes recordaría cada cosa percibida y a su vez cada una de las veces que percibió esas imágenes. Un work in progress del recordar; el segundo, que es vivido en presente, inmediatamente se vuelve pasado. Funes es el espectador y el evocador del mundo, el hacedor, en todo caso, si con la memoria se construye presente. ¿El golpe lo habría arrojado a un metaverso?
La memoria de Irineo Funes es infinita como todo lo que podemos encontrar en el chat GPT. Borges se atrevió, en la década del '50, a contarnos cómo era la IA en el año 1868, sólo que en este caso el contenido de todas las asociaciones infinitas estaba adentro de un cuerpo. Borges, fiel a su implicancia en las paradojas, creó un Irineo con una megamemoria en un cuerpo inmóvil. Algo que por arriba es tan amplio como los montes, los mares, las circunstancias, las estaciones, por abajo es un territorio frágil, limitado por bordes; es un cuerpo humano que manifiesta finitud.
Irineo Funes se muere de un edema pulmonar, posiblemente —en un atrevimiento por completar la fábula— porque sus pulmones se vieron sobreexigidos; con cada inhalación, un nuevo recuerdo y así; aunque la memoria era infinita, los pulmones no. El dogma de los coachs de yoga: inhala, exhala pudo ser fatal. No lo sabemos.
El recuerdo absoluto, tanto como la pérdida de la memoria, dejan al hombre enajenado de sí mismo, porque este se autointerpreta en una veloz operación que es constitutiva de lo que ve y piensa; dicho de otro modo, algo de lo fundamental del ser depende de lo que pensamos, recordamos y olvidamos. Los actos de la memoria se van superponiendo, aparecen, desaparecen, se archivan, se transforman, vuelven a aparecer con huecos completados por pura imaginería.
“Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar; pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”. Acá Borges deja claro que el proceso cognitivo que le afectó a Funes, la acumulación de sucesos, le clausuró la operación de pensar. Funes “el memorioso” es el equivalente a las máquinas expendedoras de información de la actualidad; el aprendizaje está desvinculado por completo de la deglución de datos.
Pensar, en ese multiverso en el que vive Funes, puede ser un acto de rebeldía contra el valor de la acumulación. Imaginemos un universo (otro) en donde el acopio de recuerdos es la plusvalía; anclar una reflexión en esa maquinaria desataría un caos y la cadena de montaje se vería interrumpida por un ominoso proceso capaz de alterar todo el orden de producción y rendimiento de ese universo: el rumiar.
Para pensar y reflexionar es necesario que todos los hechos, anécdotas, sucesos y percepciones convivan en un desorden. El pensamiento es una coreografía que se va armando entre olvidar y recordar, generalizar y abstraer y rumiar; al modo de la teoría cuántica, hace imposible fijar la posición de un recuerdo. De acuerdo con el principio de incertidumbre de Heisenberg, a medida que pretendemos circunscribir la dimensión de un recuerdo, menos podemos manejar su movimiento. Un instante para comprender el eterno efímero, instantes como átomos que no están ni acá ni allá, pero sí están acá y allá. Todos los nombres están "sur le bout de la langue", en la punta de la lengua; el arte consiste en saber convocarlos cuando es necesario, escribe Pascal Quignard en El nombre en la punta de la lengua. El rumiar es ese movimiento feroz de pensamientos que se superponen, van en una línea, saltan, aparecen en otra línea, no hay cohesión. La característica del rumiar es que vive una fluctuación de tipo cuántico. Más rumiamos, más nos representa el principio de incertidumbre de Heisenberg.
Ahora, imaginemos un año, por ejemplo 2025; una cadena de montaje que produce el capital a través de una vida digital cuya manera de ordenarse tiende a lo dicotómico: el bien y el mal, lo bello y lo feo, sí o no, aceptar o cancelar. El engranaje en la cadena de montaje es el algoritmo y se alimenta de exabruptos, de repeticiones, acumula al estilo Irineo Funes. Afortunadamente, en esta vida virtual se nos permite habitar burbujas que nos confirman el ser y estar. Porque, como dije más arriba, si el hombre se autointerpreta en una operación constitutiva de lo que ve y piensa, los recuerdos que van creando los algoritmos responden a la pregunta por quién es uno. ¡Qué alivio!
Dejar atrás un verano en pareja en Villa Gesell, una noche con amigos en San Isidro, el helado de frambuesa que se cayó al suelo esa noche en El Bolsón, resulta difícil cuando empieza el día y la red te recuerda "un día como hoy hace siete años…". ¡Qué pasado perpetuo!
La duda sería el acto de rebeldía de los bots. Un virus de “duda” provocaría un caos en la “dead web”. La teoría de la Internet muerta dice que nuestras interacciones, publicaciones, comentarios y debates ya están generados a través de los millones de mensajes que ha creado la IA. Nos conectamos a un universo dominado por bots.
Sin embargo, la duda es una actitud plenamente humana, de seres limitados y finitos, biológicos. Pensar es una acción clara del ser racional; eso incluye la complejidad de la duda. "¿Que sais-je?", se preguntaba el ensayista Michel de Montaigne. Aprender a dudar es asumir la fragilidad y la contingencia de la condición humana; a su vez, la retaguardia como protección ante el avance de los bots. Pero, cuando el sujeto duda, se desconecta de la vorágine, queda a la intemperie. Desamparado. Poner en cuestión los tópicos y prejuicios se paga con el destierro.
¿Cuánto y qué quiero recordar?
Anne Dufourmatelle cuenta en el tratado sobre psicopatología de la vida amorosa llamado En caso de amor que una paciente llega a su consultorio y en el primer acercamiento le ruega que le saque de encima el amor. Como si el amor fuera un fenómeno que se pudiera desprender, desabrochar, como cortarse el pelo, operarse de un lunar o quitarse un tatuaje. Esa es la idea que se maneja en la película escrita por otro megacerebro: Charlie Kaufman, Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, la película que en el año 2004 planteaba que una máquina podía realizar un “procedimiento de borrado de recuerdos”. La trama es más o menos así: una compañía dirigida por el Dr. Howard ofrece un servicio de borrado de memoria. Una chica (Kate Winslet en el papel de Clementine) encuentra esta solución para dejar de vivir con el recuerdo de su última relación. Jim Carrey (Joel en la película) y Kate Winslet son un par de ansiosos compulsivos e impulsivos que mantienen una relación siempre al extremo, tan divertida y colorida como retorcida. Un día ella decide borrar de su mente a quien fue su novio. Cuando él se entera de que ella lo borró, se desmorona, porque el mantenimiento de los escombros de una relación de pareja debe ser una tarea de los dos. ¿Cómo se le ocurre al otro dejarme colgado de un abismo con el cuerpo rodeado de recuerdos como explosivos?
Entonces, él también emprende esa experiencia. La película fue una adelantada a su tiempo y hoy ya hay disponibles desarrollos tecnológicos que buscan alterar la memoria. Lo fabuloso de Eterno resplandor… es cómo lo humano se impone a lo tecnológico. Y cuando decimos humano, evocamos la matriz de la vida: el deseo, el bucle que nos enrosca con otro; habitar una pareja es el tropiezo más humano de la biología y la cultura. Entonces, volviendo a la película, resulta que cada vez que el escáner del procedimiento mapea el cerebro de Joel en donde su novia está a punto de ser borrada, una dimensión de él manipula los recuerdos y desarrolla una resistencia al procedimiento. Adentro de la memoria, ambos van buscando atajos para que la historia de amor no desaparezca. Joel, ayudado por su novia, se esfuerza por retenerla en la memoria. Como la mecánica cuántica, ella aparece en un recuerdo en un restaurante, y enseguida en un recuerdo de la infancia de él. "Escondeme en tu humillación", le pide ella con tal de no desaparecer de la memoria de su novio. El recuerdo donde se encuentra Clementine, que es propiedad de él, repercute en la Clementine de carne y hueso que, mientras intenta una relación nueva, siente el desasosiego de estar siendo borrada de la memoria de su ex pareja. ¿De todo esto tendrá explicaciones la física cuántica? ¿Percibimos ciertos átomos cuando alguien nos recuerda? Y ¿percibimos malestar cuando nos sentimos olvidados? Una ruptura puede dejar una herida que se llena de recuerdos como un fango donde crecen flores de loto, y entonces nos volvemos un poco Funes, un cuerpo paralizado y una serie de tormentas que chocan en la memoria que necesita un reset. El horror de un enamorado es no ser recordado, el horror del enamorado es estar recordando en un presente perpetuo.
Manipular recuerdos
El deseo de olvidar siempre es una fuerza contracorriente; solo podemos olvidar lo que recordamos; es imposible proponerse el olvido. En cambio, recordar es un ejercicio voluntario. Buscar un recuerdo escondido en un “atajo” de la memoria es como intentar sacar un peluche de las máquinas; manipulamos el gancho y buscamos el muñeco-recuerdo que está mezclado con todos los demás. Parece un desafío de destreza, pero las probabilidades de éxito son aleatorias, azarosas. Descubrir un recuerdo escondido puede ser emocionante o aterrador. La mayoría de nosotros experimentamos acontecimientos traumáticos que preferiríamos olvidar y también haber sido olvidados por otros y recordados por quienes nos olvidaron. Finalmente, Irineo Funes GPT, por el momento vive en un metaverso, que, como todo imperio, puede caer; caerá. Clementine y Joel deciden volver a amarse, o pelearse, o reírse juntos, quién sabe por qué, a pesar de que toda pareja sepa que tiene fecha de caducidad; un misterio de nuestra biología posee un ímpetu furioso de ir por el deseo hasta el final, hasta que no quede nada en stock.
"Benditos sean los que olvidan, porque de ellos es el paraíso". La frase de Nietzsche se enuncia en la película a favor del procedimiento de borrado, aunque la frase también se encuentra de la siguiente manera: "Bienaventurados los olvidadizos, ya que vuelven a tropezar con la misma piedra".
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