El pésimo infierno

La muerte que administra el Estado siempre recae sobre los mismos: los más débiles

 

El domingo 13 de abril de 2014, en el programa televisivo Periodismo para Todos, un sereno Jorge Lanata entrevistó a dos personas presentadas como “sicarios”, es decir asesinos a sueldo, por encargo. En esos días se discutía a nivel nacional la modificación del Código Penal, proyecto elaborado y presentado al Poder Ejecutivo por una comisión de notables entre los que estaban Raúl Zaffaroni, León Arslanian, Ricardo Gil Lavedra, María Elena Barbagelata y Federico Pinedo. Este último rápidamente se alejaría políticamente del proyecto que había ayudado a redactar. La política legislativa en materia penal empezaría así a circular por los andariveles de la política electoral y de la demagogia punitiva que se convertiría en slogan de campaña y caballito de batalla del macrismo.

Durante la entrevista, uno de los sicarios —con una claridad académica asombrosa, para ser un señor que declaraba minutos antes vivir de matar gente— tuvo este dialogo con Lanata:

JL: ¿Qué pensás que te pasaría si te agarran?

Sicario Estudioso: ¿Con la ley nueva? Salgo en dos minutos.

JL: ¿Y con la vieja?

Sicario Estudioso: En un mes…

Lanata no repreguntó.  No faltó el mal pensado que lanzara la sospecha de que el sicario en realidad no era sicario, y que la respuesta estaba superguionada para que se pusiera en discusión un proyecto, que huelga decir, jamás se convirtió en ley.

El sicario que conocía perfectamente el código penal vigente y que había estudiado en profundidad el proyecto de reforma, nos deparo a la mayoría de los abogados de este país, horas de chistes y carcajadas. No faltó el colega que sugiriese contratarlo como asesor. O el que amenazó llamarlo como perito experto. El “sicario experto en legislación penal actual y futura” se volvió una celebridad entre los abogados, aun cuando jamás supimos su nombre. Luego la realidad se volvió mucho menos chistosa en materia penal, cuando los jueces y fiscales parecieron empezar a resolver las causas con tanto conocimiento o estudio como demostró mi querido y desconocido Sicario Estudioso.

Hace unos días recordé, con algo parecido al afecto, las interminables horas de risa que nos regaló. También me acordé de otro detalle curioso: el Sicario era de Rosario y su principal enemigo era el narcotráfico. (Cualquier parecido con la realidad actual, y con ciertos discursos, tal vez no sea pura coincidencia. ¿Cómo saberlo?)

En febrero de 2019 se hizo pública la denuncia de un empresario llamado Pedro Etchebest por extorsión. El extorsionador denunciado se llamaba Marcelo D’Alessio, quien se presentaba como abogado, contador, experto en seguridad y agente de inteligencia de la CIA, la DEA y también de la AFI argentina. A la fecha, Marcelito está preso, imputado por extorsión y otros delitos vinculados a la existencia de un dispositivo de inteligencia ilegal que al parecer no solo extorsionaba, sino que pasaba buena parte de su tiempo prestando útiles –e ilegales— servicios al Poder Judicial, en lo que se refería al armado de causas contra los ex funcionarios del gobierno kirchnerista. Estos servicios consistían en la “fabricación” de testigos falsamente arrepentidos y en la presión –“puesta en emergencia”, dicen ellos— para que personas fueran a declarar judicialmente en contra de “objetivos específicos” que siempre eran ex funcionarios kirchneristas. Entre los señalados como receptores y beneficiados por los buenos oficios de la “loca banda de Marcelito” figuraban Carlos Stornelli, fiscal de la causa basada en arrepentidos, conocida como “Causa Cuadernos”; el juez de dicha causa (a quien con toda honestidad y humanidad le deseo una pronta recuperación); el Ministerio de Seguridad conducido por la carismática Patricia Bullrich; algunes diputades conocides por sus constantes denuncias de corrupción, siempre contra el kirchnerismo; y por insólito que suene, hasta la AFI de Gustavo Arribas parece haber tercerizado en la banda de Marcelito algunas de sus tareas específicas. Lo que se dice, una mala conjunción de espías oficiales holgazanes y espías paraoficiales proactivos.

Al principio, los funcionarios públicos involucrados negaron siquiera conocer a Marcelito. Pero cuando empezó a surgir la abundante prueba que se secuestró en el marco de la investigación, a regañadientes comenzaron a reconocer que lo conocían. Stornelli dijo que D’Alessio había ido una o dos veces a su fiscalía a aportar información. Luego se supo que además había ido a visitarlo en Pinamar, para una larga reunión que incluso estaba filmada. Un detalle conmovedor que proporcionó Marcelito: primero negó la reunión de Pinamar, pero cuando aparecieron las fotos señaló que había sido un encuentro casual y saltaron los chats que revelaban que la reunión había sido concertada con días de anticipación, se llamó al silencio. Say no more, concluiría Charly. Debería recomendarle al fiscal Stornelli que se presente ante la Justicia y dé las explicaciones del caso, en lugar de refugiarse en las bambalinas de colegas que con cada día que pasa y cada foto que irrumpe se comprometen aún más en una defensa que no pueden explicar.

Patricia Bullrich negó conocer a D’Alessio hasta que aparecieron fotos de Marcelito y ella juntos. Cuando no tuvo mas remedio que admitir que lo conocía, señaló que siempre lo había considerado un “loquito”, que se lo habían presentado pero no había vuelto a tener contacto. Luego aparecieron unos chats que daban cuenta de una operación con un usuario identificado en el teléfono de D’Alessio como “Patricia Bullrich S6”. Desde el ministerio de Seguridad, los siempre informales voceros señalaron que había que verificar que en efecto se tratase del celular de Patricia Bullrich. Está claro que se debía verificar la identidad del usuario, porque dentro de los chats entre “Patricia Bullrich S6” y D’Alessio había mensajes que daban cuenta de tareas de inteligencia ilegales desarrolladas en Santa Fe.

 

 

La respuesta de Movistar fue que el usuario identificado en el celular de Marcelito como “Patricia Bullrich S6” era, en efecto, la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich.

 

 

Los informales voceros de la ministra difundieron rápidamente dos datos vitales. El primero: la ministra consideraba que la difusión de la nota de respuesta de Movistar era una intromisión en su privacidad y que iniciaría acciones legales. Rara respuesta por parte de la ministra que hace meses impulsó un plan para que los usuarios de celular — incluyendo los usuarios de líneas prepagas— registraran la titularidad de sus líneas telefónicas. Y quiero creer que no habrá sido una amenaza contra los periodistas que publicaron la respuesta de la empresa, por eso de “campeones de la Libertad de Expresión y coso” que promulga el archidiácono macrista Hernán Lombardi. La respuesta de la empresa Movistar esta glosada en un expediente judicial, que es público para las partes y difundió el periodismo, toda vez que se presenta como una información de indudable interés público.

Extraño concepto de reserva de la privacidad de un ministerio que se ha mostrado displicente con la pornográfica difusión de fotos de detenciones (sobre todo de kirchneristas), incluyendo fotos realizadas en la intimidad de la casa de la persona que se estaba deteniendo, a las seis de la mañana —hablo de Amado Boudou, obvio—, en pijama y descalzo.

Ni hablar de la frecuente participación y opinión de la ministra en programas de televisión donde es usual la difusión de escuchas telefónicas, cuyo origen declarado son las actividades como runner del conductor del programa. No escuché a la ministra opinar sobre la vulneración del derecho a la privacidad que significa la difusión de esas escuchas. Y acabo de revisar la Constitución Nacional y aseguro fehacientemente que no diferencia entre kirchneristas y no kirchneristas en la oportunidad de consagrar el derecho a la intimidad y la confidencialidad de las comunicaciones.

Sin ánimo alguno de ser maledicente, estoy casi convencida de que, si la ministra investigase con ahínco la filtración de fotos y de escuchas, daría con el responsable de la filtración de la nota de respuesta de Movistar que identifica a “Patricia Bullrich S6” como Patricia Bullrich.

La segunda cuestión fue la preocupante respuesta de los voceros informales de la ministra. La respuesta fue que el celular era utilizado para jugar por el nietito de Patricia Bullrich. Todos coincidimos en que el pibe es un fenómeno extraordinario en materia de expresión verbal y escrita. Se comunicaba con D’Alessio con una propiedad en el lenguaje que deberían envidiar e imitar buena parte de los funcionarios del macrismo, empezando por el excelentísimo señor Presidente Ojitoz de Cielo, que alguna dificultad manifiesta de modo constante en esa área.

Alguno sugirió que se podría designar al niño en cuestión en alguna área de comunicaciones del Poder Ejecutivo, atento a sus sorprendentes habilidades comunicativas. Y su enorme gama de intereses, también sorprendentes a tan tierna edad. Podría haberle pedido a D’Alessio vidas en Candy Crush, pero el nietito decidió interiorizarse sobre lo que Marcelito le comentaba que sucedía en Rosario. Prolijo como pocos, el pibe pidió precisiones sobre el barrio donde sucedían los hechos denunciados. Voy a afirmar sin miedo que, desde la aparición de la maravillosa Ofelia Fernández en el plano público dándole voz a los jóvenes que siempre eran hablados por otros, no había surgimiento político de cuadro de la juventud mas asombroso que el del nieto de Patricia Bullrich.

Preocupados por la relevancia pública del jovencito, los voceros un poco más formales de la ministra se comunicaron con el diario Perfil y corrigieron lo publicado. El sábado 25 salió una nota [1] firmada por Agustino Fontevecchia que se expresa que “juzgar si es correcto que un niño juegue con un teléfono de la flota del Ministerio de Seguridad, que pelea contra el narcotráfico y las mafias—y que además esta hackeado—, no fue nuestra intención. Lo que buscábamos era poner el foco sobre un elemento central de la causa D’Alessio: si la ministra Bullrich estaba al tanto y si recibía información de parte de una banda de espías paraestatales que además son acusados de extorsión».

El jueves, en el programa Corea del Centro que dirigen María O’Donnell y Ernesto Tenembaum en Net TV, la ministra confesó estar “indignada” por las versiones que involucraban a su nieto y el celular que tenía agendado D’Alessio. “Es mentira”, dijo, agregando que Perfil lo habría deducido en base a que su vocero nos había dicho que “lo único que tiene son jueguitos”.

Del irrisorio episodio del nieto de Bullrich rescato dos elementos. El primer elemento es que en el informe remitido por Movistar consta que D’Alessio se comunicó en varias oportunidades en el teléfono de Bullrich. No solo llamó sino que recibió llamados de él, amén de mensajes de texto y felicitaciones de fin de año con música de Frank Sinatra.

El segundo elemento es que tengo que decir —muy a mi pesar— que por ahí Bullrich es una gran ministra de Seguridad de la Nación. No me consta ni comparto en lo absoluto su discurso de mano dura con los débiles, y sus análisis pseudosociológicos sobre los temas de seguridad. Ni su pasión incontenible por detonar pollos y deportar personas. Digamos que todo eso es opinable. Pero estarán de acuerdo en que darle a un niño un celular hackeado y donde constan agendados falsos espías y extorsionadores, habla pésimo de las habilidades como abuela de la ministra.

También queda claro que no habría sido del todo honesta respecto a la naturaleza y verdadera entidad de su relación con D’Alessio, quien con toda ingenuidad invocó el nombre de Patricia Bullrich para evitar el allanamiento de su domicilio en aquel febrero donde todos —todavía— conocían a D’Alessio.

Tremendo destino el de los Sicarios estudiosos y el de los nietos superdotados. Servir de pantalla para inescrupulosas operaciones de prensa. Convertirse en chiste. Volver superficial y cómico lo que es en realidad una tragedia: el punitivismo plagado de absurdos e ignorancia de una parte de la sociedad que ha decidido creer que eliminando o encarcelando a otra parte de la sociedad, los que queden estarán mejor. A ellos quiero decirles que esa es una ficción que no se sostiene en evidencia alguna. La violencia, las causas armadas y las cárceles solo han demostrado ser terreno fértil para más violencia, más causas armadas y mas cárceles. Cárceles que están a años luz de lejos de aquel mandato constitucional que consagra: “Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas”.

En enero de 2017, en una comisaria de Pergamino donde había detenidos, se produjo un incendio en el cual murieron 10 personas. Y aunque la policía señaló ser ajena a lo sucedido, uno de los chicos que murió allí alcanzo a enviar un mensaje de texto a su mamá diciendo: “Vení, que nos están matando”. A Santiago Maldonado lo persiguió la gendarmería y murió ahogado en circunstancias que aun no terminamos de dilucidar. A Rafael Nahuel le disparó un integrante del grupo Albatros, y pese al intento de acusarlo de participar en un tiroteo, las pericias señalaron que fue muerto por la espalda y sin tener un arma. A Facundo Ferreyra le dispararon por pobre y morocho, un policía que pareció olvidar que él también era pobre y morocho. Hace nada la policía en San Miguel del Monte le disparó y mató a cuatro pibes, que de tan jóvenes es casi imposible imaginar muertos. Pero están muertos. Definitiva e inexorablemente. Y aunque aparten a los policías y a otros miembros de las fuerzas de seguridad que provocaron esas muertes, por algún horrible motivo los que portan armas en nombre del Estado siguen considerándose habilitados para matar. Y para encubrir esas muertes.

Cuando dejamos de reírnos por un segundo, comprendemos que un sicario, aun cuando estudie la legislación penal, mata personas. Que seguramente el nieto de Bullrich no habló jamás  con D’Alessio. Y que la muerte, reitero, es inexorable, definitiva y dolorosa.

Como deseo irrenunciable, como exigencia a quienes nos gobiernan hoy y a quienes nos gobernaran mañana, quiero vivir en un país donde la muerte no sea administrada por el Estado. Siempre volcada sobre los mismos. Siempre sobre los débiles. Siempre sobre aquellos que, por el motivo que sea, no pueden defenderse.

 

 

 

[1] https://www.perfil.com/noticias/politica/el-telefono-de-bullrich-dalessio-y-las-mentiras-del-periodismo.phtml

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