El poeta presente

A 83 años del nacimiento de Roberto Santoro, recordamos su historia y el valor de sus ideas

 

La vorágine y el vago simplismo de la sociedad de redes exigen encasillar a las personas en pocas palabras. Sin embargo, respetar dicha regla con un sujeto que desarrolló múltiples facetas como trabajador de prensa, pintor de brocha gorda, militante gremial y político, poeta, fanático de Racing, escritor de la primera antología argentina de cuentos de fútbol, esposo, padre y amigo conllevaría a disminuir su perfil. No obstante, se puede atravesar la vida de Roberto Santoro tomando como eje sus escritos y sus actos, ya que se mantenía fiel a lo que manifestaba: “Lo importante no es escribir, sino vivir mientras se escribe”.

El camino comienza a los 23 años cuando publica su primer libro de poesía, Oficios desesperados, en el que se respira congoja. La madurez lo lleva a visualizar imágenes que antes no percibía: la cruda desigualdad social lo golpea y se percata de que a razón de las injusticias latentes lentamente está perdiendo la ternura instintiva y lo transcribe en sus estrofas: “Si se me acaba la esperanza, mátenme”. El contraste entre la alegría de la niñez con la infelicidad que lo atormentaba en la primera adultez tiñen de tristeza los textos. Ese sentir es provocado por un rasgo que se mantendrá continuo a lo largo de toda su escritura: la mirada hundida en lo popular. “Nada de lo humano me es indiferente”, reza, y eso lo lleva a meterse, escarbar y mimetizarse con el sufrimiento de la gente.

 

 

La vitalidad del hacer

Lo que hace memorable a Roberto Santoro no es su ser nostálgico ni su melancolía. Pese a que empatice con el desasosiego de la ciudad, también se inserta, busca y vive las alegrías e identidades populares como el fútbol, el tango o el barrio. Dichos elementos aparecen constantemente en su escritura y son usados tanto para resaltar su belleza como herramientas de transformación. La apatía y la tristeza se convierten en fuerza de voluntad y entusiasmo. Aparecen nítidas otras características que reflejan su esencia, el carácter apasionado, la voluntad de creación y la importancia de la acción, y así las resume: “Una cosa sé y muy importante: el asunto no es ser optimistas, sino ser apasionados. Frente a tanta indiferencia el camino es poner sangre en las cosas; pegarle al mundo que nos rodea, la vitalidad de la acción. Y no nos asusta el error porque si muchas veces nos equivocamos fue porque muchas veces emprendimos acciones”.  

La combinación entre ambas esencias, la mirada hundida en lo popular y la voluntad de creación, lo llevan a dejar un legado sin precedentes. “Siempre que puede, alguien pone de manifiesto la insuficiencia de una literatura que testimonie esta presencia. Se recalca la escasez de estudios ‘serios’ sobre las causas y características del fenómeno. Se habla de la ausencia de una ‘valiosa’ literatura de ficción sobre una de las manifestaciones más apasionantes de la sociedad industrial”, critica Santoro a los detractores del fútbol y frente a la queja antepone la acción y suple ese vacío con un libro memorable.

 

 

 

 

Tras una extensa exploración de bibliotecas, una lectura voraz y la persistencia en la búsqueda, publica en 1971, Literatura de la pelota, la primera antología de relatos de fútbol en la historia del país. A la hora de seleccionar los testimonios, busca a todo aquel que hable de fútbol sin ningún tipo de discriminación, lejos de quedarse solo con el conocido y el famoso va también en la búsqueda del olvidado y del despreciado, aparecen entonces: militantes y apolíticos, progresistas y conservadores, músicos y cineastas, intelectuales literarios y sociológicos, poetas y periodistas, hombres y mujeres e incluso anónimos colectivos como cánticos de cancha. La puntillosa selección de textos, la extensa diversidad de personajes y su impronta innovadora llevan a que el título se convierta en una obra de culto para los fanáticos del fútbol y la literatura al punto que la primera tirada se agota y durante años resulta muy difícil conseguirlo hasta que en 2007, 36 años después de su primera publicación, se reedita el libro.

 

La colectividad

A su vez, la historia de cómo se genera dicha publicación marca otra característica que lo define: la convicción por el trabajo colectivo y cooperativo. Considera que los resultados grupales superan ampliamente los individuales. Un poema se duplica al agregarle una canción o un dibujo. Por eso, siempre busca trabajar en conjunto con otras personas, en simbiosis con este pensamiento y ante los impedimentos que le establecen las editoriales para publicar la obra realiza un sello propio. “Hasta que me di cuenta que había que poner manos a la obra. Asociarse para derrotar los costos elevados, la mufa de las imprentas. Formar un grupo de trabajo. Todos colaborando con todos. Nada de especialistas: la tarea colectiva, común, integradora, que sirve para derrotar la imposibilidad de publicar un libro en esta sociedad competitiva y castradora”, dice. En cada experiencia, Santoro consolida sus convicciones, pero además agrega matices, ideas nuevas y otros objetivos. En este caso, se suma el deseo de masificar la lectura, por ello se ocupa personalmente de llevar sus ejemplares a las bibliotecas populares para que estén al alcance de todas las manos. 

En la búsqueda de proyectos colectivos y de amplio alcance aparece otro hito clave para su vida y su escritura: el Grupo Barrilete. Poetas, humoristas y artistas plásticos se reúnen para publicar en una misma revista. Llevan propuestas, discuten e intercambian opiniones en una redacción con estilo de taller. Además, buscan acercarse a ámbitos donde la lectura está marginada: sacar la poesía a la calle. Por eso, además de publicar la revista, hacen recitales y lecturas en sociedades de fomento y fábricas en los cuales también entregan informes que juntan lo político y lo artístico analizando los hechos sociales recientes en títulos como Informe sobre el Desocupado o Informe sobre Trelew

Observando cómo y dónde publicaba sus textos, se ve cómo Roberto Santoro va mutando. Así también la finalidad de sus versos. “Hay poetas y poetas. Hay quienes están comprometidos con la literatura, o con la belleza o con la forma métrica, pero solo con ellas. Hay también otros que conociendo la necesidad de profundizar en el nada fácil oficio de la palabra, comprometen su vida, tratando de sumar a las luchas del pueblo una palabra caliente, que se necesita, que sirva, que sea revolucionaria. O todo para cambiar la sociedad, o todo para nada”, sentencia. Dichas modificaciones también se reflejan en los espacios donde habita, como su militancia en el Partido Revolucionario de los Trabajadores, Ejército Revolucionario del Pueblo y en el gremio de prensa. Todas las acciones apuntan a desestabilizar al orden opresivo reinante y a combatir una sociedad desigual lo cual provoca que sea un escollo para la dictadura cívico militar que había usurpado el poder. Finalmente, el 1 de junio de 1977 lo secuestran y desaparecen.

 

 

 

El valor de sus ideas

Como se visualiza en el recorrido, el sentido de su poesía y sus actos se van alterando y transformando rotundamente a lo largo de los años, aunque hay rasgos que se mantienen en su esencia como la honestidad con sus sentimientos al hacer y escribir, la fidelidad con sus convicciones y la confianza en el género humano. Por ello, narra las realidades más crudas, pero siempre vienen acompañadas de un mensaje de vitalidad y esperanza. Devoto de la bondad humanidad proclama que el cambio es inevitable: “Esto recién ha comenzado. El presente es de lucha, el futuro es nuestro”. Por tal motivo, pese a que hace más de cincuenta años cortaron el hilo del barrilete que lo sujetaba a la tierra, cuando este domingo alguien entone un gol en una cancha, cuando una pareja esté bailando una milonga o cuando en un almuerzo alguien esboce un grito de bronca por la incesante suba de los precios, sin saberlo, estará celebrando su cumpleaños. Roberto Santoro sobrevuela la ciudad y el poeta ausente está presente cuando rememoramos el proyecto de sus ideas y no dejamos que pinchen el globo inflado con esperanzas.

 

 

 

 

 

 

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