El populismo de Milei

El discurso contra la “casta política”, o la hazaña imposible

 

El populismo de derecha llegó para quedarse. Hasta ahora se hallaba difuminado dentro de la coalición de Juntos por el Cambio, pero con la aparición de un personaje histriónico como Javier Milei ha adquirido un perfil propio, de igual modo que Vox se separó del Partido Popular en España cuando Santiago Abascal decidió abandonar la nave madre. Los pasos dados por Milei siguen las recomendaciones de La razón populista, esa suerte de manual para populistas que escribió Ernesto Laclau creyendo de buena fe que favorecía a los populismos de izquierda latinoamericanos. Laclau define el populismo como “una forma de construir lo político, consistente en establecer una frontera política que divide la sociedad en dos campos, apelando a la movilización de los de abajo frente a los de arriba”. Sostiene que para que haya populismo se requieren tres condiciones. La primera es que se construya una relación solidaria entre una pluralidad de demandas insatisfechas y que se forme entre ellas lo que ha denominado una cadena equivalencial. Cuando hay demandas insatisfechas al nivel del trabajo, de la salud, de la seguridad, de la escolaridad, del transporte, etc., entre todas estas demandas se da un proceso de retroalimentación mutua. Es el momento populista, nunca tan oportuno como una pandemia de devastadores efectos sociales. La segunda condición consiste en elaborar, a partir de las demandas insatisfechas, un discurso dicotómico que divida a la sociedad en dos campos: los de abajo, el pueblo, y, frente a él, la casta o la oligarquía, a la que se asigna la responsabilidad por el actual estado de cosas. Finalmente el tercer estadio tiene lugar cuando este discurso dicotómico cristaliza en torno a ciertos significantes vacíos, ciertos símbolos que resignifican al “pueblo” como totalidad. En la mayor parte de los casos es el nombre de una figura emergente que puede ganarse el apoyo de una cierta parte del electorado, pero también puede ser un simple payaso que atraviesa el espacio político como una veloz estrella fugaz.

 

El anarco-capitalismo de Murray Rothbard

Milei se define filosóficamente como “anarco-capitalista” y considera al norteamericano Murray N. Rothbard, autodefinido como un “reaccionario radical”, como su máxima referencia intelectual. Rothbard, fallecido en 1995, ha sido un científico social norteamericano que escribió numerosos libros que abarcan temas de economía, política, historia y filosofía bajo un eje común: la consideración de la naturaleza esencialmente predatoria y coercitiva del Estado. Siguiendo el pensamiento del filósofo alemán Franz Oppenheimer, afirma que el Estado no es más que “la sistematización del proceso de depredación sobre un determinado territorio” a manos de una mafia o un conjunto de bandidos que buscan amparo en una serie de ideologías legitimadoras que le dan cierta respetabilidad. En palabras de Albert Nock, “el Estado reclama y ejerce el monopolio del crimen. Prohíbe el asesinato privado pero él mismo organiza el asesinato a una escala colosal. Castiga el robo privado, pero pone las manos sin escrúpulos sobre todo lo que quiere”. Esta oposición feroz al Estado, expuesta en La ética de la libertad (Unión Editorial), lleva a Rothbard a defender ideas tan extremas como la de sustituir los ejércitos y policías estatales por agencias de seguridad privada, otorgando a los ciudadanos la plena libertad de posesión de armas; una justicia privada basada en árbitros y jueces privados; una justicia penal retributiva, donde los delincuentes tienen que devolver el doble de lo que roban y la defensa del uso de la tortura para obtener información de los presuntos delincuentes. Como nadie tiene la obligación moral de obedecer a una organización criminal, considera que “no puede ser inmoral ni injusto negarse a pagar los impuestos del Estado” ni engañarlo al hacer la declaración de la renta. Defiende los “sobornos defensivos” considerando que en todo el ancho mundo no funciona el motor de los negocios sin el lubricante de los cohechos. Afirma que “un gobierno corrupto no es necesariamente un mal asunto. Comparado con los gobiernos incorruptos cuyos funcionarios imponen la ley a rajatabla, la corrupción permite al menos el florecimiento parcial de transacciones y de acciones voluntarias en el seno de la sociedad”. En materia educativa propone una privatización total de la enseñanza y en relación con el medio ambiente considera que los mecanismos del mercado son los más adecuados para garantizar su conservación. En definitiva postula la completa desaparición del Estado de bienestar y deja en manos de organizaciones privadas de caridad la atención de los casos extremos de pobreza. Su confianza en que el orden del mercado puede sustituir perfectamente a las funciones que desempeña el Estado sitúa su obra como la máxima expresión de una utopía de derecha en la que sólo se echa en falta una reflexión sobre las posibilidades de alcanzar tan audaces objetivos a través de la democracia.

Como curiosidad debe mencionarse que la pertenencia al ambiente intelectual de la Old Right norteamericana llevó a Rothbard a posturas muy críticas sobre el intervencionismo militar de los Estados Unidos. Consideraba que “la guerra es la salud del Estado”, frase con la que hacía referencia a que en tiempos de guerra, aprovechando el ánimo de la población, los gobiernos podían incrementar los impuestos, reducir las libertades, reclutar a los ciudadanos por la fuerza, imponer controles de precios y manipular la moneda y el crédito. Por ese motivo se opuso a la guerra de Vietnam y esta postura lo llevó a ciertas alianzas con grupos de izquierda. Así fundó el Libertarian Party, del cual se alejó pronto cuando comprobó que su conservadurismo social no era compatible con la vida alternativa de los hippies y sus propuestas de liberalización de las drogas. No obstante, defendió siempre el principio de autodeterminación de los pueblos y afirmó que las intervenciones armadas solo servían para generar paces precarias. En el conflicto de Medio Oriente, si bien pertenecía a una familia judía de inmigrantes polacos, adoptó una postura contraria al sionismo judío, culpó a Israel de actuar agresivamente “alimentada por armas y dinero estadounidense” y criticó los acuerdo de Camp David por no permitir el regreso de los refugiados palestinos y la devolución de las propiedades de las que habían sido expulsados por la fuerza. En su caracterización del conflicto señalaba que “por un lado están los árabes palestinos, que han labrado la tierra o utilizado de otra manera la tierra de Palestina durante siglos; y por otro, hay un grupo de fanáticos externos, que vienen de todas partes del mundo y que reclaman toda la superficie terrestre como ‘entregada’ a ellos como religión o tribu colectiva en algún momento remoto o legendario del pasado”.

Es notable, pero entre Rothbard y Marx existe una visión compartida sobre la división de la sociedad en dos clases sociales, con la diferencia de que en Marx lo determinante es la posesión de los medios de producción y en Rothbard las clases quedan definidas por la posesión del Estado. Quienes usan el Estado en su provecho conforman una élite que utiliza las instituciones, como la Reserva Federal, para favorecer sus intereses oligárquicos en contra de los ciudadanos. En esta diferenciación es notoria la influencia que en Rothbard tuvo el ensayo La élite del poder del sociólogo norteamericano Charles Wright Mills. Para Rothbard esa élite busca la alianza con los intelectuales adictos a los que ofrece prebendas para que la acompañen en la implantación de su hegemonía cultural. Aquí cabe una matización en relación con el uso de la palabra “casta” que hace Milei, en la que el término queda restringido a la “casta política”, lo que es comprensible si tenemos en cuenta que en su condición de economista jefe de la Fundación Acordar, que depende de la Corporación América, es evidente su pertenencia al equipo de intelectuales orgánicos del establishment.

 

El populismo de derecha de Rothbard

 En un artículo publicado en 1992 bajo el título ¿Qué es el populismo de derecha?, Murray Rothbard sostiene que los libertarios deberían abrazar abiertamente el populismo de derecha como el medio más rápido para generar oposición al Estado y sus lacayos. Considera que “el modelo Hayek” que se ha seguido hasta entonces, tratando de ganar lentamente a las élites intelectuales para el espacio de la libertad, ofrece un camino demasiado largo ignorando que las élites intelectuales se benefician del sistema actual. “Cualquiera estrategia libertaria debe reconocer que los intelectuales y los creadores de opinión son parte del problema fundamental no sólo por el error, sino porque su propio interés está vinculado al sistema imperante”. De allí que proponga “una estrategia para la libertad mucho más activa y agresiva” consistente no sólo en la difusión de las ideas correctas sino también en la exposición, mediante campañas negativas, de la corrupción de los gobernantes “para despertar a las masas populares contra las élites que les están saqueando, confundiendo y oprimiendo, tanto social como económicamente”. Añade que “la realidad del sistema actual es que constituye una alianza profana de liberales corporativos de las grandes empresas y la élite de los medios de comunicación, quienes, gracias a un gobierno grande, ha privilegiado y formado una subclase parasitaria que, entre todos, están saqueando y oprimiendo a la mayor parte de las clases medias y trabajadoras de Estados Unidos”. Propone como alternativa un “programa populista de derecha” que brevemente expuesto demanda la reducción drástica de impuestos –“especialmente del más opresivo política y personalmente, el impuesto sobre la renta”–; desmantelar el Estado de Bienestar; recuperar las calles “triturando a los criminales” y “deshaciéndose de los vagos”; abolición de la Reserva Federal “que es un cartel organizado de banqueros, que están creando inflación, estafando al público y destruyendo los ahorros del americano medio”; poner “América primero”, deteniendo la ayuda exterior y resolviendo los problemas de casa; y finalmente asumiendo la defensa de los valores familiares, “lo que significa sacar al Estado de la familia, poner fin a las escuelas públicas y su sustitución por escuelas privadas”. Como se puede comprobar, una retórica en la que se inspiró Donald Trump.

 

El programa de Avanza Libertad

¿Está realmente de acuerdo Javier Milei con el programa de la derecha libertaria de Rothbard o la suya es una impostura intelectual, al igual que el pelo revuelto y las palabras soeces? No tenemos modo de saberlo, pero Milei es autor de un trabajo titulado “El sendero de la decadencia argentina”, publicado en un libro editado por Ricardo López Murphy bajo el título de Mejores políticas públicas para la Argentina publicado por la Fundación Cívico Republicana. En ese estudio, Milei expone como un economista convencional, señalando la importancia de los mercados libres y de los incentivos, para lo que considera necesario estimular el proceso de competencia. En ese proceso, donde entran y salen empresas, “resulta ineludible dar contención a los perjudicados con el cambio”. También le asigna un rol importante al sector público en la provisión de bienes públicos y expresa una queja especial contra la presencia de déficit fiscal crónico, señalando “los efectos nocivos del manual populista que encuentra sustento teórico en la política fiscal keynesiana y en la siempre complaciente política monetaria de los estructuralistas”. Es decir que el terrible león televisivo se ofrece como cuidado burócrata que repite los conocidos reclamos del establishment. Llamativamente, las reflexiones finales del texto culminan con unas citas de Adam Smith, que en este caso aparecen correctamente encomilladas.

Si comparamos el programa del populismo de derecha de Rothbard con el programa electoral del Frente Avanza Libertad de José Luis Espert, al que estaba asociado Milei pocos días antes de las PASO, las diferencias son notorias. El programa de Avanza Libertad es lo que podríamos denominar el “programa máximo del capitalismo argentino”, una suerte de ideario neoliberal de reformas profundas que abarca temas como la reforma del Estado, la reforma educativa, la reforma tributaria, la reforma sanitaria y la reforma laboral, incluyendo la modificación del sistema sindical, abarcando temas básicamente de economía. En materia tributaria plantean reducir el número de impuestos pero no se les ocurre tocar el impuesto a la renta. En el tema sindical reivindican la libertad sindical favoreciendo la libre asociación de los trabajadores y eliminando la afiliación obligatoria a un sindicato. Sostienen la necesidad de establecer límites al derecho de huelga en los servicios que presta el Estado. En materia de reforma sanitaria propugnan la eliminación de las obras sociales sindicales para ir a un sistema único donde los prestadores sean las instituciones estatales, paraestatales y privadas. En relación con la administración del Estado, sostienen la necesidad de eliminar el crónico déficit fiscal para reducir la inflación pero no se plantean tocar el Banco Central. En definitiva, nada que lo diferencie del programa habitual del neoliberalismo clásico.

Ahora bien, los programas políticos no son muy relevantes y más importante es la praxis política. Lo que en el mediano plazo puede tener más relevancia son los contactos de Milei con la derecha alternativa internacional. El mes pasado estuvo en Buenos Aires Javier Ortega Smith, secretario general de Vox, invitado por el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas dirigido por Victoria Villarruel, segunda candidata en la lista de Milei. También Milei recibió el apoyo de Eduardo Bolsonaro, el hijo del presidente del Brasil Jair Bolsonaro. Estos contactos pueden llevar a la naciente organización a instalarse como sucursal de la derecha autoritaria internacional, aunque todavía es pronto para afirmarlo. Lo cierto es que el populismo, ya sea de izquierda o de derecha, consiste básicamente en una construcción retórica que puede ser utilizada en la etapa agonal de la lucha por el poder, pero que ofrece pocas facilidades para gestionar desde el poder porque en ese momento se terminan las ensoñaciones. Es muy fácil construir discursos contra los políticos, sobre todo en la Argentina, donde si juzgamos a la clase política por los resultados, no son muchos los que pueden superar el suspenso. Pero ¿cómo defender ese discurso cuando se pasa a formar parte de la “casta política”? Es un oxímoron, una hazaña imposible. Al final, como le aconteció a Pablo Iglesias, todos los populistas terminan cortándose la coleta.

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 2500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 5000/mes al Cohete hace click aquí