El precio de postergar un sueño

Hay quienes subestiman las consecuencias que puede tener la frustración de los sueños de las mayorías

 

Una de las características de la existencia que no deja de maravillarme es la división entre la vigilia y el sueño. Durante 2/3 del día estamos activos y conectados con el mundo, pero durante el tercio restante nos desmayamos. Entramos en un territorio de sombras, donde permanecemos un puñado de horas mientras el organismo reduce sus funciones al mínimo, con el objetivo de recargar las baterías. La respiración se aquieta, el corazón baja su ritmo. Lo mismo ocurre con los animales, y aunque las plantas carecen de sistema nervioso, razón por la cual no duermen en el sentido literal, también están conectadas a un reloj circadiano, el ciclo natural que se replica cada veinticuatro horas: cuando es de día producen fotosíntesis para sostener su energía, de noche se concentran en otros procesos, como el de crecer.

El diferencial que supone el sistema nervioso hace que nuestra desconexión nocturna no sea completa. Porque aun cuando el resto funciona en piloto automático, la cabecita no se apaga del todo. Al contrario, aprovecha el botón en off de todas las funciones conscientes para salir a jugar sin censuras y hacer cosas raras. Por eso los lenguajes diferencian entre las dos cosas que ocurren cuando caemos redondos. Una cosa es dormir y la otra, muy pero muy distinta, es soñar. Ya el hecho de desplomarse durante 8 horas de cada 24 sería razón suficiente para producir extrañamiento —no me digan que no es raro eso de ensayar a diario para la muerte—, pero además hay que valorar ese desdoblamiento de lo que ocurre mientras nuestro botón de pausa sigue cliqueado. Por un lado, descansamos. Por el otro, elaboramos en paralelo —metabolizamos— nuestra experiencia y nuestras pulsiones. El coco reposa, pero nunca del todo: de noche cambia de función, hace un rewind de lo más creativo. Lo cual justifica que nos saquemos el sombrero ante la energía de la vida, o como sea que llamemos a aquello que dirigió el proceso en esta dirección: su imaginación no tiene par, se trata del más desaforado de los escritores fantásticos.

 

 

A su tiempo, nosotros nos convertimos en co-creadores a través de la cultura. A esta altura lo tenemos naturalizado, pero yo encuentro sugestivo que parte de nuestros idiomas diferencie entre dormir —estado de completo reposo— y soñar. Esto se reitera por ejemplo en inglés (to sleep, to dream), en francés (dormir, sonner), en alemán (schlafen, träumen). La primera acepción que reproduce el diccionario de la Real Academia enfatiza que soñar es «representarse en la fantasía imágenes o sucesos mientras se duerme«. Pero aunque algunos idiomas marcan diferencia entre el sueño inconsciente, aquel que se verifica mientras estamos palmados, y aquellos sueños que alentamos cuando estamos despiertos (los franceses llaman a eso rêver, por ejemplo, como en la bellísima canción de Jacques Brel que se llama La Quête), en nuestra lengua no hay diferencia: todo lo que hacemos, ya sea dormidos o despiertos, es soñar. Y en inglés, lo mismo: se trata de to dream, nomás. Lo cual subraya que los precursores de nuestras culturas encontraron una conexión entre aquello que soñamos con los ojos cerrados y lo que imaginamos con los ojos abiertos.

 

 

 

 

Se trataría, presumo, de la intención de agrupar todo aquello que sabemos que no es real, que es puro producto de la mente. La distinción entre lo que el cerebro dispara inconscientemente y los sueños de la razón sigue siendo reciente, en términos relativos. Lo que resulta indiscutible es que, desde los albores de la humanidad, nuestros antepasados identificaron cuán singular era eso de pensar, de proyectar hipótesis, de ver cosas sólo con los ojos de la mente, aun cuando no se correspondiesen con la realidad que teníamos delante. Y por eso vale decir, aun cuando nuestros pichos suelten plañidos y se sacudan mientras duermen, que existen pocas potencias más propias de lo humano que el soñar.

 

 

 

Cadenas mentales

¿Quiénes habrán sido los primeros especímenes humanos en hacer consciente la diferenciación entre lo que veían con los ojos —el mundo tal cual era, lo que tenían por delante— y lo que podían ver con su mente? Aquellos que pintaron cacerías en los flancos de cavernas fueron documentalistas, reproducían lo que habían visto y esperaban emular. Pero los que pintaron y grabaron la figura de los dioses pusieron un pie en el territorio de la ficción. A partir de fenómenos naturales como la lluvia y el sol, las erupciones volcánicas y los terremotos, extrapolaron la existencia de fuerzas sobrenaturales que manejaban la sala de máquinas del mundo y que, cuando se enojaban, expresaban su furia arrasándolo todo.

 

«Brazil»: el humano como ser soñante.

 

Dibujar animales y cazadores y rayos y fuego era plasmar fenómenos visibles, pero darle forma a las criaturas que estaban a cargo del tinglado ya entraba en el área de la imaginación pura y dura. Y una vez que antropomorfizaste a los dioses, te metiste de cabeza en los dominios del deseo. Porque además de imaginar a los dioses a los que querías aplacar mediante ofrendas y sacrificios, también creaste a aquellas figuras a quienes les pedías bonanza: fertilidad, mejores cosechas, victoria en las batallas. Ahí ya estábamos soñando a full, proyectando a futuro, viendo con los ojos de la mente lo que anhelábamos, lo que todavía no existía en el mundo ni en nuestro tiempo pero queríamos que se convirtiese, o convertir nosotros, en realidad.

Somos nuestros sueños. Por supuesto, también somos lo que soñamos dormidos, pero mucho de ello, mal que le pese a don Sigmund y a sus discípulos, no es decodificable en términos de la acción consciente. Apenas recordamos lo soñado, y lo que recordamos lo contamos torcido, adaptándolo a nuestra capacidad de verbalizar lo que desafía la lógica. En Estados Unidos existe el refrán lo que ocurre en Las Vegas, se queda en Las Vegas, y yo presumo que podríamos parafrasearlo así en este contexto: lo que ocurre mientras dormimos, se queda —porque allí opera— en los dominios de lo inconsciente. Si bien la conexión entre ambos tipos de sueños es innegable, incluso en términos de causalidad, lo que nos define son nuestros sueños conscientes, aquellos que visualizamos mediante la imaginación: nuestros deseos, aquello que queremos obtener y que condiciona la dirección de nuestros actos. La historia de nuestra especie podría ser leída en clave de los sueños que la propulsaron hacia adelante: durante siglos se soñó con atravesar el océano, volar, garantizar alimentación para la población estable, curar enfermedades, viajar por el mundo a grandes velocidades y explorar el espacio, mucho antes de que fuese posible. Lo que marcaba el camino, lo que volvía plausible lo imposible, eran nuestros sueños.

 

El mundo burocrático de «Brazil»: todos cortados con la misma tijera.

 

Pero claro, los sueños de algunos son también las pesadillas de muchos. Hemos producido maravillas en materia de ciencia e ingeniería y arte, pero también usamos los poderes de la imaginación para satisfacer nuestras pulsiones más negras. Las últimas décadas han sido un ejemplo de cómo perfeccionar los mecanismos de dominación de las mayorías de modo más eficiente y rentable: hoy, por ejemplo, es posible dominar físicamente un territorio sin enviar tropas ni conquistarlo bélicamente, así como es posible explotar a millones para que rindan como esclavos sin necesidad de colocarles cadenas materiales. Mentes muy perversas las de los amos de este tiempo, que conservaron los beneficios de la institución esclavista —las masas que trabajan para ellos por migajas— y se sacaron de encima la obligación de alojar y alimentar y cuidar de la salud de sus siervos. Hoy las cadenas son mentales. Tanto han refinado el sistema, que hasta ayer nomás había esclavos que reclamaban que los servicios fuesen más caros y hoy hay esclavos que rechazan la medicina que el Estado les ofrece, ¡y gratis!, para preservarlo a él y a los suyos de una plaga. Si los plebeyos que murieron o perdieron gente amada durante la Peste Negra se enfrentasen a estos plebeyos de hoy, los escupirían en la cara.

He ahí otra forma de leer la Historia: en pos de dirimir si en una época equis primaron los sueños positivos o las pesadillas, que son los sueños de la razón que, Goya dixit, producen monstruos. La mano viene siempre mezclada, ya lo sé. Cosas maravillosas fueron engendradas en momentos tenebrosos. Pero existen modos de distinguir la tendencia más poderosa, generalmente —lamentablemente— midiendo acorde a números de muertos y de pobres y de hambrientos.

 

 

Si le echásemos el ojo a nuestra época, ¿qué veríamos? ¿Son estos tiempos en los que priman las pesadillas porque son más convincentes, nomás, y por eso manejan los engranajes del poder, o deberíamos preguntarnos si la responsabilidad es de nuestros sueños, que son demasiado débiles, demasiado pusilánimes para imponerse?

 

 

 

(Un)Happy Ending

Hace un par de días volví a ver Brazil. La película de Terry Gilliam data del ’85, o sea que por lo bajo llevaba 30 años —videoclub mediante— sin revisarla. Brazil es lo que hoy se llamaría una distopía, pero se destaca de la cosecha actual del género porque, lejos de pretenderse dramática, se instala en el terreno de la sátira. Es una película muy graciosa, que obliga a recordar que Gilliam fue uno de los Monty Phyton, el maravilloso grupo de comedia inglés que legó una serie inolvidable (Monty Python’s Flying Circus, disponible en Netflix) y películas como La vida de Brian y El sentido de la vida. En el seno de ese combo, Gilliam se ocupaba siempre de las animaciones delirantes y gravitó hacia la dirección. Como solista, creó además muy buenas películas, entre las cuales me quedo con The Fisher King y Doce monos.

 

Crazy Gilliam.

 

Y Brazil, claro. Que es una suerte de relectura en clave cómica del 1984 de Orwell (Gilliam dice que concibió la historia porque se aproximaba ese año icónico) y está situada en una sociedad totalitaria donde el poder visible reside en manos de un Ministerio de la Información. La otra gran influencia literaria que preside sobre ese universo es la de Franz Kafka, desde que todo allí es burocracia y un error de esa índole pone en marcha la maquinaria del relato. Un cagatintas mata a un bicho que le molesta, el bicho aplastado cae sobre el teclado de una proto-computadora y en vez de escribir Tuttle —el nombre de un «subversivo» a quien se quiere atrapar— escribe Buttle en una orden de arresto y todo se descarrila… por un rato, al menos.

 

Bien kafkiano: la culpa de todo la tuvo el bicho.

 

La primera vez que vemos al protagonista, Sam Lowry (un joven Jonathan Pryce, once años antes de interpretar a Perón en el musical Evita), es en mitad de un sueño. Lowry se sueña a sí mismo como un guerrero alado, que divisa a una dama en problemas a la que decide rescatar, enfrentando para ello a un gigantesco samurai. No hace falta ser Freud para pescar la esencia del sueño de Sam: desea tener el coraje del que carece durante el día, conocer el amor y elevarse por encima del mundo oscuro y asfixiante donde vive. Durante la vigilia Lowry es un burócrata más, pero no uno cualquiera: muy eficiente en su tarea, lo cual lo torna invaluable ante su jefe, el ineficiente Mr. Kurtzmann (Ian Holm); además Sam tiene conexiones políticas, desde que su finado padre era amigo del actual Ministro de Información, Mr. Helpmann. Pero como Lowry es un tipo inteligente, sabe que la forma más sensata de sobrevivir en un orden como ese es no llamar la atención: agrisarse, ser uno más, es la receta de la supervivencia, y por eso rechaza el ascenso que su madre ha presionado para obtener. Lo que ocurre entonces es que Sam cree ver en el mundo real a una mujer que tiene el mismo rostro de la dama de sus sueños. Y para conocerla primero, y para salvarla después, empieza a hacer cosas que inevitablemente llaman la atención del sistema.

 

Mr. Kurtzmann (Ian Holm), el burócrata ineficiente pero poderoso.

 

Tampoco hace falta ser Einstein para comprender la paradoja que Brazil plantea. Asfixiado por su realidad de campo de concentración sin rejas visibles, donde no sos nadie si no te sometés a lo que te indican mientras consumís a destajo, Sam sueña con todo aquello que le falta (que es, coherentemente, todo aquello que no se puede comprar): aire, cielo abierto, amor, orgullo de ser. El leit-motiv musical de la película es Aquarela do Brasil, el clásico de Ary Barroso que en el mundo de habla inglesa se conoce como Brazil a secas: una música que rezuma sensualidad, luz, horizontes sin límite. Cuando Sam oye esa música, no puede evitar soñar con un mundo mejor. Pero el problema es que, una vez que Sam permite que sus sueños operen sobre la realidad —una vez que hace algo para que sus deseos dejen de ser fantasía, para que lo real se aproxime a sus ansias—, las cosas no le salen como esperaba.

 

La primera vez que vemos a Sam Lowry, está volando en su propio sueño.

 

Esa es una de las cuestiones que no suelen mencionarse cuando se perora sobre los sueños. Me refiero a lo que en latín se llama caveat, una advertencia que no habría que soslayar porque es crucial, pero que no suele incluirse más que como nota al pie, o como parte de la letra chica del contrato. Actuar sobre lo real para que nuestros sueños se vuelvan realidad no significa que vayamos a mejorar nuestra circunstancia indefectiblemente. También es posible que la empeoremos, o que perdamos la vida en el intento, o que nos volvamos co-responsables del daño hecho a otros. La vida no es un film con happy ending, porque la mayoría de los finales felices escamotea el punto final de la muerte que es nuestro destino: el país desconocido (the undiscover’d country), como la llama Hamlet, ese príncipe tan interesado en los sueños.

Pero esto no significa que debamos dejar de soñar y de intervenir sobre la realidad, para que esos sueños se tornen palpables. Se trata apenas de la formulación de las dificultades y los riesgos que presenta la tarea. El curso viene sin garantías; puede fallar, diría Tu-Sam. Esa es una de las razones por las cuales, a diferencia de tantos otros ejemplos de narrativa distópica que en los últimos años optan por la fácil, Brazil (la película) sigue siendo relevante: porque expone una realidad que coincidimos en considerar inaceptable, el sueño de un mundo alternativo y cuenta un intento de superación que resulta fallido — lo cual no significa que sea el último, o que no valga la pena acometerlo nuevamente.

 

Sam Lowry (Jonathan Pryce), un hombre dividido.

 

Gilliam estaba tan convencido de que el final infeliz que había escrito era esencial a lo que quería contar, que peleó con uñas y dientes para preservarlo. El estudio Universal puso a un equipo a re-editar la película a espaldas de su director, para imponerle un happy ending. Y Gilliam decidió hacer pública su pelea, pagando un aviso a toda página en la revista Variety donde contaba lo que el CEO Sid Sheinberg estaba tratando de hacer. Sheinberg no cejó de inmediato, contraatacó con otro aviso ofreciendo vender la película al mejor postor. Pero Gilliam exhibió la película a escondidas del estudio, y cuando la Asociación de Críticos Cinematográficos de Los Angeles premió a Brazil como mejor película del año, a pesar de que no había sido formalmente estrenada en los Estados Unidos, Sheinberg accedió a conservar el final original.

Me parece una bella historia, por los ecos que se crearon entre la narrativa del film y su suerte en el mundo real. En la ficción, Sam Lowry se lanzaba a perseguir su sueño, y fracasaba. Pero entre nosotros, criaturas de carne y hueso, Terry Gilliam se enfrentó a ese samurai gigante que es Hollywood y le torció el brazo.

 

 

 

Explota explota me expló

Una de las consecuencias de la pandemia fue el modo en que incendió el velo pintado que mediaba entre nuestra percepción y el mundo real. Hasta el más cínico de nosotros advirtió que las cosas estaban mucho peor de lo que consideraba. El culto al dios dinero rige, rampante, sobre todas las cosas, y no admite límite a su imperio ni tolera el cuestionamiento. Si tienen que morir millones para que todo siga igual —esto es, para que los cardenales de ese culto sigan ganando fortunas demenciales a cualquier precio—, pues entonces muramos, nomás: nosotros formamos parte de la masa descartable. La única diferencia entre los señores feudales, esclavistas y capangas de tiempos que creíamos superados y nuestros señores feudales, esclavistas y capangas de hoy es una de estilo y de métodos, nomás. Antes usaban breeches y salacots, ahora usan trajes de Amosu y de Stuart Hughes. Antes usaban látigos y ejércitos privados, ahora usan la chequera digital y la tecnología que nos mantiene entretenidos las 24 horas, porque como dice Bo Burnham, «la apatía es una tragedia y el aburrimiento es un crimen».

 

La sociedad de «Brazil»: consumir, o no ser.

 

Si algo sobra, y a diario, es la evidencia de que vivimos en un mundo donde los mega-ricos hacen lo que quieren, cuando quieren. Que Mauricio Macri haya prolongado durante dos décadas el litigio en torno al Correo Argentino es la prueba palmaria de que se supo siempre en condiciones de pasarse las leyes por el culo: los Macri de este mundo —me refiero a los miembros de la familia, pero también a los empresarios que se comportan como ellos— son el cáncer de nuestro Poder Judicial y de todo sistema de justicia que se precie. La ecuación es simple y está científicamente demostrada: dólar mata Constitución, lo cual equivale a dólar mata democracia real.

El triste espectáculo que ofreció el accionista mayoritario de Amazon.com, Jeff Bezos, después de su paseo a bordo de un pene espacial, revela hasta qué punto esta gente está a años luz de la experiencia del común de los mortales. Bezos agradeció a los trabajadores de la empresa, a quienes explota en galpones bajo un régimen laboral digno de un negrero y les niega el derecho a sindicalizarse, porque —les juro que lo dijo, textualmente— «ustedes pagaron por todo esto». Dado que estaba vestido con mameluco de astronauta y con un sombrero de cowboy sobre su domo calvo, lo lógico era pensar que se cagaba de risa de sus empleados, y del modo más cruel. Pero no: simplemente es sordo a la música de la gente común, perdió toda noción respecto de lo que los laburantes del llano atravesamos, sentimos y nos hace bailar… o marchar.

 

Jeff «Cowboy» Bezos: cagándose de risa de todos nosotros.

 

Estos son los dioses contemporáneos, cuyos templos debemos derribar porque su culto no es menos atroz que aquel que se rendía al dios Moloch. (En efecto, sacrifican más niños al año que los devorados por el fuego de aquella deidad mítica durante su apogeo.) ¿Cómo es posible que los sueños modestos —porque en general no aspiramos seriamente más que a ser respetados, llegar a fin de mes, vivir en un sitio agradable y darnos algunos gustos—, esos sueños multiplicables por los miles y más miles de millones que somos los chichipíos de este mundo, sean más flojos que las fantasías de rey Midas inmortal de este puñado de reblandecidos mentales?

La culpa no es del chancho sino de quien le da de comer, dice la sabiduría popular que aquí aplica a la perfección. Que estos tipos impongan una insensatez es su responsabilidad pero también la nuestra, porque no somos capaces de defender nuestros pequeños, razonables sueños con la enjundia necesaria. Seguimos siendo individualistas en exceso, apostamoss a la salvación personal en vez de encarar el trabajo imprescindible para organizar y sumarnos a todos aquellos que tienen sueños similares. Ante la duda, capitalizamos nuestros mínimos privilegios a lo Sam Lowry, sin reconocer que esta complicidad es la condición de la subsistencia del sistema. Es como dice el chiste: el mejor invento del capitalismo son los pobres (y los clasemedieros, añadiría yo) de derecha, a quienes ya no les alcanza con obedecer las reglas que les imponen y soñar con las porquerías inútiles que se promocionan a toda hora, sino que, además, ahora se han convencido de votar a quienes los explotan.

 

El logo del Ministerio de Información: «La sospecha engendra confianza».

 

Una de las sorpresas que me deparó esta revisión de Brazil fue el hecho de que no termina como yo lo recordaba. Ya les dije que se trata de un unhappy ending. (El estatuto de limitaciones en materia de spoilers caduca a los quince o veinte años, como el de la mayoría de los crímenes, y esta película tiene treinta y seis, así que a llorar a la llorería.) Lowry termina vencido, pulverizado por ese poder que ha tenido el tino de organizarse y por eso es más fuerte que el sueño individual de quien no articula comunidad. Por eso en sus últimos tramos la película se torna dura, difícil de tragar: porque se caga en nuestra esperanza de que triunfar, de que realizar los sueños, sea fácil, se compre predigerido y resulte narrable en una hora y media o dos. El humor de Gilliam es salvaje aquí, porque nos muestra a Lowry siendo rescatado en el segundo final, destruyendo la sede del Ministerio de Información y escapando, pero a medida que progresa la fuga se vuelve más delirante y el espectador empieza a sentir que algo no funciona como debería. Hasta que el film regresa a la silla de tortura donde Lowry había sido atado y descubrimos que sigue allí, y que ese gran escape hollywoodense fue una ensoñación más.

 

Final (in)feliz.

 

En mi recuerdo, Lowry moría bajo la tortura. Tan grande fue el mazazo que sentí al ver la película por primera vez, que le puse un cierre definitivo. Pero ahora entendí que el final estricto no era ese, sino otro más ambigüo y por ende más sutil. (¿Vieron cómo es la cosa? El tiempo la juega de inflexible, pero ama conceder segundas oportunidades.) Lowry no muere, sino que, incapaz de tolerar más dolor, enloquece o queda en estado catatónico. En lo que respecta al mundo exterior, termina reducido a un vegetal, alguien que ya no puede operar sobre lo real. Pero su mente no se ha apagado. Su rostro esboza una levísima sonrisa, y si paramos la oreja, se percibe que está cantando algo. Aún con los labios cerrados, convierte la melodía de Aquarela do Brasil en un murmullo. El circuito de su cuerpo se habrá quemado, pero mientras haya vida en ese cerebro, los sueños esenciales —libertad, educación, salud, felicidad— persistirán. Podemos perder a Lowry, mas no a sus deseos más profundos, que son también los nuestros, los de (casi) todos. Soñar con una vida mejor, distinta de la que desfila delante de nuestras narices, es lo que nos hace humanos. Y así seguirá siendo — a no ser, claro, que prolonguemos nuestra siesta política y le concedamos a los Señores del Dinero el tiempo que necesitan para desarrollar otro modo de apagar nuestra voluntad, más efectivo que el que practican hoy.

 

El joven Yeats.

 

A fines del siglo XIX (1899, exactamente), William Butler Yeats publicó un libro que se llamaba El viento entre los juncos (The Wind Among the Reeds). Allí había un poema muy breve y muy bello, He Wishes the Cloths of Heaven, cuyo protagonista dice que si contase con vestimentas celestiales, las pondría a los pies de su interlocutor o interlocutora. No soy experto en Yeats, pero presumo que es posible que le estuviese hablando a un amor que no le correspondía, como la revolucionaria irlandesa Maud Gonne. Sin embargo, el poema termina con versos que invitan a extender su sentido más allá de la intención amorosa:

Pero yo, que soy pobre, no tengo más que mis sueños;

He desplegado mis sueños debajo de tus pies;

Pisa con suavidad, porque estás caminando encima de mis sueños.

Poco después, las guerras mundiales, el capitalismo caníbal y la tecnología puesta a su servicio pisotearon los sueños de la humanidad, durante un siglo que, aunque el calendario disienta, dista de haber terminado. Aun así, nos parecemos todavía a ese humano y humana primitivos que, a pesar de sentirse inermes ante la furia de los elementos, intuyeron que debía existir una forma mejor de vivir. Tampoco cambió mucho la receta para convertirla en realidad: se trata de entretejer los sueños comunes, de armar una trama tan vasta y tan firme que resista el embate de aquellos que no reconocen más derechos que los propios.

 

 

Pero esta trama sólo puede ser urdida mediante una sola técnica, que es la que requieren todas las cosas que valen la pena: con trabajo y paciencia amorosa. Nos han convencido de que todo lo analógico es reemplazable por una versión digital, más rápida y conveniente, pero en los dominios del proceso vital, que es orgánico, ciertas cosas no se digitalizarán ni se resolverán nunca con un control remoto o un teclado ergonómico. Los contactos en las redes no suplantarán la interacción cara a cara y el meloneo electrónico no suplirá el trabajo político a escala hormiga. La pandemia y el aislamiento que se volvió inevitable jugaron en favor de los Señores del Dinero —no podría haberles sido más conveniente si hubiesen orquestado todo esto—, pero esos inconvenientes se van acotando y el factor humano debería inclinar la balanza.

Muchos de nosotros no alcanzaremos a ver los cambios sustanciales que anhelamos, pero eso es lógico. Se trata de una tarea política que nuestras generaciones retomaron de las precedentes y que, a su vez, legaremos a las futuras. Aunque sea milímetro a milímetro, hay que avanzar hacia el sueño virtuoso de la especie, que siempre fue el de vivir en paz y libertad. Los oficiantes del culto al dinero creerán que todo tiene un precio, pero hay sueños que son innegociables.

 

Terry Gilliam en el set de «Brazil», 1985.

 

 

En el poema llamado Harlem, Langston Hughes —uno de los más celebrados artistas y activistas de los Estados Unidos del siglo XX, que además era mestizo, descendiente de siervas negras y de sus violadores amos blancos— se preguntaba qué le ocurre a un sueño que resulta diferido, postergado: si se reseca como una pasa de uva al sol o si supura como una llaga. Pero en el verso final se plantea otra opción (que es la que a mí más me gusta, lo admito) respecto de lo que puede pasarle a un sueño al que se le niega pista durante demasiado tiempo:

¿Y si explota?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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