El privilegio de elegir

Con limitaciones e imperfecciones, el democrático sigue siendo el mejor de los sistemas

 

Ningún argentino –salvo ese político de mil caras llamado Luis Juez– puede desafiar a la realidad afirmando que en estos 40 años la democracia no cambió para mejor algún aspecto de su vida. No son pocos los que proponen impúdicamente el “cuanto peor mejor” o también el “todo o nada”, aun a sabiendas de que eso traerá, como ya ocurrió, miedo y dolor. En su discurso de asunción, en 2019, el Presidente Alberto Fernández dijo: “Cuando mi mandato concluya, la democracia argentina estará cumpliendo 40 años de vigencia ininterrumpida. Ese día quisiera que podamos demostrar que Raúl Alfonsín tenía razón cuando decía que con la democracia se cura, se educa y se come”. En nuestro país, esos rubros y otros evidencian graves cuentas pendientes.

Esto es muy importante habida cuenta de que los Estados, antaño proveedores, se volvieron agarrados y antipáticos. El mundo, y la Argentina no es una excepción, se puso huraño y mezquino. Millones de personas están lejos de cubrir sus elecciones esenciales, condenadas a un irracional estado de sobrevivencia apenas posibilista. Y esta aberración que lo agrava: el retorno de ideas retrógradas que, en otros tiempos, maltrataron y humillaron a la humanidad. Esos reflejos, que castigan a tantos países, también llegan hasta nosotros en forma de sobresalto, reinterpretados por solistas o por grupos cuya mayor –y en ocasiones única– promesa es pasar a degüello derechos, reivindicaciones y legítimos sueños solidarios y colectivos.

Un legado indiscutible de la democracia es la posibilidad de elegir, una de las expresiones más elevadas de la responsabilidad personal. Elegir es tomar posición, asumir, decidir, resolver como un ser adulto. A veces necesitamos refugiarnos en nuestra Disneylandia personal para que, por un ratito, la vida se parezca a una calesita de juguete. Mientras subimos y bajamos montados en el caballito de madera, damos a otros la potestad de elegir. Más allá de desniveles, arrugues de barrera y chicanas, las elecciones nos enseñan que la decisión más adecuada siempre estará en nuestras manos. En jornadas de urnas, con cuarto oscuro desde siempre o con metodología electrónica como sucederá hoy en la ciudad de Buenos Aires, para elegir qué o a quién votar tenemos la oportunidad de interrogarnos. En esa revisión de memoria podemos preguntarnos cuándo sentimos que nuestros derechos fueron más ampliados y nuestras necesidades mejor interpretadas.

Grandes sectores del pueblo, y también quien esto escribe, integramos un colectivo que puede reconocer aquellos tiempos en que la desilusión fue menor y las acciones de un gobierno elegido nos colocaron más cerca del bienestar y la felicidad. A pesar de sus limitaciones e imperfecciones, el democrático sigue siendo el mejor sistema entre los conocidos y disponibles. En casi todo el mundo, y la Argentina no zafa de ese designio, la democracia se explica desde logros puntuales, efectivos, representativos de necesidades que bajan a tierra y que, en muchos casos, por no ser grandiosas o espectaculares o porque, de inmediato, no benefician a todos, provocan desencanto, desinterés y bronca.

Como argentinos lo sabemos de sobra porque lo padecimos muchas veces. En cada ocasión en que otros eligieron en nuestro nombre sufrimos; en el más oscuro de los casos, sangre, terror y lágrimas. Y en el mejor de lo peor fuimos prisioneros del País Jardín de Infantes. Cualquiera que tomando como punto de partida el 10 de diciembre de 1983 mire 40 años para atrás comprobará cuántas veces intereses ajenos y problemáticos violentaron lo que habíamos elegido.

Por eso es muy importante que, apartados de cualquier matemática electoral y desoyendo el canto de sirenas de las encuestas, honremos con el voto nuestra capacidad de elegir. Cuantos más ciudadanos lo hagan estaremos más cerca de seguir consolidando la vida en democracia, por otros 40 años sin interrupciones, aniversario que, sea cual fuere el resultado de hoy, festejaremos, porque hay muchas razones para hacerlo.

 

 

 

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