El problema no son los rulos

Los mellizos Melconian y Lousteau cantan la justa sobre cómo vivir sin respirar debajo del agua

 

Es una norma en la economía ortodoxa evitar referir al conflicto social, como así también determinar los responsables que provocan los problemas económicos. Se omite señalar a sujetos o clases sociales como adversarios o enemigos de la prosperidad nacional o el bienestar social. Con ese perfil, y siendo que en Argentina hoy está en debate la idea de un nuevo Contrato Social, resulta de interés analizar cómo un texto que presume de proponer un consenso entre los argentinos, lo hace velando detrás de fetiches, un compendio de diagnósticos y propuestas dirigidas a consumar los objetivos del poder dominante. En sintonía con el paradigma de la “corriente principal”, el economista y candidato de la Alianza Cambiemos Martín Lousteau, en su libro Debajo del Agua. Una inmersión en los problemas argentinos y sus soluciones (Sudamericana, abril de 2019) recurre, como metodología sistemática, a asignar a fenómenos el lugar del “culpable” —del causante— de las dificultades y los dramas de la economía argentina. Esas operaciones de fetichización abundan en el texto mencionado.

El autor dice que “en la economía argentina el adversario que más daño en el tejido social causa son, sin dudas, las crisis económicas (primer fetiche) …son el principal motivo del deterioro en la distribución del ingreso, del aumento de la pobreza y de nuestro desesperante cortoplacismo”. Y el dispositivo de acción del “fetiche enemigo” se describe a partir de concebir la existencia de un tipo de cambio de equilibrio, o sea de un precio adecuado de la moneda mundial en pesos, y el establecimiento de una definición para el mismo como “el valor del dólar que necesita una sociedad, dada su idiosincrasia, para poder venderle y comprarle al mundo y estar en equilibrio comercial”, asumiendo como problema “que el valor del dólar puede no coincidir con su valor de mercado porque este último está influenciado por otros factores, los dólares que entran y los dólares que salen”. De ahí Lousteau va derecho al tema del déficit fiscal (segundo fetiche) como originante de un daño: si el Estado gasta más de lo que recauda y se endeuda en el exterior, entran dólares en abundancia apreciando el peso –pues bajaría el precio de la moneda mundial— y provocando la disminución de la competitividad del país.

Los economistas no pertenecientes al mainstream (la corriente hegemónica) afirmarían que es mala praxis financiar un déficit fiscal endeudándose en dólares, porque un desequilibrio en moneda propia debe financiarse en esa moneda cuyo control y poder de emisión lo tiene el gobierno nacional. El candidato a Senador de Cambiemos da un paso más y plantea esa alternativa de financiamiento en pesos del déficit, y pega el salto al diagnóstico monetarista de la inflación cuando dice: “Otras veces emite de más, generando inflación”. Continúa afirmando que al seguir este camino el Estado se vería tentado a evitar que el dólar se deprecie para evitar la aceleración de la inflación, por lo que se crearían, también, problemas de competitividad. O sea igualito que Melconian en su libro de reciente aparición, plantea que el tema inflacionario nace en el déficit financiado con emisión. La oligopolización de la economía, con la existencia de formadores de precios como causantes de la inflación, no está presente en esos textos ni tampoco la puja distributiva entre trabajadores y empresarios. El conflicto social no aparece como determinante de la suba de precios. En Debajo del agua, el daño adjudicado al déficit fiscal no se reduce a la inflación, sino que se extiende a la competitividad de la economía en las dos alternativas de financiamiento del déficit consideradas. Así la falsa y remanida analogía de la economía del hogar, sin ser explicitada, está presente en el espíritu del texto: el huevo de la serpiente del drama de la economía argentina está en que el Estado gasta más de lo que recauda.

Con fintas que no omiten preocupaciones “progresistas” el autor plantea la existencia de “una presión tributaria imposible para que el sector privado pueda competir exitosamente y generar la cantidad de puestos de trabajo formales que hacen falta para sacar a nuestros compatriotas de la pobreza”. De lo que se deduce que Lousteau promueve un descenso de esa presión, sin dejar de proponer una reforma fiscal que elimine “impuestos distorsivos” y reclame una mayor responsabilidad fiscal, condenando el grado de informalidad de la economía.

Como el texto le da esa centralidad al déficit y, a su vez, critica el nivel de tributación exigido, va de suyo que el paso siguiente y, efectivamente así se cumple, es cuestionar el tamaño del Estado. Recurre nuevamente a una vieja figura de la ortodoxia fiscalista para referirse al mismo: "¿Elefantiasis estatal?", se pregunta. La respuesta es que no es lo mismo fuerte que grande, el camino conocido para plantear que con más eficiencia se puede tener un Estado más poderoso y más chico. Recurre para abonar esta hipótesis a argumentos trillados y tasas de crecimiento del gasto del Estado argentino comparadas con las de otras naciones. Sin embargo, sostiene que no pretende su achicamiento sino su fortalecimiento. Pero dedica una parrafada a cuestionar el crecimiento acontecido durante el kirchnerismo. Sí, pero no, pero sí. Entendible vacilación cuando luego se lee su autodefinición como “socialdemócrata” convencido de la necesidad de alterar el status quo, al mismo tiempo que en distintas partes del libro aparece el modelo chileno como ideal comparativo.

Dice que "la estructura social y productiva chilena quizás no sea el modelo para seguir por muchos de nosotros pero su estabilidad macroeconómica ciertamente lo es”. Compara la cantidad de recesiones de Chile y la Argentina en los últimos treinta años, el sobreendeudamiento de la Argentina —pese a la quita de la reestructuración— con la relación deuda/PBI chilena, el superávit fiscal chileno y su costo barato de endeudamiento frente a las mismas variables argentinas. Todos datos macroeconómicos. Concluye que si la Argentina hubiera crecido como Chile desde 1974 hasta hoy, aquí la pobreza sería del 6%. También recurre a los cuestionados indicadores de las pruebas PISA para otorgar ventaja al sistema educativo chileno frente al argentino. Lo que no indica el “socialdemócrata” candidato de Cambiemos es la comparación entre la participación de los salarios en el ingreso nacional —favorable a la Argentina—, ni la relación entre los ingresos de las personas del primer y último decil de ambos países –más justa en nuestro país—, ni se refiere a la crisis del sistema educativo chileno en el que el Estado gasta sustantivamente menos de lo que hace la Argentina en términos del presupuesto para la educación. Tampoco a la comparación del índice Gini de distribución del ingreso, que también se muestra más equitativo en la Argentina. Ni se refiere al desastroso resultado de la municipalización educativa en Chile, que produjo diferenciaciones agudas en la calidad educativa entre ricos y pobres. Tampoco se ocupa de la crisis previsional chilena, con ingresos muy bajos y una tasa de sustitución (relación entre los ingresos del jubilado y lo que percibía cuando estaba en actividad) muy inferior a la Argentina. Todos estos índices han tenido una mejora sustancial aquí durante los doce años de gobierno popular, nacional y democrático.  Tampoco se refiere a la especialización primaria de la economía chilena. Le basta con el “quizás no sea el modelo”, para que sus referencias a los indicadores macroeconómicos no impliquen un apoyo sin maquillajes a la economía neoliberal chilena.

La realidad es que Chile representa un caso típico de neoliberalismo exitoso en términos de sus objetivos. Reformas laboral, previsional y fiscal de acuerdo a las prescripciones del Consenso de Washington. Un sistema político de alternancias sin amenazas respecto de las reformas estructurales llevadas a cabo en el país, atendiendo a la globalización financiera. Palidez de los juicios de verdad, justicia y castigo a los genocidas del terrorismo de Estado. Alineamiento con los EE.UU. en la política internacional. Una democracia formal en la que no se discuten cuestiones sustantivas. El régimen de Pinochet consolidó reformas que la institucionalidad democrática posterior no discutió. Es necesaria la reseña de las características de la política y la economía chilena, que las derechas y cierto “progresismo pero no tanto” gustan mostrar como vidriera. Chile es una sociedad muy desigual, altamente segmentada e intensamente controlada.

En cambio la Argentina tiene los cambios bruscos macroeconómicos y sus crisis porque mantiene una economía más compleja, inclusive con momentos de recuperación del peso de su industria como en los años del kirchnerismo. Existe además una disputa política respecto del proyecto de país entre los que propugnan hacer las reformas estructurales neoliberales, como el actual gobierno de Cambiemos, y quienes apuntan a un Proyecto Nacional de autonomía económica, con desarrollo tecnológico y diversificación productiva como fue el FPV, y aspira a serlo el Frente de Todos. Una sociedad con un sistema sindical extendido, que recuperó políticas sociales, generó nuevas, reinstaló un sistema previsional de reparto y no flexibilizó la institucionalidad laboral.

En una definición contundente el candidato de Cambiemos, autodefinido como socialdemócrata de centroizquierda, y aun con más precisión autoproclamado admirador de los fabianos y de Eduard Bernstein —en quienes ve una fuente para la reimaginación del Estado argentino—, expresa su coincidencia con Friedrich Von Hayek respecto a que “la planificación centralizada implica una gran ineficiencia y falta de adecuada reacción en la asignación de recursos de una economía”, rescatando la asignación mercantil de los recursos como un sistema capaz de transmitir información a la máxima velocidad posible. Lousteau agrega que declararse pro mercado es propiciar la no intervención para alterar el sistema de precios, salvo en los casos de existencia de las llamadas “fallas de mercado”. Von Hayek es el teórico principal del neoliberalismo, opositor de las políticas que promueven la igualdad sustantiva, a las que antagoniza con las que impulsan la igualdad formal. Hizo dos visitas a Chile de Pinochet, y en 1981 –luego de ocho años de dictadura— declaró al diario El Mercurio: “Yo diría que estoy totalmente en contra de las dictaduras, como instituciones a largo plazo. Pero una dictadura puede ser un sistema necesario para un período de transición. A veces es necesario que un país tenga, por un tiempo, una u otra forma de poder dictatorial. Como usted comprenderá, es posible que un dictador pueda gobernar de manera liberal. Y también es posible para una democracia el gobernar con una falta total de liberalismo”. Efectivamente la transición aprobada por Von Hayek fue larga pero dio sus frutos: liberalismo sólido y profundo, democracia herbívora y formal.

En Debajo del agua se promueve un Estado competitivo. Ese estado debería tener superávit fiscal a fin de evitar el atraso del dólar, como para bajar el costo del financiamiento y evitar las crisis. Sin crisis recurrentes, se sostiene, dejaríamos de generar desigualdad y pobreza, habría más certidumbres y motivos para planificar, existiría el crédito a largo plazo. Con ese entorno se tendría una mayor inversión, empresas más especializadas y con escalas más grandes, y más trabajo registrado y mejores salarios. En esta síntesis de pensamiento, Lousteau ubica al superávit fiscal como el núcleo de una macroeconomía sana, y a esta como el motor de una dinámica virtuosa. También presume como resultado de estas condiciones la eliminación de las crisis recurrentes. El conflicto social no es parte de la problemática del patrón de acumulación que describe. La disputa no resuelta entre dos proyectos de nación tampoco interviene en el debate planteado. El libro de Lousteau se inscribe en la tradición de la corriente principal que desconoce a la libre entrada y salida de capitales y a la existencia de un mercado único y libre de cambios como las instituciones que han sido fundamentales en la volatilidad y fragilidad de la macroeconomía argentina. El reconocimiento que hace el autor de “un idilio muy particular de los argentinos por el dólar” lo adjudica a una necesidad de protegerse de las crisis, cuya razón de origen la sitúa en el déficit fiscal. No incursiona en la inserción del país en la financiarización.

El libro hace referencia a una etapa de crecimiento y mejor desempeño de la economía argentina entre el primer peronismo y el año 1974, y particularmente entre 1963 y 1974, pero respecto de su parate no introduce debate alguno respecto a la irrupción de la valorización financiera y la interrupción de la industrialización por sustitución de importaciones. En relación al endeudamiento y su peso desde fines del siglo pasado hasta la actualidad, adopta el criterio de los economistas ortodoxos de no reparar en la separación entre deuda en pesos y deuda en dólares, a partir de lo cual asigna a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández un estado comparativo de endeudamiento inexacto respecto de los que los precedieron y prosiguieron.

En la página 66 del texto se afirma que “algunos creen que el responsable es un enemigo externo, otros… culpan…al peronismo, al neoliberalismo. Pero el mundo y la historia están repletos de casos de éxito en condiciones similares o incluso más difíciles. Es tiempo de tomar otra perspectiva y pensar otra vez”. Sin embargo, la vocación por la nueva perspectiva se aclara hacia la página 249, ahí se afirma que “el populismo es el peor de los vicios porque simplemente no puede proveer… una idea de futuro sostenible.” Para Lousteau el problema no es el Imperialismo ni el Neoliberalismo sino el populismo. Todo un socialdemócrata con la perspectiva de la Alianza Cambiemos.

 

* Profesor de la UBA, Director del CEFID-AR.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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