La cortedad del capitalismo aventurero
El rápido cambio en el entorno mundial tiene implicancias importantes para nuestro futuro cercano.
De una sensación lúgubre, casi metafísica, de que estaba en marcha una tendencia imparable hacia la degradación humana encarnada por los experimentos de ultra derecha, o de neoliberalismo autoritario, pasamos en pocas semanas –en las que operó el mecanismo democrático electoral en varios países– a una situación abierta, no menos compleja, pero mucho más auguriosa sobre las posibilidades políticas en la región y en el mundo.
El triunfo impresionante de Lula, la declinación política de Netanyahu, y ahora el vapuleo al partido de Trump en Estados Unidos son confirmaciones de que no hay una orientación definida en la política mundial. Las movilizaciones que se están dando en numerosos puntos de Europa, por muy diversas reivindicaciones, y la caída de distintos gobiernos, hablan de un escenario fluido, de un malestar con un régimen político-económico que no logra satisfacer necesidades básicas de la población, mientras el mundo corporativo continúa impertérrito con su receta global de concentración de los ingresos y la riqueza.
En el fondo, es también lo ocurrido en Paraguay, donde el Estado fue usado para alimentar negocios privados concentrados. En esa vorágine delincuencial, se abalanzaron también sobre los ahorros de la gente común, robada con la complicidad de un sistema político que articula negocios y políticas públicas prebendarias.
Estados Unidos
El 4 de agosto de 2010, en el colmo de su exaltación anti kirchnerista, Marcos Aguinis publicó en el diario La Nación un artículo que se llamaba “Envidia al Perú”, en la que ubicaba a ese país en una “ruta de progreso acelerado”, con un proceso político estable y una economía en crecimiento. El artículo ponderaba la libertad de prensa que existía en Perú, comparándola con la opresión imaginaria que su autor vivía en la Argentina. También se valoraba el modelo peruano en comparación con los modelos “populistas”.
Como toda la derecha latinoamericana, Aguinis admiraba la estabilidad macroeconómica peruana, basada en un modelo exportador de minerales mayoritariamente en manos de grandes mineras extranjeras. El pueblo peruano no se enteraba de las “bondades” de ese modelo, pero a Aguinis y a La Nación les servía para inventar un paraíso admirable contra el infierno kirchnerista.
Parafraseando a Aguinis, algunos de los resultados de las elecciones de medio término en Estados Unidos nos generan envidia. Vale encuadrar esta envidia: sabemos que el sistema político norteamericano está fuertemente condicionado por las grandes corporaciones, el “big money”, y que a pesar de ser una enorme potencia mundial el nivel de vida de la mayoría de la población dista mucho de ser de buena calidad, si se lo compara con otros países desarrollados de ingresos más modestos.
Pero Estados Unidos conserva aún una porosidad democrática sostenida en la creencia social extendida de que la democracia es un valor que le da poder al pueblo, y que las instituciones republicanas sirven a la ciudadanía.
De todas formas, es central para que queden resquicios democráticos el hecho de que todo el poder económico, jurídico, cultural y comunicacional no está de un solo lado del sistema político, lo que genera un equilibrio cambiante de fuerzas que permite que se cuelen candidatos, propuestas y energías que en el caso del sistema político argentino actual están bloqueados.
En la Argentina, casi todo el poder fáctico está de un sólo lado –el de gobiernos como los de Macri y Milei–, y aunque del otro no exista una postura anticapitalista, ni anti propiedad privada, ni valores que rechacen la validez del sistema, sufre el hostigamiento gigante de todo el aparato de la derecha, no importando ningún valor democrático ni republicano con tal de mantener todo el poder en manos de personeros de la elite económica local.
En Estados Unidos pudo surgir un personaje detestable, ignorante, bruto, con los valores más retrógrados, y el sistema político representativo fue capaz de canalizar el rechazo a las peores aristas de ese gobierno. Pero además, en el nivel de numerosos dirigentes intermedios, comenzaron a escucharse críticas a rasgos que son de largo plazo en ese país –compartidos por las administraciones demócratas y republicanas desde 1980–, como la elevada concentración del ingreso en la cúpula de multimillonarios, el intervencionismo imperialista compulsivo –que resta recursos que podrían ir a la reparación social–, el poder del gran dinero en la política, en el presupuesto público y en la calidad de vida de la población.
El equilibrio competitivo norteamericano, con poderosos factores de poder en ambos partidos, obliga a ceñirse a ciertas reglas de juego (a pesar de que las tentaciones autoritarias en las corporaciones norteamericanas son tan fuertes como las argentinas) y a operar en un entorno de desmanes institucionales más acotado.
Mientras que en Estados Unidos la disputa circula en torno a los contenidos –más progresivos o más conservadores– de palabras consensuadas, como el mandato político de la Constitución norteamericana, en la Argentina palabras como democracia, institucionalidad, república, libertad de prensa o garantías constitucionales han sido completamente vaciadas por las fracciones más agresivas de la clase dominante, con el indudable respaldo externo de Estados Unidos y la Unión Europea.
Lo que en Estados Unidos es una disputa intelectual de alto significado por el sentido de conceptos fundamentales, en la Argentina es sólo una impostura al servicio de diversos proyectos de negocios en el marco de un subdesarrollo aceptado y naturalizado.
El equilibrio político en los Estados Unidos se sustenta también en denominadores comunes interpartidarios –por ahora–, acuerdos de largo plazo en torno a la “seguridad nacional”, estrechamente asociada al elevado gasto armamentista y a la presencia militar norteamericana en todo el planeta, y al derecho a la supremacía estadounidense a nivel mundial, dado que sería “el país más democrático y libre del mundo”, según rezan todos los discursos presidenciales.
Si en el plano externo ciertos consensos han sido muy sólidos –aunque hoy se estén resquebrajando–, en el interno surgen fenómenos diversos e interesantes, en los que se refleja una sociedad pluricultural de una gran riqueza y potencialidad.
La sociedad argentina, que también encierra una gran riqueza cultural e intelectual, padece la loza de cemento de un sistema político cerrado a las capacidades y potencialidades locales, y crecientemente reacio a toda innovación que surja de las propias entrañas de la sociedad.
La reacción de Trump, que en un primer momento sorprendió por una inesperada contención, empezó el viernes a manifestarse con la designación como su nuevo Jefe de Gabinete de Stephen Miller, un ultra derechista conocido por su afinidad a ideas supremacistas blancas, e ideólogo de algunas de las medidas más detestadas de la administración Trump, como las deportaciones masivas de indocumentados, la separación de familias o el bloqueo de ingreso al territorio norteamericano de personas provenientes de países islámicos. Hasta ahora Miller se había desempeñado como asesor de Seguridad Nacional del golpeado Presidente norteamericano.
Se avecinan tiempos de alta conflictividad interna en los Estados Unidos, porque la parte más combativa de los demócratas está en mejores condiciones que sus pares partidarios colaboracionistas para reflejar la bronca y el malestar de millones de norteamericanos con la corrupción y los desmanes económicos de la actual gestión.
Gina Hinojosa, gobernadora electa del importante estado de Texas, dijo en estos días: “Porque hemos gastado tanto tiempo respondiendo a cuestiones de ‘guerra cultural’, la gente no sabía a favor de qué estábamos nosotros. Y por eso esta campaña fue sobre las oportunidades económicas para los tejanos. Esta campaña fue una vuelta a lo básico. Nosotros no estamos haciendo ‘guerras culturales’. Nosotros estamos hablando sobre cómo les vamos a cumplir a los texanos, como le vamos a hacer la vida más fácil a las familias trabajadoras”.
James Talarico, quien también consiguió la hazaña electoral de ganar la senaduría por el tradicionalmente republicano estado de Texas, señaló en un discurso de campaña: “La mayor división en nuestro país no es izquierda versus derecha, es arriba versus abajo. Los mil millonarios quieren que nosotros nos miremos de izquierda a derecha, los unos a los otros, para que no miremos para arriba, a ellos. La gente de arriba trabaja muy duro para mantenernos enojados y divididos. Porque nuestra unidad es una amenaza para su riqueza y su poder. Sus algoritmos de redes sociales y sus redes de cables nos destrozan, nos dividen por partidos, por raza, por género, por religión, para que no nos demos cuenta que están desfinanciando nuestras escuelas, destripando nuestra atención médica y recortando impuestos para sí mismos y sus amigos ricos. Es la estrategia más antigua del mundo. Divide y conquista. Pero nosotros no vamos a ser conquistados”.
Vale recordar que, en términos del sentido común norteamericano, derecha e izquierda se traducen partidariamente como republicanos y demócratas. Talarico está llamando a pasar por alto ese tipo de separación partidaria y enfocarse en la relación de clase entre los multimillonarios y la base social que está siendo despojada de cuestiones elementales para la vida.

¿Podría haber cambios en el “rumbo”?
El rumbo anti productivo y anti social del programa económico continúa profundizándose.
En estos días, la importante empresa fabricante de tractores Pauny está en riesgo de desmoronarse. Vale la pena citar lo que recordaba el ingeniero Enrique Martínez en estos días: “Pauny es la sucesora de Zanello Hnos., que fue la productora de los tractores más potentes de la Argentina, usados sobre todo en el desmonte y en extensiones grandes. Tanta era la pasión de los creadores por la tecnología nacional que era Íntegramente fabricado aquí, salvo los neumáticos. En la crisis del 2001 se asfixió y los hermanos cedieron la empresa a sus trabajadores. De allí nació Pauny. El acuerdo base se hizo en mi oficina de secretario pyme, cuando aún el Estado significaba algo. En 25 años exportaron a toda Latinoamérica, montaron una planta de ensamblado en Venezuela y cambió la forma jurídica y algo de la filosofía constructiva en tiempos de avance chino. El 2026 se repite la crisis y esa comunidad está sola. Debemos honrar la memoria de los Hermanos Zanello y de todos quienes han luchado hasta acá por una industria nacional de punta de verdad. Falta un Estado que junte los pedazos y retome la marcha”.
El modelo de Milei está empujando en dirección a tres crisis entrelazadas: la cambiaria (con impacto inflacionario y de caída de los ingresos), la de actividad (con impacto en desempleo, quiebras, endeudamiento, morosidad y caída de la recaudación) y la fiscal (reforzando el deterioro en ingresos y actividad). Estas crisis no tienen fecha fija de ocurrencia, están en proceso, pero son inevitables si no hay cambios en el curso de la actual política económica.
Sin embargo, la impertérrita derecha económica sostiene que no hay que modificar el rumbo. El rumbo no se toca. Es sagrado.
El rumbo son los negocios financieros, patrimoniales, rentísticos que se están generando en este gobierno. El rumbo son las transferencias de ingresos desde el 70% de menores ingresos hacia la cúpula de la sociedad. El rumbo son las transferencias presentes y futuras de bienes públicos y fuentes de renta garantizada a empresas privadas locales y extranjeras.
Eso no se puede tocar.
Fuera de eso, por supuesto, el gobierno querría que hubiera una suerte de reactivación que lo mantenga políticamente a flote, pero que no afecte aún más el endeble equilibrio de las divisas, ni impacte en los índices de inflación.
El objetivo de descompresión económica y social es imposible con el actual encuadre de la política económica, cuyo eje es que sólo se interviene a favor del capital.
Recordemos que la elite argentina quedó atrapada en la convertibilidad porque no podía privarse del paquete de ganancias en dólares que obtenía, a pesar de que se podían haber hecho ciertas modificaciones para que el esquema de la convertibilidad –que había logrado bastante aceptación social– pudiera seguir vigente por más tiempo.
Inútil pedirle a una elite tan poco lúcida, tan cortoplacista, que tome hoy medidas correctivas en serio.
El periodista y economista Pablo Wende tuiteó el miércoles “No afloja el riesgo país ni en un día de fuerte rebote en Wall Street. Mi lectura: hasta que los mercados no tengan claro si hay riesgo de vuelta al populismo no ponen un mango más en Argentina”.
Pero el riesgo de “vuelta del populismo” es tan grande o tan irrelevante como hace seis o doce meses. Lo que cambió es que la situación económica y social se sigue deteriorando. Lo que cambió es que el riesgo país (939 puntos el viernes) se está disparando porque el programa es inconsistente y porque se pinchó el pulmotor Trump, cuya ayuda extraordinaria era cuasi imprescindible, debido al agujero cambiario que muestra el programa económico de Caputo para 2027.
En un reciente informe que presentó Alejandro Vanoli, ex presidente del Banco Central en la segunda gestión de Cristina, figura un cálculo sencillo e inquietante. Vanoli muestra que hay un faltante de más de 22.000 millones de dólares para cubrir los egresos públicos de divisas en el año próximo, en el escenario más optimista. Pero si las condiciones externas o internas empeorasen, el desequilibrio entre lo que va a necesitar cubrir el gobierno y los dólares reales con los que contará podría estirarse hasta 45.000 millones.
Los que vienen apoyando un programa económico inconsistente (cosa que ya están admitiendo los neoliberales no oficialistas) tienen que acudir a excusas infantiles sobre el fracaso del modelo, echándole la culpa al cuco.
La reiteración del uso del cuco para explicar por qué fracaso Macri y por qué está fracasando Milei no tiene importancia para sus propagandistas y publicistas. Seguramente para esta gente el UENO Bank de Paraguay también cayó por el peligro del populismo.
¿Falta de ideas o falta de deseo?
André Janones, diputado y estratega de campaña en el tramo final de la contienda que llevó a Lula a conquistar por cuarta vez la presidencia de Brasil, estuvo en Buenos Aires, dando una serie de consejos inteligentes para usar las redes sociales adecuadamente. Janones no descubrió la pólvora –son consejos que también podrían dar nuestros expertos en redes y comunicación– pero porta el mérito de haber participado en la remontada formidable de Lula contra el delincuente prófugo Flávio Bolsonaro.
De todas formas, sospechamos que no está allí la debilidad del espacio nacional y popular, aunque vendrían muy bien unas cuantas actualizaciones en materia comunicacional.
¿Por qué, con tanto destrozo provocado por el gobierno, con tantos aspectos económicos y sociales a reparar que se acumulan todos los días, no aparece ni un programa grande, ni un programa chico, ni un programa de mínima, ni un programa de máxima, ni un programa técnicamente detallado, ni un programa de buenos deseos?
No es por falta de equipos técnicos, ni de gente que está pensando y proponiendo salidas. Hay para todos los gustos.
¿Por qué no surge un programa mínimo que atienda a los problemas de la familia trabajadora, como hizo Hinojosa y otros tantos en Estados Unidos? Alimentación, vivienda, tarifas, deudas, salud, transporte…
El tema de la vivienda es gravísimo aquí, especialmente para los jóvenes. Y lo es en todo el mundo. En Nueva York y en Berlín el progresismo y la izquierda ganaron ocupándose en serio del tema. ¿Se está esperando que algún sector de la derecha, más astuto, lance el tema antes que los espacios populares?
¿Qué se está esperando? ¿Qué está esperando el peronismo?
Nos preocupa sobremanera la hipótesis de que el peronismo está esperando el visto bueno de sectores del poder económico para hacer una propuesta económica que no enoje al establishment.
¿Están buscando un punto de encuentro entre las necesidades populares –cada vez más acuciantes– y el actual rumbo económico subdesarrollante, que cuenta con el beneplácito del capital más concentrado?
Se consulta y se habla con un establishment que no puede exhibir importantes pergaminos productivos, competitivos o innovadores. Como lo ha mostrado notablemente un estudio de la Universidad de Saint Gallen de Suiza, publicado hace pocos meses, la elite argentina basa principalmente su acumulación en la desposesión de otros sectores más que en la generación de valor que beneficia al conjunto de la población.
¿O se está esperando que esto se caiga solo, para no ser acusados de provocar el desastre? Gravísimo error. El peronismo, el kirchnerismo, ya está siendo acusado por el sólo hecho de existir. Como sugiere Wende: no hay inversión porque existe el populismo.
Si se les hace caso, habría que disolverse en la nada para que ahí si los mercados, mágicamente, se pongan a invertir como locos. Mentiras en las que una dirigencia lúcida no debería creer ni tener en cuenta para su propia estrategia.
El enfoque de seducción a los mercados, en cualquiera de sus matices, lleva a la destrucción de la esencia del movimiento popular, cuya función no es trabajar para los multimillonarios, que en nuestro país no son portadores de progreso para las mayorías.
No es admisible este estado de flojera opositora frente a uno de los peores gobiernos del mundo, uno de los más agresivos contra su propia población y de los más dañinos contra los intereses estratégicos de la Nación.
Excusarse ahora con que “esto pasa en todo el mundo” para seguir en la pasividad y la atonía dejó de tener basamento real en estas últimas semanas, afortunadamente.
Ahora hay que asumir responsabilidades históricas si se quiere estar presente en los cambios que seguro llegarán.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí