El que las hace no las paga

La profunda y decisiva batalla cultural

 

Los colores a destacar que pintan esta época vienen infectados por virus resistentes y por los desafíos que plantea el conflicto ucraniano a la necesaria racionalidad del equilibrio de poder mundial. Son de importancia clave para configurar el horizonte que enfrentamos. La sabiduría convencional suele recibir el favor de no ser inventariada. Como la señora aseñorada, pasa por el agua y no se moja nada. Sin embargo, la sabiduría convencional es una de las tonalidades fuertes del apagado cuadro de la situación nacional y global que retrata el tiempo que nos toca vivir. La ironía es que tiene méritos harto suficientes para los primeros planos y, a su vez, son desdeñados. Y en verdad, merecen la consideración que no tienen porque uno de los obstáculos más serios que horada la confluencia sólida de las mayorías nacionales es el de renegar por la aceptación acrítica de las afirmaciones de la sabiduría convencional o, únicamente como toda respuesta, esgrimir una queja moral ante las recomendaciones que la tienen como fundamento.

La sabiduría convencional es completamente refractaria a las metas del igualitarismo moderno, por cuestiones de intereses de clase revestidos de patina teórica. De ahí el costo político que se paga por seguir el camino que traza, en vista de que las mayorías nacionales perjudicadas no logran congeniar la refutación necesaria de las patrañas de distintos grado de refinamiento por las rémoras en asir lo profunda y decisiva que es la batalla cultural. A falta de pan, no son buenos los tortazos. Esas circunstancias se verifican en distintos temas como el status del maridaje entre productividad-nivel de salarios o quién verdaderamente paga las retenciones, para citar dos cuestiones importantes en el debate actual.

Si los salarios los fijara la productividad, no habría nada que objetar y no proceder en consecuencia sería una necedad, fuente de profundas ineficiencias económicas. Pero la productividad no tiene nada que ver con la fijación del nivel de los salarios. Es, a todos los efectos prácticos, un verso reaccionario. Un interesante ejemplo de la aparente relación directa del salario con la productividad la desenvuelve Karl Marx en el capítulo 19 del Libro Uno de El Capital sobre “El pago a destajo” que –según razona– “no es más que una forma modificada del salario por tiempo”. Asumamos que en una fábrica se establece el salario de 4 pesos por pieza terminada. Ese número proviene de calcular que un operario medio puede hacer en promedio 10 piezas por jornada, en función de que el salario normal es de 40 pesos diarios. Ahora supongamos que una innovación tecnológica duplica la productividad promedio de 10 a 20 piezas por día de trabajo. Marx señala que ahora la pieza, en vez de 4 pesos, será pagada a 2. Y es así porque lo que está en disputa política es la fijación de los 40 pesos diarios, en la que no interviene para nada la productividad. Los trabajadores hacen jugar el elemento moral e histórico y piden más salario por jornal. Cuando la óptica reaccionaria acude al argumento de la productividad, lo que intenta es que siga por siempre en 40 pesos diarios o menos. Vender 20 piezas en lugar de 10 aumenta la ganancia.

Saldadas las cuentas con la engañifa de la productividad, concentrémonos en identificar quién paga las retenciones, porque de eso no se habla debido a que no hay dudas y debería haberlas y nada menores. Así se comprobará que la notable influencia de la sabiduría convencional en la cultura se asienta sobre unos pies de barro que, en la oquedad que les es propia, envidia la profundidad conceptual del simbólico brujo de la tribu, aquel que se atavía con ropaje que evoca los brotes verdes para que la primavera no falle en arribar en tiempo y forma.

 

 

¿Quién paga la fiesta?

Mientras nos lamentamos por la suerte del previsor chamán que se las va a ver en figurillas por el cambio climático, los dioses no están de su lado. Se recaba que hoy en día un argumento contra las retenciones es que otra vez les metemos la mano en el bolsillo a los pobres productores. Imbuido de la sabiduría convencional, todo el mundo lo da por cierto. Hasta se llega a reprochar la falta de solidaridad de los chacareros que, como si fueran murciélagos –aunque cercanos al príncipe de las tinieblas, lejísimos de Batman– no ponen el hombro ni para dormir. Pero resulta que no es así: es más serio y más preocupante.

Para encarar el análisis, es menester repasar el concepto de elasticidad precio de la demanda. Esto es el coeficiente que nos dice cómo varía en forma inversa la compra de un bien cuando varía su precio. La elasticidad precio de la demanda es igual a la unidad si el precio de un bien cae a la mitad, la demanda se duplica (1/2 x 2 = 1; Elasticidad = 1). La elasticidad precio de la demanda es superior a la unidad, porque a una variación determinada del precio le corresponde una variación inversa, pero más que proporcional de la demanda. Por ejemplo, si el precio de un bien cae a la mitad y la demanda aumenta un 300%, (1/2 x 3 > 1; Elasticidad = 1,5). La elasticidad precio de la demanda es inferior a la unidad, debido a que a una variación del precio de un bien le sigue una variación inversa menos que proporcional de la demanda. O sea: si el precio de un bien cae a la mitad y la demanda aumenta una vez y media (1/2 x 1,5 < 1; Elasticidad = 0,75). Lo que se dice una demanda inelástica.

Con esta categoría de elasticidad se demuestra que el productor agropecuario argentino, pobre o rico –poco importa en este caso– no paga las retenciones. Cuando se trata de actividades con costos crecientes, como es la agropecuaria, y que enfrenta una demanda inelástica, el peso de los derechos de exportación o retenciones impacta enteramente sobre el consumidor extranjero, mejoran la balanza comercial y mejoran los términos de intercambio mercantiles (tim) y factoriales dobles (tifdo). Los primeros (los tim) miden la relación precio de exportación sobre precio de importación. Los segundos (los tifdo) miden cómo varía el poder de compra de una unidad de los factores productivos internos incorporados en la exportación (tierra, trabajo, capital y Estado) con relación a las unidades de los factores productivos externos incorporados en la importación que puede adquirir en más o en menos.

 

 

Inelasticidad

Un ejercicio hipotético con los números reales de la actividad triguera (precios y cantidades) da una idea adecuada de cómo funciona este proceso en los hechos. En la campaña 2020/2021, en la Argentina se cosecharon 22 millones toneladas de trigo. Se exportaron 15 millones de toneladas y se abasteció el consumo interno con 7 millones de toneladas. Para este ejercicio de simulación, valuemos la tonelada de trigo en 370 dólares, precio que se alcanzó a fines de marzo, una vez sorteados los picos de cotización del grano en las primeras semanas del conflicto ucraniano (para un punto de referencia: en enero de 2021, la tonelada de trigo estaba en 270 dólares).

Los cálculos de elasticidad para las exportaciones argentinas la establecen en 0,10. Ese valor sirve para fijar las retenciones porque responde a la pregunta de cuánto hay que encarecer el precio del trigo para que queden disponibles 7 millones de toneladas para consumo interno. 7 millones de toneladas en 22 millones significa el 32%, de manera que haciendo los cálculos respectivos se llega a que el productor argentino debería vender la tonelada de trigo a 486 dólares. La diferencia es de 116 dólares o un precio 31% superior al promedio internacional. Los 116 dólares es lo que recaudaría el Estado argentino por retenciones y eso lo paga enteramente el consumidor extranjero, porque no hay ninguna razón que impida que se le traslade el costo de la gabela y la regulación eventual lo impele a hacerlo.

La controversia estriba en que la expresión política de los chacareros quiere que su clientela recaude 8.140 millones de dólares, que resultan de los 22 millones de toneladas a 370 dólares cada una, estropeando feo los salarios de los trabajadores de forma directa e indirecta. Esto último, por ejemplo, a través del soliviantado de la renta inmobiliaria (alquileres). En la propuesta hipotética de retenciones, les ingresan (siempre según los parámetros de este ejemplo) 5.500 millones de dólares por vender 15 millones de toneladas a 486 dólares, pagando retenciones de 116 dólares por tonelada y quedándoles neto los 370 dólares del precio del mercado mundial. Respecto a los otros 7 millones de toneladas, el gobierno argentino –mediante un organismo ad hoc (tipo lo que era la Junta Nacional de Granos)– los compra a, digamos, 200 dólares la tonelada, que era el precio de junio de 2020, ya en las postrimerías de la cosecha del trigo de invierno. A ese precio, los productores recaudan el equivalente en pesos a 1.400 millones de dólares. Sumados a los 5.500 millones que les ingresan por exportaciones, embolsan un total de 6.950 millones de dólares. Los 8.140 millones de dólares que pretenden contra los racionales 6.950 millones de dólares que se les ofrecería hace una diferencia de 1.190 millones de dólares. Es cierto que como están obligados a exportar a 486 dólares la tonelada, no les queda alternativa que vender las 7 millones de toneladas al mercado interno al precio que les negocie el Estado, porque no hay otro mercado.

Un punto importante de la inelasticidad que sale al cruce bien en contra de la sabiduría convencional, es que las revaluaciones del peso mejoran y las devaluaciones del peso empeoran la balanza comercial. Las reconvenciones que se escuchan contra fijar y atrasar el tipo de cambio, confunden la experiencia neoliberal vernácula que bajaba marcadamente el tipo de cambio importador con intenciones deflacionarias, contrapesando el otro efecto. Bastaría recordarles que a principios del ’70 en Japón 1 dólar valía arriba de 500 yenes, 20 años después -y desde entonces hasta la actualidad- ronda entre los 100 y 130 yenes por dólar. En el ínterin nada desafió los persistentes superávits comerciales nipones. No casualmente, los ideólogos de estos atavismos insisten en que la Argentina es tomadora de precios en el mercado internacional. Es decir, que no puede modificar los precios de los bienes que exporta porque si lo hace recurrentemente al alza, queda afuera del mercado por verse imposibilitada de vender, por lo que nada puede hacer para beneficiarse de precios de exportación altos y utilizarlos para la mejoría interna de los niveles de ingreso. Desconocen alegremente que las elasticidades mencionadas demuestran lo contrario.

 

 

Melancolía del boludómetro

Los números del ejemplo hipotético pueden y deben refinarse, pero no van a cambiar la dirección del resultado. Luego de este análisis hipotético, se impone preguntarse: ¿cómo hizo la sabiduría convencional para convencer a todo el mundo en la Argentina de que en los granos se trata de una situación de costos crecientes, pero de demanda elástica? Si ese fuera el caso, si bien los términos de intercambio mejoran con las retenciones, la balanza comercial se deteriora y una parte importante de la retención (definida por el valor de la elasticidad mayor que uno) ahora sí la paga el productor. En términos no técnicos, vendió la imagen y la sociedad compró al pobre chacarerito Jonás devorado por un insaciable Leviatán demagógico. Es más o menos como preguntarse cómo fue que Arturo Illia incurrió en la enorme burrada de anular los contratos petroleros del otro Arturo (Frondizi) y se lo recuerda con cariño como un Presidente honesto, en vez de como un obtuso cuyo comportamiento fue contrario al interés nacional. Son desventuras de la conciencia nacional, que únicamente el trabajo político a través de la batalla cultural puede enmendar. La política arquitectural, como la democracia, no conoce sustitutos. Eso comprende primordialmente a los trabajadores organizados. Una proporción relevante del amplio margen del que hoy se aprovechan los que se hacen bien los boludos con las retenciones se lo genera el movimiento sindical argentino, por no hacer flamear los derechos de exportación como bandera innegociable.

 

Es el profeta Jonás: no confundir con el chacarero argentino.

 

 

El extravío de la clase dirigente argentina contrasta fuerte con la conducta de los gobiernos de los países desarrollados, que en este tema también la tienen definitivamente clara. Cuando un gobierno de la periferia toma este tipo de medidas, se lo llama al orden por cobrarle caro a los pobres consumidores de los países desarrollados. Caso típico: las crisis del petróleo o la exigencia a Brasil por la conservación del Amazonas, sin el correspondiente cheque. Incluso hubo ahora un par de quejas contra la Argentina, por las modestas medidas puestas en vigencia. Cuando ahora, por la inflación, los países centrales se ven compelidos a subir los salarios y, por esa causa, los países de la periferia a pagar mucho más caras las importaciones provenientes del norte, se lo presenta como la cosa más natural e irreprochable del mundo.

Paradójico baremo el de las relaciones económicas internacionales: si se es de la periferia y se quiere mejorar la vida de los trabajadores, hay que hacerse cargo del óptimo de la humanidad; en cambio, si se es del centro, el resto de la humanidad debe pedir disculpas y acomodarse a como venga la mano.

En medio de este tiroteo contra el salario que hirió fulero a la distribución del ingreso, la voz oficial expresó su preocupación y mocionó un impuesto a las ganancias extraordinarias por el alza en los precios globales dada las sanciones a Rusia. Fondo y forma todavía hay que charlarlo con los murciélagos, al socaire de la certeza de que lo recaudado iría a los últimos de la tabla. Pero sucede que el único instrumento que desconecta los precios internos de los internacionales son las retenciones. Este impuesto bosquejado no, porque para que haya ganancias extraordinarias debe haber precios extraordinarios que las embolsen. Encima, recién estaría disponible el año entrante, cuando se liquide el impuesto a las ganancias y eso siempre y cuando pase las horcas caudinas del Congreso. Previo a todo trámite, la oposición ya expresó su completo rechazo. Se ve la ganancia política de los gorilas, duchos en el desagradable arte de capitalizar las peores irracionalidades de la sociedad civil. Tras el muy probable revés parlamentario, no se entiende qué espera el gobierno sacar de este tire y afloje. Si todo queda tan mal como está pero con más inflación, a lo sumo habrá un mejor resultado de la balanza comercial por falta de absorción interna, con un PIB creciente que empeora su distribución y acusaciones a los gorilas de ser gorilas y comportarse como simios muy malos. Muy original, eficaz y valiente.

La forma de enfrentar la realidad de la clase dirigente argentina remite a la vieja historia de dos patibularios amigos. Estaban estos a la espera en una fila, con otros de su condición, aguardando la interlocución con el rey, que justo antes del cadalso podía dispensar una merced a un reo si este le proponía alguna cosa que le interesara. Llegado el turno, uno de los amigos le prometió al rey que ambos condenados lograrían que en cinco años el caballo de su majestad hablase perfectamente, comenzando a balbucear a partir del cuarto año. El rey, entusiasmado, los indultó y los envió a los establos. El reo que había permanecido silente le recriminó al proponente su estúpida audacia. Como toda respuesta, escuchó que en el peor de los casos seguirían vivos otros cuatro años y que en ese lapso hasta el caballo podría hablar. Pero sólo Mister Ed hablaba en la serie de los ’60. La próxima tempestad comienza cuando se compruebe que los caballos no hablan.

 

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