EL REALISMO MALTRECHO

Del realismo periférico de Escudé a la negación de la realidad, ya sea la manipulación judicial o la vacuna

 

No es nada fácil decir qué es la realidad. Apenas se empieza a escarbar en el asunto, surge una complejidad filosófica y epistemológica enorme. Pero en el terreno de las ciencias duras, si bien se avanza por prueba y error, se van fijando algunas certezas, y descartando muchas hipótesis equivocadas. Gracias a que la realidad existe, y que en parte logramos entenderla, es que funcionan las máquinas y podemos curar las enfermedades.

En la política, la lectura de la realidad es complejísima, porque todo se mueve, los datos cambian, los cálculos que ayer cerraban hoy no, y porque todo lo sólido se desvanece en el aire, como dijo alguien bastante perspicaz. En ese terreno tiene posibilidades de prevalecer quien pueda distinguir los elementos centrales entre las miles de variables que aparecen, de predecir sus movimientos y de ser capaz de actuar con precisión en el momento adecuado para incidir en esa materia incierta. Una lección impecable, más allá de la preferencias políticas de cada cual, la dio Cristina Kirchner el 18 de Mayo de 2019. En un escenario más que opaco, y en un entorno nacional siniestro, actuó sobre lo que podía controlar, y generó un efecto sobre toda la estructura de poder, en la dirección deseada por un amplio espacio que se encontraba en ese momento a la defensiva.

Análisis y acciones realistas, sin embargo, son excepciones y no son la regla. Veamos algunos casos.

Carlos Escudé y su realismo periférico

Falleció el conocido intelectual Carlos Escudé, quien tuvo su momento de proyección política en los años ´90, mediante la influencia que su teoría del “realismo periférico” tuvo en la orientación de la política exterior de Carlos Menem. Sabemos hoy con claridad cuan fracasada fue esa visión: la Argentina satelizó su política exterior, para terminar arrasada en una grave crisis económica y social, que la hizo descender varios escalones en materia de desarrollo. Sin embargo, la visión de Escudé de ese momento se denominó “realismo periférico”. Realismo, porque se consideraba vinculado a una tradición de las relaciones internacionales que mira –supuestamente on mucha crudeza y sin ilusiones- el ejercicio del poder internacional y la jerárquica estructura que domina el orden global, basada en el poder militar y económico. Y periférico, porque Escudé proponía una interpretación de ese orden desde la periferia, y una estrategia en relación a ese orden que además se había vuelto unipolar por el colapso de la URSS.

La pregunta que subyacía era importante: ¿cómo construimos fortaleza nacional desde la debilidad? ¿cómo, siendo marginales, podemos ir superando esta situación?

Sin embargo, y basado en una ilimitada aversión a la política exterior alfonsinista, a la que defenestraba en todos y cada uno de sus aspectos, Escudé terminaba proponiendo que dado que Estados Unidos era ahora el dueño total del circo, no había que importunarlo más con estúpidas pretensiones de soberanía o autonomía, y que si se lograba su beneplácito, haciendo acciones acordes a sus preferencias internacionales, de a poco fluirían las inversiones y los recursos, y la Argentina iría abandonando su postración económica y social –que efectivamente vivíamos luego de la dictadura y la hiperinflación- y podría mejorar su perfil internacional.

En síntesis: éramos unos pordioseros, pero por una ridícula tradición “antiimperialista” o soberanista, nos comportábamos como iguales a los grandes países. Según Escudé, había que ajustar nuestro comportamiento a la “realidad” del orden internacional para sacar provecho de ella. Dante Caputo, el ex canciller de Alfonsín, denominaba la doctrina que animaba la política exterior menemista como la “teoría chupamedias del desarrollo”. Como todo lo que hizo Menem en relación a los poderes fácticos, fue exagerado y brutal para nuestro país. Y el país terminó peor que nunca. Más débil y más dependiente, sin una pizca de progreso, modernización, o despegue de un capitalismo competitivo. El grueso de la inversión extranjera vino a comprar empresas públicas o privadas locales, y la Argentina fue una oportunidad para la acumulación del capital internacional.

Escudé con el tiempo reconoció algunos errores y pretendió tener una nueva visión, proclamando desde las pantallas de la televisión “¡yankees go home!”, pero ya era tarde, el daño estaba hecho. Su realismo periférico fue la forma elegante que adoptó el tradicional cipayismo de las clases altas argentinas. La misma doctrina, exactamente, que animó a la gestión macrista, y a sus ridículas ideas sobre qué es “estar en el mundo”. La misma doctrina que es el pensamiento excluyente, aunque ineficaz y nada realista, de toda la derecha local.

Presos políticos o detenciones arbitrarias

Herencia, precisamente, de la gestión macrista es la existencia de un conjunto de funcionarios y militantes kirchneristas víctimas de procesos judiciales irregulares, objetos de enormes campañas mediáticas de destrucción de imagen pública, y de jueces que trabajan aceitadamente en conexión con la derecha política, los medios concentrados y embajadas extranjeras que dicen colaborar “con el fortalecimiento del poder judicial”.

Funcionarios del actual gobierno nacional han mostrado su malestar con esta situación, admitiendo la poca seriedad de los procedimientos, las pruebas y los fallos, pero sosteniendo que no son presos políticos, ya que este gobierno no persigue a nadie, sino que llegaron a su gestión los casos de personas víctimas de detenciones arbitrarias.

Para dirimir esta cuestión, viene bien recordar cómo otras situaciones de gravedad institucional fueron pensadas, en un pasado no muy lejano.

Cuando se analizó lo ocurrido durante la dictadura cívico-militar, se hizo necesario despegarse de un enfoque meramente descriptivo de la realidad, para atacar cabos. No se trató simplemente de un conjunto de uniformados sueltos a los que se les ocurrió secuestrar, torturar, esclavizar, matar y desaparecer gente. Hubo una organización y hubo un propósito. Hubo una doctrina, un aparato y una metodología, que finalmente fueron encuadrados en la figura de un “plan criminal” que requería de todas esas acciones para ser efectivo. Lamentablemente la democracia no pudo ir mucho más lejos en la profundización de para qué se había implementado el plan criminal. Pero al menos abandonó la etapa primitiva de pensar lo ocurrido entre 1976 y 1983 como crímenes sueltos realizados por personas malas.

En el macrismo las acciones y detenciones arbitrarias tampoco  fueron al azar, sino parte de un plan cuyo objetivo fue destruir a una de las principales fuerzas políticas de la argentina. Y usó crímenes judiciales y comunicacionales para avanzar en la proscripción soft de lo que consideran un enemigo político a pulverizar. Sacar de circulación, denostar, degradar a una fuerza legal, democrática y con raigambre popular, a la que factores de poder decidieron eliminar de la escena pública argentina por ser un obstáculo a su lamentable esquema de acumulación.

La monumental campaña comunicacional preparatoria de los crímenes judiciales ya lleva más de 12 años, y apuntó primero a cubrir al espacio kirchnerista de la sospecha de robo y corrupción generalizada, luego eligió algunos “casos emblemáticos”, y luego de saturar a la opinión pública, pasó al nivel de persecución judicial, una vez juzgados previamente por las “pruebas” presentados desde los medios hegemónicos. El poder judicial, entre cómplice y amedrentado, jugó y juega un papel clave en ese plan político, aún cuando los resultados electorales de 2019 desmienten la eficacia del método proscriptivo.

Las detenciones arbitrarias son parte de ese plan político, que requiere necesariamente de crímenes judiciales, para restringir la democracia argentina, privándola de uno de los espacios progresistas más potentes. Espacio que tiene indudablemente el “agravante” de que en una época de angustia imperial ante la irrupción de una potencia económica competitiva a nivel global, ha decidido eliminar todo resquicio de independencia política e intelectual en la región sudamericana. Y el kirchnerismo fue una pieza central en un sistema de solidaridad latinoamericana que floreció en los 2000 y que fue prolijamente socavado por las derechas locales apoyadas por norteamericanos y europeos.

Todos estos jueces arbitrarios, falsos periodistas y políticos agitadores trabajaron en la proscripción política del kirchnerismo, pero más importante aún, en la destrucción intelectual e identitaria de nuestro país. No hubo errores ni hubo excesos. Ni casos sueltos.

No es cómodo ni sencillo asumir esta realidad porque, precisamente, nos manda al tipo de problema planteado por Escudé ¿cómo hacemos, siendo frágiles, para ser menos frágiles, dado que los poderes existentes nos quieren muy frágiles?

La toma del Capitolio fue real

A Trump le salió mal. La idea era forzar al Congreso a desconocer los resultados de los comicios presidenciales del año pasado, e imponer una relectura de los números que permitiera consagrar al actual Presidente por otro período. Seguramente recordó que cuando Bush le ganó a Gore, también los republicanos hicieron trampa, y los demócratas sin demasiado pataleo se rindieron.

Pero tuvo la mala suerte que justo el día anterior, en Georgia, el distrito que él más deseaba impugnar, se produjeron elecciones irreprochables de senadores, y volvieron a perder los candidatos trumpistas. Y además las masas republicanas no lo acompañaron en la marcha sobre Washington. La gran pueblada necesaria para retorcer el sistema político no se produjo.

Se podrían decir muchísimas cosas en relación a esta novedosa forma de hacer política en Estados Unidos, pero nadie que conozca lo que pasa frecuentemente en el mundo diría que es una rareza. Cuando se repasan las “revoluciones de colores”, tan publicitadas en Occidente, o las “primaveras árabes”, tan bienvenidas, o el reciente golpe “democrático” en Bolivia tan reconocido inmediatamente por EEUU y la derecha regional, están los mismos elementos que aparecieron en estos días en la capital norteamericana: campañas de incitación violenta, sectores movilizados que encarnan “la libertad”, cobertura mediática favorable local e internacional, intensa presión para inmovilizar la legalidad.

La enorme suerte que tiene Estados Unidos es que no hay una gran potencia operando en forma sistemática sobre sus fuerzas políticas internas, sus fuerzas armadas, sus medios de comunicación, sus ONGs, sus movimientos religiosos.

El 6 de enero, pudo haber habido un desastre en materia de muertos y destrozos materiales –con su secuela de crisis política e institucional- si alguien hubiera querido promoverlo en forma organizada. La polarización que ha sufrido la sociedad norteamericana y la violentización de la vida pública es cosecha propia, porque Trump no es un inadaptado que por una rara fisura del sistema llegó al poder, sino un reflejo de profundos problemas que arrastra ese país y que no logra resolver.

Lo que pasó en Washington es pan de todos los días en las periferias del mundo, donde las grandes potencias, pero especialmente Estados Unidos, operan para agravar todos los conflictos y tensiones allí donde los gobiernos no les responden adecuadamente.

Otro elemento sobresaliente de este episodio norteamericano ha sido la censura privada ejercida sobre un presidente electo democráticamente. No es que Trump, y las barbaridades que dice, merezcan alguna defensa. Pero lo que resulta gravísimo, e inaceptable, es que los dueños de las redes sociales decidan, de acuerdo a su propio y particular criterio, quien publica y quien no publica sus opiniones. Trump ha sido votado por 74 millones de ciudadanos. Zuckerberg y otros CEOs han sido votados por nadie. Son simplemente los dueños de gigantescos monopolios comunicacionales. Se hizo evidente que se trata a esta altura de servicios públicos, que deben ser rigurosamente controlados y reglamentados por la sociedad, más allá de quienes ejerzan la gestión de los mismos.

Es para remarcar la actitud insólita de la Bolsa de Nueva York (NYSE), cuyas cotizaciones ni se inmutaron frente a una situación de conmoción local e internacional. Era imposible ignorar que lo ocurrido encierra elementos muy preocupantes para el futuro norteamericano: parte del electorado cree que realmente hubo fraude, el partido Republicano no mostró capacidad de alejarse del estilo de Trump y de sus ideas, y la deslegitimación del sistema por parte del mismísmo presidente afectó la imagen interna y externa de la propia institucionalidad norteamericana.

El hecho de que la Bolsa no registre absolutamente nada de un evento así, debería preocupar extraordinariamente al propio liderazgo corporativo. El mercado bursátil refleja un mecanismo económico irracional, fantasioso, que casi garantiza “la felicidad”, en el cual el valor de los activos sube incesantemente, salvo gravísimos episodios que son olvidados en pocos días. El bienestar bursátil está despegado no sólo del bienestar de las mayorías poblacionales, sino también de la propia perspectiva realista de los negocios. En esa fantasía de enriquecimiento ilimitado reposa el corazón del sistema capitalista actual. Eso no puede terminar bien, y no aparece nadie dispuesto a introducir sensatez en esa timba global. Joe Biden está más apegado aún que Trump a esa poderosa irrealidad de las finanzas autonomizadas.

La pandemia que no cesa

Las últimas novedades en torno a la evolución de la pandemia en nuestro país y a nivel internacional exigen mirar con mucho cuidado los pronósticos y proyecciones económicas. Si bien la tendencia es clara en el sentido de que la vacunación ha comenzado y esa es la forma efectiva de ir cerrando este episodio pandémico, las múltiples complicaciones de todo orden, desde la fabricación, la distribución entre los países demandantes, el traslado, la logística territorial, hasta la aplicación masiva a la población nos van enseñando que el ritmo de la solución es distinto a la velocidad que desearíamos. Nuestro país ya ha contratado la suficiente cantidad de vacunas para cubrir a todo nuestra población, pero dependemos de cuándo lleguen, de cómo funcione de nuestra organización interna –incluyendo episodios como el del boicot ocurrido en Olavarría-, cual sea le predisposición de la población a colaborar, etc.

En ese sentido, nos encontramos con fuertes limitaciones tanto de la disciplina comunitaria de la población como con el mensaje entre evanescente y confuso del estado. Recientemente, luego de meses de inacción, hubo una buena reacción oficial, al aparecer una publicidad mucho menos formal y más ajustada a la realidad, tratando de abordar situaciones concretas en las que se observa la desaprensión con los cuidados mínimos.

Pero las debilidades institucionales aparecen cuando, ante el evidente y acelerado aumento de los casos, se empiezan a evaluar medidas públicas más contundentes. La sensación es que en torno a esa cuestión comienza una suerte de regateo sin límites precisos, como por ejemplo en relación al horario de cierre de actividades. Hay una confusión: las medidas no se toman para molestar a la gente, sino para salvarla. Por lo tanto no es cuestión de minimizar “la molestia”, sino de garantizar la efectividad del cuidado, al establecer una limitación clara a las actividades más explosivas en materia de contagios.

Después de 10 meses se siguen discutiendo cuestiones básicas, como si la sociedad no pudiera generar ningún consenso, ni en estas cuestiones.

Claro, estos consensos sociales necesarios de autoprotección, como muchos otros, dependen de en qué forma circulan las ideas, quiénes las formulan, cómo se procesan. En nuestro caso, muchas de las ideas e imágenes que circulan están mediadas por empresas y corporaciones que están jugando su propio partido por el poder.

Cuesta creer que existan campañas comunicacionales organizadas contra la vacunación, o contra la vacuna del Instituto Gamaleya, ya que esas acciones constituyen un atentado explícito contra la salud pública. Pero existen y muy articuladas. Se miente y confunde, se difunden falsedades, se alarma y crea desconfianza y zozobra. Es decir, el poder comunicacional le disputa a la realidad científica creando una falsa realidad paralela, en donde el Presidente y los funcionarios nacionales, provinciales y municipales estarían abocados a envenenar a la población. La campaña anti vacuna es una realidad social que pone en duda la existencia de una comunidad con valores mínimos compartidos, incluso los de la modernidad.

En la disputa en torno a la vacuna converge la realidad de las ciencias duras, cuya conclusión es contundente a favor de la vacunación, y la realidad de las ciencias sociales, que comprenden que la respuesta a qué es bueno para la comunidad no siempre es evidente. ¿Vacunarse o no? ¿Cuidarse o no? La realidad del poder y sus modos de dominación –incluyendo la perversidad de boicotear a la salud pública- son muchas veces invisibles a los ojos de la sociedad.

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí