El recorrido multicausal

Preguntas, dudas, preocupaciones sobre la transformación del escenario político actual

 

A partir del intento de magnicidio de Cristina Fernández de Kirchner han circulado estos días muchas preguntas, dudas, preocupaciones sobre la transformación del escenario político. Abro algunas reflexiones sociológicas al respecto.

El camino hacia este intento de magnicidio no es un recorrido unilineal ni unicausal. Se trata, como mínimo, del efecto de 4 tipos distintos de transformaciones sociales.

1. Tenemos una transformación de carácter universal (aunque más veloz en el mundo occidental): las modificaciones profundas en las formas de subjetivación. Traduciendo: nuestra identidad ya no se basa en las mismas variables que la constituyeron en los últimos 500 años. Esto implica una articulación entre crisis de los modelos de trabajo, de las estructuras familiares y de género, de los medios de comunicación, de los modelos de verdad. Las formas de constitución del “sujeto”, del “nosotros” y de la “comunidad” se han visto muy modificadas.

Consecuencia de ello fue un aumento feroz del narcisismo, dificultades para el registro del otro (en el plano político, afectivo, familiar, barrial o laboral), el relativismo y las fake news y el consecuente aumento de estructuras paranoicas de representación de la realidad. Vale la pena leer a Zygmunt Bauman, Byung Chul Han o François Dubet para ahondar en estos temas. Pero el más provocativo y brillante de todos, para mí, es el psicoanalista junguiano italiano Luigi Zoja.

2. Tenemos una transformación del sistema de acumulación, también de carácter universal. El geógrafo inglés David Harvey ha caracterizado este cambio como “acumulación por desposesión”, lo cual me parece preciso y agudo. Esto implica que el grueso de las ganancias ya no se explican necesariamente por el plus de valor obtenido en el proceso productivo sino por formas directas de expoliación: extractivas, maniobras de corrupción, especulación, estafas financieras o piramidales, etc.

Hemos vivido un ejemplo hace muy poco tiempo en Estados Unidos con la burbuja inmobiliaria del 2008 y en Argentina con la inmediata transformación en fuga de divisas del préstamo solicitado en 2018 al FMI, pero el fenómeno es común a escala planetaria. No son casos excepcionales sino modelos de transferencia directa y rápida de renta de un sector a otro. Esa transferencia es casi siempre regresiva (del que menos tiene al que más tiene) y tiende además a la concentración y centralización del capital.

3. Tenemos una transformación, también universal, en relación al surgimiento de una nueva derecha neofascista. Esto tiene un conjunto de consecuencias, ya que el fascismo había caído en descrédito entre el fin de la Segunda Guerra y el fin de la guerra fría. Sin embargo, el siglo XXI permite observar una revitalización de la derecha fascista en gran parte del mundo en su sentido más propiamente sociológico: el fascismo como una práctica social que implica movilización reaccionaria e irradiación capilar del odio.

Para nuestra región eso tiene una doble complejidad ya que, más allá de insultos y descalificaciones de décadas sin sustento teórico y en todas direcciones (derecha, izquierda, peronismo), en América Latina no existieron en el siglo XX experiencias fascistas relevantes. Las dictaduras de nuestra región, muchas de ellas genocidas, no lograron movilizar activamente multitudes ni lobos sueltos. Consiguieron irradiar el terror en el cuerpo social, pero no el odio. No hubo multitudes espontáneas “cazando subversivos” en la Argentina de los ’70.

4. Estamos viendo un quiebre de los consensos construidos en la post dictadura argentina, que establecieron implícitamente unas reglas de juego político en las que el límite del conflicto era el respeto (cuanto menos declarativo) a la vida del otro. No es cierto que desde diciembre de 1983 no hubo muertes por motivos políticos pero lo que sí fue bastante respetado es que esas muertes eran repudiadas por el conjunto del arco político representativo y que, en bastantes casos, incluso tuvieron cierto costo político.

Vale mencionar, aunque me olvido de muchos, los asesinatos de Fredy Rojas, Víctor Choque, Teresa Rodríguez, la represión de diciembre del 2001, Kosteki y Santillán, la desaparición de Jorge Julio López, el maestro Fuentealba o Mariano Ferreyra, entre tantos más. Pero la desaparición de Santiago Maldonado en agosto de 2017 creó un quiebre: por primera vez sectores del gobierno y medios de comunicación no repudiaron el hecho, lo negaron, distorsionaron, legitimaron, espiaron a familiares y sancionaron a docentes que lo mencionaban.

Cada uno de estos ejes requiere mayor desarrollo, pero la articulación de estas cuatro corrientes ayuda a entender que la realidad política sea bien distinta a la que estábamos acostumbrados a vivir, aunque los cambios sean graduales y cueste reconocerlos. Cuando la realidad no se ajusta a nuestras estructuras de comprensión tendemos a enojarnos con la realidad, a ignorar los datos o a encontrar algún responsable a mano que tenga la culpa de lo que nos pasa y en quien podamos descargar nuestra angustia. O nos refugiamos en la insistencia en que nada ha cambiado y esto es solo un hecho excepcional (un “loco suelto”). O buscamos salidas rápidas y mágicas (sancionemos una ley contra el odio, hagamos un pacto de la Moncloa, bajemos todos un cambio, gritemos nunca más, etc.).

El mundo que conocimos se desvanece entre nuestros dedos. La coyuntura política plantea desafíos urgentes pero si, a la vez, no trabajamos colectivamente para entender de qué están hechos, no podremos desarrollar estrategias eficaces para enfrentarlos.

 

 

 

 

* Esta nota fue publicada por el autor como hilo de Twitter en su cuenta @DanielFeiers, el 8 de septiembre.

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