El regreso al castillo

Formas de narrar el capitalismo

 

El renacido (2015, González Iñarritu) o las películas sobre Robin Hood, compuestas por imágenes de un mundo cruel, nos dicen algo inquietante. Hay una voluntad hiperrealista de mostrar la violencia que habitó la humanidad durante largos períodos de su historia. Ya no se trata de la épica Edad Media, de los torneos, los bosques encantados y los caballeros galantes, ni de la conquista de América convertida en epopeya de aventureros. El pasado aparece ahora embarrado, hambriento, brutal. Los cuerpos sangran, sienten frío, se pudren. Los hombres matan por tierra, por pieles, por dinero o simplemente porque pueden hacerlo.

Este modo de mostrar no parece casual.

La muerte de Robin Hood (2026, Michael Sarnoski) vuelve sobre uno de los grandes mitos populares de Occidente; lo hace despojándolo de buena parte de su antigua luminosidad. Ya no es solamente aquel arquero formidable que roba a los ricos para entregarles a los pobres. Es oscuro, contradictorio, envejecido, un malhechor que hizo el bien algunas veces y el mal muchas otras. Junto a Little John, él ha saqueado, matado, arrebatado propiedades y atravesado un mundo en el cual la justicia difícilmente era indivisa de violencia. Sin embargo, seguimos necesitando mirarlo, porque debajo de ese hombre aparece todavía el sujeto de un relato social: alguien nacido en un mundo injusto que, aun cargando sus propias miserias, conserva alguna capacidad de rebelarse contra él. Robin se transforma así en un antihéroe: no representa la pureza, sino la contradicción. Su agonía final es también la agonía de una época.

El renacido nos ubica en la expansión sobre el territorio americano. Cambian los paisajes, las armas y las mercancías, pero persiste algo esencial: la apropiación.

La naturaleza comienza a ser observada como un gigantesco depósito de recursos. Los animales son pieles. Los ríos, caminos. Los bosques, territorios a conquistar. Los pueblos originarios, obstáculos o víctimas de esa expansión. Hasta que aparece el oso, en una historia que fue real.

La extraordinaria pelea cuerpo a cuerpo entre Hugh Glass y el animal quedó como una de las imágenes más poderosas de la película. Pero el oso no es el monstruo de esa historia. Es naturaleza defendiéndose. La verdadera violencia organizada pertenece a los hombres. La codicia, la traición, el comercio y la apropiación avanzan detrás de ellos.

El título, entonces, adquiere otro significado: no solamente renace un hombre. Renace una y otra vez una forma de violencia.

Quizás por eso resulte interesante observar cuándo aparecen estas películas. El renacido llegó en los años del primer ascenso de Donald Trump. La muerte de Robin Hood aparece cuando el trumpismo ya atravesó una década estadounidense y su figura entró en otra fase. El cine respira el aire de su tiempo, y nuestro tiempo parece obsesionado con regresar.

Regresar al muro. A la frontera. Al castillo. Al territorio cercado. A la idea de que dentro de la muralla existe seguridad y afuera solamente amenaza. Regresar incluso a formas elementales de apropiación: esto es mío porque tengo la fuerza suficiente para impedir que sea tuyo.

Hay algo profundamente paradójico en ese movimiento. Nunca la humanidad dispuso de semejante capacidad científica y tecnológica para producir alimentos, combatir enfermedades, comunicarse, transportar personas, generar energía y aliviar trabajos que durante siglos destruyeron cuerpos. Nunca tuvimos tantas herramientas para imaginar una vida materialmente más digna.

Sin embargo, una parte creciente de esa abundancia comienza a parecerse a los antiguos botines; está disponible, pero no para todos.

Como en el castillo medieval, hay quienes viven detrás de la fosa y quienes observan desde afuera. Solo que ahora la muralla puede ser financiera, tecnológica, territorial o simplemente social. Tal vez por eso cambió también Robin Hood.

Cuando el capitalismo occidental todavía podía narrarse a sí mismo como una marcha expansiva hacia el bienestar, Robin tenía el rostro de Errol Flynn. Era elegante, alegre, invencible. En Las aventuras de Robin Hood, de 1938, podía presentarse a un concurso de arquería y realizar aquella proeza imposible de partir con su flecha la flecha que ya había dado en el centro. Ese Robin necesitaba acertar.

Era el héroe luminoso de una sociedad que todavía confiaba en el progreso y que, tarde o temprano, encontraría el blanco.

Décadas después apareció Kevin Costner. Su Robin de 1991 ya pertenecía a otro mundo. Estados Unidos acababa de atravesar la guerra del Golfo y el relato necesitaba incorporar aquello que durante demasiado tiempo había permanecido afuera. Por eso adquiere tanta fuerza Azeem, el personaje interpretado por Morgan Freeman: negro, musulmán, culto y sabio, observando con estupor la ignorancia y la brutalidad de aquella Europa que se consideraba civilizada. El extranjero empezaba a mirar al héroe, y esa mirada cambiaba la historia.

Cada época fabrica el Robin Hood que necesita. Lo mismo ocurrió con los héroes de la conquista americana. El Hugh Glass de Leonardo DiCaprio difícilmente podría confundirse con aquel Daniel Boone que acompañó nuestra infancia televisiva. Boone avanzaba hacia la frontera convencido de estar construyendo libertad. El cazador de El renacido, en cambio, camina dentro de una maquinaria de explotación que ya no puede presentarse inocentemente como aventura.

Entre uno y otro cambió nuestra manera de mirar la historia.

Pero quizás exista algo todavía más antiguo detrás de todas estas narraciones: está La Odisea.

El hombre que parte atraviesa peligros, encuentra monstruos y enemigos, pierde compañeros, enfrenta tentaciones y finalmente intenta regresar a casa. Buena parte de las historias de aventuras posteriores pueden leerse como descendientes, deformaciones o adaptaciones de ese viaje primordial. También las road movies, los westerns, los superhéroes. Incluso las versiones más contemporáneas, oscuras y casi “batimaníacas” de los viejos mitos.

Cambiamos los caballos por automóviles, las espadas por armas automáticas, los monstruos por corporaciones y las islas por ciudades, pero seguimos contando el viaje. Acaso sea precisamente por eso que los mitos importan.

Durante siglos no fueron solamente entretenimiento; permitieron imaginar que el mundo podía ser diferente del mundo realmente existente. Robin Hood importaba menos por su precisión histórica que por una idea elemental y formidable: frente a un poder injusto podía aparecer alguien dispuesto a desafiarlo.

Los héroes ayudaron a las sociedades a construir valores de valentía, de solidaridad, de justicia, de amistad. La defensa del débil. Hoy, en cambio, muchas películas parecen cumplir otra función; ya no prometen, advierten. Son diagnósticos de una crueldad que comienza a parecernos insoportablemente familiar.

La violencia hiperrealista que vemos habla de nosotros. De sociedades que naturalizan nuevamente la exclusión, el hambre, la guerra y la muerte de quienes quedaron afuera de las murallas.

Por eso Gaza atraviesa inevitablemente nuestra mirada contemporánea. Como las guerras y hambrunas africanas que apenas llegan a nuestras pantallas o los desplazados, los migrantes y los cuerpos que desaparecen en fronteras lejanas.

Pero existe una imagen todavía más cercana; no hace falta viajar hasta ningún confín del planeta y puede ocurrir cerca de nuestra casa. Un hombre duerme en una vereda. Otro revuelve un contenedor buscando comida. Alguien envejece solo dentro de una habitación sin calefacción. Una familia calcula qué comida puede saltear. Son muertes menos espectaculares que las cinematográficas. No tienen ejércitos, caballos ni castillos. No tienen siquiera música incidental. Son lentas, y quizás por eso aprendimos a no verlas.

El decorado luminoso de nuestras pantallas puede ocultarlas durante algunas horas, pero siguen allí.

La muerte de Robin Hood es, en ese sentido, algo más que el crepúsculo de un guerrero. Es el crepúsculo de la vieja seguridad de que la humanidad avanzaba inevitablemente hacia formas superiores de convivencia.

Hobbes escribió que el hombre podía convertirse en lobo del hombre. Durante siglos construimos instituciones, derechos, democracias y sistemas de protección social precisamente para evitar que aquella sentencia fuera nuestro destino.

Hoy algunas de esas murallas civilizatorias parecen agrietarse; tal vez allí resida la perturbadora actualidad de Robin Hood.

Porque cuando vuelve el castillo, cuando vuelve la fosa, cuando la riqueza vuelve a parecer un botín defendido por unos pocos y cuando el garrote pretende nuevamente convertirse en argumento, también vuelve la pregunta que hizo posible la leyenda: ¿de qué lado de la muralla queremos vivir?

 

 

 

 

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